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I. Como durante su campaña, Andrés Manuel López Obrador insiste en repintar su raya con el periodismo que desprecia porque lo crítica e informa sobre sus actos y los de su partido. Llama a esa prensa “fífí” (adjetivo en desuso para llamar a alguien aburguesado), solamente porque no le parece que carguen el acento en lo que él cree que deben pasar por alto. Olvida, mejor dicho, se hace el olvidadizo que en la pluralidad de la prensa –ahora hasta en internet– nada escapa; aunque a algunos medios no les parezca darlo a conocer a la opinión pública. Con una victoria impecable y arrolladora en las urnas, supone don Andrés Manuel que es intocable, cuando en camino ser un funcionario de primer orden, debe aceptar y hasta alentar que no baje la guardia la crítica ni la información; máxime en un contexto como el que se anuncia, pues al tener Morena mayorías en el Congreso de la Unión, la próxima Presidencia de la República se convertirá en un poder, como el que tradicionalmente hemos tenido: fuerte con tendencias autoritarias.

II. Por lo mismo, López Obrador debe aprender en estos 4 meses que necesita contrapoderes en las protestas, los reclamos sociales, las manifestaciones y la prensa con sus diferentes criterios dentro del abanico del pluralismo que representan Milenio, La Jornada (su preferido), Excélsior, El Universal, El País, Reforma (al que dirige sus dardos), El Financiero, El Heraldo, Proceso, etcétera. Sus insultos y descalificaciones a la prensa e instituciones, como su pleito contra el INE señalando a dos de sus integrantes, lo muestran intolerante. Amenazante e incluso discriminatorio para cuando su jefe absoluto de comunicación, desde su escondite César Yáñez, acate de López Obrador, la asignación de publicidad federal. Ha de entender (Peña no entendió que no entiende y salió con su estupidez en una rueda de prensa: “ya sé que ustedes no aplauden”), que reporteros y periodistas; columnistas, analistas y entrevistados, deben tener plena libertad para publicar lo que piensen. Su admirado Ignacio Ramírez, el Nigromante, criticó duramente a su otro admirado Benito Juárez. Y así la República restaurada se consolidó.

III. Regresó López Obrador de su descanso y reflexiones, con la espada desenvainada. Ya no está en campaña y sí en vísperas de ser declarado legalmente presidente electo por el Tribunal Federal Electoral. Y su ego y autenticidad (de la que tanto presume) deben transformarse en ser estadista y no un simple funcionario con desplantes monárquicos de “el Estado soy yo”. Ha de ser presidente de todos los mexicanos. Y tolerar y convocar a que los medios de comunicación no dejen de informar, criticar e investigar, que de eso se trata el periodismo. No parecerse al Donald Trump con el que tiene que entrar al estira y afloja; ambos con sus respectivas democracias representativas. Así que debe contener en público sus descalificaciones e insultos. Pues replicar no implica abusar del poder y menos, directa o indirectamente, abusar del poder para amedrentar y silenciar las críticas; ya que las amenazas, fácilmente pueden ser cumplidas.

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Lunes, 13 de Agosto 2018