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Para prevenir enfermedades de transmisión sexual, incluido el Sida, así como embarazos no deseados, las víctimas de stealthing –agresión que consiste en que el hombre se retira el condón sin el consentimiento de su pareja– deben buscar asistencia médica. Cruciales, las primeras 72 horas para recibir los tratamientos

Tercera de cuatro partes

Tras sufrir stealthing, las primeras 72 horas son cruciales para las víctimas: en esos 3 días, se recomienda que las mujeres acudan al hospital o al médico para que reciban un tratamiento contra las posibles secuelas que conlleva este abuso sexual: enfermedades venéreas –incluida la transmisión del VIH– y embarazos no deseados.

La agresión –que recién empieza a estudiarse y que también presenta consecuencias psicológicas– consiste en que el hombre se retira el condón sin el consentimiento de su pareja durante la relación sexual, cuando ambos habían acordado su uso.

A quienes han sufrido esta práctica sexual “se les debe dar un medicamento para prevenir el Sida, para lo cual no deben pasar 72 horas después del contacto sexual”, explica el doctor Antonio Morales Gómez.

El representante de la Actividad Institucional de Prevención y Atención de la Violencia de Género, de la Secretaría de Salud de la Ciudad de México, agrega que el tratamiento incluye la prescripción de un antibiótico para evitar enfermedades de transmisión sexual.

Además, hay que iniciar las medidas para evitar el embarazo. “Para esto, no deben haber pasado más de 120 días. Se debe tomar una prueba de sangre para evitar antirretroviral; y firmar un consentimiento informado para autorizar una posible operación: la interrupción voluntaria del embarazo o la interrupción legal del embarazo, es válido si es dentro de las primeras 12 semanas”.

El médico señala que las mujeres tienen derechos sexuales y reproductivos, por lo que ellas deciden con quién tienen sexo y si usan protección o no. “La pareja no puede imponerse y decidir por los dos. En un caso de éstos no hay violación, porque la penetración está permitida por parte de la mujer, pero es un abuso porque ella no sabe que su pareja se ha quitado el preservativo.”

Para el experto en prevención de violencia de género, es primordial diferenciar tres términos relacionados con este tema: acoso, abuso y violación.

 “Acoso: el principal ejemplo es hacer llegar cosas sexuales que la mujer no pide, como fotografías; abuso: en esta parte ya entran los toqueteos que incomodan a la mujer; violación: es la penetración no permitida por parte de la mujer y por ende, es un acto delictuoso.”

El doctor Morales Gómez indica que es importante diferenciar los conceptos porque no se puede medir todo de la misma manera. Cuando lo que se ha sufrido es stealthing, recomienda que la mujer se presente en un hospital para que se le dé tratamiento.

El abuso sexual

“Estaba entre enojada y asustada”, recuerda Celia, de 28 años de edad, quien sufrió de stealthing.

El temor de Celia era por una concepción no deseada. “Tenía miedo porque yo tengo un hijo y en aquella ocasión a mi pareja se le rompió el condón y terminé embarazada. Honestamente no estaba en condiciones de tener otro hijo y menos con él, ya que no lo consideraba una pareja en todo sentido. Otra cosa que me tenía preocupada era que no sabía cuántas parejas había tenido Carlos y me llegaba la paranoia de pensar si estaba infectado de un virus, pero fui al doctor y me dijo que todo estaba bien conmigo”.

—¿Hace cuánto pasó?

—Pasó hace 2 años, Carlos y yo fuimos a un bar a celebrar su cumpleaños, pero sólo íbamos nosotros y no éramos novios: yo lo llamaría amigos con derechos. Estábamos bailando, tomando, platicando y empezamos a besarnos… Una cosa llevó a la otra. Pagamos la cuenta y nos fuimos al hotel. Ahí nos besamos y empezamos a tener sexo. Se puso el condón por un rato, pero después me di cuenta de que ya no lo traía.

—¿Cómo te diste cuenta?

—Soy una persona muy fértil y sensible, por lo que no fue difícil percatarme. Cuando dejé de sentir el condón, le dije: “güey, ¿qué pedo contigo?” Y Carlos sólo respondió: “Es que me gusta más así”. Entonces me saqué de onda porque nunca me había pasado algo así y no supe qué hacer.

De inmediato Carlos trató de convencerla de seguir teniendo relaciones sexuales y prometió que no se quitaría el condón, pero ella ya no accedió.

 “Me decía que ya no lo iba a hacer y que siguiéramos, pero yo le dije que no y le pedí que me llevara a casa. Durante el regreso no cruzamos palabra y fue muy incómodo. A pesar de lo que había sucedido, Carlos no se portó grosero, ni me pegó ni me insultó.”

En aquellos momentos, Celia, madre soltera de un niño de 3 años, sólo podía pensar en qué haría si resultaba embarazada. Para aminorar ese riesgo, una de sus exigencias al tener intimidad es precisamente que su pareja sexual use preservativo.

Pero en las relaciones no siempre se respetan los acuerdos y, en los peores casos, las agresiones tienen consecuencias físicas y psicológicas. Y el stealthing puede implicar ambas: en lo físico, la mujer puede embararzarse o infectarse de alguna enfermedad de transmisión sexual –incluido el VIH–, y en lo psicológico, puede desarrollar trauma y estrés postraumático.

Violencia de género

En México, el 66 por ciento de las mujeres de 15 años y más –esto es, 30.7 millones de las 46.5 millones– ha sufrido al menos un incidente de violencia a lo largo de su vida, refieren datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía.

Además, 43.9 por ciento de mujeres ha enfrentado agresiones del esposo o pareja actual o la última a lo largo de su relación, y 53.1 por ciento sufrió violencia por parte de algún agresor distinto a la pareja.

El impacto del abuso puede ser tan fuerte en la víctima que pierde confianza y seguridad. Celia asegura haber superado ya las secuelas del abuso sexual. Sin embargo, la joven –delgada y de piel morena– se frota las manos constantemente mientras narra su experiencia.

 “Me dio miedo que me volviera a pasar. Con mi siguiente pareja sí tuve desconfianza al momento de querer tener sexo. Pero en una ocasión le platiqué lo que me había pasado. Él me dijo que, si bien no era algo correcto, es una reacción a la calentura del momento. Platicárselo me hizo bien porque me devolvió la confianza”, asegura la joven.

—¿Cómo te sientes ahora?

—Es algo que ya superé. No digo que haya sido algo difícil, pero sí me llevó un tiempo. En ese momento, obviamente me enojé porque [Carlos] se pasó de cabrón. Y es una experiencia que no quiero que se repita.

—¿Qué pasó después de eso? ¿Seguiste con la relación?

—Ya nada fue igual. Lo que teníamos se acabó porque ya no me sentía cómoda con él, estaba enojada y no volvimos a hablar: di por terminada la relación. Nos hemos encontrado en fiestas de amigos en común que tenemos, pero no nos hablamos.

Como en otros casos y a pesar de las secuelas, Celia considera que es una exageración tratar como abuso sexual al stealthing. Como ella, miles de víctimas normalizan la violencia por el propio contexto mexicano, en el cual prevalece el machismo.

 “No considero que haya sido una violación, porque yo accedí a salir con él tanto a la fiesta como al hotel. Estaba consciente de lo que estaba haciendo y en cuanto le dije que me dejara lo hizo sin ningún tipo de violencia. Además no hubo penetración después de ver que no traía el condón.”

—Esta acción se ha identificado con el término “stealthing” y se considera como delito en otros países, ¿qué opinas?

—Desde mi punto de vista es exagerado porque solamente se quita el condón. En mi caso así lo veo, pero de haber existido la penetración forzada, entonces sí ya lo consideraría una violación.

El lado macho

El stealthing tiene dos rostros: el de la persona que lo sufre y el de quien lo comete. Roberto, un joven de 20 años que se la pasa en la fiesta, es uno de esos miles de hombres que, en al menos una ocasión, ha decidido retirarse el preservativo sin considerar la voz y la voluntad de su pareja.

De cabello rubio y delgado, en su semblante tranquilo asoma de vez en vez su incomodidad: no se muestra muy entusiasmado de contar su experiencia –sus pies van de un lado a otro como si quisieran arrancarlo de este momento–, pero aún así accede a hablar.

Durante la entrevista, realizada en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, cuenta que ocurrió hace 1 año con quien entonces era su novia.

“Llevábamos más de 1 año en la relación, pero nos gustaba tener sexo, aunque siempre habíamos usado protección para evitar problemas. En esa ocasión, quedamos de vernos en su casa porque sus papás no estaban: sabía que íbamos a tener sexo, por lo que me llevé un condón. Al llegar a su casa, pues, primero lo primero: unos besos y de ahí a su cuarto. Ya que estábamos cogiendo, en un cambio de posición decidí quitarme el condón, pensando que ella no lo iba a notar. No sé qué me pasó pero me tardé y a ella se le hizo raro. Se volvió hacia mí y se dio cuenta.

—¿Qué pasó después?

—Se enojó: me dijo que era un culero y que esas madres no se hacían. Me dijo que ya no quería coger y la neta respeté su decisión, porque yo sabía que me equivoqué.

—¿Por qué decidiste hacer eso?

—Antes de Mariana, andaba con otra chica pero con ella las cosas eran diferentes: nos valía madres todo. Salíamos a fiestas, teníamos sexo sin protección y pues ese rollo me gustaba porque lo que sentía era natural. Pero ahora lo pienso y creo que tuve suerte de no embarazarla o de pescar una enfermedad.

Roberto se queda callado y reflexiona acerca de lo que sucedió aquel día: aunque asegura que sentía un gran cariño por Mariana y que se siente responsable, dice no arrepentirse.

 “Las cosas entre Mariana y yo ya no estaban bien. Independientemente de esto, teníamos problemas desde meses atrás y creo que esto fue el detonante para que termináramos. Y a pesar de que la quería mucho, no me arrepiento por lo mismo de que, tarde o temprano, esto iba a terminar.

Los pies del joven siguen con su vaivén, parecen tener vida propia. Ante el hecho, dice, se siente indiferente. “Como te dije, en algún momento esto iba a acabar y pues sólo se adelantó el momento. Además, no pasó nada malo porque después ya no hicimos nada”.

Además de ser considerado un abuso sexual, el stealthing está penado por las legislaciones de países como España, se le comenta.

 “No cometí violación porque no la penetré a la fuerza y, cuando me pidió que la dejara en paz, lo hice. Creo que es exagerado criminalizar a alguien por hacer algo así: si ambos se ponen de acuerdo para tener sexo pues no se puede acusar de violación y lo de quitarse el condón creo que es solamente abuso de confianza.”

Violencia cultural

A Celia y a Roberto les cuesta aceptar que se trata de un grave abuso sexual, porque la violencia se normaliza a tal punto que, tanto víctimas como agresores, la justifican.

En su libro Desafíos sociales a la gobernabilidad, la politóloga Sol Cárdenas indica que, históricamente, la mujer ha sido víctima de violencia cultural, la cual provoca que sea denigrada en varios aspectos.

Maestra en estudios políticos y sociales por la UNAM, Cárdenas menciona en entrevista que no había escuchado el término de stealthing, pero que ya había identificado en redes sociales el problema.

La politóloga no tienen dudas: se trata de una forma de violencia de género y ésta se presenta por dos razones: “uno, hay hombres que creen que esas formas de violencia están normalizadas contra las mujeres; y, dos, son formas de ejercer poder a través de la dominación y ver a la mujer como un objeto, porque [los hombres] pueden y viven en una sociedad donde la violencia de género se vive al día y no hay consecuencias reales para esos actos”.

—¿Qué tendría que ver la política en este tema?

—Donde hay política hay poder, dominación y desigualdad. La política se relaciona con las instituciones políticas que reproducen género y por consecuencia, los sujetos están dentro de dichas instituciones.

A través del institucionalismo, agrega, se dan los roles de género y sociales, que son los que dan valores al lenguaje. “Por ejemplo, la palabra puto: al decirla en género masculino, se refiere a una persona con miedo o con una orientación sexual hacia otros hombres; pero si se dice puta, el contexto cambia, ya que ahí se refiere a una mujer que tiene sexo con cualquier hombre. Por ende, la violencia de género se reproduce y se produce en las instituciones políticas”.

Cuando menciona las instituciones políticas, la maestra Sol Cárdenas se refiere a las reglas del juego político (formales e informales) que amplían al poder: que orientan, moldean y constriñen el comportamiento de los actores, mismas que también son patrones de la práctica social.

Por ello, observa que en los abusos sexuales entra en juego la figura del hombre como elemento de poder. “La manera en que se distribuyen los roles de género son desiguales, que es a lo que se le conoce como patriarcado. Es importante mencionar que dicha desigualdad es en beneficio de los hombres”.

—¿Las leyes están hechas para los hombres?

—Algunas de ellas. Esto se debe al tipo de lenguajes que se ocupa; la legislación es reflejo de la sociedad porque la misma genera leyes, y a su vez en dicha sociedad predomina el patriarcado, entonces ¿por qué la legislación no sería machista en una sociedad machista?

En este contexto, la maestra Cárdenas observa la violencia se normaliza y cuando eso pasa se legitima. Para ella, el ejemplo más claro de violencia cultural es culpar a la víctima de la violencia estructural: culpar a una mujer de ser violada por el hecho de ir vestida de una “manera provocativa” sería uno de esos casos en los cuales la víctima se convierte en agresor.

Contra esa violencia cultural deberían actuar los marcos jurídicos que tienen la finalidad de eliminar la desigualdad entre hombres y mujeres, como la Convención de Derechos Políticos de las Mujeres (1954), la Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación Contra la Mujer (1979), y las Recomendaciones y Plataformas de Acción de la Conferencia Mundial de Nairobi (1985).

Además, fueron modificados los artículos 1 y 4 de la Constitución, donde se reconocen los principios de igualdad.

Desafíos sociales a la gobernabilidad

En su ensayo “Violencia política contra las mujeres en el acceso al poder”, contenido en el libro Desafíos sociales a la gobernabilidad (Márquez, J; UNAM, 2018), la maestra Sol Cárdenas refiere que existen diversos tipos de violencia que viven las mujeres: desde la cultural hasta la directa (psicológica, física, económica y sexual).

Históricamente, la mujer ha sido denigrada, como si fuera una persona inferior al hombre. E incluso es vista como un objeto, que no es sujeto de derechos.

En el caso de la violencia política, observa que esta se padece por el simple hecho de ser mujeres y su principal intención es evitar que participen y accedan a cargos políticos. Cuando ya lo hacen, busca que se retiren de éstos.

Cárdenas destaca que, según el sociólogo Johan Galtung, la violencia cultural es definida a través de seis dimensiones:

  1. Física y psicológica: la primera actúa sobre el cuerpo y la segunda en el alma.
  2. Acercamiento negativo o positivo con el objetivo de la manipulación.
  3. La percepción que se genera del objeto y el contexto en el que se analiza.
  4. La más importante: si existe o no un sujeto (persona) que actúa. Cuando el sujeto interviene es violencia directa, mientras que si no se muestra es estructural o indirecta.
  5. Intencionalidad de la violencia.
  6. Niveles de violencia, si es manifiesta o latente.

La maestra Sol Cárdenas menciona que la violencia estructural es silenciosa, no se muestra, y esencialmente es estática.

Por estos motivos es que la violencia se ha visto normalizada y se encuentran legitimadas y dicha legitimidad es construida en una sociedad especifica.

Para Galtung, “cualquier aspecto de la cultura que pueda ser usado para legitimar la violencia en sus formas directas o estructurales” es violencia cultural, también conocida como violencia simbólica, ya que es construida dentro de una cultura y puede hacer que la violencia directa y estructural sean vistas como correctas.

En este tenor, Cárdenas advierte que, para entender la violencia de género, se deben conocer bien los términos de género y patriarcado: el primero es un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos, por lo que el género es un “conductor social que organiza la vida social de una determinada manera”.

La autora menciona que, al existir relaciones de poder, existen relaciones de dominación las cuales son desiguales entre hombres y mujeres. Y dichas formas de diferencia caracterizadas por la opresión de las mujeres en beneficio de los hombres es el patriarcado.

Agrega que la violencia política contra las mujeres se manifiesta en diversas esferas y ámbitos, como el político, económico, social, cultural. Dicha violencia se puede representar como una amenaza para intimidar a un actor político con la intención de influir en el proceso electoral.

La violencia política contra las mujeres se divide en dos:

  • Acceso al poder: se enfoca en la violencia en las elecciones, específicamente en la participación política.
  • Ejercicio del poder: tiene que ver con la representación política y toma de decisiones.

Para la maestra, la violencia de género se ha hecho cada vez más visible en la sociedad porque ha aumentado el número de mujeres que busca un espacio en la vida política. Por ende, la violencia política contra las mujeres se enmarca en la violencia cultural y de género.

Respecto de esta última, explica en su ensayo, puede ser analizada desde dos ámbitos: acceso al poder y ejercicio del poder. Agrega que se presenta por el simple hecho de que son mujeres y por ello se les ponen muchas trabas en sus metas.

 “No se debe perder de vista que esta forma de violencia de género es una manifestación más de la violencia cultural que sufren las mujeres día a día. Lo más preocupante es que esta violencia cotidiana se ha normalizado y legitimado en todos los ámbitos de su vida”, concluye Cárdenas.

Leonardo González Castro/Tercera de cuatro partes

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