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I. El espurio Maximiliano tuvo como ostentoso domicilio el Castillo de Chapultepec, mientras Benito Juárez –a quien Andrés Manuel López Obrador quiere imitar, aunque ya le dijeron que no sea abusivo– se hospedó en Palacio Nacional; Lázaro Cárdenas fue quien instituyó como residencia oficial la ahora mansión de Los Pinos, la que el presidente electo asegura, convertirá en un museo, y que fue domicilio de los presidentes hasta Enrique Peña; y a la que José López Portillo y Vicente Fox hicieron costosas modificaciones: chozas y caballerizas. Es ahí donde el señor Peña escucha pasos en las azoteas pues no halla cómo salir huyendo, no tanto por aquello de las amenazas de “Ricardín canallín, raterín”, como porque en el programa lópezobradorista tiene prioridad el combate a la corrupción priísta y panista. Mientras ya recuperó Peña sus ataques al tabasqueño, con indirectas como la que pronunció allá por Irapuato, Guanajuato (cuna del panismo y las delincuencias), en su discurso ante la Brigada de la Policía Militar diciendo que “no se construye un país en un solo sexenio o en un solo tiempo”.

II. La sintaxis de Peña es como la de su excolaborar Aurelio Nuño por no saber “ler”: es un galimatías verbal. Y en virtud del programa de cambios que abandera López Obrador no encuentra la forma de contradecir a su sucesor para buscar la polémica, que por lo pronto es un monólogo, ya que el del “amor y paz” anda muy entretenido en preparar su toma de posesión. Tal vez Peña tiene razón. La realidad es que en un sexenio sí se puede destruir un país, como él lo ha hecho, pues hereda un desastre federal. Contribuyó a la destrucción que, para no irnos muy lejos, empezó con el salinismo-zedillista y siguió con el foxismo-calderonista. Con Carlos Salinas empezó la corrupción más destructora. Esos expresidentes robaron o dilapidaron la riqueza nacional. Crearon más problemas y empobrecimiento masivo. Millones de mexicanos en el desempleo, sobreviviendo en las actividades de la llamada informalidad.

III. Lo más grave es que sobrevivimos en la más alarmante y sangrienta inseguridad, donde millones de niños y jóvenes carecen de oportunidades escolares. Y en el colmo del cinismo, de Salinas a Peña abandonaron el campo y gobernaron a favor de los ricos entregándoles –vía privatizaciones– el petróleo, la electricidad, las telecomunicaciones y los bancos. En un sexenio como el de Peña sí se puede destruir un país. Y su desastre es mayor después de los últimos 5 sexenios. Peña debería irse sin echarse porras y justificar su mal gobierno. Se agandalló la Presidencia con un mayúsculo fraude electoral y ahora ha de entregarle el poder presidencial al que fue su adversario. Sin cualidades políticas, tampoco tiene vergüenza. Es un cínico. Tal vez el tabasqueño logre reconstruir al país, tras la destrucción de Peña que nos deja sobreviviendo en miles de problemas, porque fue totalmente incapaz, porque se puso de parte de los ricos, de la corrupción y abandonó al pueblo que hoy, masivamente, se volcó en las urnas para asirse a la esperanza lópezobradorista de “primero los pobres” y “no les voy a fallar”.

cepedaneri@prodigy.net.mx

Viernes, 03 de Agosto 2018