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Al menos desde 1946, los mexicanos hemos tenido presidentes favorables a patrones, empresarios, banqueros y dueños del capital; del capitalismo al neoliberalismo económico (que es la misma gata, pero revolcada) y más explotador. Desde Salinas dejaron aumentar la pobreza, de 18 millones a los 55 actuales. Y se formó una élite de capitalistas que han concentrado la riqueza, una clase media a la que han degradado hasta convertirla en contenedora de los pobres a cambio de cargos públicos y privados, y colegios para sus hijos (enviados a estudiar posgrados al extranjero, sobre todo a universidades estadunidenses).

Desde el salinato desmantelaron el campo y dejaron que los campesinos se fueran a los campos de Estado Unidos y Canadá. Con ellos se fueron trabajadores calificados y así es como hay más de 12 millones de mexicanos allá; y ahora Trump –otro presidente de los ricos– los está expulsando con la crueldad del nazismo, y tan radicalizado que es un Herodes al enjaular a los niños y separarlos de sus padres para obligar a éstos a regresar a nuestro país. Así es como, en términos generales, los poco más de 120 millones de  mexicanos que vivimos en México, con una mayoría en la tercera edad (López Obrador está en los 65) padecemos una situación económica desastrosa; sobreviviendo en un callejón sin salida pacífica por la violencia creada por el narcotráfico, la entrada de armas, la venta de drogas y con una delincuencia aterradora que comete homicidios al por mayor.

Con su victoria en las urnas, López Obrador está negociando con los capitalistas que lo combatieron, y ahora son compañeros de viaje que buscan limar los filos del neoliberalismo económico. Supuestamente se están entendiendo. El tabasqueño convenciéndolos de que contribuyan, que cooperen en sus planes sociales; en su programa a 3 y luego a 6 años para cambiarlo todo, con el riesgo de que todo permanezca igual (que es el gatopardismo de Lampedusa).

Se presentó López Obrador con la divisa: “primero los pobres” y la repetición de: “no les fallaré”. Está por verse si sigue siendo un “luchador social”. Es cierto que la astucia empresarial-patronal lo está cercando. Y aunque el presidente electo no come lumbre, juega con lumbre si no cumple sus promesas y compromisos. Pues como ejemplo está el presidente de Francia, que acaba de ser acusado de ser “presidente de los ricos” y se defendió, acorralado en sus reformas para más capitalismo (la información llegó por Radio-Francia Internacional).

El presidente electo está dando pasos para atrás para reconciliarse con sus adversarios y enemigos. Obtuvo el cargo con arrolladora votación, pero debe hacer transacciones a derecha y al centro para sentar su victoria mientras llega el día de su toma de posesión y refrendar que será el Presidente de los Pobres. Está en cuestión si es un profeta armado o desarmado, tras haber tenido gran fortuna política completada con sus virtudes republicanas, democráticas y su tenacidad, para lograr en “la tercera es la vencida”, la posibilidad de acabar con la corrupción de la élite gobernante con otro refrán: me canso ganso.

En este contexto, imaginemos entre sueños antes de que López Obrador cumpla la promesa de cancelar las millonarias pensiones a López Portillo (que cobra su viuda que le sobra dinero para mantenerse); a Echeverría, que tiene su guardadito; al millonario Salinas; al muy bien pagado como asesor de empresas estadounidenses que privatizó y cobra como profesor en una universidad: Zedillo, no porque renunció a cobrarla; al más que rico y altanero Fox, que ha dicho que no le importa si se la quitan; al rico Calderón y al casi millonario Peña. Pensemos que se reúnen o por separado –para que el pueblo no los odie tanto y aplauda su decisión–, y renuncian a la pensión, gastos de oficina y más de 20 soldados y un oficial de alto rango, para vuelvan éstos a la Defensa Nacional a desarrollar labores propias de su profesión, como lo harán los del Estado Mayor Presidencial. ¿Es mucha belleza?

Los cinco tienen la oportunidad de una actuación democrática, si renuncian a esto. No lo necesitan. Tienen propiedades, amigos que les pasan una “beca”, intereses de sus cuentas bancarias; donadores. Les sobra para que –una vez en su vida– se adornen con un acto semejante. Dice por ahí el gran pensador de la historia de las ideas y teorías políticas, que a los “príncipes” más les vale ser temidos que odiados y conste que los cinco fueron de mano dura contra el pueblo y a uno hasta le cargamos un homicidio (¿o dos, cuando con su hermano fusilaron a una sirviente?); obtuvieron la Presidencia mediante fraudes electorales y desde Acteal, con Zedillo, hasta Atenco con Peña y antes con la matanza de 1971, la brutal represión llegó hasta Ayotzinapa.

Que al menos el pueblo les reconozca que al cuarto para las doce de que les cancelen su pensión, tengan a bien, no tanto devolver lo que se han llevado, pero sí renunciar a lo que reciben inmerecidamente por sus pésimos sexenios –y que Peña ya no sabe cómo terminar el suyo–. Se llevarían el reconocimiento popular (aunque no les guste el populismo). El pueblo diría que, al menos, tuvieron un gesto equivalente a “quitarle un pelo a un gato”. Es, como se dice, una oportunidad de oro. Y le quitan a López Obrador darles una “amarga navidad” cuando antes del 2 de diciembre suscriba dicha cancelación.

Pueden los expresidentes darse ese lujo. Tienen con qué vivir. De lo contrario serán objeto de una vergüenza pública y si antes abdican de esa pensión, hasta lucirán dosis de dignidad. Se trata de que a partir de este agosto ya no cobren lo que les depositan en sus bancos mensualmente. Ya no los odiarían tanto. Así que los mexicanos esperamos que rehúsen recibir los favores que se han concedido entre ellos y que huelen a corrupción. A abuso. De lo contrario serán sacados de la nómina presidencial por bribones.

Álvaro Cepeda Neri

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