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El stealthing, un grave abuso sexual, ocurre cuando –de forma dolosa y en sigilo– el hombre se retira el condón pese a que su uso se pactó con la pareja. Ello viola la libertad de decidir de la mujer y la cosifica, dejándole secuelas físicas y psicológicas. En México, miles de mujeres podrían haber sido víctimas de esta agresión hasta ahora invisibilizada

Primera de cuatro partes

“La primera vez que estuvimos juntos me sentí muy mal. Me sentía indefensa: sólo tenía 12 años, era una niña, y él seguramente ya había tenido relaciones sexuales. Siempre me decía: ‘Hazlo porque me quieres’; y normalmente las relaciones sucedían después de un chantaje. De un momento a otro me quebré totalmente…”

A su “primer amor”, como Carolina lo califica, en vez de recordarlo como una grata experiencia, lo describe como una relación de poder, control y sometimiento. A su corta edad ya vivía en carne propia la coacción y manipulación por parte de su pareja, Jorge, entonces de 17 años de edad.

Después de 2 meses de su primera relación sexual, se presentó una situación que abrió una brecha irreparable en la relación: Carolina sufrió stealthing. “Llevábamos entre 9 y 10 meses de novios; para entonces nuestra relación ya era muy tóxica. Un día estábamos en su departamento y, después de un chantaje, accedí a tener sexo con él, pero algo raro sucedió: cuando terminamos él me dijo que se había quitado el condón, así, sin mi consentimiento”.

Carolina tiene una voz amable, de tonos suaves. Sus labios son delgados; su nariz es pequeña y respingada. Mide aproximadamente 1 metro con 60 centímetros. De tez clara, la joven se muestra muy seria, cordial y atenta. En ocasiones en su rostro se dibuja una sonrisa, pero conforme avanza la entrevista, sus gestos denotan la fatídica experiencia de su primera relación amorosa.

“Comenzamos a tener relaciones sexuales cuando llevábamos unos 7 meses de novios. Él me había dicho que tener sexo con la persona que amas era hacer el amor, y me pintaba toda esa parte romántica, para que, llegado el momento, yo no opusiera tanta resistencia a tener relaciones con él, o para que no dijera cosas como: ‘No estoy segura’… ‘No me siento cómoda’.

—¿Has escuchado hablar del stealthing?

—No –asegura ella.

 “En sigilo” o “secretamente” es la traducción al español de dicho término surgido de una investigación realizada en 2017 por Alexandra Brodsky. En su artículo –publicado en el Columbia Journal of Gender and Law, un sitio que aborda temas de género elaborados por alumnos de la Universidad de Columbia– indica que el stealthing es una práctica sexual en la que el hombre se quita el condón durante el acto sexual sin el consentimiento de su pareja, aunque previamente se hubiera acordado utilizar protección, lo que constituye una agresión sexual hasta ahora invisibilizada en México.

Cuando Carolina escucha la definición, su semblante cambia: se dibuja un gesto de asombro y preocupación, al darse cuenta de que lo que le ocurrió tiene nombre.

De un momento a otro, a su expresión de angustia se suma el nerviosismo en sus manos, que ahora se encuentran con mayor frecuencia, como aplaudiendo pero sin emitir sonidos. Ese movimiento se acelera conforme avanza en su relato: “Yo sentí que el condón se rompió y le comenté para que lo verificara; entonces Jorge ‘checó’ y me dijo: ‘hay que seguir’. Según él, todo estaba bien, pero fue ahí cuando se lo quitó.

“Cuando Jorge me dijo que fuéramos por la pastilla de emergencia sentí que mi mundo se derrumbaba; me creí en el abismo. Recuerdo que lo dijo como si no hubiese sido algo importante, como si el hecho de que se hubiera roto el condón fuera razón suficiente para quitárselo en lugar de haber utilizado otro. Él era 5 años mayor que yo, ya tenía más experiencia en eso, y yo… Yo sólo era una niña de 12 años. Me sentí agredida, me sentí vulnerable. Creo que sí me sentí víctima de un abuso.”

Durante febrero de 2018, los delitos sexuales en México incrementaron 10.6 por ciento en comparación con el mismo mes del año anterior. De acuerdo con cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), las carpetas de investigación por abuso, acoso y hostigamiento sexual, así como la violación simple, violación equiparada, incesto y otros delitos pasaron de 2 mil 568 a 2 mil 841 en el periodo referido.

Las afectaciones

Para Ana Celia Chapa Romero –doctora en psicología por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y especialista en temas de violencia de género, sexualidad y salud–, incluso cuando un chico presiona de alguna manera a su pareja para tener relaciones sexuales es una forma de violencia sexual.

La doctora observa que las repercusiones en quienes han sido víctimas de stealthing van desde el coraje, miedo o tristeza, hasta el sentimiento de culpa, pues “la mujer piensa que dio indicios de no querer utilizar condón, y estos sentimientos suelen transformarse en dolores de cabeza, de estómago, en insomnio o dolores de cuerpo”.

Con la voz temblorosa, Carolina afirma que no podía contarle a nadie acerca de lo sucedido. Temía que sus padres la separaran de Jorge. Para entonces, asegura, ya no distinguía si estaba enamorada de él o si sólo era dependencia. “Con Jorge me sentía extraña. Él podía manipularme a su conveniencia y me frustraba demasiado porque me sentía impotente”.

Una parte de ella quería creer que se trataba de una “mala racha, por la que pasan todas las parejas”. Pero otra parte estaba convencida de que tenía que terminar con esa relación.

Después del episodio de stealthing, siguieron juntos otros 6 meses. “Volvimos a tener relaciones, aunque ya no fue lo mismo. Era muy difícil para mí”. Ahora, Carolina se da cuenta de que las cosas no estaban bien: ya no quería tener relaciones con Jorge, pero él la chantajeaba. “Siempre jugaba con mis sentimientos –recuerda–; trataba de determinar lo que yo quería, pero lo que él me hacía sentir me confundía”.

Además de haber sido dañada a causa del stealthing, Carolina sería también víctima del delito de estupro. De acuerdo con el artículo 180 del Código Penal de la Ciudad de México, son responsables de ello quienes tengan “cópula con persona mayor de 12 [años] y menor de 18 años, obteniendo su consentimiento por medio de cualquier tipo de engaño”. Por ello, se fija una sanción de 6 meses a 4 años de prisión; aunque sólo procede por querella.

Agresiones, cada vez más frecuentes

En el país, cada 9 minutos se violentaba sexualmente a una persona en 2017, indica la Asociación para el Desarrollo Integral de Personas Violadas, AC. Tan sólo en la Ciudad de México se cuentan 60 mil víctimas por año, según el Centro de Integración Ciudadana.

En lo que va de 2018, los delitos de abuso sexual suman ya 164 carpetas de investigación, lo que representa el 40 por ciento de todas las agresiones sexuales denunciadas en el año. Comparado con el número de denuncias recibidas de enero a abril de 2017, el abuso sexual presenta un incremento del 14.6 por ciento, al pasar de 143 a 164 en el mismo periodo de este año.

De acuerdo con la psicóloga Chapa, una persona que fue víctima de abuso sexual puede desarrollar estrés postraumático crónico o agudo, pesadillas asociadas al evento, flashbacks o recuerdos constantes del hecho, así como depresión o ansiedad, y muchas más afecciones de ese tipo.

Después de que los padres de Carolina se enteraron que su hija había tenido relaciones sexuales con Jorge, le exigieron terminar la relación. Esto causó fuertes estragos anímicos en ella: estuvo deprimida poco más de 3 meses. Tuvo que tomar antidepresivos y ansiolíticos.

Según explica Carolina, veía a Jorge como su héroe, su protector. No se quejaba de nada y creía que estando con él nada malo podría pasarle, a pesar de la forma en como la trataba.

 “A esa edad yo no sabía nada acerca de las relaciones, a diferencia de Jorge. Él comenzó a tener el control de la relación y decidía desde la película que íbamos ver, hasta con quiénes podía hablar y con quiénes no. Fue un año y medio lleno de altibajos.”

Ella sentía enojo y desesperación. “Él, de tanto amor que había jurado, no pudo reconocer que había actuado mal”. Y ahí, ella se dio cuenta que ésa no era la relación que quería y debía continuar con su vida.

No obstante, esta temprana relación amorosa marcaría un antes y un después en Carolina, en todos los sentidos: físicos y psicológicos, pues cambió la forma en que veía el mundo, destruyó sus relaciones con amigos, fragmentó a su familia y, sobre todo, transformó su concepto de “amor” por dependencia, control y confusión.

Después de su relación con Jorge, Carolina perdió la confianza en sí misma y en los demás. Intentó tener otro noviazgo pero le fue muy complicado, pues trataba de evitar cualquier contacto físico: hasta un beso le era incómodo.

Este síntoma, asegura la psicóloga Chapa, es característico en las víctimas de algún abuso. Ese shock provoca que la persona afectada no quiera volver a tener relaciones emocionales o sexuales por miedo a que le vuelva a suceder la agresión sexual, explica.

La masculinidad hegemónica

El principal argumento de quienes agreden con el stealthing es que no sienten lo mismo al tener relaciones sexuales si utilizan condón. Para la doctora Chapa, el verdadero motivo es que “nuestra sociedad es machista, y los hombres se rigen mediante la masculinidad hegemónica”.

Ésta, explica, promueve la posición social dominante de los hombres, culturalmente autorizada y autorizante, y bajo este modelo el varón cree tener el “derecho” de no tomar en cuenta a la mujer, de tener varia descendencia o de correr riesgos, como tener sexo sin protección.

“Los hombres que realizan esta práctica lo hacen buscando su conformación masculina, su identidad y su reconocimiento como hombres. Por su afán de formarse en ese paradigma, piensan que pueden pisar los derechos de otras personas, como lo es quitarse el condón sin el consentimiento de la pareja”, explica la doctora.

Carolina cree que Jorge lo hizo porque quizá el condón le lastimaría ya estando roto o porque vio muy fácil despojarse de él y que la pastilla de emergencia lo arreglaría. “Él, tal vez, pensó que no saldría afectado”.

La psicóloga Chapa explica que los hombres que ejercen estos abusos lo hacen porque para ellos es una evidencia de su virilidad, lo cual está asociado a la sexualidad y a su rendimiento. “Conforman su identidad desde pequeños con estas ideas de cómo ser un hombre, lo que genera que ellos piensen que tienen una posición jerárquica mayor a la de cualquier otra persona, sobre todo, en comparación con las mujeres”.

De acuerdo con el SESNSP, en 2017 se registraron 36 mil 160 denuncias por delitos contra la libertad y la seguridad sexual, es decir que cada 24 horas, en promedio, se reportaron a las autoridades ministeriales 99 delitos sexuales en todo el territorio nacional, lo que evidenciaría que la violencia de género ha ido en aumento.

Qué piensan ellos al agredir

“Lo hice sin pensar. Ya estaba caliente y dije: ‘pues equis’. No le pregunté a ella, sino que simplemente quería experimentar algo nuevo, no sé, creo que fue porque me aburrí. Y ahora, casi siempre me quito el condón, pero no le pido permiso. Para ambos es muy placentero”, explica Yair.

De 22 años de edad, narra que la primera vez que cometió stealthing fue con su novia actual, quien es 3 años menor que él.

Cuando el hombre argumenta a su pareja que no se siente lo mismo con condón y que si ella en verdad lo quiere tendría que acceder a tener relaciones sin protección porque así él puede sentir más, “es una clara forma de chantaje; sin embargo, no se le da este nombre porque pareciera que la otra persona accede”, asegura la psicóloga.

Yair, un joven alto, delgado y de tez clara, asegura que desde que tiene relaciones sexuales con su novia ha realizado esta práctica. “Al principio sí era con protección y todo el pedo, pero con la confianza ya no es necesario avisarle. También lo hago porque soy muy sensible al condón y no me permite una erección cabrona: el condón me evita ese pedo y por eso me lo quito”.

—¿Crees que esto puede ser una agresión sexual?

—Depende de si la morra se da cuenta. Mi novia se da cuenta y no dice nada. Creo que podría ser agresión sexual si es algo casual porque, por respeto, no deberías quitártelo: es un acuerdo en el que ambos tratan de protegerse. En el caso de mi relación siento que ya no hay pedo: ella no se molestó la primera vez que lo hice ni ha mostrado enojo hasta ahora. No creo que sea agresión porque hay confianza, pero igual y si están en una relación y dice la chava que no, ahí sí debe serlo.

Los riesgos

Aunque se podría pensar que esta práctica se da sólo en relaciones ocasionales, la realidad es que se presenta también en parejas estables e incluso en matrimonios.

La doctora Chapa, quien ha trabajado con personas que fueron infectadas del virus de inmunodeficiencia humana (VIH), explica que algunas contrajeron la enfermedad debido a que sus parejas no utilizaron condón, por todos los mitos que existen acerca del preservativo.

Entre esos mitos, destaca los siguientes: “que les aprieta, que no sienten lo mismo, que un verdadero hombre corre riesgos… Llegan a poner en duda si la otra persona, en una relación formal, había estado con alguien más y por eso quería usar protección”.

En México, una persona tiene por lo menos 123 relaciones sexuales al año y, en promedio, sólo en cuatro de ellas se usa condón, refiere el Centro Nacional para la Prevención y el Control del VIH-Sida (Censida).

De acuerdo con la psicóloga consultada existe un tipo de violencia denominada expresiva que implica que todo acto violento conlleva un mensaje: “Te hago daño porque puedo, porque quiero y porque te hago notar que tengo el control de tu cuerpo y lo vulnerable que puede ser”.

En ese sentido, explica que toda acción considerada como violencia sexual tiene un mensaje, desde cómo se considera el cuerpo de las mujeres, su cosificación, hasta lo desechable que se les juzga.

 “Cuando el hombre se despoja del condón sin consentimiento manda el mensaje de: ‘no me importa el acuerdo, soy capaz de romperlo porque no me importa ponerte en riesgo. No te concibo como un sujeto con derechos o con opinión’”. Por ello, a través de campañas informativas se puede dar a conocer el stealthing como una práctica que, ella considera, debe ser vista y sancionada como violencia sexual.

En el estudio publicado por el Columbia Journal of Gender and Law se advierte que el stealthing expone a las víctimas a riesgos físicos de embarazo y a múltiples enfermedades de transmisión sexual (ETS), además de que quienes lo experimentan sienten que es una grave violación a su dignidad, lo que implica que la relación sexual deja de ser consensuada y por ello debe proveerse a las víctimas opciones legales para enfrentarla.

Violación de múltiples derechos

Los hombres que practican stealthing deben ser conscientes que además de la agresión sexual que esto representa, también se violan otros derechos, como el de tomar decisiones reproductivas libres y responsables. Éste no sólo hace referencia a la decisión de tener hijos y el momento para ello, sino también abarca el derecho al acceso pleno a los métodos de regulación de la fecundidad.

En entrevista, el abogado Pablo Navarrete Gutiérrez –coordinador de Asuntos Jurídicos en el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres) y especialista en derechos humanos y temas de género– explica que el stealthing “conceptualmente no encaja en lo que el Código Penal considera como abuso sexual, de acuerdo a lo que dice nuestra ley”.

Señala que en el artículo 260 del Código Penal Federal se establece que “comete el delito de abuso sexual quien ejecute en una persona, sin su consentimiento, o la obligue a ejecutar para sí o en otra persona, actos sexuales sin el propósito de llegar a la cópula, y en esta práctica específica, el hombre sí tiene como fin llegar a la cópula”.

A diferencia de México, en países como España el stealthing sí se considera abuso sexual por la falta de consentimiento de la pareja. Ahí, este delito se establece en el artículo 181 del Código Penal: “el que, sin violencia o intimidación y sin que medie consentimiento, realizare actos que atenten contra la libertad o indemnidad sexual de otra persona, será castigado, como responsable de abuso sexual, con la pena de prisión de uno a tres años o multa de dieciocho a veinticuatro meses”.

También en Suiza esta práctica ya está tipificada. Incluso en enero de 2017 un hombre de 47 años fue condenado por violación porque se quitó el preservativo mientras tenía sexo con una mujer que conoció en Tinder, una aplicación que permite conocer a otras personas y concretar citas o encuentros.

Según la agencia de noticias RTS, un tribunal penal suizo dictaminó que, si se había previsto el sexo con preservativo y luego éste no llegaba a usarse, se trataba de abuso sexual. El hombre quedó en libertad condicional por un periodo de 12 meses.

Para el abogado Navarrete, por las consecuencias del quebrantamiento de un acuerdo previo sobre tener una relación protegida “sí podría equiparse con las consecuencias del abuso sexual o de la violación, es decir, no sólo existe ese quebrantamiento, sino que también es posible la transmisión de alguna enfermedad de transmisión sexual (ETS) o un embarazo”.

Lo que decreta la ley en México es el delito de peligro de contagio, establecido en el artículo 199 bis del Código Penal Federal: “el que a sabiendas de que está enfermo de un mal venéreo u otra enfermedad grave en período infectante, ponga en peligro de contagio la salud de otro, por relaciones sexuales u otro medio transmisible, será sancionado de tres días a tres años de prisión y hasta cuarenta días de multa. Si la enfermedad padecida fuera incurable se impondrá la pena de 6 meses a 5 años de prisión”.

En mayo de 2017, la entonces diputada María Victoria Mercado Sánchez presentó una iniciativa de ley en la cual propone la adición de un cuarto párrafo al artículo 199 bis, en el que se establezca que: “quien no utilice o dejare de utilizar un medio preservativo durante las relaciones sexuales sin el consentimiento de quien legalmente pueda otorgarlo y de cómo resultado un mal venéreo se le impondrá de tres a ocho años de prisión y hasta ochenta días de multa”.

En la iniciativa, se argumenta que “es algo verdaderamente atroz que no estén reguladas, en nuestro país, este tipo de prácticas que afectan tanto hombres como a mujeres […]. Es importante regular la práctica conocida como ‘stealthing’, que apenas tiene renombre en México, pero que en un futuro podría dar origen a una serie de infecciones y contagios a gran escala”.

Además, proponía “castigar a toda aquella persona que, sin el consentimiento de quien legalmente pueda otorgarlo, no utilice o deje de utilizar un medio preservativo durante el acto sexual, coito o relación sexual, y que transmita una enfermedad venérea sea mortal o no. Lo que puede originar un foco de infección y cueste mucho más caro amortiguarlo que prevenirlo”. Sin embargo, la iniciativa no se aprobó.

El stealthing, considera el abogado de Inmujeres, es una forma de violencia sexual que no está reconocida como delito, “pero sí es una forma de violencia que atenta contra las mujeres, ya que en el artículo 6, fracción quinta de la Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, se considera como forma de violencia cualquier acto que degrada o daña el cuerpo y/o la sexualidad de la víctima y que, por tanto, atenta contra su libertad, dignidad e integridad física. Es una expresión de abuso de poder que implica la supremacía masculina sobre la mujer, al denigrarla y concebirla como objeto”.

Por ello, si una mujer quisiera denunciar esta práctica en México, ésta podría proceder por la vía penal si se tipifica como el delito de peligro de contagio o se argumenta la agresión con base en esa Ley de Vida Libre de Violencia.

Sin embargo, el abogado Navarrete considera que sería más factible si se interpusiera una demanda por la vía civil, argumentando el “daño moral, para que ella pueda pedir la reparación de ese daño al haber sido víctima de ese tipo de prácticas. Pero, por la gravedad del hecho, considero que esta práctica debería catalogarse como una forma de violencia sexual criminalizada en nuestro país”.

Esta acción, afirma el abogado, lleva a una reflexión más profunda en la que es necesario comprender que las mujeres son sujetas de derechos y cuando ellas conscienten una relación sexual en la que se imponen requisitos, éstos deben de respetarse.

Por ello “deben de existir consecuencias cuando alguien, de manera dolosa, con intención de causar un daño, se retira el preservativo pues ésa es una expresión de una cultura machista con la que hay que acabar, para que los cuerpos de las mujeres dejen de considerarse objetos y se reconozcan con la dignidad que todo ser humano posee”.

El stealthing viola, sobre todo, el derecho a la libertad de decidir, a la individualidad, que, como lo explica la doctora en Ciencias Sociales, Lucía Nuñez Rebolledo –maestra en criminología y especialista en temas de género–, transgrede la autonomía de la mujer, y dentro de esa autonomía deben respetarse las decisiones que se tomen. Si previamente habían pactado que ambos utilizarían protección, y el chico se lo quita, se está mandando el mensaje de: “No me importa lo que tú dices, ni lo que quieres, yo voy a hacer esto porque puedo y porque quiero”.

La doctora afirma que el denunciar este tipo de prácticas permite que se visibilicen y se nombren distintos tipos de violencias que antes no se entendían como tal.

 “No creo que sea nuevo que en el sexo consentido, a mitad del acto, se transgreda ese acuerdo en el que se decidió utilizar preservativo”. Sin embargo, en su opinión, aunque el stealthing sí es “un acto dañoso, más que regularlo penalmente, hay que evidenciarlo. Yo me detendría un poco antes de verlo como un delito”.

Explica que hay que ponderar hasta dónde, “en este tipo de prácticas que nos dañan, queremos una regulación por parte del Estado, porque dejaríamos que el Estado regule las relaciones sexuales. Es importante pensar los efectos riesgosos o perversos que puede tener llevar al Estado hasta nuestra intimidad. No digo que estos abusos no se castiguen, sino que hacemos leyes confiando en que los ministros, los jueces y las leyes en sí funcionan muy bien, pero siempre aparece la revictimización y, en nuestro sistema de justicia, nosotras terminamos siendo las culpables de nuestros propios abusos”.

La licenciada en derecho asegura que sí debe haber una sanción ante el stealthing, pero no necesariamente en el ámbito penal. “Hay que darlo a conocer en la sociedad para que sepan que esto está mal, llegar hasta su reconocimiento y, después, generar mecanismos, ya sea de responsabilidad civil o de multa, los cuales me parecen mucho más efectivos y menos lesivos, donde el estándar probatorio es mucho menor”.

Visibilizar la violencia machista es muy difícil en una sociedad como la mexicana, donde estructuralmente se suele justificar el papel del hombre como sujeto único de los derechos, mientras que a la mujer se le cosifica y discrimina. Empezar por el respeto a las decisiones de la pareja es un primer paso, así como reconocer que la palabra no sólo tiene un significado: “no”.

Karen Ballesteros

[INVESTIGACIÓN][PORTADA, SOCIEDAD][D][SEMANA]

 

Contralínea 601 / del 30 de Julio al 05 de Agosto 2018