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Roma, Italia. “Tenemos que conversar sobre todos los temas, desde el comercio hasta lo militar, los misiles, la cuestión nuclear, China”. Con esas palabras inició el presidente [de Estados Unidos] Donald Trump la cumbre de Helsinki, celebrada el 16 de julio pasado. “Ha llegado el momento de hablar en detalle de nuestras relaciones bilaterales y de los puntos neurálgicos internacionales”, subrayó Vladimir Putin [presidente de Rusia].

Pero los dos presidentes no decidirán solos cómo serán las relaciones entre Estados Unidos y Rusia en el futuro.

No es casual que, precisamente en el momento en que el presidente de Estados Unidos estaba a punto de reunirse con el presidente d Rusia, el fiscal especial Robert Mueller inculpara a 12 rusos acusándolos de haber manipulado la elección presidencial estadunidense penetrando en el sistema informático del Partido Demócrata para perjudicar a la candidata Hillary Clinton. Los 12 inculpados, acusados de ser agentes del GRU –la inteligencia militar de la Federación Rusa–, han sido definidos oficialmente como “los conspiradores” y se les inculpa por “conspiración en detrimento de Estados Unidos”.

Al mismo tiempo, Daniel Coats, director de la Inteligencia Nacional estadunidense y principal consejero del presidente en la materia, acusaba a Rusia de haber “socavado nuestros valores básicos y nuestra democracia”. Y después afirmaba que la “amenaza de ataques cibernéticos ha alcanzado un punto crítico” análogo al que antecedió el 11 de septiembre, no sólo de parte de Rusia –país que calificó como “el agente extranjero más agresivo”– sino también de parte de China e incluso de Irán.

Simultáneamente, en Londres, los “investigadores” británicos anunciaban que la inteligencia rusa (de nuevo el GRU) también envenenó en Inglaterra a un exagente ruso, Serguei Skripal, y a su hija, quienes sobrevivieron inexplicablemente a la intoxicación con un gas extremadamente letal.

Es evidente el objetivo político de esas “investigaciones”: afirmar que a la cabeza de esos “conspiradores” está el presidente ruso Vladimir Putin, con quien el presidente Donald Trump se sentó a la mesa de negociaciones a pesar de la gran oposición de demócratas y republicanos a que lo hiciese. Inmediatamente después de la inculpación contra los “conspiradores”, los demócratas exigieron a Trump que anulara su encuentro con Putin. No lo lograron, pero siguen presionando fuertemente en contra de todo tipo de conversación.

Lo que Putin está tratando de obtener de Trump es a la vez simple y complejo: un relajamiento de la tensión entre los dos países. Con ese objetivo propuso a Trump, quien aceptó, una investigación conjunta sobre la “conspiración”.

No se sabe cómo va a desarrollarse la discusión sobre los temas cruciales: Crimea, Siria, armamento nuclear, etcétera. Tampoco se sabe lo que Trump va a solicitar. Lo que sí se sabe es que cualquier concesión que haga podrá ser utilizada para acusarlo de complicidad con el enemigo. Al relajamiento de la tensión con Rusia se oponen no sólo los demócratas (que han asumido el papel de “halcones”) sino también numerosos republicanos entre los que se cuentan importantes miembros de la administración del propio Trump. No sólo se trata del establishment estadunidense sino incluso del establishment europeo, cuyos poderes y ganancias dependen de la existencia de tensiones y guerras.

No serán las palabras sino los hechos lo que demostrará si el clima de distensión de la Cumbre de Helsinki puede convertirse en realidad. Ante todo con una desescalada de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en Europa; es decir, con la retirada de las fuerzas, incluso nucleares, que Estados Unidos y la OTAN han desplegado contra Rusia y también con el cese de la expansión de la OTAN hacia el Este.

Incluso si un acuerdo sobre esos temas llegara a producirse entre Putin y Trump, ¿podrá este último ponerlo en práctica? ¿O en realidad estaría la decisión final en manos de los poderosos círculos del complejo militar-industrial?

Lo que sí es seguro es que no podemos, en Italia y en Europa, mantenernos como simples espectadores de decisiones que determinarán nuestro futuro.

Manlio Dinucci/Il Manifesto/Red Voltaire

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