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Bagdad, Irak. La codicia estadunidense nunca se satisface. Su historia depredadora comenzó con los arrebatos de tierra a los mexicanos en el siglo XIX y más tarde en Cuba durante la guerra contra España, en una historia hasta ahora sin fin.

En la pasada centuria son notorias las incursiones de los militares estadunidenses con el pretexto de defender la democracia y los valores de Occidente y ahí están los ejemplos de Corea y Vietnam; las invasiones a Nicaragua, Haití y Guatemala.

Empero, esa codicia no se satisface. Las más recientes aventuras bélicas estadunidenses aún en desarrollo se aprecian en Afganistán, Irak y Siria.

Y he que aquí no basta con ocupar territorio e imponer el modelo democrático que Washington pretende para el mundo, sino también con saquear el patrimonio en su forma más burda, refiere una información de la cadena televisiva catarí Al Jazeera.

Muchos de los objetos preciosos exhibidos en museos estadunidenses salieron con prácticas ilegales de sus lugares de origen, destaca ese reporte.

A miles de kilómetros de su tierra natal, esas piezas permanecen en colecciones y galerías que, a juicio de curadores e instituciones, están sanas y salvas, aunque lejos de sus verdaderos dueños.

Autoridades de los países invadidos y ocupados demandan el regreso de esos tesoros culturales, históricos y patrimoniales, pero el proceso contiene mil y una dificultades. Y lo más irónico, algunas de esas piezas sólo vuelven en calidad de préstamo a sus legítimos propietarios, subraya Al Jazeera.

La práctica de saquear emprendida por Occidente va más allá de reliquias u objetos museables: incluye documentos o archivos. Irak es el ejemplo más destacado, sobre todo después de la invasión angloamericana de 2003, de acuerdo con el medio catarí.

Estados Unidos sacó millones de documentos de Irak durante la ocupación. Con excepción del Iraki Jewish Archive, que se espera sea devuelto, no hay planes para devolver ninguna de las otras colecciones.

En un artículo reciente, el New York Times se jactaba de que sus periodistas trajeron a Norteamérica miles de documentos del autodenominado Estado Islámico (EI).

El Baas Party Archive, con unos 3 millones de páginas, cayó en manos de Kanan Makiya, quien apoyó la invasión de 2003, y dirige la Irak Memory Foundation, que, pese a su nombre, es una organización con sede en Washington y carece de presencia en Irak fuera de la zona verde de Bagdad, un lugar vigilado y privilegiado.

En 2005, el Pentágono ayudó a enviar esos documentos a Estados Unidos y aunque el entonces director general de la Biblioteca Nacional y Archivo, de Irak, Saad Eskander, llamó a devolverlos, la fundación de Makiya hizo caso omiso.

La Irak Memory Foundation firmó en enero de 2008 un acuerdo con la Institución Hoover para transferir los documentos allí. Tres meses después, la Society of American Archivist y la Association of Canadian Archivists –la más grande de su tipo en el mundo– expresaron en un comunicado su preocupación por esos registros y otros obtenidos por Estados Unidos “en acciones consideradas saqueo, según la Convención de La Haya de 1907”.

Las dos instituciones remarcaron que esos documentos deben volver a Irak y mantenerse en la Biblioteca y en el Departamento de Archivos Nacionales. Pero los documentos saqueados continúan en la Institución Hoover sin que académicos o investigadores Irakuíes tengan acceso a esa importante colección.

El episodio más reciente de saqueo sacado a la luz corre a cargo de The New York Times, cuyo corresponsal de guerra en Irak, Rukmini Callimachi, publicó un artículo llamado “Los archivos de Daesh”.

Callimachi describió cómo él y su equipo tomaron miles de documentos abandonados por el EI.

“En cinco visitas a Irak, los periodistas de The New York Times hurgaron en las instalaciones dejadas por los terroristas y acopiaron miles de archivos abandonados por la banda extremista”, afirmó el columnista.

De acuerdo con ese relato, fuerzas irakíes de seguridad abrieron el camino y permitieron que se llevaran los archivos sin registro oral o escrito de alguna entidad oficial.

Esos textos son cruciales para la historia del país y su futuro, y pertenecen a los irakíes. Sacarlos de Irak no tiene justificación alguna y por el contrario, viola la Convención de La Haya de 1907, denuncia la cadena catarí.

Los irakíes que regresaron a sus casas después de la expulsión del EI comenzaron a reconstruir ciudades y vidas. ¿Por qué se les ha privado de documentos que contienen pruebas de crímenes cometidos contra ellos?, dice Al Jazeera.

The New York Times espera poner los archivos del Estado Islámico a disposición de investigadores, académicos, funcionarios irakíes y cualquier otra persona con interés de comprender mejor la ideología del terrorismo. Una ironía.

Armando Reyes/Prensa Latina

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