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Peña da lástima con sus constantes pedimentos a sus auditorios (empresarios, priístas, militares, burócratas, etcétera), para que reconozcan lo que –asegura– ha hecho en beneficio del país. En primer lugar, es su obligación cumplir con los compromisos y facultades para los que fue “electo” por Televisa, su Partido Revolucionario Institucional (PRI) y la ayuda de Calderón. En segundo lugar es claro que deja un completo desastre económico, desgracias sociales y una gran crisis política; de lo cual es corresponsable Videgaray, su “vicepresidente” y consejero, autor, entre otras perversidades, de la cuantiosa deuda externa, las estupideces con Trump, anular la Doctrina Estrada de no intervención e imponer a “Mid” como candidato presidencial para hacer el ridículo.

Lo único positivo es que está cavando la tumba del PRI, que no del priísmo o antiguo régimen que enraizó la corrupción y, con Peña, deshizo la división y separación de poderes para declararse, como Luis XIV: “el Estado soy yo” en el contexto de medio millón de homicidios, desempleo, impunidad y una terrible pobreza. Pues bien, ese Peña demanda “reconocimientos” a su mal gobierno, pésima administración y como nuevo Santa Anna, vender la riqueza nacional vía las privatizaciones, mandándose a hacer un nuevo aeropuerto cuyos terrenos aledaños fueron despojados a los campesinos; y que Peña y sus cómplices empresariales ya compraron para su negocio.

Peña se hace tarugo, porque ninguna de las secretarías del despacho presidencial reporta siquiera un 40 por ciento de eficacia, y en cambio sí infinita corrupción, empezando por Sedesol y SCT, donde sus titulares y cómplices han robado y se han enriquecido como nunca. Y que además han sido intencionalmente mal coordinadas por Peña-Videgaray; este último repartiendo dinero del pueblo para comprar elecciones e imponer a los desgobernadores pillados en raterías y elogiados por Peña. Pero en lugar de irse con humildad y la cola entre las patas, Peña alardea que dirigió los tres poderes. Y lo hizo, pues con mayoría priísta-panista, puso al Legislativo a su servicio; y en el Judicial, impuso jueces, magistrados y ministros para controlar a la PGR, la Suprema Corte y el Tribunal Federal Electoral.

Nada hay que reconocerle y sí mucho que reclamarle, porque acabó de hundir a las instituciones en la imparable corrupción y el encubrimiento. De nuevo con su peinado de gran copete y sin perderse –como dijo– capítulo de la serie de Luis Miguel, viaja gratuitamente en un súper avión de lujo y censura las libertades de prensa, empezando por su complicidad con MVS para criminalizar a Carmen Aristegui para tenerla en vilo con la Corte a punto de favorecer a los Vargas, y deja un desastre total: nueve cárteles con miles de células; miles de feminicidios, secuestros, fosas clandestinas y millones de problemas y estallidos de revueltas que representan la rifa del tigre para quien gane las elecciones presidenciales. Y sólo podría medio pagar a los mexicanos con un juicio político y otro penal, con sanción carcelaria.

Es debido a lo anterior que los mexicanos hacen caso omiso de las bondades que promete en su campaña el candidato presidencial que, elegido por Videgaray, enarbola las siglas de PRI. Y que para muchos representa la continuidad de más de lo mismo. Es decir, mucha más corrupción y, por supuesto, mucha más impunidad. Y como está claro que no levanta en las preferencias del pueblo, los empresarios golpistas, aconsejados por los escritos de los Krauze y Vargas Llosa, conspiran para abortar la sucesión presidencial apuntalando al “orador” Anaya. Por lo que se han reunido con Peña –el auténtico presidente del PRI– para rogarle que siguiendo las “recomendaciones” del Bronco, le corte, no las manos, sino la cabeza a “Mid”. Y que el priísmo-peñista en una alianza de facto haga su candidato al “pico de oro” para intentar realmente competir contra Morena-López Obrador; y con mayúsculos fraudes como los hechos por el PRI desde 1946, siguiendo los ejemplos de su padre: el PNR, y de su abuelo el PRM, ponga en Los Pinos a Ricardo Anaya. Quien ya rezagado y con un PAN divido por las deserciones, trae puesto el salvavidas porque su velero se hunde mar adentro de la avalancha que se avecina por la victoria del Movimiento de Regeneración Nacional; el partido que arrasará en las urnas a pesar de las mil maniobras puestas en práctica: compra de votos, decomiso de credenciales del INE y amenaza a los ciudadanos cooptados por el sistema de corrupción, a que voten por el PRI y vía celular entreguen una foto de la boleta cruzada para recibir el importe.

Los Claudio X González, dueños de las empresas cuyo factor común son las papeleras (con rollos de papel higiénico cada vez más reducidos para ganar más), padre e hijo; virulentos para impedir el ejercicio de la democracia directa, no hallan cómo parar al tabasqueño y el tsunami de sufragios a su favor que cimbrará al viejo sistema. Y proponen a Peña que Meade renuncie y sume sus 19 puntos a los 26 de Anaya para enfrentarlos contra los 52 de AMLO. Muy a la Calígula, esos Claudios insisten en descabezar al PRI con la abdicación de “Mid”, parecido a la renuncia de la Zavala, creyendo que así tendrán papel higiénico de sobra para limpiar sus porquerías de corrupción electorera. “Mid” ha sido ya traicionado por quienes tanto hizo desde que fue titular de Hacienda.

Y como Peña no ha cedido a la amenazante demanda, cambiando la “pichada” conforme la antigua tradición de sus intereses, esos Claudios con sus aliados y cómplices han desatado una campaña para amedrentar a sus trabajadores y seguidores para que voten por Anaya –amenazándolos con despidos–, porque saben que el pueblo en su gran mayoría ya decidió apoyar a Morena. Así que esos Calígulas buscan cómo envenenar con su ideología derechista y golpista, para poner las condiciones de un golpe de Estado, asustando, a quienes se dejan, con el petate del muerto del populismo.

Álvaro Cepeda Neri

[OPINIÓN][CONTRAPODER]

 

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