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I. El primer debate en realidad no lo fue, porque el formato lo saboteó. Tampoco fue discusión: fue el escenario de la ferocidad panista (se le olvidó su animadversión contra el Partido Revolucionario Institucional) de Ricardo Anaya quien, rabioso contra Andrés Manuel López Obrador, buscaba no perder el segundo lugar y aumentar su ventaja respecto del pobrecito de José Antonio Meade –Mid–, pues Margarita Zavala [que ya renunció a su candidatura] y el Bronco [Jaime Rodríguez] no contaron. El candidato de Morena [Movimiento de Regeneración Nacional] a la defensiva. Le sacó la vuelta al pleito de un provocador nato como es Anaya, cuya estrategia fue, pues, aferrarse a su posición y, como estaba previsto, atacar al tabasqueño para hacerlo perder los estribos, que no lograron y menos Anaya que buscaba arañar al “puntero” (en las encuestas), para quitarle puntos, que no simpatías populares en las que el tabasqueño es inexpugnable; y no lo desplazarán porque representa, además de su trabajo de aceptación democrática, la cólera y la indignación de los mexicanos que lo apoyan y que son una mayoría incontenible.

II. Previo a la llegada de López Obrador hubo rayos y truenos (como en el vals de Strauss) con una pequeña tormenta lluviosa, como marco al encuentro donde hubo un “quinto malo”: Jaime Rodríguez, con su machismo electorero. Una Margarita que perdió la oportunidad de criticar a quien le quitó las siglas del Partido Acción Nacional. Y el candidato de Enrique Peña-Luis Videgaray, apodado ya como el Ternurita, Mid confirmó que ni es político ni es candidato ni es priísta ni está para competir. López Obrador se mantuvo a distancia. Presente, pero como ausente. Indiferente, como en los versos aquellos de “el ave canta, aunque la rama cruja, como que sabe lo que son sus alas”. Y es que Obrador lleva mucha ventaja entre los ciudadanos del pueblo al que nada le importa el “debate”. Y no había por qué exponerse. Lo han criticado tirios y troyanos en los medios de comunicación que son proclives a la derecha oficial, para no perder en este periodo la publicidad en la que Peña se ha gastado más de 40 mil millones de pesos; e invertirá más para ponerle trabas al panista y ayudar al regiomontano.

III. Todo el espectáculo se centró en el rabioso Anaya y la parsimonia de López Obrador, que “miraba ver llover sin mojarse”. Faltan dos encuentros. ¿Cuentan esos dimes y diretes? Para las encuestas sí (y para el periódico Reforma que vitoreó a su candidato Anaya), y para los ciudadanos aún indecisos. Pero no para los integrantes del pueblo y clase media baja que integran la mayoría de votantes ya comprometidos con el centro-izquierda por pobreza, desempleo y contrarios a la corrupción peñista y su impunidad. Dirán misa los acólitos contra López Obrador, pero éste se centrará en seguir cosechando apoyos para sus propuestas con el factor común de la honradez (que otros llaman honestidad) y el hacer un buen gobierno republicano para mermar al neoliberalismo económico, apoyarse políticamente en las consultas populares implantadas en la Constitución. Y, “echando toda la carne al asador”, rescatar al campo para asegurar la alimentación de todos los mexicanos; así como gobernar en beneficio del pueblo. Anaya seguirá rabiosamente a la ofensiva y López Obrador fiel al: “ladran, Sancho, luego cabalgamos”.

cepedaneri@prodigy.net.mx

Jueves, 17 de Mayo 2018

 

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