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La noticia sorprendió al mundo de los amantes y defensores de la naturaleza y el planeta: el último rinoceronte blanco del Norte macho que quedaba con vida en el planeta tuvo una muerte asistida –la última semana de marzo– en la reserva de Ol Pejeta, en el centro de Kenya.

Bautizado como Sudán, el rinoceronte llegó a la instalación keniana en 2009, y a finales de 2017 desarrolló una incómoda infección en la pierna derecha posterior.

La afección fue evaluada de inmediato por un equipo multinacional de veterinarios, pero luego se descubrió una infección secundaria mucho más profunda.

Combinados los problemas físicos con su edad avanzada de 45 años, la salud del último ejemplar macho de la especie comenzó a deteriorarse y sufrió cambios degenerativos en sus músculos y huesos, que se combinaban con heridas en la piel.

El rinoceronte había pasado acostado 2 semanas a fines de febrero y principios de marzo debido a la incomodidad que le provocaba una profunda herida en su pata trasera.

Los especialistas de la reserva determinaron aplicar la eutanasia a Sudán, tras 24 horas de agudo sufrimiento en que ya no pudo ponerse en pie, indicó un reporte médico veterinario.

En vida, Sudán pudo apoyar la continuación de su especie al preñar a dos hembras, pero su muerte deja en un punto crítico la supervivencia de la subespecie.

Tras hacerse demasiado viejo para aparearse, el único macho vivo de la subespecie pasaba sus días bajo guardia armada las 24 horas, con atención veterinaria frecuente.

Antes de fallecer, le fueron tomadas muestras de material genético para realizar intentos de reproducción de rinocerontes blancos del norte mediante tecnologías celulares en el futuro.

El raro animal nació en 1973 en el actual Sudán del Sur, y fue capturado y llevado junto con otros rinocerontes a un zoológico Dver Kralove de la República Checa, pero tras fracasar los primeros intentos de reproducción natural, fueron llevados a Ol Pejeta.

Su hábitat natural reside en África central y oriental, y en 1960 la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) aseguraba que existían 2 mil 360 ejemplares de este animal en libertad, pero la caza indiscriminada puso en peligro la especie.

Los rinocerontes blancos se distinguen sobre todo por sus cuernos, una de las razones por la que son cotizados entre los cazadores, ya que ese cuerno pulverizado está considerado una medicina en países asiáticos.

Ahora en la instalación africana quedan solamente dos ejemplares de esta rara subespecie, su hija Najin, de 27 años, y la hija de ésta, Fatu, de 17.

Varias organizaciones no gubernamentales lamentaron la muerte de Sudán y llamaron a la movilización ante la extinción de nuevas especies.

Sudán se ha ido, pero aún podemos hacer algo para asegurarnos que ninguna otra especie se extingue ante nuestros ojos, escribió la ONG Wildlife en su cuenta de Twitter.

Por su parte, el presidente de la Fundación Born Free, Will Travers, se preguntó en un comunicado: ¿Cuándo vamos a entender que no podemos seguir usando y abusando de las especies salvajes sin lamentar las consecuencias?

La principal esperanza de sobrevivencia es el desarrollo de una técnica de fertilización in vitro usando semen almacenado de machos y óvulos de hembras de esta subespecie.

Según especialistas, lograr el éxito en las técnicas de reproducción artificial usando rinocerontes blancos sureños sustitutos es otra forma de salvar algunos de los genes blancos del Norte de los animales vivos, pero esto nunca se ha intentado con esta especie.

Los otros se encuentran en esperma de rinoceronte blanco del Norte obtenidos de varios machos ya fallecidos, que se almacenan en Berlín, Alemania.

Del rinoceronte blanco del Sur existen en la actualidad más de 20 mil ejemplares en África, gracias a una intensiva labor de protección de la variedad.

Solamente con un gran hito en la historia de la ciencia reproductiva animal se podrá evitar que el rinoceronte blanco del Norte engrose la lista de especies desaparecidas, entre las que se encuentran el tigre persa, el pájaro carpintero imperial y el delfín chino de río.

Lemay Padrón Oliveros/Prensa Latina

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