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Sería pertinente, ante las cercanas elecciones, exigir a los partidos políticos la inserción obligada del TLCAN en los debates de sus candidatos para detallar al país las razones de su apatía ante un asunto que ha anclado en el subdesarrollo  a la economía nacional y el bienestar de millones de mexicanos desde la entrada en vigor del  acuerdo comercial, hace 24 años.

Al concluir la séptima ronda de negociaciones con los acostumbrados saldos negativos y amenazas veladas por parte del gobierno estadunidense hacia sus socios comerciales y de manera particular a México, al que exige mayor cooperación en la lucha contra el narcotráfico, aparece a escena la inevitable reflexión de qué tanto vale la pena mantener la vigencia de una relación comercial sin dividendos favorables para millones de trabajadores y sus familias; de los tres asociados, somos el país donde se pagan los peores salarios.

Desde agosto, cuando inició la renegociación a exigencia expresa del magnate Donald Trump, funcionarios mexicanos como el secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, se montaron a navegar a la deriva en el frágil barco de la sumisión. En el arranque, Guajardo expresó con cierta dosis de ingenuidad: “no se trata de romper aquello que ha funcionado, sino, por el contrario, de mejorar nuestro acuerdo”.

El meollo del asunto es que desde entonces no se le ha dicho a la nación en qué consiste lo que al parecer de nuestro equipo negociador sí ha funcionado, como tampoco se han expuesto a detalle los beneficios concretos por los que tan denodadamente insisten en hilar en el vacío y “bailar” al son que les toca el presidente estadounidense.

En los primeros escarceos, Trump dejó en claro sus intenciones leoninas para obligar a nuestro país a aumentar sus importaciones de bienes y servicios de Estados Unidos y eliminar del tratado el capítulo 19 para otorgar a su  gobierno  la facultad de reservarse el derecho a violar el acuerdo de manera unilateral en cualquier momento y sin previo aviso.

Hace apenas unos meses el presidente Trump logró de sus congresistas la aprobación de una reforma fiscal tendiente a reducir el impuesto a las empresas estadounidenses del 35 a un 20 por ciento, con el objetivo de convencer a los capitalistas americanos para invertir en su propio país.

Ahora justo en la séptima ronda, Trump señaló que podría reconsiderar la imposición de aranceles a sus socios comerciales,  en un 25 por ciento a las importaciones estadunidenses de acero y 10 por ciento a las de aluminio, si aceptan un nuevo TLCAN “más justo”; es decir, que lleve de regreso a suelo americano las empresas que se han establecido en México y Canadá, este último al que le pide un “mejor trato” a sus agricultores, exigiendo al nuestro un mayor empeño para frenar el tráfico de drogas a sus fronteras.

Desde su entrada en vigor, en 1994, el acuerdo comercial empezó a tejer una monumental estafa en contra del pueblo de México y su patrimonio nacional, ahora consumada con el desmantelamiento de Petróleos Mexicanos, la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y la extinción de Luz y Fuerza del Centro, a través de la reforma energética.

Con la firma del  TLCAN, Carlos Salinas de Gortari acentuó la venta de empresas púbicas iniciada en el gobierno de Miguel de la Madrid, como fueron los casos de Teléfonos de México, la reprivatización de los bancos y la primera apertura a la inversión privada en el sector energético, contemplada como uno de los requisitos para la puesta en marcha del acuerdo.

Más de mil empresas públicas fueron privatizadas sin tomar parecer a los mexicanos de la descarada e improductiva venta de garaje, como fue también el caso de la adjudicación de los ferrocarriles nacionales a consorcios extranjeros  en el gobierno de Ernesto Zedillo, así como el rescate a favor de los banqueros mediante el Fobaproa y el rescate carretero. Millonarios recursos convertidos a deuda pública.

En aras de estar en buenos términos con nuestros socios comerciales, se aceptó la desigual competencia con los productos del campo de Estados Unidos, cuyos agricultores gozan de altos subsidios oficiales; el resultado salta a la vista sin que algún funcionario o partido cargue con sus respectivas culpas. Más de 5 millones de mexicanos migraron al país vecino por la quiebra del agro nacional.

A 24 años nuestra producción agropecuaria se fue a pique, alejándonos de lo estándares establecidos por la FAO para asegurar nuestra soberanía alimentaria; es decir, ser capaces de producir el 75 por ciento de los alimentos que consumimos. Hoy no alcanzamos ni siquiera el 50 por ciento y debemos importar granos básicos como maíz a un altísimo costo.

Ante el fracaso del TLCAN, tanto en el sector primario como en diversas ramas de la industria nacional, desde el gobierno de Zedillo y pasando por los de Fox, Calderón y el actual Peña, se ha optado por la cómoda vía del endeudamiento para mantener a flote nuestra frágil economía y nuestro anémico mercado interno, producto de los bajos salarios y la falta de empleo, aunque del lado oficial se ufanen en decir que se han alcanzado cifras históricas de puestos de trabajo, pero se guarden de señalar que éstos son de ínfima calidad, temporales y sin los beneficios de la seguridad social como producto de las outsourcings, amparadas en la reforma laboral.

Resulta alarmante que la deuda pública ya alcance los 10 billones de pesos y el pago anual por el servicio de la misma rebase los 500 mil millones de  pesos, para un país con una economía estancada y ahora obligado a compartir su renta petrolera y sus hidrocarburos del subsuelo y de aguas profundas con empresas extranjeras.

En casi tres décadas el TLCAN, ni qué dudarlo, sirvió para encubrir una cuantiosa estafa perfecta donde han sido los grandes capitales nacionales y extranjeros los que se han beneficiado con el atraso económico y social de millones de mexicanos.

Por eso, en esta época de elecciones, debemos reflexionar y exigir a los partidos que incluyan como tema obligado en los debates el análisis de los saldos del acuerdo comercial a nuestro país en estos 24 años. En todos estos meses de renegociación se ha negado a permitir que los mexicanos opinen del tema, es hora de explicar a la nación su grado de complicidad en esta estafa perfecta llamada TLCAN.

Martín Esparza Flores