jueves 2, julio 2020

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Moscú, Rusia. El afán por negar, eliminar, acorralar o borrar todo lo ruso en la historia, actividad o símbolos de Ucrania, parece llevar a la dirección de su gobierno a imperdonables errores, no solo ante Moscú, sino ante Occidente.

La tendencia a negar cualquier relación con lo que Kiev califica de agresor, para justificar una guerra fratricida en el sureste y sus acciones antirrusas, se realiza bajo presión de fuerzas neofascistas y revanchistas en la república exsoviética.

Con ese manto, Kiev volvió a ampliar la lista de personas físicas y jurídicas rusas sometidas a sanciones en un intento por llamar la atención sobre Ucrania, mientras que en Occidente se vuelven a abrir canales de comunicación con Moscú.

La operación de castigo de las fuerzas armadas ucranianas en la región suroriental del Donbass cumplió en abril pasado 3 años y en lugar de someter a sangre y fuego a las repúblicas de Donetsk y Lugansk, más bien éstas le complicaron aún más las cosas a Kiev.

El gobierno ucraniano, que al iniciar la operación debió mandar a la zona de guerra a grupos neofascistas recién incluidos en una Guardia Nacional, ante el rechazo de los militares a combatir a su propia población, ahora busca como justificar la continuidad de la guerra.

De acuerdo con fuentes de la jefatura de las fuerzas de autodefensa de Donetsk, en violación de los acuerdos de Minsk, Kiev concentró en los últimos meses un gran volumen de técnica de guerra a lo largo de toda la línea de confrontación en la zona del Donbass.

El arreglo pactado en febrero de 2015 estipula el cese total de hostilidades, retirada de los medios pesados de guerra a más de 70 kilómetros de la línea de combate, resolver el estatus de Donetsk y Lugansk, y el regreso del control ucraniano de la frontera con Rusia.

Pero Kiev de ninguna forma pierde la oportunidad para presentarse como la víctima en el diferendo. Tememos un ataque cibernético de Rusia como mismo ya hizo al inmiscuirse en las elecciones de Estados Unidos y Francia, declaró el presidente ucraniano, Piotro Poroshenko.

Otra cosa no se podía esperar de Poroshenko, declaró el politólogo Oleg Ignatov al comentar las afirmaciones del estadista ucraniano.

Ahora, en medio de una crisis económica en Ucrania, se acerca el primer encuentro directo del presidente ruso, Vladimir Putin, y su similar estadounidense, Doanald Trump, en la cumbre de Hamburgo del Grupo de los 20 y es necesario llamar la atención, consideró Ignatov.

La tarea consiste en presentar, cada vez que se pueda, a Rusia como una amenaza, como un país con el cual es imposible y peligroso concertar acuerdos de ningún tipo, señaló el experto.

Ello ocurre, después de que la canciller federal alemana, Angela Merkel, dialogó con Putin en Sochi, y de que el ministro ruso de Relaciones Exteriores, Serguei Lavrov, lo hizo con Trump en Washington.

Además, el día 17 de este mes, el mandatario ruso también se reunió en Sochi con el primer ministro italiano, Paolo Gentiloni, con quien firmó una declaración conjunta y varios memorandos de cooperación, incluido entre la petrolera Rosneft y la empresa italiana ENI.

A ello se suma la necesidad de reforzar el control del flujo informativo por parte de Kiev, que presenta la operación de castigo contra la población en Donbass como una guerra contra el supuesto agresor ruso.

Entre las compañías que ahora quedan sancionadas están varios medios de prensa rusos y redes sociales como Vkontakte y Odnaklasnik, el buscador Yandex y el servicio de correos online Mail.ru, así como los Laboratorios Kospersky y Doctor Web.

Tras rechazar esa medida, el Bloque Opositor en la Rada Suprema (parlamento unicameral) denunció que ello viola los derechos básicos de libertad de expresión y de prensa de los ciudadanos.

La acción apenas puede dañar el trabajo de las mencionadas redes sociales que comunican a millones de personas en todo el espacio postsoviético; sin embargo, habla aún más de las restricciones que impulsa Kiev contra su propia población, denuncia el citado bloque.

En las compañías incluidas en el nuevo listado figuran también medios de prensa occidentales. Quizás por ello, la prensa alemana, casi siempre crítica de Moscú y  favorable a Poroshenko, en esta ocasión denunció el alejamiento de Kiev de principios democráticos.

La necesidad de mantener la leyenda de la amenaza rusa y su estatus de país agresor, por cierto, al que desde 2014 se desplazó un millón de ucranianos desde el golpe de estado de febrero de 2014.

Moscú llama la atención sobre las nefastas consecuencias de ideas descabelladas, manejadas por diputados del ultraderechista Frente Nacional para introducir el régimen de visado con Rusia.

Poroshenko y algunos de sus seguidores presentan la posibilidad de recibir visa de Schengen para los ucranianos como una gran victoria, aunque ese derecho está limitado a 90 días, sin posibilidad de instalarse en ninguna nación de la Unión Europea para trabajar allí.

Ahora son mil 228 las personas físicas y 468 las jurídicas incluidas en los listados ucranianos, mientras que el vocero del Kremlin, Dmitri Peskov, recordó que Moscú se reserva su derecho a la reciprocidad.

Como respuesta a medidas punitivas aplicadas por Ucrania para desarticular el sistema de economía cooperada entre ambos países, Rusia, además de aplicar contramedidas, puso en práctica un amplio programa de sustitución de importaciones ucranianas (ukrasameshanie).

Moscú logró crear esferas nuevas de producción que antes solo correspondían a la vecina nación, que, con anterioridad, amenazó con cerrar filiales de bancos y suspendió vuelos directos desde Rusia.

Sin embargo, la rusofobia llegó a su punto álgido el pasado día 9, cuando se intentó prohibir los símbolos soviéticos en las marchas por el Día de la Victoria, una celebración eliminada del calendario ucraniano.

De hecho, Poroshenko anunció su intención de convertir en ley oficial la prohibición de portar en Rusia la cinta de San Jorge, vinculada en su momento a la época zarista, pero convertida en símbolo de la lucha del pueblo soviético en la Gran Guerra Patria (GGP).

Pese a la información anti rusa y de marcada tendencia neofascista en la prensa ucraniana, unas 600 mil personas participaron en Kiev en la marcha del Regimiento Inmortal, en la que sus participantes portan las fotos de sus familiares caídos en la GGP.

Sin dudas, algo le está fallando a Kiev, a la que cada vez parecen oír menos en Occidente.

Antonio Rondón*/Prensa Latina