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No son sólo los periodistas las únicas víctimas de la sangrienta criminalidad de las delincuencias que matan soldados, marinos, policías, presidentes municipales, mujeres, hombres, niños. Es una matanza generalizada por las fallas de la creciente inseguridad, contra la que no se dan abasto las medidas militares ni de las policías federal y de las entidades, que a su vez cometen abusos, porque el presidencialismo a la Peña y sus desgobernadores, incluyendo a jueces y ministerios públicos, por miedo o complicidad con los narcotraficantes no cumplen para implantar el estado de derecho.

Y es que, además, aumenta la impunidad corrupción y falta de transparencia, pues todo termina siendo información reservada para que los mexicanos no podamos enterarnos de los manejos ocultos en las administraciones públicas. Es así que, con el peñismo, ya suman más de 1 millón de muertes a partir de los crímenes desde el salinato. Y diariamente se descubren fosas clandestinas con miles de cadáveres, cuerpos mutilados, cráneos, etcétera.

En el Veracruz de las raterías de Javier Duarte de Ochoa y su cártel de saqueadores, matones y delincuencia organizada, ha tenido lugar otro homicidio, entre los cientos de miles cuyos cuerpos están sepultados en fosas clandestinas, y otra vez es de un periodista que se suma a esos que han encontrado las madres del Colectivo Solecito, y que sucedieron al amparo de ese Duarte y su familia, sus funcionarios cómplices e, indudablemente, la protección del peñismo en cuyas narices no se fugó sino que lo dejaron escapar y esconderse, de tal manera que la PGR lo buscaba donde sabían que no estaba.

Ahora se trata de Ricardo Monlui Cabrera, dedicado al periodismo como reportero, columnista, dirigente de la Asociación de Periodistas y Reporteros Gráficos de Córdoba y la Región. Editor del diario impreso: El Político, Colaborador de El Sol de Córdoba y del Diario de Xalapa. La información al respecto nos la dieron: Edgar Ávila, Eirenet Gómez (El Universal, La Jornada y el staff de Reforma, 20 de marzo de 2017), para ser un capítulo más de ese drama sangriento y privación de las vidas de más veracruzanos que siguen sobreviviendo en la terroríficas ingobernabilidad e inseguridad. Ha sido un homicidio con todas las agravantes.

Y ya son más de 16 periodistas eliminados, donde funcionarios y delincuentes tienen mucho que ver porque unos y otros, separadamente o en complicidad, realizan esos actos de barbarie por venganza y para que los medios de comunicación entiendan que sus reporteros, analistas y críticos, deben dejar de ocuparse de los hechos criminales de quienes abusan del poder público, ejercen toda clase de violencia contra los ciudadanos y han hecho de Veracruz la entidad de mayor salvajismo de los cárteles gubernamentales y del narcotráfico.

En el contexto del sistema jurídico vigente del Estado federal y los estados de la Federación, los mexicanos no sabemos cómo obligar a los gobiernos para que detengan esa bestialidad, ya que priva en Veracruz una ferocidad que supera toda crueldad. Secuestran para matar. Desaparecen mujeres y niñas para utilizarlas como esclavas sexuales y encargarse de la cocina. Y a jóvenes para obligarlos a ser sicarios. Convencen con dinero a policías y militares para que, como en Ayotzinapa, les entreguen a quienes detienen. Y todo eso en la mayor impunidad; por lo que nuestro país es propiedad absoluta de las delincuencias que han implantado el terrorismo a sabiendas de que la impunidad y complicidad los protege. Y hasta pueden escapar de las cárceles. Así es que otro periodista fue asesinado, como parte de la estela de la corrupción sangrienta de Javier Duarte y sus cómplices.

Al momento de redactar esta nota, el reportaje de Jacobo García y Pablo Ferri (El País, 4 de abril de 2017), nos ayuda con la información de lo que titularon: Periodistas silenciados a balazos para sintetizar que: “Cecilio Pineda, Miroslava Breach y Ricardo Monlui, son los tres últimos reporteros asesinados en México, que se suman al centenar de víctimas registradas desde 2000”. Y es que, de entre el millón de homicidios ordenados o ejecutados por delincuentes y funcionarios, los reporteros –que son los ojos y oídos del periodismo en cualquiera de sus modalidades (la radio, televisión y medios escritos)–, están en la mira de los matones, para tratar (y hasta lograr) silenciar la búsqueda de la información para ser dada a conocer al público. Siendo así que, cumpliendo con su deber profesional, los trabajos de Miroslava, Cecilio y Ricardo pusieron a la luz del día los hechos que exhibían a sus actores.

Ciento tres periodistas han sido privados de sus vidas, al menos desde el sexenio presidencial del frustrado proceso de alternancia foxista, calderonista y el regreso tramposo del peñismo; es decir, de Acción Nacional (PAN) al Revolucionario Institucional (PRI). Y la publicación más reciente sobre la criminalidad contra los periodistas es la investigación del periodista Carlos Moncada Ochoa, en su libro Oficio de muerte: periodistas asesinados en el país de la impunidad, que alcanzó a prologar Miguel Ángel Granados Chapa (editorial Grijalbo), donde nos da cuenta y razón de cuántos y porqué han sido privados de la vida periodistas como ahora Ricardo Monlui Cabrera.

Oficio de muerte es la historia de hechos penales casi siempre sin sanción, desde el porfiriato hasta el calderonismo (1860-2012). Pero parece que el periodista sonorense ha de ocuparse en otro texto de lo sucedido desde 2012 a este 2017, en lo que parece ser una historia sin final. Y es que no paran toda clase de homicidios que nos han convertido en una nación diariamente ensangrentada, por asesinatos a lo largo y ancho del país. Y con esos reporteros, miles de mujeres, niños y hombres son asesinados, secuestrados y desaparecidos; haciéndonos sobrevivir en un México sitiado por los delincuentes que matan con toda impunidad.

Álvaro Cepeda Neri

[BLOQUE: OPINIÓN][SECCIÓN: DEFENSOR DEL PERIODISTA]

Contralínea 537 / del 01 al 07 de Mayo 2017