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El diario nigeriano Premium Times publicó una historia sobre Ali Mustafa, joven de 17 años embargado en sus frustraciones, ante todo, por ser víctima y victimario en un proceso que cuesta trabajo entender.

El Ministerio de Seguridad y Defensa Civil (Nscdc) presentó a finales de marzo a ese adolescente acusado de pertenecer a la secta Boko Haram, y el aún sospechoso admitió que asesinó a 18 personas desde que se unió al grupo terrorista hace 3 años, luego de que se lo llevaran de su aldea.

Según su versión, fue obligado a unirse a la agrupación extremista cuando ésta atacó su pueblo en Monguno. Con ese comando se marcharon muchos niños, con la presión que de hecho se sufre en un rapto, como los que acostumbra ejecutar ese grupo armado en el Norte del país, donde en 2009 comenzó sus operaciones terroristas.

 “El adolescente dijo que ganó habilidad para manejar rifles de asalto, con lo que ejecutó a sus víctimas”, detalló Premium Times en su referencia de un niño convertido en asesino por los intereses de una dirigencia extremista de confesión islámica que pretende establecer un micro-Estado integrista, tras sepultar la convivencia nacional.

Eso que ocurrió con Ali Mustafa es la reedición de muchas historias de jóvenes y adultos marcados por la violencia desatada en Nigeria, y la que muchos opinan que requiere acabar; es un conflicto que evidentemente va más allá del enfrentamiento al gobierno y sus fuerzas de seguridad con la guerrilla fundamentalista.

“Los insurgentes de Boko Haram vinieron a nuestra aldea y se llevaron con [uso de la] fuerza a muchos de nosotros. Nos quedamos en el campamento cerca de Kala Balge y desde allí llevamos a cabo varias operaciones, durante las cuales yo personalmente maté a 18 personas”, dijo el encausado.

“Puedo manejar todo tipo de armas incluyendo AK-47 y rifle AA (antiaéreos).”

El muchacho dijo que su última misión era ir a Maiduguri para espiar a su grupo, como lo hacía a menudo antes de que se llevaran a cabo los ataques. Decidió cambiar de opinión en el camino a la ciudad, amplió el rotativo.

“Estaba cansado de matar a la gente en contra de mi deseo, así que le dije a mis otros dos colegas –con quienes se nos pidió que fuéramos a la misión de espionaje– que debíamos abandonarla y huir”, agregó la versión de prensa. Al final resultó capturado por las fuerzas de seguridad nigeriana.

Lo anterior es un ejemplo que ilustra cómo un propósito mezquino –convertir a un niño en criminal, como ocurrió con Ali Mustafa– deviene delito de lesa humanidad, pero éste sólo es un caso.

Todo comenzó en Maiduguri

Maiduguri, la capital del norteño estado nigeriano de Borno, a principios de la pasada década fue escenario de la formación de un complejo que contaba principalmente con instalaciones que dirigía Utaz Mohamed Yusuf.

Nada anormal debía preverse, toda vez que en la región septentrional de Nigeria reside gran cantidad de musulmanes, aunque también lo hacen fieles de otras confesiones, pero a principios de la década de 2000, la convivencia interreligiosa se lesionó con la influencia de ideas salafistas, una versión dura de la variante política en el Islam.

El grupo terrorista presenta una evolución, tanto en su estructura organizativa, medios utilizados y su estrategia, como en los objetivos a atacar desde la muerte de su líder en 2009”, apunta en un dossier sobre la secta el investigador y criminalista David Garriga Guitart.

Esa transformación incluyó la multiplicación de sus efectivos mediante el rapto: cientos e incluso miles de niños fueron secuestrados en Nigeria desde 2013, cuando Boko Haram reforzó su sublevación, precisó un resumen del Alto Comisionado de la Organización de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).

Según el gobierno, se calcula que desde el inicio de la guerra la secta raptó a más de 10 mil mujeres y niñas.

El gran estallido sucedió en 2009, cuando Boko Haram, que, tras muchas aproximaciones lingüísticas en hausa equivale a la cultura occidental es tabú o está prohibida para los musulmanes, lanzó lo que consideraron el inicio de una Jihad, o guerra santa, que es la vía para la purificación de la vida y espíritu de cada fiel.

Jama’atu Ahlus Sunnah Lidda’ Awati Wal Jihad, una traducción poco exacta del nombre del grupo armado, que fomentó una escalada de terror, la cual a la larga no rindió el fruto apetecido; de lograrlo, serviría en bandeja dorada la posibilidad de una fractura del Norte nigeriano para gusto de los intereses empeñados en eso.

Boko Haram aparece como el instrumento de intrigas para empeorar la situación nacional, evitar se implante y acepte de manera total la gobernabilidad que se aplicaría mediante acciones afirmativas y de formas participativas para abarcar a todos los ciudadanos.

La idea de destruir las bases físicas e institucionales en que se funda el federalismo nigeriano y a partir de sus ruinas configurar una suerte de “neocalifato”, es decir, una estructura de poder teócrata y autoritaria, donde sólo regiría la legislación islámica (Sharía), pero en cuya interpretación más radical… no funcionó.

Así, los sucesos ocurridos en Maiduguri ­–ataques a las instalaciones policiales y de otros componentes de las fuerzas de seguridad– pusieron en crisis todo entendimiento en términos de pacto social, a la vez que definió quiénes eran los enemigos y cómo se les debería de tratar entre borbotones de sangre.

Mohamed Yusuf pereció en aquellos enfrentamientos de 2009 y con él otros hombres supuestamente más relevantes de esa insurgencia, pero el descabezamiento fue temporal, porque al creador de la secta le sucedió Abubakar Shekau, quien resultó menos teórico, pero más mediático.

Este mes se cumplirán 3 años de que el grupo extremista secuestró a más de 200 escolares en la localidad septentrional nigeriana de Chibok, un acto lleno de crueldad perpetrado por la organización, culpable de centenares de actos similares, aunque menos espectaculares: en este caso fue objeto de repudio mundial.

Más de 100 mil personas, tanto musulmanas como cristianas, asesinadas y más de 2 millones de desplazados, constituyen el fruto de la acción de Boko Haram en el país, según el gobernador del estado de Borno, Kashim Shettim, quien aclaró que el grupo armado es simplemente una facción terrorista.

La esencia es que esa formación armada no es sinónimo de una religiosidad ortodoxa extrema, sino de castigo y muerte con la violencia comandando sus acciones, por lo cual nunca logró difundir una interpretación adecuada y mesurada de la realidad social en el Norte nigeriano, sino que siempre viajó hacia las posiciones más radicales. Es difícil imponer ese tipo de código de conducta en zonas de comunidades que practican en diversas confesiones y en un país donde el bien más deseado sólo puede ser la convivencia para superar obstáculos de la contemporaneidad, que son entre otros animar la vida.

Eternizar ese quehacer vandálico que incorpora al odio y da la espalda a la esperanza, constituye una opción sin futuro; es prolongar la pesadilla en la cual estuvo Ali Mustafa.

Julio Morejón/Prensa Latina

[OPINIÓN]

Contralínea 536 / del 24 al 30 de Abril 2017