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Cuatro mil quinientos refugiados, en barcas inestables a la deriva por el Mar Mediterráneo, fueron rescatados frente a Italia hace unos días. Ya son 38 mil las personas salvadas en el mar este año, pero son más de 700 los muertos. En 2014 hubo más de 3 mil 400 ahogados y más de 200 mil personas intentaron cruzar el Mediterráneo en 2015.

Los gobiernos insisten en la intensa presión migratoria para justificar sus erráticas políticas y actuaciones. Pero no analizan causas y menos las afrontan. Es más, promueven una confusión interesada entre inmigración y refugio. En el mismo saco, refugiados e inmigrantes. Peor, hacen pasar por inmigrantes a quienes son refugiados.

Según la Convención de Ginebra, refugiado es quien por temor fundado a perder la vida se ve forzado a marchar de su país. Esos miles de personas no emigran sin papeles por una vida material mejor, aunque es su derecho: se arriesgan a un viaje peligroso (como demuestra la media de más de 60 ahogados por semana en los últimos años), porque en sus países de origen también peligran su integridad física, su libertad.

¿Qué responde la vieja y caduca Europa? Tapa el problema, lo disfraza… y regatean los tacaños gobiernos cuántos refugiados tocan a cada país. Y ahora, para más inri, la Unión Europea acuerda una misión naval con buques de guerra y helicópteros de combate para luchar contra lo que llaman mafias, que así magnifican a quienes ilegalmente transportan emigrantes por el Mediterráneo en barcas inseguras. Una “operación de gestión militar de crisis” y destruir esas embarcaciones, llegado el caso, como combatir un tumor cerebral con aspirinas, o matar al mensajero porque trae malas noticias.

Pero muchos de quienes se arriesgan por el Mediterráneo o intentan saltar la valla de Melilla no son inmigrantes sin papeles en sentido estricto. ¿Por qué aumentan las personas que se lanzan al mar precisamente cuando se agravan el conflicto y la violencia en el Oriente Medio con la irrupción del Estado Islámico? Por cierto, el profesor canadiense Michel Chossudovsky, director del Centro de Investigación sobre la Globalización de Montreal, ha demostrado con abundantes pruebas que el llamado Estado Islámico fue creado por la Agencia de Central de Investigación de Estados Unidos, el Instituto de Inteligencia y Operaciones Espaciales de Israel y el Servicio de Inteligencia Secreto Británico para reventar Siria.

Pero, más allá de la responsabilidad occidental en el aumento de violencia, como indica el filósofo Augusto Klappenbach, “estos emigrantes tienen derecho a exigir asilo en otros países. La legislación internacional es clara al respecto”. Así es y ese derecho está recogido en la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea. Pero la timorata Europa le da poca importancia o, dicho de otra manera, se pasa el derecho de asilo por el forro.

Aunque no debería sorprender cuando el primer ministro británico Cameron anuncia medidas fascistoides para controlar la llamada inmigración irregular, como confiscar los sueldos de los indocumentados e incluso considerar el trabajo irregular como delito penado con cárcel. Aberrante. Mientras, por su parte, el gobierno español devuelve en caliente a inmigrantes irregulares detenidos, contra toda garantía jurídica y pisoteando derechos elementales.

La respuesta militar europea es un grave error, porque esas mafias sólo existen en la manipuladora mente de los mandatarios europeos. Quienes se lucran organizando huidas de personas desesperadas por el Mediterráneo no forman una organización que pueda ser designada mafia. Ni tampoco hay una flota fija, porque se utilizan barcos de pescadores locales para cada travesía. El navío contrabandista de hoy fue pesquero ayer. Y viceversa. Así lo ha descrito Patrick Kingsley, corresponsal de The Guardian, quien asegura que en la costa libia ese contrabando de gente es un negocio disperso con redes superpuestas e informales que surgen, cambian o se desvanecen.

¿Se pueden poner puertas al mar? Kingsley afirma que “hará falta algo más que una acción militar en Libia para frenar a los refugiados desesperados y a las personas pobres migrantes”.

¿Qué hacer? Desde luego no el plan de la Unión Europea. Organizaciones ciudadanas solidarias y defensoras de derechos humanos proponen medidas en dirección opuesta: desarrollar una verdadera política de inmigración basada en derechos de las personas y organizar una estructura de salvamento para evitar que muera más gente en el mar. No helicópteros de combate. Además de garantizar el vigente derecho de asilo y afrontar las causas reales de esas navegaciones masivas forzosas y asaltos a la valla de Melilla, España.

 

Xavier Caño Tamayo*/Centro de Colaboraciones Solidarias

*Periodista y escritor

[OPINIÓN]

 

 

 

Contralínea 441 / del 15 al 21 de Junio 2015