Autor:

La desaparición de especies implica, generalmente, también el fin de formas de vida social humana distintas a la dominante occidental: la extinción de especies animales va acompañada de la desaparición de especies del reino vegetal y la destrucción de hábitats donde viven indígenas. Los problemas asociados a la extinción de animales terminan convirtiéndose en conflictos políticos y económicos

Stella Paul*/IPS

Pyeongchang, Corea del Sur. El pollito de la montaña no es un ave, como su nombre indica, sino una rana. Kimisha Thomas, oriunda de la isla caribeña de Dominica, recuerda cuando estos anfibios o crapaud, como los denominan los lugareños, se encontraban hasta “en el patio trasero” de la casa.

Para la población local son un manjar que se come en ocasiones especiales, como el Día de la Independencia, pero en la actualidad su caza está prohibida. Los científicos calculan que ahora sólo quedan 8 mil de estas ranas.

Hará unos 10 años que los dominiqueses notaron que las ranas se comportaban de forma anormal, con señales de letargo y abrasiones en la piel.

 “Empezaron a morir”, explicó Thomas, funcionaria del Ministerio del Medio Ambiente de Dominica, durante la 12 Conferencia de las Partes (COP 12) del Convenio sobre Diversidad Biológica (CDB), que se desarrolló del 6 al 17 de octubre en Pyeongchang, Corea del Sur.

Investigaciones preliminares revelaron que la mortandad se debía a la quitridiomicosis, una enfermedad infecciosa que afecta a los anfibios.

También se produjo una fuerte disminución en la población del loro sisserou, exclusivo de Dominica, que habita principalmente en las selvas montañosas. Su paulatina desaparición se debe a la destrucción de su hábitat, señaló Thomas.

Pero Dominica no es el único país que padece la rápida desaparición de distintos animales. Según la Lista roja de especies amenazadas, uno de los inventarios más completos sobre el estado de conservación de la fauna, se cree que 2 mil 599 de las 71 mil 576 especies estudiadas recientemente están en peligro de extinción.

La lista, compilada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, pretende alcanzar las 160 mil especies evaluadas en 2020. El índice actual, aunque incluya sólo la mitad de esa cifra, ofrece un panorama sombrío.

En general, las comunidades tribales e indígenas son las primeras en sentir las consecuencias, económicas y culturales, de la extinción de las especies.

Como ha señalado Thomas: “La crapaud era nuestro plato nacional. El loro sisserou [también conocido como amazonas imperial] está reproducido en nuestra bandera nacional. Su pérdida implica la pérdida de nuestra propia identidad cultural”.

Algo similar le sucede a la comunidad parsi de India, cuya cultura dicta que los muertos se coloquen en estructuras elevadas, las “torres del silencio”, para que los consuman las aves de rapiña, como buitres y cuervos. El singular rito funerario es una parte integral del zoroastrismo, una religión que estipula que los cadáveres deben volver a la naturaleza.

Pero en las últimas 2 décadas desapareció el 99 por ciento de los buitres en India, algo que complica la continuidad del rito milenario.

Aumenta la carga económica

Además de alterar antiguas prácticas culturales y espirituales, la desaparición de diversas especies también tiene consecuencias económicas para las comunidades indígenas, según Anil Kumar Singh, de 65 años de edad y oriundo de Chirakuti, una localidad en el Noreste de India.

En su infancia no se recurría a los médicos para dolencias menores, como el resfriado común o el malestar estomacal, cuenta.

 “Usábamos vishalyakarni”, una hierba medicinal, “para los dolores y los cortes. Tomábamos el jugo de las hojas de basak”, o adhatoda vasica, “para la tos, y el extracto de las flores de loto para la disentería”, explica a Inter Press Service (IPS).

 “Pero ahora esas plantas ya no crecen aquí. Aunque las plantemos, se mueren y no sabemos la razón. Ahora tenemos que comprar medicamentos en la farmacia para todo”, asegura.

A veces, el costo es mucho mayor. Los estados indios de Haryana y Uttar Pradesh experimentaron una explosión en el número de perros callejeros, lo que elevó el riesgo sanitario de la población.

Neha Sinha, de la Sociedad de Historia Natural de Bombay (BNHS, por su sigla en inglés) dice a IPS que el fenómeno de los perros callejeros se remonta a la práctica del ganado muerto que los agricultores dejaban a la intemperie para que lo consumieran las aves de rapiña.

Como ya casi no quedan buitres en India, los perros se alimentan de los animales muertos y son cada vez más agresivos, hasta el punto de atacar a los humanos. BNHS está criando buitres en cautiverio con el fin de evitar la extinción total de esas aves.

Un estudio de Birdlife International concluyó que la población de perros callejeros en India asciende a 5.5 millones, debido a la desaparición de los buitres.

Se produjeron “38.5 millones más de mordidas de perros y más de 47 mil 300 muertes adicionales por la rabia, lo cual puede haberle costado a la economía de India 34 mil millones de dólares”, según el informe.

Lagunas legales y de conocimiento

La casi extinción de los buitres en India se atribuye al diclofenaco, un analgésico al que son alérgicos y que suele dársele a las vacas y búfalos. El gobierno prohibió el fármaco en 2004, tras una intensa campaña, pero la ley no se aplica y el mismo sigue en uso, indica Sinha, de BNHS.

En otros casos, la falta de conocimientos dificulta la solución. Por ejemplo, Dominica aún no sabe cómo llegó el hongo de la quitridiomicosis a su territorio, ni cómo manejarlo.

Lucy Mulenekei, directora de la Red de Información Indígena de Kenia, dice a IPS que el descenso de la población del ganado en su país afectó a los masáis, una tribu de pastores que vive de sus rebaños.

Ahora, obligada a vivir de la tierra, la tribu está en crisis.

 “Los masáis no saben qué tipo de herramientas agrícolas necesitan, ni cómo usarlas. No saben qué semillas deben usar, ni cómo acceder a ellas. Hay una enorme brecha en el conocimiento y la tecnología”, explica Mulenekei, que también es masái.

En respuesta a la crisis, gobiernos y agencias de la Organización de las Naciones Unidas elaboran iniciativas para abordar el problema.

Carlos Potiara Castro, asesor técnico de la Secretaría de Medio Ambiente de Brasil, dirige uno de esos proyectos en el archipiélago Bailique, a 160 kilómetros del norteño municipio de Macapá, que les enseña a las comunidades de pescadores a conservar la biodiversidad. La población local ya aprendió las propiedades de 154 plantas medicinales.

El costo anual del proyecto es de unos 50 mil dólares, pero Potiara asegura que se necesitarán más fondos para redoblar el trabajo y reproducirlo en todo el país.

Eso pronto será posible gracias a la nueva iniciativa del gobierno de Alemania, junto con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el Fondo Mundial del Medio Ambiente, que ofrece 12.3 millones de euros durante un periodo de 5 años a las comunidades indígenas en más de 130 países para ayudarlas a conservar las áreas protegidas.

Stella Paul*/IPS

*Traducido por Álvaro Queiruga

TEXTOS RELACIONADOS:

Contralinea 410 / del 02 al 08 Noviembre del 2014