Autor:

Alberto Sierra Asensio*/Centro de Colaboraciones Solidarias

Karim Khan puede vivir para contarlo. El pasado 5 de febrero 20 hombres armados, varios de ellos vestidos con el uniforme de la policía pakistaní, lo secuestraron y se lo llevaron en coche, con los ojos vendados, a un lugar secreto. Según la organización no gubernamental británica Reprieve, Khan fue encadenado, torturado e interrogado en repetidas ocasiones sobre sus investigaciones acerca de los bombardeos con drones (naves aéreas no tripuladas) de la Agencia Central de Inteligencia estadunidense (CIA, por su sigla en inglés) en Pakistán. Gracias a la fuerte presión civil e internacional surgida desde su desaparición, fue liberado 9 días después.

Se trata de un acto de intimidación contra uno de los activistas de mayor perfil en Pakistán por su campaña contra los drones y su defensa de las víctimas civiles provocadas por estos vehículos aéreos estadunidenses. A Karim lo secuestraron días antes de un viaje previsto a Bruselas, Bélgica, donde tenía programado hablar ante el Parlamento Europeo de los peligros y trágicas consecuencias de los bombardeos con drones.

Su hijo Hafiz, un adolescente que compaginaba sus estudios para acceder a la universidad con un trabajo como guardia de seguridad, y su hermano Khaliq, con un máster en inglés y un empleo de funcionario en el gobierno de Pakistán, murieron en diciembre de 2009 durante un bombardeo efectuado por drones en una aldea de Waziristán, una región tribal del Norte de Pakistán. La casa donde los tres vivían quedó destruida. Sus cuerpos estaban desmembrados y cubiertos de heridas.

Karim entonces inició acciones legales contra la CIA, a quien atribuye la autoría del bombardeo. También contra el gobierno y las fuerzas de seguridad pakistaníes, a quienes considera cómplices de la campaña encubierta de bombardeos que la inteligencia de Estados Unidos realiza en Waziristán y otras zonas del país. Organizaciones civiles y familiares de otras víctimas se unieron a su campaña.

La “guerra de los drones”, como ha sido bautizada extraoficialmente en Estados Unidos, inició en 2004 bajo gobierno del expresidente George W Bush, con el objetivo de utilizar estas naves no tripuladas para atacar “objetivos específicos”, supuestos líderes y milicianos de Al Qaeda y los Talibán, sin poner en peligro a soldados estadunidenses.

Ha sido con Barack Obama como presidente estadunidense cuando se han multiplicado y extendido estas operaciones a otros países. Durante la administración de Obama, la CIA ha realizado al menos 390 bombardeos en Pakistán, Yemen y Somalia, ocho veces más que en toda la gestión de Bush, según The Bureau of Investigative Journalist. Aunque altos funcionarios de inteligencia defienden que los drones tienen una “precisión quirúrgica”, esos bombardeos han matado a más de 2 mil 400 personas, entre ellos, al menos 273 civiles inocentes, muchos de ellos mujeres y niños. Otras fuentes elevan hasta 900 las víctimas civiles.

En una investigación, The New York Times detalla cómo Obama autoriza en persona quiénes serán el blanco de los drones. Desde Washington, el presidente y otros altos funcionarios de seguridad deciden, por imágenes de satélite, llamadas telefónicas y otros parámetros de inteligencia, qué supuestos objetivos terroristas deben morir. Si dan luz verde a un ataque, las aeronaves no tripuladas, equipadas con misiles Hellfire, despegan de sus bases, algunas de ellas en territorio pakistaní, y realizan la operación dirigida a control remoto. En ocasiones producen lo que en Washington definen como víctimas colaterales, y que en realidad son personas con nombres y apellidos, como el hermano y el hijo de Karim.

Pocos días después de ser liberado de su secuestro, Karim viajó, junto con otras víctimas, a La Haya (Países Bajos) para presentar ante la Corte Penal Internacional una demanda contra países aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte como Reino Unido, Alemania y Australia. Según se ha conocido recientemente, han prestado sus bases y otra infraestructura militar a Estados Unidos para efectuar sus operaciones con drones. Alegan que facilitar la muerte de civiles constituye un crimen de guerra.

La alta frecuencia de los ataques con drones –390 desde 2009– ha hecho que éstos ya no ocupen grandes titulares en los periódicos y noticieros, pero la costumbre no debe amortiguar la sensibilidad. Personas inocentes mueren bajo los bombardeos de estos pájaros metálicos no tripulados, cuya legalidad ha sido ampliamente cuestionada por expertos legales. No podemos permanecer indiferentes ni mirar hacia otro lado mientras algunos tratan de silenciar voces valientes como la de Karim Khan.

*Periodista

 

Fuente: Contralínea 375 / 3-8 de marzo 2014