En determinadas circunstancias, los gobernantes aparecen como un Jano incómodo ante el espejo de la realidad. Se encuentran atrapados en un presente enrarecido por las emanaciones malolientes que se desprenden de un pasado turbio, corrompido, y cuyas sombras tenebrosas se proyectan hacia el futuro, y lo tornan incierto, conflictivo. Es en esos momentos azarosos cuando se pone a prueba su capacidad de liderazgo y queda de manifiesto la clase de madera en que están tallados los dirigentes. Cada decisión que asuman para tratar de enfrentar y resolver los problemas nacionales, el modo en que lo hagan, los símbolos (mensajes) que emitan determinan y orientan el rumbo de las políticas públicas y condicionan sus relaciones y equilibrios con los otros poderes del Estado, los actores políticos y la sociedad. Se supone que un jefe de gobierno democrático ejercerá su liderazgo y el poder que le fue delegado por los ciudadanos y del cual goza cierta autonomía, amparada institucional y constitucionalmente, con justicia, en función del bien colectivo, ceñido al imperio de la legalidad. Un déspota actuará arbitrariamente.