La especulación como principio y fin

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En el principio, cuando llegó como un dios pendenciero por las artes del “haiga sido como haiga sido”, con el plumaje manchado entre las cloacas electorales por las cuales se vio obligado a cruzar antes de poder elevarse hasta las cumbres presidenciales, la tierra era caos y confusión y oscuridad, merced a la furia especulativa desatada por el “mercado” en contra del precio de las tortillas, el alimento básico de pobres y miserables. Observó el problema, si es que reparó en él, y no hizo nada. Le ganó la indiferencia. Es cierto que amenazó a los especuladores con terribles castigos. Pero apenas había usurpado el trono ya tenía cosas más importantes que hacer para afianzarse en el sitial. En ese momento la alimentación de las mayorías era irrelevante, como lo fue en todo el sexenio.
 
Así que ganaron los mercaderes y no fueron expulsados del templo. Por el contrario, al formar parte de los nuevos hijos predilectos de los regímenes neoliberales priístas-panistas (¿es mejor decir que éstos son simples gerentes de aquellos?), sus tropelías especulativas y sus intereses cuasi-monopolios son protegidos y, además, subsidiados fiscalmente. En su primer mes de gobierno, según datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), la cotización promedio de la tortilla, por obra y gracia de las “leyes del mercado”, avanzó 2.9 por ciento. Pasó de 8.1 pesos por kilo a 8.4 pesos. Un año después ya acumulaba una ganancia de 8.7 por ciento, ubicándose en 8.8 pesos. En 2011 el triunfo de la oferta sobre la demanda fue particularmente espectacular: llegó a 12.5 pesos, 16.3 por ciento más. En agosto de 2012 la tortilla se cotizó en 13.5 pesos por kilo. Esto quiere decir que en casi seis años, la población paga 61 por ciento más por cada kilo de un alimento que deja de ser humilde y tiende a convertiste de lujo, lo que le obligó a ajustarse discretamente el cinturón y su dieta. Y próximamente tendrá que pagar más, porque la sequía que resiente Estados Unidos ya estimuló la especulación y el incremento en los precios del maíz. México dejó de ser autosuficiente en la producción de ese producto básico gracias a la crisis agropecuaria provocada por las políticas neoliberales impuestas desde 1983. Ahora tiene que importarlo para cubrir su consumo nacional aparente: en 2.7 millones de toneladas, el 13 por ciento de dicho consumo; en 2011 llegaron a 8.2 millones, el 26 por ciento del consumo.
 
Entre 2008 y 2010, el consumo diario promedio de tortillas por personas bajó 5 por ciento, de 165 gramos a 157. Digamos, una tortilla menos. Entre 2008 y 2011, el consumo nacional de maíz por persona cayó 9 por ciento, es decir, de 306 kilos anuales a 279, o de 838 gramos diarios a 764.
 
En nombre de la obesidad, la mezquindad salarial y la voracidad empresarial, la población fue rudamente forzada a una mayor frugalidad y a reducir su ingesta cotidiana de carbohidratos, calcio, fibra, potasio, calorías y proteínas. Esos nutrientes los proporcionan las tortillas, con las cuales compensaba la pérdida que obtenía de otros productos, pero cuyos elevados precios también la han obligado a reducir su consumo, abandonarlos definitivamente o sustituirlos por otros de menor valor nutricional a costa de la calidad de su alimentación y de vida. En la difícil vida real de los hombres de carne y hueso, la canasta básica se ha vuelto más ligera, pesa menos y vuela más alto, debido al aumento de los precios de los bienes que la integran, el menor número que puede comprar y la menor cantidad que puede llevar a la mesa. La cada vez más escuálida canasta básica tiene como contrapartida la obesidad de las ganancias, el mayor capital acumulado por quienes controlan la producción y la distribución de los productos que la conforman, manipulan su disponibilidad en el mercado y especulan con sus precios intermedios y finales.
 
Los hombres de maíz, que consideran a ese grano como un alimento sagrado, según Miguel Ángel Asturias, fueron derrotados por quienes ven a la gramínea y sus derivados como una simple mercancía generadora de utilidades. Perdieron ante los especuladores que controlan la cadena productiva-distributiva del maíz y la tortilla.
 
El Rey del Maíz, Roberto González Barrera, quien murió el 25 de agosto pasado, fue amigo de la familia Salinas de Gortari, y socio de Raúl, a quien le prestó 17 millones de dólares, de los 100 millones que le fueron incautados por los suizos; dueño hasta su muerte del Grupo Maseca (además de Banorte, de una casa de bolsa, seguros y servicios financieros, entre otras empresas), un cuasi-monopolio que controla el 50 por ciento del mercado de las tortillas y el 85 por ciento del de la tortilla de harina, cuyos tentáculos se extienden desde Estados Unidos hasta China. Frente a los hermanos Gómez Flores, cuyo cuasi-monopolio, la empresa Minsa, controla el resto del mercado que no ha logrado apoderarse Maseca. Uno de esos hermanos, Raymundo Gómez Flores, que regentea el Instituto Empresarial del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y se le ha visto muy sonriente junto a Enrique Peña, es uno de los nuevos oligarcas que amasaron su riqueza a la sombra de Carlos Salinas de Gortari, durante la piñata del remate de empresas paraestatales, aunque sus cualidades capitalistas son francamente dudosas, ya que algunas de sus empresa como Cremi, Dina o Estrella Blanca terminaron en el Fondo Bancario de Protección al Ahorro. Sus pérdidas fueron convertidas en deuda pública que son pagados con nuestros impuestos.
 
También perdieron ante trasnacionales como Cargill, que controla la mayor parte de la compra de maíz dentro y fuera del país y a quien Vicente Fox le vendió la almacenadora de granos más grande de la nación, la Terminal Granelera de Veracruz, donde puede guardar el grano para manipular los precios (también recibe subsidios del gobierno estadunidense para vender el maíz de esa nación y exportarlo 20 por ciento más barato, afectando a los productores con quienes compite deslealmente, y ante Monsanto , que monopoliza el maíz transgénico beneficiado por los calderonistas).
 
Finaliza el sexenio y la tierra es caos y confusión y oscuridad. Ahora estamos en plena furia especulativa de los productores e intermediadores del huevo, el pollo y sus derivados como el pan, otros productos básicos que se escapan precipitadamente de la mesa de los mexicanos. Y Felipe Calderón, nostálgico, dice: “Me siento con la tranquilidad de conciencia de que he trabajado al máximo de mis capacidades y de mis limitaciones. A pesar de las adversidades que me tocó enfrentar como presidente, pude ayudarle a millones de familias que no tenían apoyo”. También amenaza ferozmente a los especuladores del huevo. Pero no ha hecho nada relevante para controlar el precio, el cual pasó de 17 pesos por kilo, en promedio, a 20 o 30 pesos, de 18 a 76 por ciento más en lo que va de 2012. Felipe Calderón está más preocupado por preparar maletas y cobrar cuentas en contra de aquellos que no pudo doblegar y someter a su despotismo, como es el caso del duelo de MVS y, en particular, con la periodista Carmen Aristegui.
 
La epidemia aviar en Jalisco comenzó a principios de julio y apenas se inició la importación de huevos, unas 300-400 toneladas de alrededor de 211-235 mil autorizadas. En 2011 la producción anual del producto fue de 2.5 millones, que cubrió el 99.6 por ciento del consumo nacional aparente. En ese año se exportaron 4 mil toneladas y se importaron 9 mil. Jalisco aportó 1.2 millones de toneladas, la mitad del total nacional. Se dice que la epidemia disminuyó la oferta de esa entidad, lo que equivaldría a unas 123 mil anuales, es decir, la cantidad que se autorizó a importar. Si se resta esa cantidad del total nacional, éste baja a 2.3 millones en 2012, un 5 por ciento. En dos meses de crisis, la pérdida podría ser del orden de 20 mil kilos en Jalisco. Los Servicios de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP) de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación, señalan que de enero a junio de 2012 la producción total bajó sólo 1.3 por ciento, aunque debe reconocerse que el dato no incluye las secuelas de la epidemia. El inventario de aves es de 200 millones y fueron sacrificadas 8 millones y otras 4 millones se encontraron infectadas. Esos 12 millones equivalen al 6 por ciento del total. Se señala que la recuperación de aves tardará hasta año y medio.
 
En sentido estricto, la baja de la producción de huevo en Jalisco y en el total nacional no es de tal proporción como para generar un grave desabasto y elevar de forma desmesurada el precio como se registra actualmente, por lo que puede decirse que la causa principal es la especulación. Su cotización pudo mantenerse sin cambios o con un alza marginal que difícilmente superaría los 20 pesos por kilo, si es que no existen reservas para compensar el quebranto. Los supermercados se ven sin cambios significativos en los que disponen en sus anaqueles, aunque con una mayor tarifa.
 
Y los calderonistas muestran la pereza de quienes se tienen que ir y no desean abandonar el puesto. Quizá por la nostalgia de los generosos pagos que reciben por un trabajo socialmente desastroso que realizan, aunque dadivoso con los grandes productores e intermediadores. Los empresarios del huevo ya advirtieron que, aunque se corrija el problema de abasto, el precio no regresará a su nivel previo, debido al aumento de los costos de producción.
 
Así que la población tendrá que asumir otra vez la nueva desgracia, como siempre. Tendrá que pagar más por cada kilo o reducir su consumo, el cual de por sí se encuentra prácticamente estancado desde que se inició el sexenio, curiosamente. En 2006 el consumo por persona fue de 21.7 kilos anuales y en 2011 de 21.5. Seguramente caerá este año. Al menos reducirá los riesgos del colesterol.
 
Los consumidores volvieron a perder. Ahora frente a Francisco Robinson Bours Castelo, ese turbio exgobernador priísta-panista propietario de Industrias Bachoco, que tiene un 12.7 por ciento del mercado de huevo y carnes de pollo; Proteína Animal, conocida también como San Juan, posee otro 13.5 por ciento, ante 10 empresas que representan el 30 por ciento de la producción nacional.
 
Felipe Calderón dice que se va con la “conciencia tranquila” porque “apoyó a millones de familias”.
 
Pero en lo que va de su sexenio, los precios al consumidor aumentaron 34 por ciento, los de los alimentos 29 por ciento y la canasta básica 41 por ciento. En cambio los salarios mínimos nominales se incrementaron 27 por ciento y los contractuales 30 por ciento. Es decir, menos que los precios.
 
¿En qué benefició Felipe Calderón a millones de familias que de por sí, mensualmente, tienen que pagar más por los abusivos cobros de la electricidad, el gas, las gasolinas y el aumento del precio del transporte y otros derivados de los energéticos?
 
Sólo se apoyó en ellos para hundirlos en una mayor pobreza y miseria.
Ni siquiera se vieron los empleos que prometió. Quizá nadie los vio entre los montones de cadáveres regados por todo el país.
 
Pero seamos justos con el panista-cristero. En realidad no hizo nada para revertir la pérdida de la soberanía alimentaria, que comenzó con la contrarreforma agropecuaria iniciada desde Miguel de la Madrid. Carlos Salinas destruyó la Compañía Nacional de Subsistencias Populares, encargada de regular los precios de los bienes básicos y entregó su distribución a los hombres de presa. Hasta les vendió a precio de oferta la infraestructura. Felipe Calderón lo único que hizo fue agravar la crisis agropecuaria, así como la pérdida de la soberanía alimentaria y la dependencia externa. Pero no fue su artífice.
 
Cada año, el país depende más del abastecimiento externo y de los caprichosos precios especulativos de las importaciones. Todavía a principios de la década de 1980, la balanza agropecuaria era superavitaria y la agroalimentaria empezaba a registrar números rojos. En 2011 la primera fue deficitaria en 1.3 mil millones de dólares y la segunda en 1.7 mil millones. En total, 2.9 mil millones de dólares. Se dijo que con las importaciones se reducirían los precios y que los productores locales se verían obligados a ser competitivos, a pesar de que se les retiran los subsidios –a los pobres, porque los grandes los siguen recibiendo– mientras que los externos los reciben generosamente de sus gobiernos.
 
Pero la “ventaja” de los precios externos baratos se acabó. Desde la década anterior se han elevado sustancialmente, apoyados por los especuladores. Y muchos de los productores ya no existen.
Por tanto, se seguirá padeciendo el deterioro de la producción y de los granos básicos (maíz, arroz, trigo, frijol), de frutas, hortalizas, de cárnicos, leche y demás, de sus crecientes importaciones y sus mayores precios. De más ascetismo.
 
Nada nuevo bajo el cielo capitalista: la especulación en la producción y en los precios no es más que otro instrumento útil para agrandar la acumulación del capital.
 
Lo peor de todo es que el nuevo asaltante de la Presidencia de la República, Enrique Peña, no dice nada al respecto. Seguramente porque no sabe nada de la crisis productiva y alimentaria y nadie le ha informado.
 
O porque es como Felipe Calderón: no lo sabe ni le importa. Sólo le interesa el cargo para otros fines. Para los intereses de quienes le compraron la Presidencia.
 
*Economista
 
 
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Fuente: Contralínea 301 / Septiembre de 2012