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Atormentado por sus demonios, Bruto reflexionaba en el Julio César de Shakespeare: ¿No tengo más motivo para dañarle que el bien de mi pueblo?. Y al fin justificaba el atentado contra el dictador así: ¿Mirémosle como a una serpiente que, al salir del huevo, sacará el veneno de su especie; matémosle por eso en el cascarón?.
La escena, con la que abre el acto segundo de la obra en cuestión, transcurre en la huerta de Bruto. Trasladémonos en el tiempo de la Roma imperial a la Secretaría de Gobernación en 1988. ¿Imagina el lector a Manuel Bartlett, a la hora de apuñalear a Cárdenas y a millones de electores, en semejante monólogo interior? ¿O quizás atrapado en el siguiente soliloquio?: ¿Siendo honestos, no puedo decir que, en Cuauhtémoc, las pasiones sometieran jamás la razón. Más bien se sabe que la humildad es el primer peldaño en la ambición que el trepador pone en su mira, y el primero que olvida cuando, ya en la cima, al ver las nubes, de espalda a la pendiente, desprecia al inicio de su ascenso?.
Siendo honestos, es más factible otra acción, en la que entre gritos y sombrerazos, el funcionario priísta se limitó a proferir el cantinflesco ¿a sus órdenes, jefe?. Y si algún escrúpulo le acompañó tras decidir la ¿caída del sistema?, más que un jardín es posible suponer que Bartlett visitó el baño, asomó la cabeza en la taza y se deshizo de la mala conciencia en un dos por tres para luego, mientras se enjuagaba la boca, repetirse algo así como ¿el hueso es primero?.
Juan José Arreola clasificaba a los escritores en posibles e imposibles. Los segundos, por supuesto, son esos que tienen duende y no se conforman con volverse universales, pues de simples mortales pasan a convertirse en inmortales, gracias a su obra. Como Shakespeare, quien inclusive es piedra de toque para entender el habla cotidiana de los británicos. Pongamos un caso: deben al Mercader de Venecia expresiones coloquiales como ¿shylock? o ¿a pound of flesh? a la hora de referirse a usureros o calificar créditos gravosos. Y al dramaturgo inglés no le daba por escribir obras delirantes, más cercanas a Groucho Marx.
Por ello a Shakespeare no se le hubiera ocurrido imaginar un desenlace en el que Bruto apareciera del brazo de un resucitado Julio César con cara de pocos amigos, postulando ambos que no hay más camino que la monarquía y el nacionalismo ramplón. Ni siquiera podría haberlo ideado Groucho Marx, ese ¿filósofo imposible? que entre otros aciertos tuvo el de descubrir que la principal causa de divorcio es el matrimonio. Más bien, se trata de una salida propia del humorismo involuntario de los responsables del chiflado guión de la política nacional, quienes pretendiendo homenajear El retorno de los muertos vivientes, acaban ideando peripecias dignas de Dos chicos de cuidado.
No vaya a creerse que soy de los que piensan que la alta frivolidad es patrimonio exclusivo de este valle de lágrimas del subdesenrrollo. Volvamos, pues, a Roma. Pero no a la capital de Italia, sino a la del nuevo imperio, cuyo César llamado George W. Bush un día se enfrentó a terrible dilema. Y es que la actual primera dama del déspota despistado, cuando prometida, lo enfrentó a drástica alternativa: ¿O Jim Beam o yo?.
Sólo que los chistoretes del cruzado antiterrorista, como aquellos que dedicó a la audiencia en una aparición al lado de Arnold Schwarzennegger, el gladiador convertido en cónsul de California gracias al voto popular, permiten sospechar que mister Bush se ponía bien mamado no con productos destilados orgullosamente americanos, sino con las obras completas de Viruta y Capulina.
En todos lados, está claro, se cuecen habas. Las de estas fronteras han logrado empatar, eso sí, los rituales del calendario político con otras fiestas. No en balde Cuauhtémoc Cárdenas y Manuel Bartlett eligieron para salir a escena la fecha más cercana al día de muertos.
Y sólo así puede entenderse que Francisco Gil Díaz haya hecho de la propuesta del presupuesto para el 2004 un auténtico aquelarre, simple preámbulo, conforme pasan los días, de una pastorela con diablos privatizadores (el presidente Fox, el secretario de Hacienda), ángeles guardianes (la maestra Elba Esther, arcángel defensor de los libros, en particular Picardía mexicana; o Sari Bermúdez, querubín poseído por Amores perros) y hasta ángeles caídos (¿qué otra cosa es el Jefe Diego, que convenció al tonto del pueblo de que el secretario de Gobernación es el pastorcito de la trama?).
Es hora de buscar un desenlace. ¿Cuál? Sencillo: Vicente Fox aparece en escena y recita su célebre parlamento: ¿¿Y yo por qué??. En seguida, se disfraza de villano favorito, utilizando boletas electorales como implantes auriculares. ¿Chusco¿ Decía Chaplin que una escena absurda, repetida hasta el cansancio, acababa por ser hilarante.
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