José
Manuel Mateo sabe cosas del mar, de los espejos. Y lo sabe de una
manera que recuerda a las cucharadas de luna de Jaime Sabines. También
conoce la fórmula contra el insomnio: "beber
un poco de agua antes de dormir/ tranquiliza el espíritu
y lo mantiene lejos de los ríos/ y los estanques".
El es poeta.
Estudioso de José Revueltas, recientemente
hizo lo que antes nadie había realizado: editó toda
la obra poética del autor de Los días terrenales.
Sobre todo, está sumergido en la poesía: la lee, edita,
publica, investiga, difunde y la escribe. "Tanta mujer abruma/
tanta mujer y tanta estrella", como se lee en su reciente publicación,
Cierta voz.
"Elegí
ese título por un símil muy sencillo pero significativo.
Es como cierta vez. Así comienza una historia o una anécdota.
Esa cierta vez que parece vaga, en realidad está acortando
un momento que fue significativo y trata de mirar las cosas por
el margen; no es una actitud escapista; te permites salirte de la
situación para aproximarte a ella con ojos poco más
limpios, más críticos. Es no pensar que mi voz es
certera, es una cierta verdad entre muchas", agrega el poeta.
Al transcurrir la
charla, José Manuel -quien nació en la ciudad de México
en 1970- deja entrever que la poesía, como él mismo
dice, es una forma de conciencia de uno mismo, del que quiero la
escribe. A juzgar por sus movimientos parsimoniosos, su voz tersa
y la timidez con que deja escapar las palabras, se termina convencida
de que así es.
Foto: Julio César Hernández
Manuel Mateo: la poesía
me lo ha dado todo
Aunque ser poeta al despuntar el siglo
XXI, frente a generaciones de jóvenes cada vez más
pragmáticos y un mundo cultural, político y comercialmente
globalizado, podría sonar idealista, Mateo ejerce el oficio
más por una necesidad de expresión que por el título
nobiliario que implica, culturalmente hablando.
"No te lo planteas
así, que quieres ser poeta. Sentía necesidad de expresarme,
de dar a conocer preocupaciones tanto cotidianas de la vida común
como de aquellas que salían de la lectura de libros, de la
conversación de escuchar a los maestros en clases desde el
CCH."
Como en muchos casos
en que el azar teje los caminos, su llegada a la poesía fue
gracias a que "estuve un rato en un taller de teatro, escribí
algunos cuentos y me di cuenta de que tenía mucho miedo de
escribir poesía, de hacer poemas. Entonces comencé
a intentarlo".
"A mí
la poesía me lo da todo", dice José Manuel mientras
se arrellana en el asiento. Es un tema vasto y lo demuestra con
el brillo de sus ojos y la tensión en sus dedos, mientras
abunda en la explicación.
"Ha sido para
mí la oportunidad de acercarme a la belleza de una manera
muy íntima. Ha sido como cuando bebes un vino, te reconforta
el cuerpo; por un lado sientes que te estás alimentando y
al mismo tiempo entras a un estado propicio para muchas cosas más;
por ejemplo, para recibir la felicidad o para expresar algún
sentimiento que tienes negado."
Antonio Deltoro ha
dicho que todos los poemas de Mateo "están regidos por
la atracción a la mujer y han sido escritos por la misma
mano vigorosa y delicada"; así, la mujer es presencia
a la que el poeta escribe.
Su oficio de escribir
poesía "abre al entendimiento a la posibilidad de reflexión".
El poema cuestiona y hace sentir una obligación filosófica.
Genera un estado de conciencia que ayuda a asumir una posición
ética ante el hecho mismo de la poesía: "Porque
así como te piensas críticamente frente al poema,
y críticamente también frente al resto de los que
escriben poesía, también empiezas a establecer tu
posición respecto a los demás, respecto a la gente".
A propósito
de las nuevas generaciones de poetas, apunta: "Creo que en
México siempre ha habido mucha gente interesada en la poesía.
Hemos tenido bastantes poetas desde la época de la Colonia,
hay incluso esa creencia que es casi ya una especie de mito, que
hay más poetas que mierda en México.
"No conozco
a la totalidad de los poetas jóvenes, ni a la totalidad de
los poetas que actualmente publican y escriben. Recuerdo a Kenia
Cano, me parece que es una poeta joven con una conciencia del oficio;
está también Max Rojas, buenísimo, que no es
un poeta joven, dicho entre comillas, pero creo que es uno de los
autores que convendría que más gente leyera, conociera,
incluso entre los poetas."
Según José
Manuel Mateo, "en la obra de los jóvenes que han ganado
el Premio Nacional de Poesía, quienes no forman necesariamente
una generación, hay la oportunidad de ver una comparación
de temas. A mí por ejemplo, me parece que Luigi Amara y Sergio
Valero son dos autores cuya poética no comparto; pero creo
que han logrado captar una cierta preocupación que flota,
digamos en el ambiente mexicano: es una especie de estado como de
letargo, letárgico; una especie de suspensión de la
conciencia del mundo; una forma de introspección aséptica".
La poesía
en este caso es una actitud. Mira de soslayo, recupera las ideas
de un lugar ajeno y dice a pausas: la poesía es un modo de
ser en el mundo. Una manera de asumir tus días sobre la Tierra,
y creo "en estos mis días terrenales", como dijera
José Revueltas, y también creo en el epígrafe
de Roberto Juarroz que dice: "mis ojos buscan eso/ que nos
hace sacarnos los zapatos/ para ver si hay algo más sosteniéndonos
abajo".
Estamos aquí
en la Tierra, como muchos otros seres vivos y cosas; pero tenemos
la posibilidad de reflexionar sobre nuestro estar aquí. Si
tenemos o no razón, eso es lo de menos, mientras eso no genere
actitudes nihilistas o que te lleven a la destrucción de
otro.
¿Y por
qué buscarlo en la poesía, si podrías ser más
práctico? Se le pregunta.
Y ataja lapidario: "En la poesía nada está hecho;
tú puedes tener miles de términos y definiciones en
un diccionario; puedes tener los manuales de gramática y
puedes tener textos que te aproximen al conocimiento estructural
de las lenguas; pero en realidad en la poesía nada está
dicho, nada está hecho, siempre existe la posibilidad de
generar otra cosa".