Héroes que nos dieron patria (y patrio)
José Luis López

Mexicanas y mexicanos, desde chiquillas y chiquillos hasta rucas y rucos, fuimos enterados el pasado 15 de septiembre de una noticia trascendental: entre los héroes que nos dieron patria (y patrio), el calendario cívico incluirá de ahora en adelante a los valientes congresistas de la actual legislatura que, inflamando amor por México, aceptaron transitar el camino de las reformas a cambio de salvar el pellejo del senador priísta Ricardo Aldana.

¡Vivan los acuerdos!, anunció el gigante sin cabeza desde el balcón central de Palacio Nacional y, fuera de algún obligado grito de ¡culero!, la concurrencia aplaudió a rabiar al presidente de la República al tiempo que, ni tardo ni perezoso, el secretario de Educación tomaba nota de que en la próxima edición de los libros de texto gratuitos hay que consignar que las huestes priístas en la Cámara de Diputados, junto con sus aliados y supuestos enemigos, están a un tris de ver sus nombres grabados en letras de oro en el Palacio de San Lázaro.

Gracias a que hoy en día sabemos que las andanzas del padre de la patria o de doña Josefa Ortiz poco tienen que ver con la historia oficial, muy pocos a estas alturas se rasgan las vestiduras ante la proclama de Vicente Fox de colocar a la corrupción y a las componendas en el nicho que merecen, el de pilares de nuestra democracia.

¿Que no todos participan en la operación fuera máscaras? No importa. Se trata de personajes como Joaquín Hernández Galicia o Andrés Manuel López Obrador, que enfundado en la levita del juarismo, simula que ha cruzado el pantano sin manchar sus escamas de pejelagarto.

La realidad es que muy tempranito en la mañana el desvelado peje de gobierno reprueba acuerdos vergonzosos y, en horarios taurinos -“trabajo que no da para levantarse a las 11 no es trabajo”, decía Joaquín Rodríguez Cagancho, el torero gitano al que el destino acabó imponiéndole costumbres de reportero asignado a la fuente de la jefatura de gobierno-, sus colaboradores de primerísimo nivel le rinden homenaje cotidiano al estilo de hacer política heredado de los prohombres del priismo.

Un buen día, así, el gobernador de Veracruz, Miguel Alemán, toma el teléfono y se comunica con Alejandro Encinas, mano derecha (¿o izquierda, a la hora de ponerse la levita?) de Andrés Manuel, y le dice:

-Mi padre quería que todos los mexicanos tuvieran un puro, un cadillac y un boleto para asistir a los toros. Los puros son carísimos, el cadillac está de modé y el vocho descontinuado, pero en la Ciudad de México hay corridas gracias a un guarura de Manolo Martínez al que mi hijo y yo habilitamos como empresario taurino en nuestros días de ejecutivos en Chapultepec 18. ¡Apóyalo, Alejandro! Es un hampón de siete suelas, pero mantiene vivo el sueño del artífice del partidazo: “al pueblo fiesta, que habano y carrazo vendrán por añadidura”.

-¡Faltaba más, Miguelón! ¡No cualquiera tiene sus cartas credenciales! Me dicen mis asesores que trabajó a las órdenes del profe Hank y de Ramón Aguirre, dos hombres intachables... Por cierto, supe que amenazó con partirle su mandarina en gajos a Everardo Sousa Landa, el secretario de Desarrollo Económico del gobierno de Veracruz porque le va al Atlante y no a los Tiburones Rojos. ¿Ya se lo maraqueó?

El caso es que, gracias a la familia Alemán, Rafael Herrerías se lleva hoy por hoy de piquete de ombligo con el secretario de Gobierno de la Ciudad de México y hasta le dice “mi Curro Encinas”, sin que importen las diferencias ideológicas o que la acumulación de denuncias y demandas en contra del presunto empresario taurino pronto obligará a que la Procuraduría General de Justicia cree la Fiscalía Especializada en Fechorías del tal Herrerías.

Si una llamada del jarocho señor gobernador basta para llegar a acuerdos vergonzosos con un individuo al que se le acusa de amenazas de muerte contra la autoridad, falsificación de contratos para realizar trámites administrativos, fraude al público, violación a las leyes sanitarias o de espectáculos, más lo que se acumule en las próximas semanas, ¿qué otras componendas no habrá cotidianamente en las oficinas del gobierno capitalino y en las de los representantes delegacionales?

En plena fiebre de acuerdos, entre ellos los que caracterizan la buena relación entre el presidente Fox y el peje de gobierno, no sería de extrañar así que, un buen día, los chilangos descubramos que las viejas estatuas que adornaban el Paseo de la Reforma cedieron su lugar a monumentos en honor a la maestra Elba Esther, El Niño Verde, Pablo Gómez, Pancho Barrio y otros héroes que nos han dado patria (y patrio), incluidos por supuesto Carlos Salinas, Roberto Madrazo, Ricardo Aldana...

 

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