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Tarde o temprano, uno enfrenta en la vida a ese otro que no soy yo y, sin embargo, soy yo. La primera vez que a mí me tocó experimentarlo ocurrió hace algunos años, en un hotel de la ciudad de México, en el que estaban concentrados los Pumas: llegué a una habitación, toqué la puerta y apareció frente a mí José Luis López.
“Hola”, dije, “soy José Luis López”.
Ambos sonreímos,
que es lo único que se puede hacer al tener cara a cara
a quien es uno mismo y, a la vez, un extraño. Luego nos
estrechamos la mano y me concedió una entrevista en la
que, por salud mental, no hablamos de José Luis López...
Con el tiempo,
descubriría algunas ventajas que tiene aquello de ser
yo y ser otro. Por ejemplo, cada vez que hablaba a casa de Guillermo
Aguilar Álvarez, el directivo de los Pumas tomaba la
bocina sin pensarlo dos veces. “¿Cómo estás,
Pareja?, me saludaba invariablemente e, invariablemente, debía
aclarar la confusión.
Y aunque en
años recientes no ha faltado el chamaco despistado que
crea que soy ese otro yo, el padre del Parejita López,
lo que nunca imaginé es que, sólo hace unos días,
volvería a vérmelas con uno que soy y no soy.
Esta vez ocurrió leyendo una novela, Balas de salva,
de Marcial Fernández, editada por Ficticia.
El impacto que
sufrí no debió ser muy distinto al que vivió
hace años El Pareja cuando, en la página 55, descubrí
que Agonías, el personaje al que la policía aduanal
cubana había detenido en La Habana, confundiéndolo
con un redivivo Reynaldo Arenas, no era otro que José
Luis López.
¿Qué
tenemos en común José Luis López (alias
Agonías, El Tiburón o Lucas) y yo? Un apodo (Lucas),
la afición a los toros, ser chilangos y el hecho de que
no nos gustan los hombres.
En cambio, aunque
tengo algo más de una década de habitar en la
Narvarte, no he pasado mi vida en esa colonia. Nunca he viajado
a Cuba y, en consecuencia, jamás he estado preso en el
Morro, además de que no conozco a los hermanos Castro
(Fidel y Raúl, aunque tampoco tengo el gusto de haberme
polveado la nariz con Benito o sus carnales) ni he participado
en complot alguno para asesinar a Fernando Pedrerías,
borracho, mujeriego y golpeador presidente de México.
Es más,
tenemos tan poco en común que, a pesar de que Agonías
aparece en la trama de Balas de salva desde el primer capítulo
(para más detalles, en la última línea
de la primera página), sólo experimenté
la extraña sensación de verme a mi mismo convertido
en otro hasta que, en la citada página, me sorprendí
al encontrarme con que su verdadero nombre era José Luis
López.
Fue entonces
que pesó más la curiosidad por conocer ese destino
mío que no es el mío que la propia intriga de
la novela y, con lectura rápida, pasé las páginas
a toda velocidad, enterándome que, mucho antes del desenlace
de la historia, muero en mi celda cubana, entre alucinaciones,
convencido de que el dolor vivencial es una fuente de inspiración
placentera. Si la vida es una novela, debo concluir que la mía
la ideó el mismísimo Dostoyevsky... después
de leer Maten al león, de Jorge Ibargüengoitia.
El caso es que,
a pesar de que conozco los efectos que produce en el ego el
toparse con lectores de lo que uno escribe, incluyendo alguno
que otro asiduo y fan, eso de saberse el personaje trágico
de una trama tan desquiciada como equívoca para enviar
a calacas al Pedrerías en cuestión deja, en eso
de la vanidad de vanidades, un peculiar sabor de boca.
Si esto ocurre
con un simple mortal que ni siquiera alcanza el protagónico
en una novela que, a pesar de tener tantos personajes como un
mamotreto de García Márquez, es difícil
imaginar que venda un número de ejemplares similar a
cualquier obra del escritor colombiano, ¿qué ocurre
en el ego de personalidades obligadas a convivir, día
a día, con su otro yo que no son ellos, sino una mera
imagen pública?
Pregúntenle
al peje de gobierno o a la otrora novia de América cuando
salga del ostracismo... ¡Hasta se ponen a dictar cátedra
de periodismo en una sala de prensa o en el estrado de un teatro!
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