|
El Salvador.-
Eduardo Sancho, conocido en la guerra como el mítico
líder Fermán Cienfuegos de la Resistencia Nacional
(RN) -organización militar que formó parte del
Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional
(FMLN)-, uno de los cinco miembros de la Comandancia General
y el único que no participa en la política salvadoreña
contemporánea, es el comandante olvidado por decisión
propia.
Considerado a
fines de los años setenta el genio de las operaciones
político-militares urbanas, Fermán se retiró
del FMLN en 1997, en lo que llama un repliegue estratégico,
para dedicarse a la poesía y a contribuir a la vida académica
en disciplinas como la sociología, la historia y la política.
En una entrevista
con la prensa mexicana, que acude al encuentro con el mito movida
por una mezcla de curiosidad y admiración, se reconoce
miembro de la generación beat del 68 que toma Coca Cola.
No se ha estudiado
suficiente nuestro conflicto o el de Centroamérica, nuestra
experiencia. Lo bueno de éste es que todos están
en la foto. Los rebeldes ya no están al margen de la
ley. Se ve el pluralismo. Hay un sistema político que
deja que se participe sin miedo.
Nosotros no
le declaramos la guerra al ejército salvadoreño
sino a las fuerzas de seguridad pública. Por eso en los
Acuerdos de Paz se disolvió esa organización.
Hoy el ejército es una institución que garantiza
los acuerdos y es muy respetable. Nunca hubo declaración
de guerra con Estados Unidos, sino con la dictadura y siempre
quisimos la victoria.
Por eso, cuando
en el 89 hay un empate entre las fuerzas combatientes nuestra
bandera fue la solución política con el apoyo
de la comunidad mundial, pero la iniciativa fue de los guerrilleros.
El excomandante
gusta de referirse a su inserción en la guerrilla de
manera discreta y habla en plural en su reciente libro Crónica
entre los espejos, pequeñas crónicas que alternan
las voces de sus dos personalidades fundamentales: Eduardo Sancho
y Fermán Cienfuegos.
Nacido el 6 de
marzo de 1947, en San José, Costa Rica, Eduardo se enlistó
en el Ejército Revolucionario del Pueblo en 1972 y luego
asumió el liderazgo. Diez años después
firmaba el Acuerdo de Paz de Chapultepec en México y
hoy es investigador, a más de profesor invitado de tres
universidades: la Iberoamericana y la UNAM, en México,
y la Complutense de Madrid, en España, como experto en
resolución de conflictos y negociación.
Sancho o Fermán,
protagonista de primera línea en la lucha por la democratización
de la pequeña nación centroamericana, salvó
la vida no menos de 17 veces en las montañas de Chalatenango
y Morazán durante los tiempos álgidos de la guerra.
Con el nombre
de Pietro tomó las armas, en honor de Pietro Colombari,
su bisabuelo paterno, enrolado en las filas del ejército
italiano. Pero también honró con sus acciones
bélicas a Benjamín Castañeda, su abuelo
materno, que en 1906 participó en la guerra con Guatemala.
Y su seudónimo de guerra fue, como afirma, su ángel
de la guarda.
Tras el boicot
de armas en Acajutla, éstas procedían de Costa
Rica, Vietnam, Etiopía, Nicaragua y luego de Corea --cohetes
y misiles-- de baja calidad, Bulgaria y Checoslovaquia, la URSS
puso a Aeroflot para transportarlas. Occidente puso el dinero
y Oriente las armas, agrega con sonrisa maliciosa.
Como Fermán,
este personaje evoca que el FMLN en su etapa culminante en 1989
tuvo 15 mil hombres y dispuso de un fondo de guerra de 100 millones
de dólares, aunque la organización ocultó
estas cifras a propios y ajenos, procedentes de secuestros la
mayor parte y el resto de organizaciones socialdemócratas
de varios países europeos, de Estados Unidos (en 1981
fue de 10 millones de dólares). Nunca nos dio dinero
el PSUM mexicano, aclara.
De los entretelones
de la negociación guerrilla-gobierno que condujeron a
la paz, Fermán recuerda: Desde el 82 se tenía
claro que el proceso pacificador se iba a resolver con una solución
negociada. En el 83 planteaban la dictadura del proletariado
y por eso no fui a Morazán en el 84. Le sigue un viaje
a Europa, desde donde me declaré social-demócrata.
Crítico
acérrimo del Partido Comunista, afirma: Los comunistas
no estuvieron en la lucha armada y cuando caen los sandinistas
hicieron lo de siempre. Entran a la historia en el último
tren. Las revoluciones no las hace ni la burguesía ni
el proletariado, las hacen los industriales-gerentes.
Eduardo ayuda
a entender a El Salvador contemporáneo al revisar ese
pasado en el que la clausura de toda opción política
abonó el terreno al autoritarismo y la violencia. En
el escenario preelectoral actual observa: El FMLN perdió
la magia y el empresariado local tiene a varios partidos. La
política de los partidos políticos es gerenciar
el poder
Ya no tienen el espíritu de claustro, de mística
que querían crear una sociedad de nueve o diez miembros.
Y concluye: Sin embargo, por primera vez la derecha se hace
cargo de la reforma pactada, es garante de los acuerdos.
Sobre el Ejército
Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) mexicano, opina:
Su culminación fue cuando fue a México, pero
perdió grandes oportunidades de negociar. Eduardo o
Fermán se revelan más que dispuestos a charlar
con Marcos, el líder zapatista, en un intercambio epistolar.
En cambio, critica
la estrategia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia
(FARC): Perdió su oportunidad de negociar, y ha ido
distorsionando la mística del guerrillero porque tiene
dinero, y en la guerrilla de lo que siempre se carece es de
dinero y armas.
Plantea que en
El Salvador hay tareas pendientes: Crear un sistema democrático
bueno, aunque siempre hay problemas sociales y económicos.
Ahora hay libertad política, pero no la administramos.
Sus hijos, Benjamín
y Nati son la antítesis del exguerrillero. El varón
es empresario y la hija lo será próximamente.
Ambos son la nueva cara de El Salvador que decide borrar de
su presente los agobios del pasado.
|