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El ocaso del Pescador
Mariano Mariño

Vencido por la fatiga se desvanece como una sombra tenue sobre la plataforma reducida de la diminuta embarcación, y dibuja la dignidad de su figura humana en el contraste con el hemisferio luminoso de un sol amonedado que desciende sobre el oleaje interminable del mar y, mientras duerme, Santiago sueña con leones, según lo cuenta Ernest Hemingway; de la misma manera, derrotado casi definitivamente por sus enfermedades, el viejo pescador de Perlas Japonesas declina: parece que su travesía concluirá en poco tiempo.

Raúl Prieto, artesano incansable de un periodismo en apariencia sencillo pero con una estructura complicada que fue construida con genio y tenacidad, vive días difíciles: los del compromiso final e inevitable. Nikito Nipongo ha concluido su labor de pesquería. Surto en el muelle está el bravo navío en reposo tal vez definitivo, y los avíos están sin uso y en el tedio del primer abandono de lo que ya no es útil.

Todo indica que su dueño no volverá a navegar en los mares de papel para pescar palabras y mostrar, una y otra vez, con que habilidad torcida se han depositado en todas partes las perlas que vienen de Japón.

Nikito Nipongo ha sido un guardián celoso y puntual de las voces y los signos. Conoce el idioma español con hondura tal que reconoce las virtudes y vicios de su historia; sabe que el pueblo lo habla y lo escribe con la fuerza indetenible de su espíritu --la mentalidad dirán algunos aficionados a la historia--; los sonidos y las expresiones, están en todos lados: son la explicación, a veces confusa y equivocada del hombre y su mundo, de sus vigilias y sueños, miserias y riquezas.

Nikito sabe que por las palabras se puede conocer a quien es libre o esclavo. Para él todo es registrable: la sentencia procaz y secreta de los baños públicos; la sabiduría sintética de las defensas de los camiones materialistas: cuidado con los muertos bivos.

Las proclamas políticas, el poema misterioso, los alardes de la imaginación que conducen al premio Nobel y la rusticidad agobiadora que habla sin sentido real de los chiquillos y las chiquillas con la ausencia de la idea definida de género en el lenguaje para poder hablar correctamente.

Un lector memorioso ha de explicar si Raúl Prieto, el tozudo periodista mexicano, o Nikito Nipongo, el pequeño --hay que suponer que como muchos orientales es de estatura corta-- y tenaz recolector de palabras, decidió militar en las caballerías de Cervantes o Don Quijote para entender que el castellano es el aliento superior de los hombres que hacen del lenguaje un instrumento afinado y fiel para lograr el mejor humanismo.

Nikito no es un fervoroso creyente de la "pureza" del idioma. Es, ciertamente, un trabajador esforzado para que la lengua sea --en la expresión de Ernesto Sabato-- "un hecho vivo" que nos viene afortunadamente de todos los puntos cardinales.

Cree en el equilibrio y la permanencia del idioma que explica al hombre como un ser concreto de carne y hueso que puede agorar en la plaza pública; comunicar hechos e ideas en un estilo claro en las páginas de los diarios o exponer literatura y ciencia en los libros amados de la vieja biblioteca.

Nikito Nipongo es un adversario formidable de la Real Academia de la Lengua Española. Para él las cosas son más serias y directas. Las resistencias y caducidades de los académicos sólo se compadecen de sus ritos acartonados y anacrónicos.

Entre ayer y hoy solamente hay una diferencia. Antes el miembro aceptado compraba el frac en el muy franquista almacén El Corte Inglés.

Mientras que ahora, según se ve --el Capitán Alatriste dixit--, el discurseador recipiendario debe hacerse de un modelo exclusivo en Armani o Hugo Boss. Pero más allá de los actos meramente escenográficos, Nipongo le da valor y fuerza a las palabras ante la anémica debilidad caduca de las proposiciones académicas.

Raúl Prieto es un hombre ríspido y dueño cabal de sus contradicciones. En cambio, Nikito Nipongo es un rostro lineal y amable. El gesto oriental lo hace obviamente enigmático, de tal suerte que los ojos miran al lector con la intensidad oblicua que las gafas inmensas en su círculo perfecto no logran reducir. En el ocaso, el pescador de perlas ha legado el fruto inagotable de sus pesquerías: somos lo que hablamos.


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