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La
Casa Blanca erosionó el sistema político
estadounidense tras engañar a la nación
y el mundo sobre los móviles de la ofensiva
contra Irak. La premisa para derrocar al régimen
de Hussein fue que éste poseía armas
de destrucción masiva y tenía nexos
con la red de Osama bin Laden. Hasta ahora, no hay
evidencia que sustente tales afirmaciones.
Una
parte importante de la clase política estadounidense
creyó interpretar los deseos de represalia
de la administración contra un régimen
y convalidó una nueva prerrogativa presidencial,
la de mentir y eventualmente ejercer el poder discrecionalmente
en beneficio propio haciendo cómplices de su
conducta a otros funcionarios.
Esta
discrecionalidad se tradujo, por ejemplo, en que la
Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional
envió en secreto "pedidos detallados de
licitación" al menos a cinco firmas de
infraestructura ingeniera relacionadas con políticos.
Todas presentaron ofertas o se preparaban para hacerlo.
Una
vez concluida la fase armada en Irak, hoy se sabe
que el presidente George W. Bush, su secretario de
Defensa Donald Rumsfeld y sus asesores y oficiales
de inteligencia mintieron. Las armas de destrucción
masiva no aparecen y el nexo Hussein-Bin Laden se
desvaneció.
En
tanto, el Congreso evalúa qué tipo de
rendición de cuentas pedirá al Ejecutivo,
y los republicanos intentan resistir la exigencia
demócrata de audiencias públicas encaminadas
a discernir quién mintió, por qué
y a quién benefició el engaño.
Estas
investigaciones expondrían las fallas dentro
de las agencias de inteligencia estadounidenses y
el afán de la Oficina Oval por ajustar a la
realidad datos que los halcones y los diseñadores
de políticas públicas necesitaban como
evidencia.
John
Warner, presidente del Comité del Senado de
las Fuerzas Armadas, afirmó que junto con el
Comité de Inteligencia se realizará
una investigación de la situación que
incluirá los informes de inteligencia previos
a la ofensiva.
De encontrarse evidencia potencial de una colosal
falla en inteligencia o conductas inapropiadas, en
el mejor escenario se atribuiría a mera incompetencia.
La
Agencia Central de Inteligencia (CIA) nunca evaluó
datos puntuales antes de la ofensiva; sin embargo,
el 7 de enero, Rumsfeld aseguraba a la prensa: No
tengo duda de que ellos (Irak) poseen armas químicas
y biológicas. Presionado por un reportero,
el secretario aseguró que su dicho no se basaba
en el uso de armas químicas por parte de los
iraquíes en el pasado.
Al
referirse a las armas de destrucción masiva,
el 30 de marzo en el programa de ABC Esta semana
con George Stephanopoulos", Rumsfeld sentenció:
Sabemos en dónde están.
Y en su discurso a la nación el presidente
George W. Bush llamó objetivos selectos
a los sitios en donde sus agencias de inteligencia
presumían que se localizaba Hussein.
Al
iniciar el primer día de bombardeos sobre Irak,
nadie consideró que ni el Congreso ni la opinión
pública de Estados Unidos habían dado
carta blanca a Bush para perpetrar un magnicidio.
La opinión pública estadounidense sólo
fue manipulada para apoyar una ofensiva que descubriera
las armas de destrucción masiva.
Al
no comprobarse la existencia de estas armas, el desgaste
de la institución presidencial y la credibilidad
del sistema republicano estadounidense no fueron sin
embargo obstáculo para que el presidente y
sus allegados arriesgaran una estrategia atrevida
de largo aliento que resultó benéfica:
Irak y su potencial petrolero les pertenecen.
Ciegos
y mudos
Los medios de comunicación y la propaganda
constituyen las nuevas armas de los países
en sus guerras. La prensa es controlada por los gobiernos
para difundir las ideas que tienen que pensar y los
conceptos que deben defender, así como para
eliminar toda capacidad crítica.
Como
ejemplo basta señalar que antes de la Guerra
del Golfo, en 1991, la sociedad estadounidense no
consideraba a Irak un enemigo, ni cuando invadió
a Kuwait. Fue la Agencia de Relaciones Públicas
Hill and Knowlton la encargada de realizar una campaña
publicitaria con ese propósito, la cual supuso
una erogación de diez millones de dólares
de entonces, una cifra equivalente a la que invierte
un candidato a la presidencia de Estados Unidos.
A un
mes de los atentados del 11 de septiembre, en el marco
de la guerra antiterrorista, el Pentágono creó,
con el orwelliano título de Oficina de Influencia
Estratégica (OSI, por sus siglas en inglés),
un arma de propaganda con la clara e ilegal misión
de lanzar campañas de desinformación
en la prensa extranjera.
Cuando
The New York Times divulgó la noticia en febrero
de 2002, Bush no tuvo más remedio que retractarse
ante la oposición de sus ciudadanos. Un año
después nació la Oficina de Comunicaciones
Internacionales con cuarteles en Washington, Londres
e Islamabad, destinada a promover una imagen positiva
de Estados Unidos, aunque por ley debe emitir mensajes
verídicos y exactos.
Conocedora
del valor de la información, la administración
Bush retomó la célebre frase de Winston
Churchill: la verdad es tan preciosa que debe
ser protegida por un cortejo de mentirosos.
De ahí que se haya consagrado a censurar y
desinformar a su propia sociedad con la anuencia de
los medios en vísperas de la ofensiva contra
Irak.
Este
febrero pasado la maquinaria de guerra mediática
no tuvo precedente. Las informaciones falsas, las
imágenes satelitales trucadas y el ocultamiento
de víctimas fueron parte de una campaña
que vendió la invasión como guerra
de liberación y que paulatinamente se
reveló como gran proeza de manipulación
en la que el espectador de televisión, el auditorio
de la radio y el lector de diarios nada vieron.
En
el terreno de las operaciones, no se dejó nada
al azar. Los militares editaban artículos y
fotografías en el centro de prensa de As-Saliyah
de Qatar para su difusión en los medios internacionales.
Desde esta zona de un kilómetro cuadrado de
escritorios y miles de líneas telefónicas,
cientos de periodistas de todo el mundo esperaban
la conferencia de prensa diaria de un oficial del
Centro de Comunicaciones. Los corresponsales que aspiraban
a informar en directo quedaron en la retaguardia.
Contrariamente
a la guerra del Golfo, la transmisión de esta
operación no fue patrimonio de CNN, pues ahora
tuvo la competencia de Fox News, la BBC, la alemana
ZDF y de la imprescindible Al-Jazeera, la cadena árabe
de información que por su buena reputación
era consultada para conocer la versión no oficial.
Hoy que los medios de prensa estadounidense evalúan
su actuación en la guerra, admiten que el hecho
de reproducir sólo las versiones oficiales
sesgó su información y con ello faltaron
a la verdad.
Pero
no sólo el presidente estadounidense perdió
su credibilidad, también su aliado el premier
británico Anthony Blair, que hoy enfrenta una
debacle política en su país después
de haber sostenido la versión de la existencia
de las armas de destrucción masiva en Irak.
Al
respecto, el columnista de The New York Times Paul
Krugman sostiene que si la pretendida amenaza del
régimen iraquí contra los intereses
estadounidenses y su seguridad nacional fue una farsa,
el caso podría ser el más grave en la
historia de Estados Unidos: peor que Watergate,
peor que el Irán-contra.
Maureen
Dowd, también columnista de ese diario, establece
similitudes entre la búsqueda de armas en Irak
y el caso de O. J. Simpson, que quiere dar con el
asesino de su esposa, pero remarca una diferencia:
a menos que la administración encuentre a alguien
más a quien culpar --informantes, vigilancia
tecnológica, personal de bajo nivel--, no escapará
a su responsabilidad.
La
mentira
Columnista de FindLaw y exconsejero de la presidencia
estadounidense en varias ocasiones, una de ellas durante
la administración de Richard Nixon, John W.
Dean opina que el presidente Bush está ante
un serio problema.
En
su artículo titulado Armas perdidas de
destrucción masiva: ¿la mentira es razón
para la guerra y una ofensa enjuiciable?, comenta:
Antes de pedirle al Congreso una resolución
que autorizara el uso de las fuerzas militares estadounidenses
en Irak, hizo declaraciones inequívocas por
las que el país debía involucrarse en
una ofensiva armada contra otra nación. Ahora
es claro que muchas de esas declaraciones parecen
falsas.
Dean
observa que lo que está en el fondo de la actual
polémica es la credibilidad del presidente,
pues sus declaraciones, en especial las que se refieren
a la seguridad nacional, tienen un alto nivel de impacto.
Un presidente no puede torcer o distorsionar
los hechos y seguir así, concluye.
En
este caso, George Walker Bush, presidente de los Estados
Unidos de Norteamérica, afirmó públicamente:
"Irak está expandiendo y mejorando las
instalaciones que usó para producir armas biológicas.
Naciones Unidas, 12 de septiembre de 2002.
"Irak
ha acumulado armas biológicas y químicas,
y está reconstruyendo las instalaciones usadas
para hacer más armas de ese tipo. Tenemos
fuentes que nos dicen que Saddam Hussein recientemente
autorizó a los comandantes de campo a usar
armas químicas --las mismas que el dictador
nos dice que no tiene. Radio Address, 5 de octubre
de 2002.
"El
régimen iraquí
posee y produce
armas químicas y biológicas. Está
buscando armas nucleares. Sabemos que el régimen
ha producido miles de toneladas de agentes químicos,
incluyendo gas mostaza, gas nervioso sarín
y VX. También descubrimos que Irak tiene una
flota creciente de vehículos aéreos
tripulados y no tripulados que podrían ser
utilizados para esparcir armas químicas o biológicas
en extensas áreas. Nos preocupa que Irak explore
formas para enviar estos vehículos a misiones
cuyo blanco sea Estados Unidos.
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La
evidencia indica que Irak reconstruye su programa
de armas nucleares. Saddam Hussein se ha reunido numerosas
veces con científicos nucleares iraquíes,
llamados mujaidines nucleares. Fotografías
de satélite revelaron que Irak reconstruye
instalaciones en sitios que han sido parte de su programa
nuclear en el pasado. Irak ha intentado comprar tubos
de aluminio fortalecido y otro equipo necesario para
las centrífugas de gas, empleadas para enriquecer
uranio en armas nucleares. Cincinnati, Ohio,
7 de octubre de 2002.
"Nuestros
oficiales de inteligencia estiman que Saddam Hussein
tuvo los materiales para producir al menos 500 toneladas
de sarín, mostaza y agente nervioso VX.
Informe sobre el estado de la nación, 28 de
enero de 2003.
"Información
de inteligencia reunida por este y otros gobiernos
no deja duda de que el régimen iraquí
continúa en posesión y oculta algunas
de las más letales armas jamás creadas.
Informe a la nación, 17 de marzo de 2003.
Ante
el escándalo, el subsecretario de Estado para
el Control de Armas y Seguridad Internacional, John
Bolton, ofreció nueva evidencia al Congreso
e insiste que las armas de destrucción masiva
serán encontradas por una nueva unidad a su
servicio: el Grupo de Supervisión en Irak,
integrado por mil 400 expertos y técnicos de
todo el mundo, desplegados en aquel país.
Sin
embargo, la revista Time aludió a una fuente
de la Marina que aseguró: Hemos visto
cada punto de aprovisionamiento de armas entre la
frontera de Kuwait y Bagdad y simplemente no hay nada.
También
Newsweek planteó interrogantes sobre el asunto:
Si Estados Unidos entró a una nueva era
de prevención, en la que primero se ataca porque
no puede probar que los terroristas posean armas nucleares
o biológicas, nuestra inteligencia está
en un estado crítico. ¿Cómo podrá
Bush mantener el apoyo en el país y en el exterior?
Por
ello, ante la falta de evidencias, la brecha entre
las afirmaciones de la Oficina Oval y la realidad
sólo aumenta la sensación de que las
declaraciones presidenciales fueron un cúmulo
de mentiras intencionadas.
El
diario londinense The Guardian dio a conocer las conclusiones
a que llegó en septiembre pasado la Agencia
de Inteligencia de Defensa: No hay información
confiable de si Irak está produciendo o almacenando
armas químicas, justo cuando Rumsfeld
decía al Congreso que el régimen de
Bagdad ha almacenado colosales arsenales de
armas químicas, incluyendo gas sarín,
VX, ciclosarín y mostaza.
En
el recuento de daños, la sociedad estadounidense
parece preparada para pagar un costo adicional nada
despreciable: la pérdida de credibilidad de
su nación a cambio de la licencia para mentir.
Y si las últimas encuestas no mienten, habrá
que dar por cierto que 70 por ciento de ciudadanos
están convencidos de la culpabilidad del presidente
y un porcentaje igual está conforme con su
gestión.
El
resultado de este caso significa una capitulación
de las condiciones de integridad que debiera exhibir
y sostener el presidente de la actual superpotencia.
El futuro permitirá seguramente recordar que
un presidente que es fiel en lo poco es también
fiel en lo mucho y que cuando es un infiel en lo poco
también lo es en lo mucho.
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