EU: Licencia
para engañar
Por Nydia Egremy Pinto

Sabedora del valor de la información, la administración Bush retomó la célebre frase de Winston Churchill: “la verdad es tan preciosa que debe ser protegida por un cortejo de mentirosos”.

La Casa Blanca erosionó el sistema político estadounidense tras engañar a la nación y el mundo sobre los móviles de la ofensiva contra Irak. La premisa para derrocar al régimen de Hussein fue que éste poseía armas de destrucción masiva y tenía nexos con la red de Osama bin Laden. Hasta ahora, no hay evidencia que sustente tales afirmaciones.

Una parte importante de la clase política estadounidense creyó interpretar los deseos de represalia de la administración contra un régimen y convalidó una nueva prerrogativa presidencial, la de mentir y eventualmente ejercer el poder discrecionalmente en beneficio propio haciendo cómplices de su conducta a otros funcionarios.

Esta discrecionalidad se tradujo, por ejemplo, en que la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional envió en secreto "pedidos detallados de licitación" al menos a cinco firmas de infraestructura ingeniera relacionadas con políticos. Todas presentaron ofertas o se preparaban para hacerlo.

Una vez concluida la fase armada en Irak, hoy se sabe que el presidente George W. Bush, su secretario de Defensa Donald Rumsfeld y sus asesores y oficiales de inteligencia mintieron. Las armas de destrucción masiva no aparecen y el nexo Hussein-Bin Laden se desvaneció.

En tanto, el Congreso evalúa qué tipo de rendición de cuentas pedirá al Ejecutivo, y los republicanos intentan resistir la exigencia demócrata de audiencias públicas encaminadas a discernir quién mintió, por qué y a quién benefició el engaño.

Estas investigaciones expondrían las fallas dentro de las agencias de inteligencia estadounidenses y el afán de la Oficina Oval por ajustar a la realidad datos que los halcones y los diseñadores de políticas públicas necesitaban como evidencia.

John Warner, presidente del Comité del Senado de las Fuerzas Armadas, afirmó que junto con el Comité de Inteligencia se realizará una investigación de la situación que incluirá los informes de inteligencia previos a la ofensiva.
De encontrarse evidencia potencial de una colosal falla en inteligencia o conductas inapropiadas, en el mejor escenario se atribuiría a mera incompetencia.

La Agencia Central de Inteligencia (CIA) nunca evaluó datos puntuales antes de la ofensiva; sin embargo, el 7 de enero, Rumsfeld aseguraba a la prensa: “No tengo duda de que ellos (Irak) poseen armas químicas y biológicas”. Presionado por un reportero, el secretario aseguró que su dicho no se basaba en el uso de armas químicas por parte de los iraquíes en el pasado.

Al referirse a las armas de destrucción masiva, el 30 de marzo en el programa de ABC “Esta semana con George Stephanopoulos", Rumsfeld sentenció: “Sabemos en dónde están”. Y en su discurso a la nación el presidente George W. Bush llamó “objetivos selectos” a los sitios en donde sus agencias de inteligencia presumían que se localizaba Hussein.

Al iniciar el primer día de bombardeos sobre Irak, nadie consideró que ni el Congreso ni la opinión pública de Estados Unidos habían dado carta blanca a Bush para perpetrar un magnicidio. La opinión pública estadounidense sólo fue manipulada para apoyar una ofensiva que descubriera las armas de destrucción masiva.

Al no comprobarse la existencia de estas armas, el desgaste de la institución presidencial y la credibilidad del sistema republicano estadounidense no fueron sin embargo obstáculo para que el presidente y sus allegados arriesgaran una estrategia atrevida de largo aliento que resultó benéfica: Irak y su potencial petrolero les pertenecen.

Ciegos y mudos
Los medios de comunicación y la propaganda constituyen las nuevas armas de los países en sus guerras. La prensa es controlada por los gobiernos para difundir las ideas que tienen que pensar y los conceptos que deben defender, así como para eliminar toda capacidad crítica.

Como ejemplo basta señalar que antes de la Guerra del Golfo, en 1991, la sociedad estadounidense no consideraba a Irak un enemigo, ni cuando invadió a Kuwait. Fue la Agencia de Relaciones Públicas Hill and Knowlton la encargada de realizar una campaña publicitaria con ese propósito, la cual supuso una erogación de diez millones de dólares de entonces, una cifra equivalente a la que invierte un candidato a la presidencia de Estados Unidos.

A un mes de los atentados del 11 de septiembre, en el marco de la guerra antiterrorista, el Pentágono creó, con el orwelliano título de Oficina de Influencia Estratégica (OSI, por sus siglas en inglés), un arma de propaganda con la clara e ilegal misión de lanzar campañas de desinformación en la prensa extranjera.

Cuando The New York Times divulgó la noticia en febrero de 2002, Bush no tuvo más remedio que retractarse ante la oposición de sus ciudadanos. Un año después nació la Oficina de Comunicaciones Internacionales con cuarteles en Washington, Londres e Islamabad, destinada a promover una imagen positiva de Estados Unidos, aunque por ley debe emitir mensajes “verídicos y exactos”.

Conocedora del valor de la información, la administración Bush retomó la célebre frase de Winston Churchill: “la verdad es tan preciosa que debe ser protegida por un cortejo de mentirosos”. De ahí que se haya consagrado a censurar y desinformar a su propia sociedad con la anuencia de los medios en vísperas de la ofensiva contra Irak.

Este febrero pasado la maquinaria de guerra mediática no tuvo precedente. Las informaciones falsas, las imágenes satelitales trucadas y el ocultamiento de víctimas fueron parte de una campaña que vendió la invasión como “guerra de liberación” y que paulatinamente se reveló como gran proeza de manipulación en la que el espectador de televisión, el auditorio de la radio y el lector de diarios nada vieron.

En el terreno de las operaciones, no se dejó nada al azar. Los militares editaban artículos y fotografías en el centro de prensa de As-Saliyah de Qatar para su difusión en los medios internacionales. Desde esta zona de un kilómetro cuadrado de escritorios y miles de líneas telefónicas, cientos de periodistas de todo el mundo esperaban la conferencia de prensa diaria de un oficial del Centro de Comunicaciones. Los corresponsales que aspiraban a “informar en directo” quedaron en la retaguardia.

Contrariamente a la guerra del Golfo, la transmisión de esta operación no fue patrimonio de CNN, pues ahora tuvo la competencia de Fox News, la BBC, la alemana ZDF y de la imprescindible Al-Jazeera, la cadena árabe de información que por su buena reputación era consultada para conocer la versión no oficial.
Hoy que los medios de prensa estadounidense evalúan su actuación en la guerra, admiten que el hecho de reproducir sólo las versiones oficiales sesgó su información y con ello faltaron a la verdad.

Pero no sólo el presidente estadounidense perdió su credibilidad, también su aliado el premier británico Anthony Blair, que hoy enfrenta una debacle política en su país después de haber sostenido la versión de la existencia de las armas de destrucción masiva en Irak.

Al respecto, el columnista de The New York Times Paul Krugman sostiene que si la pretendida amenaza del régimen iraquí contra los intereses estadounidenses y su seguridad nacional fue una farsa, el caso podría ser el más grave en la historia de Estados Unidos: “peor que Watergate, peor que el Irán-contra”.

Maureen Dowd, también columnista de ese diario, establece similitudes entre la búsqueda de armas en Irak y el caso de O. J. Simpson, que quiere dar con el asesino de su esposa, pero remarca una diferencia: a menos que la administración encuentre a alguien más a quien culpar --informantes, vigilancia tecnológica, personal de bajo nivel--, no escapará a su responsabilidad.

La mentira
Columnista de FindLaw y exconsejero de la presidencia estadounidense en varias ocasiones, una de ellas durante la administración de Richard Nixon, John W. Dean opina que el presidente Bush está ante un serio problema.

En su artículo titulado “Armas perdidas de destrucción masiva: ¿la mentira es razón para la guerra y una ofensa enjuiciable?”, comenta: “Antes de pedirle al Congreso una resolución que autorizara el uso de las fuerzas militares estadounidenses en Irak, hizo declaraciones inequívocas por las que el país debía involucrarse en una ofensiva armada contra otra nación. Ahora es claro que muchas de esas declaraciones parecen falsas”.

Dean observa que lo que está en el fondo de la actual polémica es la credibilidad del presidente, pues sus declaraciones, en especial las que se refieren a la seguridad nacional, tienen un alto nivel de impacto. “Un presidente no puede torcer o distorsionar los hechos y seguir así”, concluye.

En este caso, George Walker Bush, presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, afirmó públicamente: "Irak está expandiendo y mejorando las instalaciones que usó para producir armas biológicas.” Naciones Unidas, 12 de septiembre de 2002.

"Irak ha acumulado armas biológicas y químicas, y está reconstruyendo las instalaciones usadas para hacer más armas de ese tipo.” “Tenemos fuentes que nos dicen que Saddam Hussein recientemente autorizó a los comandantes de campo a usar armas químicas --las mismas que el dictador nos dice que no tiene.” Radio Address, 5 de octubre de 2002.

"El régimen iraquí… posee y produce armas químicas y biológicas. Está buscando armas nucleares. Sabemos que el régimen ha producido miles de toneladas de agentes químicos, incluyendo gas mostaza, gas nervioso sarín y VX. También descubrimos que Irak tiene una flota creciente de vehículos aéreos tripulados y no tripulados que podrían ser utilizados para esparcir armas químicas o biológicas en extensas áreas. Nos preocupa que Irak explore formas para enviar estos vehículos a misiones cuyo blanco sea Estados Unidos.”

“La evidencia indica que Irak reconstruye su programa de armas nucleares. Saddam Hussein se ha reunido numerosas veces con científicos nucleares iraquíes, llamados ‘mujaidines nucleares’. Fotografías de satélite revelaron que Irak reconstruye instalaciones en sitios que han sido parte de su programa nuclear en el pasado. Irak ha intentado comprar tubos de aluminio fortalecido y otro equipo necesario para las centrífugas de gas, empleadas para enriquecer uranio en armas nucleares.” Cincinnati, Ohio, 7 de octubre de 2002.

"Nuestros oficiales de inteligencia estiman que Saddam Hussein tuvo los materiales para producir al menos 500 toneladas de sarín, mostaza y agente nervioso VX”. Informe sobre el estado de la nación, 28 de enero de 2003.

"Información de inteligencia reunida por este y otros gobiernos no deja duda de que el régimen iraquí continúa en posesión y oculta algunas de las más letales armas jamás creadas.” Informe a la nación, 17 de marzo de 2003.

Ante el escándalo, el subsecretario de Estado para el Control de Armas y Seguridad Internacional, John Bolton, ofreció nueva evidencia al Congreso e insiste que las armas de destrucción masiva serán encontradas por una nueva unidad a su servicio: el Grupo de Supervisión en Irak, integrado por mil 400 expertos y técnicos de todo el mundo, desplegados en aquel país.

Sin embargo, la revista Time aludió a una fuente de la Marina que aseguró: “Hemos visto cada punto de aprovisionamiento de armas entre la frontera de Kuwait y Bagdad y simplemente no hay nada”.

También Newsweek planteó interrogantes sobre el asunto: “Si Estados Unidos entró a una nueva era de prevención, en la que primero se ataca porque no puede probar que los terroristas posean armas nucleares o biológicas, nuestra inteligencia está en un estado crítico. ¿Cómo podrá Bush mantener el apoyo en el país y en el exterior?”

Por ello, ante la falta de evidencias, la brecha entre las afirmaciones de la Oficina Oval y la realidad sólo aumenta la sensación de que las declaraciones presidenciales fueron un cúmulo de mentiras intencionadas.

El diario londinense The Guardian dio a conocer las conclusiones a que llegó en septiembre pasado la Agencia de Inteligencia de Defensa: “No hay información confiable de si Irak está produciendo o almacenando armas químicas”, justo cuando Rumsfeld decía al Congreso que el régimen de Bagdad “ha almacenado colosales arsenales de armas químicas, incluyendo gas sarín, VX, ciclosarín y mostaza”.

En el recuento de daños, la sociedad estadounidense parece preparada para pagar un costo adicional nada despreciable: la pérdida de credibilidad de su nación a cambio de la licencia para mentir. Y si las últimas encuestas no mienten, habrá que dar por cierto que 70 por ciento de ciudadanos están convencidos de la culpabilidad del presidente y un porcentaje igual está conforme con su gestión.

El resultado de este caso significa una capitulación de las condiciones de integridad que debiera exhibir y sostener el presidente de la actual superpotencia. El futuro permitirá seguramente recordar que un presidente que es fiel en lo poco es también fiel en lo mucho y que cuando es un infiel en lo poco también lo es en lo mucho.


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