Elecciones 2003:
La comunicación política en México
Por Aimée Vega Montiel

La incorporación de la comunicación política en México es de factura reciente. Mientras que otros países ya tenían una vasta experiencia en el campo, el joven proceso de transición democrática le permitió a nuestro país inaugurarse en este escenario sólo a finales de la década de los ochenta.

Y aunque su historia es relativamente corta, esto no ha significado un obstáculo para que el modelo global de la comunicación política --entendida como el espacio público, hoy trasladado a los medios de comunicación, en el que se articulan los discursos y las acciones de los sujetos políticos-- sea el ilustre protagonista de los procesos electorales en México.

Ello encuentra razón en que este país se ha sumado, en el discurso y en la acción, a la democracia global, que sitúa su máxima en la pluralidad de actores políticos que compiten por la legitimidad y el poder y en la cada vez más diversificada sociedad mexicana.

De esa pluralidad de actores, tres son esencialmente identificables: los periodistas, como la voz de la maquinaria mediática; los políticos, como representantes del aparato de partidos, y la opinión pública, como la visión instrumental de la voz ciudadana, traducida a sondeos y encuestas.

Desde esta tesis de Dominique Wolton (1992)1 los periodistas y los medios de comunicación constituyen, a la vez, un elemento estructural y estructurante del espacio público, en tanto que operan en esta esfera al tiempo que la modifican. Respaldados en el saber de que su labor es sinónimo de poder, generan un discurso cuyo resultado puede ayudar o perjudicar al político y trasladar esta interpretación a las opiniones de los ciudadanos.

Constituidos como el nuevo espacio público, los medios de comunicación, y en especial la televisión, son los que, al menos en teoría, deberían permitir la circulación de la información entre los ciudadanos y los políticos.

Sin embargo, en la presente coyuntura electoral que vivimos en México ha sido más patente que en ninguna otra la falta de interés de las televisoras --al menos de las dos más importantes, Televisa y TV Azteca-- por visibilizar la importancia de los comicios y por promover el voto.

Según el monitoreo del IFE, el espacio destinado al proceso electoral por los informativos ni siquiera ha alcanzado 5 por ciento de su tiempo total. ¿La razón? Estos temas no reportan rating.

De esta manera, si bien nos hemos movido de grises experiencias como la de 1988, en donde sólo el candidato del partido oficial figuraba en los medios, no hay razones para echar las campanas al vuelo en pleno siglo XXI.

Hoy los medios evidencian más que nunca que su función social --función que en el contexto de unas elecciones debiera ser dirigida, en teoría, a promover el debate plural y democrático, a estimular la participación ciudadana y a garantizar el derecho a la información-- depende de las leyes que dicta el mercado: lo que no vende, no existe.

En la actualidad, la única ligazón de la radio y la televisión con las elecciones --por cierto muy jugosa económicamente--, y en general con la esfera política, ha ido en función de la transferencia de recursos por parte de los partidos y del aparato gubernamental a los concesionarios, por medio de la contratación de espacios publicitarios.

Para muestra, un botón: solamente en estas elecciones, los 11 partidos contendientes destinaron alrededor de 75 por ciento de sus recursos a propaganda política en los medios electrónicos, lo que convertido a pesos rebasa los 4 mil millones.

Y eso sin contar la onerosa campaña de Vicente Fox --sin duda el cliente político número uno de las estaciones concesionadas en México--, dirigida a promover primero los logros de su gobierno y después el voto partidista entre los ciudadanos.

En este renglón el presidente de la República ha invertido, conforme lo ha denunciado el PRI, 6 mil 600 millones de pesos.

En lo que toca al segundo actor de la comunicación política, los políticos, nos encontramos hoy con el hecho de que dependen cada vez más, en el discurso y en la acción, de los otros dos protagonistas de este espacio: encuestas y medios de comunicación.

Por un lado, sus acciones son condicionadas por lo que demanda la opinión pública en sondeos y otros estudios de este tipo. Por el otro, dado que son los medios de comunicación la vía para publicitar su discurso, pareciera que sin la ventana electrónica los políticos tienen hoy nulas posibilidades de obtener y ejercer el poder.

Los medios de comunicación dictan a los políticos lógicas y formatos expositivos, lo que explica que la configuración de sus discursos sea cada vez más corta, sencilla, personal, concreta y con la presencia de unas cuantas frases memorables, mas no con la exposición de programas elaborados.

En los actuales comicios, si algo ha sido evidente, es justo la reducción de la política a imágenes y sonidos.

En aras de convencer y seducir al electorado, el discurso de los actores que contienden en estas elecciones se ha caracterizado por la personalización de los mensajes y por la recurrencia de los argumentos dramáticos con que se enfrenta a los adversarios (ahí están los minimelodramas del Partido Verde).

En esta campaña todos los partidos han sustituido el debate sustantivo sobre los problemas sociales por promesas no fiscalizables (o en el caso de los ya gobernantes, como Vicente Fox, por logros virtuales) y acusaciones mutuas.

Basta sólo con mirar el contenido de los spots transmitidos durante las últimas semanas. Las repetidas denuncias entre políticos y partidos que se observan en ellos (del PRI y del PRD contra el PAN y Vicente Fox, y del PAN contra el Verde y el PRI) constatan que la marketinización de la política en nada fortalece la democracia.

Por último, los sondeos y las encuestas se han constituido como el tercer actor de la comunicación política, en tanto que han hecho la política más visible para periodistas y políticos, porque son los que brindan fotografías de la opinión pública.

Los datos que proporcionan son el referente informativo fundamental de la política, tanto en el terreno discursivo como en el de la acción.

Y al haber pasado de ser un puro instrumento informativo a uno de lucha política, los sondeos y las encuestas suelen constituir hoy representaciones simplificadas, y en ocasiones burdas, de realidades complejas. Se les considera medida de la opinión pública cuando en repetidas ocasiones no son más que respuestas sesgadas de lo que acontece.

En México, estos instrumentos han formado parte medular de las campañas, tanto que han sido utilizados --y algunas veces elaborados-- por los políticos como material informativo y propagandístico. A esto hay que agregar que otros actores han participado igualmente en la guerra de números durante estos comicios.

Por un lado están las empresas de estudios de opinión que compitieron a lo largo del proceso por informar de las tendencias de voto del electorado. Por el otro, los medios de comunicación --entre ellos los diarios nacionales Reforma y El Universal, así como los telediarios “Noticiero”, “Hechos” y “CNI Noticias”-- también generaron sus propios estudios, a los que destinaron importantes espacios dentro de sus emisiones.

Dado que no todos los estudios de opinión se apegaron a la metodología establecida por el IFE, las variaciones significativas entre los resultados mostrados por unos y otros no han hecho más que contribuir al escepticismo y la confusión de los ciudadanos respecto de la política.

Y aunque es prematuro definir desde ahora de qué forma se consolidarán como un instrumento de lucha política en México, es pertinente anotar la urgencia de que la rigurosidad de su elaboración y la ética al momento de su empleo sean vigilados por parte de la autoridad electoral.

A estas alturas, ubicados los actores e indicadores de la comunicación política en México, se abre una pregunta: ¿qué lugar ocupan los ciudadanos en esta esfera? Vale decirlo: su presencia en el espacio público es determinante. Su expresión política es la razón del ideal democrático.

Sin embargo, en su lucha por erigirse como los gestores institucionales de la comunicación política, cada uno de los actores a los que nos hemos referido tiene una visión muy sesgada del ciudadano.

Cada uno lo enfoca desde su óptica particular: los medios de comunicación, en términos de audiencia, como consumidor; los políticos, como votante potencial; y los sondeos, como parte de una adición de opiniones individuales. En consecuencia, subyace la idea del ciudadano-consumidor que no se implica en la política.

Este menosprecio de los actores políticos es seguramente la raíz de la pérdida creciente de confianza de los ciudadanos en los gobernantes y en la política.

El acto de no votar, lejos de ser una manifestación de ignorancia, más bien está asociado hoy al juicio negativo y adverso que los ciudadanos tienen de la política.

Así que no esperemos que, pese a la cantidad de recursos invertidos en estas elecciones y a la instrumentación de las técnicas de comunicación política más avanzadas, el porcentaje de abstencionismo en estos comicios sea bajo. Por el contrario, parece que rebasará el de las elecciones del año 2000 y que llegará a 40 por ciento.

Ello confirma que la credibilidad política no se construye mediante spots ni solamente en los momentos álgidos de la actividad política.


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