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Y aunque
su historia es relativamente corta, esto no ha significado
un obstáculo para que el modelo global de la
comunicación política --entendida como
el espacio público, hoy trasladado a los medios
de comunicación, en el que se articulan los
discursos y las acciones de los sujetos políticos--
sea el ilustre protagonista de los procesos electorales
en México.
Ello
encuentra razón en que este país se
ha sumado, en el discurso y en la acción, a
la democracia global, que sitúa su máxima
en la pluralidad de actores políticos que compiten
por la legitimidad y el poder y en la cada vez más
diversificada sociedad mexicana.
De
esa pluralidad de actores, tres son esencialmente
identificables: los periodistas, como la voz de la
maquinaria mediática; los políticos,
como representantes del aparato de partidos, y la
opinión pública, como la visión
instrumental de la voz ciudadana, traducida a sondeos
y encuestas.
Desde
esta tesis de Dominique Wolton (1992)1 los periodistas
y los medios de comunicación constituyen, a
la vez, un elemento estructural y estructurante del
espacio público, en tanto que operan en esta
esfera al tiempo que la modifican. Respaldados en
el saber de que su labor es sinónimo de poder,
generan un discurso cuyo resultado puede ayudar o
perjudicar al político y trasladar esta interpretación
a las opiniones de los ciudadanos.
Constituidos
como el nuevo espacio público, los medios de
comunicación, y en especial la televisión,
son los que, al menos en teoría, deberían
permitir la circulación de la información
entre los ciudadanos y los políticos.
Sin
embargo, en la presente coyuntura electoral que vivimos
en México ha sido más patente que en
ninguna otra la falta de interés de las televisoras
--al menos de las dos más importantes, Televisa
y TV Azteca-- por visibilizar la importancia de los
comicios y por promover el voto.
Según
el monitoreo del IFE, el espacio destinado al proceso
electoral por los informativos ni siquiera ha alcanzado
5 por ciento de su tiempo total. ¿La razón?
Estos temas no reportan rating.
De
esta manera, si bien nos hemos movido de grises experiencias
como la de 1988, en donde sólo el candidato
del partido oficial figuraba en los medios, no hay
razones para echar las campanas al vuelo en pleno
siglo XXI.
Hoy
los medios evidencian más que nunca que su
función social --función que en el contexto
de unas elecciones debiera ser dirigida, en teoría,
a promover el debate plural y democrático,
a estimular la participación ciudadana y a
garantizar el derecho a la información-- depende
de las leyes que dicta el mercado: lo que no vende,
no existe.
En
la actualidad, la única ligazón de la
radio y la televisión con las elecciones --por
cierto muy jugosa económicamente--, y en general
con la esfera política, ha ido en función
de la transferencia de recursos por parte de los partidos
y del aparato gubernamental a los concesionarios,
por medio de la contratación de espacios publicitarios.
Para
muestra, un botón: solamente en estas elecciones,
los 11 partidos contendientes destinaron alrededor
de 75 por ciento de sus recursos a propaganda política
en los medios electrónicos, lo que convertido
a pesos rebasa los 4 mil millones.
Y eso
sin contar la onerosa campaña de Vicente Fox
--sin duda el cliente político número
uno de las estaciones concesionadas en México--,
dirigida a promover primero los logros de su gobierno
y después el voto partidista entre los ciudadanos.
En
este renglón el presidente de la República
ha invertido, conforme lo ha denunciado el PRI, 6
mil 600 millones de pesos.
En
lo que toca al segundo actor de la comunicación
política, los políticos, nos encontramos
hoy con el hecho de que dependen cada vez más,
en el discurso y en la acción, de los otros
dos protagonistas de este espacio: encuestas y medios
de comunicación.
Por
un lado, sus acciones son condicionadas por lo que
demanda la opinión pública en sondeos
y otros estudios de este tipo. Por el otro, dado que
son los medios de comunicación la vía
para publicitar su discurso, pareciera que sin la
ventana electrónica los políticos tienen
hoy nulas posibilidades de obtener y ejercer el poder.
Los
medios de comunicación dictan a los políticos
lógicas y formatos expositivos, lo que explica
que la configuración de sus discursos sea cada
vez más corta, sencilla, personal, concreta
y con la presencia de unas cuantas frases memorables,
mas no con la exposición de programas elaborados.
En
los actuales comicios, si algo ha sido evidente, es
justo la reducción de la política a
imágenes y sonidos.
En
aras de convencer y seducir al electorado, el discurso
de los actores que contienden en estas elecciones
se ha caracterizado por la personalización
de los mensajes y por la recurrencia de los argumentos
dramáticos con que se enfrenta a los adversarios
(ahí están los minimelodramas del Partido
Verde).
En
esta campaña todos los partidos han sustituido
el debate sustantivo sobre los problemas sociales
por promesas no fiscalizables (o en el caso de los
ya gobernantes, como Vicente Fox, por logros virtuales)
y acusaciones mutuas.
Basta
sólo con mirar el contenido de los spots transmitidos
durante las últimas semanas. Las repetidas
denuncias entre políticos y partidos que se
observan en ellos (del PRI y del PRD contra el PAN
y Vicente Fox, y del PAN contra el Verde y el PRI)
constatan que la marketinización de la política
en nada fortalece la democracia.
Por
último, los sondeos y las encuestas se han
constituido como el tercer actor de la comunicación
política, en tanto que han hecho la política
más visible para periodistas y políticos,
porque son los que brindan fotografías de la
opinión pública.
Los
datos que proporcionan son el referente informativo
fundamental de la política, tanto en el terreno
discursivo como en el de la acción.
Y al
haber pasado de ser un puro instrumento informativo
a uno de lucha política, los sondeos y las
encuestas suelen constituir hoy representaciones simplificadas,
y en ocasiones burdas, de realidades complejas. Se
les considera medida de la opinión pública
cuando en repetidas ocasiones no son más que
respuestas sesgadas de lo que acontece.
En
México, estos instrumentos han formado parte
medular de las campañas, tanto que han sido
utilizados --y algunas veces elaborados-- por los
políticos como material informativo y propagandístico.
A esto hay que agregar que otros actores han participado
igualmente en la guerra de números durante
estos comicios.
Por
un lado están las empresas de estudios de opinión
que compitieron a lo largo del proceso por informar
de las tendencias de voto del electorado. Por el otro,
los medios de comunicación --entre ellos los
diarios nacionales Reforma y El Universal, así
como los telediarios Noticiero, Hechos
y CNI Noticias-- también generaron
sus propios estudios, a los que destinaron importantes
espacios dentro de sus emisiones.
Dado
que no todos los estudios de opinión se apegaron
a la metodología establecida por el IFE, las
variaciones significativas entre los resultados mostrados
por unos y otros no han hecho más que contribuir
al escepticismo y la confusión de los ciudadanos
respecto de la política.
Y aunque
es prematuro definir desde ahora de qué forma
se consolidarán como un instrumento de lucha
política en México, es pertinente anotar
la urgencia de que la rigurosidad de su elaboración
y la ética al momento de su empleo sean vigilados
por parte de la autoridad electoral.
A estas
alturas, ubicados los actores e indicadores de la
comunicación política en México,
se abre una pregunta: ¿qué lugar ocupan
los ciudadanos en esta esfera? Vale decirlo: su presencia
en el espacio público es determinante. Su expresión
política es la razón del ideal democrático.
Sin
embargo, en su lucha por erigirse como los gestores
institucionales de la comunicación política,
cada uno de los actores a los que nos hemos referido
tiene una visión muy sesgada del ciudadano.
Cada
uno lo enfoca desde su óptica particular: los
medios de comunicación, en términos
de audiencia, como consumidor; los políticos,
como votante potencial; y los sondeos, como parte
de una adición de opiniones individuales. En
consecuencia, subyace la idea del ciudadano-consumidor
que no se implica en la política.
Este
menosprecio de los actores políticos es seguramente
la raíz de la pérdida creciente de confianza
de los ciudadanos en los gobernantes y en la política.
El
acto de no votar, lejos de ser una manifestación
de ignorancia, más bien está asociado
hoy al juicio negativo y adverso que los ciudadanos
tienen de la política.
Así
que no esperemos que, pese a la cantidad de recursos
invertidos en estas elecciones y a la instrumentación
de las técnicas de comunicación política
más avanzadas, el porcentaje de abstencionismo
en estos comicios sea bajo. Por el contrario, parece
que rebasará el de las elecciones del año
2000 y que llegará a 40 por ciento.
Ello
confirma que la credibilidad política no se
construye mediante spots ni solamente en los momentos
álgidos de la actividad política.
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