|
Dentro
del sistema penitenciario mexicano, la legendaria
Santa Martha Acatitla, habitada por mil 22 internos
sentenciados a las penas más largas, es la
única cárcel que cuenta con un área
designada para los portadores del Virus de Inmunodeficiencia
Humana (VIH): el dormitorio número 10 o D-10:
el pabellón de la muerte.
De
manera oficial se le denomina Módulo de Atención
Integral de VIH, aunque entre el grueso de la población
es conocido como el de los "sidosos". Pocos
se acercan al D-10.
El
estigma hacia la enfermedad que padecen sus 38 moradores
se los impide. Para llegar allí hay que atravesar
los largos y helados corredores de la llamada Casa
Azul (el color del uniforme de los internos).
Enormes
roedores salen de sus madrigueras para buscar su propio
rancho (alimento de la prisión); corren en
sus ralos jardines a plena luz del día. Ahí
se despliega una raquítica área de juegos
infantiles que los custodios se empeñan en
mantener cerrada con un grueso candado, aunque los
hijos de los presos que acuden a la visita familiar
ya rompieron la malla ciclónica para escabullirse
por debajo, burlando toda autoridad.
El
10 es el último de los dormitorios, desde hace
cinco años compartido. El lado derecho está
reservado para los portadores de VIH.
El
izquierdo, para los reos de alta peligrosidad, en
calidad de castigo y protección: castigo, por
parte de la Dirección, por delitos cometidos
dentro de la penitenciaría; protección,
sobre otros internos que pretendan tomar venganza,
cobrar deudas de droga o asesinar a quien llega hasta
ahí.
La
zona cuenta con dos apandos, uno de ellos lo ocupa,
desde febrero pasado, Ernesto Ramírez Romo,
en castigo por el asesinato de otro interno a quien
le clavó una punta de metal.
Tantos
días en el encierro dentro del encierro lo
ponen tenso. En la reducida celda de castigo camina
en zigzag, como si fuera un chango. Se acerca a la
reja de la que cuelga un candado oxidado para confesar
su nueva hazaña: "me eché a uno
de otro dormitorio", susurra.
La
desesperación lo lleva al límite. Lo
peor del apando es que allí no es tan fácil
conseguir dulces. Su cuerpo conoce todo tipo de drogas.
En la penitenciaría lo más barato son
"las reinas" o chochos (pastillas Reynol
de los laboratorios Roche), que se consiguen hasta
en diez pesos. Ernesto ingiere dos diluidas en el
Nescafé del desayuno. Ingresó a Santa
Martha hace un año, con una sentencia de seis,
a la que se sumará la nueva condena.
--¿Por
qué lo mataste?
--Hay cosas que no se pueden evitar --, dice melancólico.
En
la mano derecha esconde una punta de metal, que destella
entre la sudadera azul marino y los picados brazos
en los que se ha metido cientos de agujas. Es la misma
arma con la que mató a su compañero.
Se aleja de la reja y el susurro ya no se escucha.
Así
convive, por disposición del Consejo Técnico
Interdisciplinario, la población más
peligrosa de la Penitenciaria con la más vulnerable.
Ni unos ni otros alcanzan a pagar su deuda social.
Los primeros, porque cada delito que cometen es acumulable,
y los segundos, porque antes les llega la muerte.
Cuando
un interno de cualquier prisión solicita el
beneficio de la visita conyugal, el Consejo Técnico
Interdisciplinario requiere una serie de exámenes
médicos, entre los que se incluye el de VIH.
Si se detecta que es portador, se le traslada a Santa
Martha Acatitla, tenga o no dictada una sentencia
y en calidad de "depositado".
El
supuesto es que allí recibirá la atención
necesaria, aunque el Servicio Médico de la
Penitenciaría, dirigido por el médico
cirujano Jesús Arreguín Parra, es tan
deficiente que no cuenta con un solo infectólogo.
Los
internos con SIDA (algunos en fase terminal) son atendidos
por un médico general y un anestesista; no
se les realizan los análisis clínicos
que deben efectuarse por lo menos cada seis meses
(subpoblación de linfocitos, CD4 y carga viral),
y tampoco se les proporcionan medicamentos para prevenir
tuberculosis, neumonía o micosis, ni se les
suministran antirretrovirales. Y es que, reconoce
el titular de la Dirección General de Prevención
y Readaptación Social del Distrito Federal,
Héctor Cárdenas San Martín, "los
centros penitenciarios no tienen las condiciones para
ello".
En
el plano de la prevención e información
sobre el SIDA, el director de la Penitenciaría,
Hazael Ruiz Ortega, ha prohibido el paso a organizaciones
no gubernamentales como Ave de México, Vanguardia
Mexicana de Personas Afectadas por VIH y hasta al
propio Conasida, que realizaban campañas de
información y regalaban condones a los internos,
que ahora sólo conocen la evolución
de la enfermedad por los estragos que causa en su
organismo.
Epidemias
La ausencia de atención médica especializada
originó grandes estragos durante el año
2000, con el arribo de dos presos con tuberculosis
ganglionar y pulmonar que, por no recibir medicamentos
ni consultas, provocaron un rápido contagio
entre todos los internos del pabellón, que
pronto se convirtió en una epidemia.
En
aquel tiempo la mayoría pasó de uno
a dos meses al interior del Servicio Médico,
carente hasta de alcohol etílico y gasas, y
donde el instrumental médico como jeringas,
bisturís y agujas, se guarda en baldes con
agua sucia.
Sobre camas de fierro oxidado, con sábanas
percudidas que alguna vez fueron blancas, los internos
cubrían su cuerpo para evitar el ataque de
los roedores y cucarachas que infestan el lugar.
El
Servicio Médico se localiza a escasos metros
de los baños generales, donde el drenaje nunca
es suficiente y las tazas desbordan excremento y olores
malsanos, pues su fajina (limpieza) corre a cargo
de los tiernos (presos de recién ingreso),
que no disponen de jabón ni cloro y únicamente
cuentan con un chicharrón (pedazo de cobija)
para esas tareas.
Durante
la epidemia de tuberculosis, bajo el resguardo del
personal hospitalario, murieron los internos Walter
Haroland Cubenet, Mario Barbosa, Arturo Sánchez
y Servando Plata, este último a un mes de cumplir
su condena y obtener su libertad.
Un
nuevo brote de tuberculosis ganglionar y pulmonar
está latente entre los 38 internos. La enfermedad
se agudiza por las deficientes instalaciones que no
reciben mantenimiento; las tuberías de agua
están podridas y fracturadas, y por ellas sale
el agua llena de gusanos, causantes de herpes, hongos
en la piel y enfermedades gastrointestinales.
Al
hablar, el interno Juan Carlos Chávez López
arroja flemas con sangre. Padece fiebres nocturnas,
tos y un dolor constante en el pulmón izquierdo
que no lo deja respirar. Desde hace 17 años
padece SIDA. El promedio de vida para una persona
atacada por la enfermedad es de 18 años y Juan
Carlos está consciente de que en cualquier
momento puede morir.
Durante
la epidemia de tuberculosis él resultó
afectado. La enfermedad fue controlada, pero en este
nuevo brote los médicos de la Penitenciaría
se niegan a darle un solo medicamento: "dicen
que mi familia los consiga en la calle porque aquí
no hay", cuenta cabizbajo mientras se toca la
piel que cubre sus delgados brazos. El dolor de los
huesos lo tiene postrado al interior de su estancia,
la número 54, por lo menos tres días
a la semana.
Ocasionalmente
el médico general les entrega una dosis de
antirretrovirales: Crixivan, Azt, y 3tc sin conocer
la carga viral, evolución de la enfermedad,
edad y peso del paciente; medicamentos que deben ingerir
en su presencia, no importando la hora ni los efectos
secundarios.
A Luis
Albarrán León el Azt le produce mareos,
náuseas e hipersensibilidad gástrica.
A Alberto Mixueiro Cruz el Crixivan le causó
problemas intestinales, y para combatirlos le dan
de vez en cuando una pastilla de Ranitidina, que inhibe
los medicamentos contra el SIDA.
El
interno Alejandro Arellano está en etapa "de
rescate". Hace dos años logró entrar
a un protocolo de Kaletra (desde Canadá le
envían el medicamento), pero en el Servicio
Médico le indicaron que durante su estancia
en la Penitenciaría tendría que tomar
Crixivan, Azt y 3tc, "el mismo coctel que todos
los demás". Alejandro padece tuberculosis
ganglionar, neumonía, candidiasis del esófago
(algodoncillo), herpes, problemas en los riñones
y dolores en el apéndice.
Javier
Torres Ordóñez es el huésped
de mayor antigüedad en el D-10, la parte del
penal donde los delitos pierden sentido y el castigo
parece más duro que la culpa.
Los
presos parecen levitar, sus rostros ojerosos, los
pómulos pronunciados y las sumidas mejillas
enmarcadas en manchas y moretones; las delgadas piernas
que apenas sostienen los cuerpos enjutos, que se vuelven
cadavéricos a medida que los acecha la muerte.
Por
el corredor de la estancia deambulan como zombis.
Su única ocupación es caminar de ida
y vuelta a lo largo de escasos sesenta metros de concreto.
Antes tenían un taller de serigrafía,
repujado, acrílico y una mesa de ping pong,
esta última obsequio de una ONG, pero el director
cerró los talleres y prohibió el juego.
Los
internos también evitan las zonas comunes:
comedores y áreas deportivas, por temor al
maltrato y la agresión física y verbal
por parte de custodios y el resto de la población.
Para
cinco de ellos, los días de visita (martes,
jueves, sábados y domingos) llegan acompañados
con el aliento que brinda la gente de afuera, pero
el resto no conserva ningún lazo familiar o
afectivo, y se sumen en el letargo de la ida y vuelta
monótona, lenta, que desquicia y enloquece.
La
depresión, psicosis y desesperación
de saberse recluido entre las frías paredes
de cemento, en una prisión que reúne
todas las características para generar la violencia
cotidiana, sin ningún programa de readaptación
ni rehabilitación, y con una enfermedad infecto-contagiosa
e incurable, ha llevado a algunos internos del D-10
al suicidio.
En
1998 a Gustavo Chávez Salmerón le llegó
un aviso de que pronto obtendría su libertad,
y a los pocos días la noticia de que ésta
había sido nuevamente revocada. El interno
de 30 años de edad sufrió el llamado
"carcelazo": se cortó las venas,
desangrándose hasta morir. En la estancia 16,
de la viga del techo, en febrero de 2001, se colgó
el interno José María Alfaro. Sus compañeros
aún lo recuerdan como "El Chema".
Tenía 22 años de edad.
Javier
Torres Ordóñez lleva preso una década,
apenas la cuarta parte de su condena, deuda que no
va a saldar. Tiene SIDA en fase terminal, padece neumonía,
tuberculosis ganglionar, pulmonar, moniliasis oral
de curso crónico y herpes. Ha permanecido hospitalizado
en el Servicio Médico por lo menos en cinco
ocasiones, y a veces no puede levantarse de la plancha
de cemento que le sirve de cama, sobre la que colocó
un colchón de hule espuma. Ningún médico
de la prisión acude a verificar su estado de
salud.
Si
él intenta salir de su dormitorio, los custodios
le dicen que mejor se quedé allí, que
de todas maneras se va a morir. Habla de forma pausada,
se agita. Viste un jersey azul marino, con el número
99 y el nombre del equipo de fútbol americano
de la Penitenciaria: Perros, en el que jugaba hasta
antes de que le diera la tuberculosis, tras la que
su cuerpo perdió 30 kilos de peso en los dos
meses de su hospitalización.
Cuenta
haber presenciado la muerte de por lo menos 50 internos
en aquel pabellón, muertes por el SIDA o suicidios
por la misma causa.
De acuerdo con el artículo 75 del Código
Penal, que habla de la incompatibilidad del estado
físico del interno con el incumplimiento de
la pena, y con base en el artículo 63 de la
Ley de Ejecución y Sanciones Penales para el
Distrito Federal, que indica que "cuando se acredite
que el sentenciado no puede cumplir con algunas de
las modalidades de la sanción impuesta, por
ser compatible con su edad o estado de salud, la autoridad
ejecutora podrá modificar la forma de ejecución
estableciendo las condiciones y el lugar para tal
efecto". Torres Ordóñez ha solicitado
ser puesto bajo cuidado de su hermana Patricia Torres.
Para
ello ha girado oficios a la Dirección General
de Prevención y Readaptación Social
del Distrito Federal y a la Dirección de Ejecución
de Sanciones Penales de la Subsecretaría de
Gobierno del Distrito Federal, pero no ha recibido
respuesta alguna. En ésta última, señala
Patricia Ordóñez, su director Pedro
Arellano argumentó que no podía aplicar
el artículo 63 a Javier porque quizá
si le otorgaban su libertad "podía curarse".
La
entrada en vigor, el pasado 13 de noviembre, del nuevo
Código Penal del Distrito Federal permitió
la salida a 3 mil 500 internos de distintos reclusorios.
Ninguno por la aplicación del artículo
63. De los internos del D-10 no se revisó un
solo expediente. "En este dormitorio nuestra
única boleta de libertad es un ataúd",
dice Ordóñez.
Aun
cuando cumplan su condena, los trámites burocráticos,
otra muestra de las fisuras del sistema penitenciario
mexicano, retrasan hasta el último sello, a
menos que el interno pague "dádivas"
a las secretarias y técnicos del Consejo que
agilicen la revisión de su expediente.
Georgina
Gutiérrez narra cómo su marido, del
cual se niega a indicar su nombre "por respeto
a su memoria", tras cumplir una sentencia de
12 años debió obtener su libertad, pero
fue retrasada durante tres años por el Consejo
Técnico Interdisciplinario bajo el argumento
de que no cumplía con el examen psicológico,
puesto que presentaba trastornos emocionales provocados
por su estancia en prisión.
Durante
los tres años, en espera de su boleta de libertad,
el interno enfermó de tuberculosis pulmonar
y murió a los pocos meses de su egreso de Santa
Martha.
La
ley de Cana
En denuncia por la ínfima calidad de atención
médica, la ausencia de medicamentos y solicitando
que se giren instrucciones para la elaboración
de los análisis clínicos, los internos
del D-10 han enviado oficios a la Comisión
Nacional de Arbitraje Médico, la Secretaría
de Salud (federal) y la Secretaría de Salud
del DF; a la Subsecretaría de Protección
a la Salud, a la Comisión de Salud de la Asamblea
Legislativa, a la Comisión Nacional de Derechos
Humanos y a la Comisión de Derechos Humanos
del Distrito Federal. No hay más, nadie toma
injerencia sobre ellos, y finalizan: "No tuvimos
una opción de vida, ahora sólo buscamos
una opción de muerte".
Cana
cuenta con sus propias reglas, que no están
escritas en códigos, reglamentos, instructivos,
ni manuales. Son verbales y se siguen, nadie las rompe,
o como dicen los custodios "lo que aquí
pasa, aquí se queda".
Según
detalla un informe de la Subcomisión Especial
de Derechos Humanos de la Asamblea Legislativa, presidida
por la diputada Enoé Uranga, tras una visita
"no grata" a la Penitenciaría de
Santa Martha: "Esta subcomisión llegó
a la conclusión de que no se cuenta con verdaderos
centros de readaptación donde se respeten los
derechos de los internos".
En
una evaluación general del sistema penitenciario
mexicano, la visión del Observatorio Internacional
de Prisiones es contundente: "El sistema penitenciario
actual representa un gran costo social que no readapta,
no capacita para el trabajo, no educa, no dignifica
a la persona y, lo más grave, no propicia la
readaptación de daños causados a las
víctimas ni a la sociedad".
Entre
los presos de todo el país hay un aforismo
popular que dice: "Si los reclusorios son la
escuela del crimen, Santa Martha es la universidad".
Curiosamente,
el modelo de construcción de la Penitenciaría,
ubicada en los límites de la delegación
Iztapalapa, se basó en el mismo modelo de Ciudad
Universitaria, aunque sin murales ni esculturas. Sólo
queda una parte del mural Todos somos culpables, de
Arnold Belkin, porque la otra la mandó cubrir
el general Juan Alberto Antolín Lozano, en
su calidad de director, en la década de 1970,
quien fue acusado de innumerables excesos y vejaciones
en contra de los internos.
Antes
de cruzar la puerta de "Santa Tacha", como
la llaman algunos exconvictos, quedan unos minutos
para observar los cuadros de madera con acrílico
que se exhiben en los puestos instalados los cuatro
días de visita: La última cena, bodegones,
un Santo Cristo coronado de espinas junto a Mickey
Mouse y otras imágenes de Walt Disney.
El
trabajo de pocos internos que en los reclusorios preventivos
les retribuye un ingreso, en la Penitenciaría
de Santa Martha, la universidad del crimen, ahora
es negocio de la Dirección.
|