ALTA FRIVOLIDAD
 
Fuego, miedo y Georgie boy Bush
Por José Luis López

Eso de agarrarse a trompadas con un cristiano entre las cuerdas de un ring no es bien visto en nuestros días, no importa que el deporte de las orejas de coliflor (decían los clásicos) haya inspirado páginas gloriosas en la literatura universal, por ejemplo aquel canto al pugilismo que Virgilio narró en la Eneida, cuando en vibrante lucha "sin tregua ni descanso" el veterano Entelo "tunde y zarandea con sus puños" al joven Dares hasta derrotarlo.

Según Norman Mailer, los primeros 15 segundos de un combate pueden ser la pelea misma. Y es que, argumentaba, equivalen al primer beso en un affaire amoroso.

Pero a veces sucede lo que bien observó Mailer: el primer beso en la guerra de Estados Unidos y sus aliados contra las huestes de Saddam Hussein fue un operativo llamado shock and awe (conmoción y pavor), nombre que recuerda la filosofía del fear and fury (miedo y furia) que desarrolló Cus D’Amato, el manager que reclutaba escoria en las calles de Nueva York y, cual moderno alquimista, la convertía en campeones mundiales. Maestro de Floyd Patterson o del portorriqueño José Torres, su pupilo más famoso fue Myke Tyson y, convencido de su conocimiento profundo de la técnica, pero sobre todo de la sicología del peleador, Mohammad Alí lo contrató como su consejero.

¿Cómo describía D’Amato a Alí? Decía que era un buen pugilista, aunque distaba de ser el mejor. Sólo que a la hora de controlar ese miedo y proyectarlo en el cuadrilátero sobre sus oponentes no tenía rival, entre otras razones porque en ese proceso Alí construía un escudo sicológico, como el que le permitió absorber los bombazos de George Forman y desarrollar su plan de pelea en el famoso duelo de titanes celebrado una calurosa noche de 1975 en Kinshasa, Zaire.

Ese fue el secreto que el veterano entrenador inculcó a Tyson, convirtiéndolo en el campeón mundial de los pesos completos más joven de la historia.

En el cuadrilátero, por ello, Tyson derrotaba a sus oponentes desde antes de que sonara la campana. La mirada que D’Amato le enseñó a lanzar a sus rivales era de miedo y furia. Otro paralelismo con el amor, pues antes del primer beso la batalla a ganar es la de las miradas. Y esa es la gran diferencia entre el fear and fury y un operativo como el shock and awe: ¿cuándo George W. Bush y Saddam Hussein se han visto a los ojos?

Ahora que, ¿quién podía imaginar que la obsesión de estos hombres, incapaces de verse a los ojos escudados en la divinidad, volvería a dar vigencia a Federico Nietzsche y a su obra Así habló Zaratustra? Tras diez años de reclusión en la montaña, el profeta imaginado por el filósofo alemán decidió "volver a ser hombre" y en el primer encuentro con un ser humano, un anciano con vocación de bienaventurado, dialogó así con su corazón: "¿Será posible? Ese santo varón, metido ahí en su bosque, ¡no ha oído aún que Dios ha muerto!".
Un viejo chiste imagina un muro donde, junto a la inscripción "Dios ha muerto", firmada por Nietzsche, apareció otra tras su deceso, el 25 de agosto de 1900: "Nietzsche ha muerto".

¿Quién la signaba? Dios, por supuesto. Lo que este popular chascarrillo entre estudiantes de filosofía de instituciones católicas deja de lado es que, al afirmar la muerte de Dios, Zaratustra no hacía otra cosa que devolver al hombre la responsabilidad de sus actos, secuestrada por las teorías que atribuían a la divinidad la barbarie de seres del tipo de Bush y su contendiente Hussein.

Volvamos, pues, a Cus D’Amato y su teoría sobre el fuego interno que es el miedo. Si Bush hubiera conseguido confrontar sus propios fantasmas y los de una sociedad que se sabe responsable de agravios sin fin, como los cometidos contra el pueblo palestino, el imperio estadunidense tendría futuro.

El camino de la soberbia, en tanto, supone sólo haber tomado en cuenta la estrategia del beso inicial. Gracias al patético liderazgo de Georgie boy Bush, la rabia del 11 de septiembre dio lugar al fuego incontrolado que todo lo consume, consecuencia de un miedo que los pugilistas de la Casa Blanca y el Pentágono no supieron canalizar en los nuevos cuadriláteros de la guerra planteada por el terrorismo.

Un poeta africano decía que la victoria de Mohammad Alí sobre el poderosísimo George Foreman fue el despertar de un elefante dormido.

Otro George, de apellido Bush, también ha logrado reanimar a un elefante, gracias a que en su miope mesianismo ignoró el consejo de Sun Tzu, en su tratado sobre El arte de la guerra: "No te metas nunca en esa clase de lugares en los que se puede entrar muy fácilmente, pero de los que sólo se puede salir con muchos esfuerzos y extrema dificultad".

¿Hay peor escenario que el de haber convertido al pueblo estadunidense en presa de caza del miedo y la furia de los cientos de miles de esclavos de esa otra voluntad de poder, la de los siervos de Mahoma?

capitales@contralinea.com.mx

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