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MÁLAGA,
ESPAÑA.- El campo de la comunicación
y los medios en España adolece de un
sistema extraño a la cultura europea, ya que
el simple enunciado de la necesidad de mecanismos
democráticos de control social es tachado de
intervencionismo censor y la libertad de expresión
es interpretada caprichosamente como un todo vale,
sin garantías y amparos para las audiencias.
Sin
embargo, dice el catedrático de tecnología
de la información de la Universidad de Málaga,
Bernardo Díaz Nosty, que dada la matriz
pública --la libertad de expresión y
el derecho a la información-- en la que se
asiente el usufructo económico del mercado
de los medios, y el valor determinante que éstos
tienen en el plano social, como creadores de opinión
pública, si cabe, el establecimiento de mecanismos
de autorregulación y control que superen el
alcance de la variable económica podrá
darse mediante la creación de códigos
éticos efectivos en los que, más allá
de los términos mercantiles de la relación,
se atiendan los valores cívicos de quienes,
al adquirir informaciones y opiniones, ejercen un
derecho constitucional.
En
definitiva, argumenta Díaz Nosty, esto será
a partir del desarrollo de una cultura democrática
que no sólo no está reñida con
el mercado, sino que viene a proponer nuevas relaciones
de credibilidad y confianza.
El
todo vale, la degradación de la ética
y la pérdida de referentes, nos despoja del
abrigo solidario, del compromiso de civilidad y civilización,
y abre las sombras, los claroscuros no del fin de
la historia, sino de una historia pendular en la que
a pesar de las sociedades de la información
y del conocimiento podemos volver a las cadenas de
la miseria mediática o a las cadenas de la
ignorancia que resucitan a los viejos redentores.
Díaz
Nosty explica que el curso de la concentración
y los valores que definen la economía globalizada
no advierten, en un plazo previsible, un cambio de
tendencia, por lo que no es imaginable una fragmentación
espontánea de las unidades de propiedad y gestión,
sino más bien una acentuación de los
procesos ya conocidos.
Asegura
que ante estos escenarios no parece razonable demandar
la recuperación de la pluralidad del pensamiento
comunicado, a través de la fragmentación
de la titularidad de los medios en términos
de correspondencia política: La concentración
proseguirá hasta donde los mecanismos antimonopolio
fijen los límites a los oligopolios.
Por
esto tenemos la obligación ética
y cívica, quienes nos dedicamos a formar e
informar, de recuperar la ingeniería del pensamiento,
la navegación por las ideas y la mejor de las
interactividades: la información y el conocimiento
para la solidaridad. Estos caminos nos van a permitir
recobrar los argumentos de la dialéctica política
y complementar la globalización de la sociedad
anónima con la globalización de la sociedad
civil.
En
este sentido, subraya que las leyes de la democracia
habrán de prevalecer sobre las del mercado,
dándole a éste la importancia que ha
adquirido pero evitando que reduzca o anule el espacio
público en el que se desenvuelve la dimensión
social, cultural y cívica del individuo, esto
es, su condición política.
Resume:
Sólo desde una recuperación de
los valores cívicos es posible demandar la
implantación de instancias éticas que
reconstruyan el pacto social, regeneren la vida política
y equilibren y contrapesen las nuevas expresiones
de concentración de poder.
Donde
los medios públicos, llamados a ser la referencia
de la independencia, la dignidad y la socialización
en los valores cívicos, son espacios privativos
de los gobiernos de cualquier signo, impidiendo la
regeneración del sistema y creando una mala
escuela para los medios privados.
Ética y nuevas tecnologías
Bernardo Díaz Nosty plantea que no es
cierto que la evolución de la técnica
deba corresponderse con una ética cambiante
o con una ética que siga los designios, en
gran medida mercantiles, de la evolución tecnológica.
No
obstante, afirma que hay rasgos preocupantes
de relajación en los códigos éticos,
de sumisión a la velocidad del cambio tecnológico,
de un nuevo laisser faire donde todo vale o todo parece
valer.
En
este punto refiere dos formulaciones actuales: una
especie de no ética emergente o una ética
de situación, coyuntural, cambiante, dinámica
--tipo manual del usuario--, generalmente externa
a las claves cívicas; y también una
ética latente, una ética social desasistida,
escasamente amparada, reducida por una degradación
preocupante de los valores que definen la cultura
democrática, agredida muchas veces por los
nutrientes que ayudan a conformar la opinión
pública, el espacio de identidad y pensamiento
de la sociedad civil.
Arguye:
Todo parece indicar que la ética tiene
un carácter menos dinámico, ya que es
un valor más permanente, un marco estable de
referencia, que forma parte del pacto social, por
lo que su vulneración o devaluación,
no nos quepa la menor duda, hará de las nuevas
formulaciones estructuras frágiles, transitorias,
poco sostenibles.
En
un escenario mundial sin bloques, caídas las
barreras físicas y políticas y relajada
la tensión dialéctica de la guerra fría,
el camino de la tecnología se ensancha
y se hace diáfano, global; es la hora de la
sociedad de la información, nace
la tecnología como filosofía o, mejor,
la tecnología con una filosofía de acompañamiento
que sitúa en la cima el ideario de la armonía
y el progreso a través de la globalización.
El
catedrático de la Universidad de Málaga
rememora que apenas han pasado diez años desde
que el vicepresidente de Estados Unidos Al Gore cortara
la cinta de las autopistas de la información,
y apenas diez años de la primera página
web, y apenas diez años del abandono de las
pantallas de fósforo verde... y ya nos
hemos gratificado con el 286, el 386, el 486, Pentium
4... ¿Y la ética? ¿Dónde
hemos dejado la ética?, se pregunta Díaz
Nosty.
Los
mecanismos de seducción
En la primera etapa, llamada tecnocéntrica
o tecnológico-posibilista, descrita desde la
periferia del pensamiento humanista y de la cultura,
las llamadas tecnologías de la información
y la comunicación despreciaban a los comunicadores,
a los constructores de los contenidos y lenguajes
humanos: era el triunfo del lenguaje-máquina.
Entonces
la velocidad del cambio hizo arrancar la máquina
ligera de contenidos, de razones, de ideas, de valores,
de respuestas a demandas sociales, y en ocasiones
el debate fue tachado, por intelectual y minoritario,
de arcaizante y contrario al progreso, lo mismo que
la crítica, los cuestionamientos éticos.
En
tales visiones apocalípticas que
anticipaban una etapa de degradación de los
contenidos de la información y la cultura,
agrega, como decían los comunicadores,
no era posible atender el enorme ensanchamiento de
los soportes y los requerimientos de las expectativas
económicas anunciadas por la bola de cristal
de los ocurrentes delphi: más allá
del marketing, era el triunfo de la prospectiva dirigida.
Aún
recuerdo de aquellos años ochenta, aquí
en España, la llamada cultura de la empresa
Telefónica (la Telmex española), y el
resplandor que desde la Gran Vía iluminaba
La Moncloa con la nueva cultura, precisa.
Fue
así que la desregulación amplió
el campo del mercado y convirtió el manejo
de la tecnología en el motor de la nueva fase
de concentración, en el instrumento decisivo
de la expansión, en el reloj de la innovación,
en el constructor del discurso, en la instancia de
regulación del tiempo social.
En
la segunda etapa, de seducción económica,
advierte Díaz Nosty, la envolvente tecnológica
trazó el escenario del futuro, las nuevas coordenadas
de la riqueza, las nuevas relaciones de poder, las
nuevas habilidades. Y pone como ejemplo a AOL,
que hace poco más de un año se unió
a Time-Warner para dar nuevos circuitos de distribución
a viejos contenidos.
Lo
nuevo, lo emergente, alcanzaba una valoración
bursátil superior a lo viejo; apenas un año
después, nadie sostiene ya esa jerarquía.
Algo se mueve. La seducción económica
ha sido más breve. Rápidamente se descontó
el futuro hasta hacer fortunas sin futuro.
Acota
que la envolvente tecnológica, el carácter
progresivo y cíclico de su autoevolución,
de su dinámica, se trazó con una velocidad
mal calculada en términos de tiempo cultural
y tiempo social, en términos de asimilación
y corresponsabilidad de la innovación.
El
especialista en tecnología de la información
describe una nueva etapa: Estamos entrando en
una tercera etapa, de una revolución
que se autoatribuye valores como la información
y el conocimiento, la que debe generar información
y conocimiento, esto es, valores: valores sociales
y culturales.
Sugiere
que al menos hay que creer que eso puede ocurrir,
porque empieza a ser necesario para el propio mercado.
Lo contrario es el estancamiento, esa especie de botellón
tecnológico que arrumba el valor de las referencias
sociales, de la ética, y degrada a términos
de tecnología basura aquellas infraestructuras
que son determinantes en el empobrecimiento objetivo
de los contenidos.
Si
bien no se quiere oír hablar de controles sociales,
de innovación social, de acoplamiento entre
las velocidades de la innovación tecnológica
y social, después del 11 de septiembre la fortaleza
institucional de la sociedad del conocimiento ha comenzado
a resquebrajarse.
Esperemos
que no sea a favor de la dictadura tecnológica,
de la anulación del pensamiento, de la asimilación
reduccionista que conduce a la muerte de la inteligencia,
a la identificación simplificadora pensamiento/discrepancia
igual a terrorismo; a la anulación del derecho
internacional público; a la doble moral que
discrimina a los individuos en términos de
derechos y libertades.
El
catedrático concluye: Hay motivos para
preguntarnos si se ha producido un verdadero cambio
social, cultural, ético, que se compadezca
con el gran esfuerzo de producción, de movilización
de recursos y aplicación de las economías
domésticas con el global-peaje de los nuevos
consumos.
A pesar
de las constantes referencias a un profundo cambio,
hay sin embargo poco interés en la medición
de sus efectos sociales y de las derivas ideológicas
y, mucho menos, en el establecimiento de pautas de
control ético y social o democrático
de esta aceleración tecnológica de la
historia.
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