Libertad de expresión
Control social o “todo vale”
Por Juan Carlos González

El debate europeo de la libertad de prensa se dirime entre la tesis, más aceptada en España que en el resto del continente, del todo se vale y la responsabilidad social de su control.

MÁLAGA, ESPAÑA.- El campo de la comunicación y los medios en España “adolece de un sistema extraño a la cultura europea, ya que el simple enunciado de la necesidad de mecanismos democráticos de control social es tachado de intervencionismo censor y la libertad de expresión es interpretada caprichosamente como un todo vale, sin garantías y amparos para las audiencias”.

Sin embargo, dice el catedrático de tecnología de la información de la Universidad de Málaga, Bernardo Díaz Nosty, que “dada la matriz pública --la libertad de expresión y el derecho a la información-- en la que se asiente el usufructo económico del mercado de los medios, y el valor determinante que éstos tienen en el plano social, como creadores de opinión pública, si cabe, el establecimiento de mecanismos de autorregulación y control que superen el alcance de la variable económica podrá darse mediante la creación de códigos éticos efectivos en los que, más allá de los términos mercantiles de la relación, se atiendan los valores cívicos de quienes, al adquirir informaciones y opiniones, ejercen un derecho constitucional”.

En definitiva, argumenta Díaz Nosty, esto será a partir del desarrollo de una cultura democrática que no sólo no está reñida con el mercado, sino que viene a proponer nuevas relaciones de credibilidad y confianza.

El todo vale, la degradación de la ética y la pérdida de referentes, nos despoja del abrigo solidario, del compromiso de civilidad y civilización, y abre las sombras, los claroscuros no del fin de la historia, sino de una historia pendular en la que a pesar de las sociedades de la información y del conocimiento podemos volver a las cadenas de la miseria mediática o a las cadenas de la ignorancia que resucitan a los viejos redentores.

Díaz Nosty explica que “el curso de la concentración y los valores que definen la economía globalizada no advierten, en un plazo previsible, un cambio de tendencia, por lo que no es imaginable una fragmentación espontánea de las unidades de propiedad y gestión, sino más bien una acentuación de los procesos ya conocidos”.

Asegura que ante estos escenarios no parece razonable demandar la recuperación de la pluralidad del pensamiento comunicado, a través de la fragmentación de la titularidad de los medios en términos de correspondencia política: “La concentración proseguirá hasta donde los mecanismos antimonopolio fijen los límites a los oligopolios”.

Por esto “tenemos la obligación ética y cívica, quienes nos dedicamos a formar e informar, de recuperar la ingeniería del pensamiento, la navegación por las ideas y la mejor de las interactividades: la información y el conocimiento para la solidaridad. Estos caminos nos van a permitir recobrar los argumentos de la dialéctica política y complementar la globalización de la sociedad anónima con la globalización de la sociedad civil”.

En este sentido, subraya que las leyes de la democracia habrán de prevalecer sobre las del mercado, dándole a éste la importancia que ha adquirido pero evitando que reduzca o anule el espacio público en el que se desenvuelve la dimensión social, cultural y cívica del individuo, esto es, su condición política.

Resume: “Sólo desde una recuperación de los valores cívicos es posible demandar la implantación de instancias éticas que reconstruyan el pacto social, regeneren la vida política y equilibren y contrapesen las nuevas expresiones de concentración de poder.

Donde los medios públicos, llamados a ser la referencia de la independencia, la dignidad y la socialización en los valores cívicos, son espacios privativos de los gobiernos de cualquier signo, impidiendo la regeneración del sistema y creando una mala escuela para los medios privados”.

Ética y nuevas tecnologías
Bernardo Díaz Nosty plantea que “no es cierto que la evolución de la técnica deba corresponderse con una ética cambiante o con una ética que siga los designios, en gran medida mercantiles, de la evolución tecnológica”.

No obstante, afirma que “hay rasgos preocupantes de relajación en los códigos éticos, de sumisión a la velocidad del cambio tecnológico, de un nuevo laisser faire donde todo vale o todo parece valer”.

En este punto refiere dos formulaciones actuales: una especie de no ética emergente o una ética de situación, coyuntural, cambiante, dinámica --tipo manual del usuario--, generalmente externa a las claves cívicas; y también una ética latente, una ética social desasistida, escasamente amparada, reducida por una degradación preocupante de los valores que definen la cultura democrática, agredida muchas veces por los nutrientes que ayudan a conformar la opinión pública, el espacio de identidad y pensamiento de la sociedad civil.

Arguye: “Todo parece indicar que la ética tiene un carácter menos dinámico, ya que es un valor más permanente, un marco estable de referencia, que forma parte del pacto social, por lo que su vulneración o devaluación, no nos quepa la menor duda, hará de las nuevas formulaciones estructuras frágiles, transitorias, poco sostenibles”.

En un escenario mundial sin bloques, caídas las barreras físicas y políticas y relajada la tensión dialéctica de la guerra fría, “el camino de la tecnología se ensancha y se hace diáfano, global; es la hora de la ‘sociedad de la información’, nace la tecnología como filosofía o, mejor, la tecnología con una filosofía de acompañamiento que sitúa en la cima el ideario de la armonía y el progreso a través de la globalización”.

El catedrático de la Universidad de Málaga rememora que apenas han pasado diez años desde que el vicepresidente de Estados Unidos Al Gore cortara la cinta de las ‘autopistas de la información’, y apenas diez años de la primera página web, y apenas diez años del abandono de las pantallas de fósforo verde... “y ya nos hemos gratificado con el 286, el 386, el 486, Pentium 4...” ¿Y la ética? ¿Dónde hemos dejado la ética?, se pregunta Díaz Nosty.

Los mecanismos de seducción
En la primera etapa, llamada tecnocéntrica o tecnológico-posibilista, descrita desde la periferia del pensamiento humanista y de la cultura, “las llamadas tecnologías de la información y la comunicación despreciaban a los comunicadores, a los constructores de los contenidos y lenguajes humanos: era el triunfo del lenguaje-máquina”.

Entonces “la velocidad del cambio hizo arrancar la máquina ligera de contenidos, de razones, de ideas, de valores, de respuestas a demandas sociales, y en ocasiones el debate fue tachado, por intelectual y minoritario, de arcaizante y contrario al progreso, lo mismo que la crítica, los cuestionamientos éticos”.

En tales visiones ‘apocalípticas’ que anticipaban una etapa de degradación de los contenidos de la información y la cultura, agrega, “como decían los comunicadores, no era posible atender el enorme ensanchamiento de los soportes y los requerimientos de las expectativas económicas anunciadas por la bola de cristal de los ocurrentes ‘delphi’: más allá del marketing, era el triunfo de la prospectiva dirigida.

“Aún recuerdo de aquellos años ochenta, aquí en España, la llamada cultura de la empresa Telefónica (la Telmex española), y el resplandor que desde la Gran Vía iluminaba La Moncloa con la nueva cultura”, precisa.

Fue así que la desregulación amplió el campo del mercado y convirtió el manejo de la tecnología en el motor de la nueva fase de concentración, en el instrumento decisivo de la expansión, en el reloj de la innovación, en el constructor del discurso, en la instancia de regulación del tiempo social.

En la segunda etapa, de seducción económica, advierte Díaz Nosty, “la envolvente tecnológica trazó el escenario del futuro, las nuevas coordenadas de la riqueza, las nuevas relaciones de poder, las nuevas habilidades”. Y pone como ejemplo a AOL, que hace poco más de un año se unió a Time-Warner para dar nuevos circuitos de distribución a viejos contenidos.

“Lo nuevo, lo emergente, alcanzaba una valoración bursátil superior a lo viejo; apenas un año después, nadie sostiene ya esa jerarquía. Algo se mueve. La seducción económica ha sido más breve. Rápidamente se descontó el futuro hasta hacer fortunas sin futuro”.

Acota que la envolvente tecnológica, el carácter progresivo y cíclico de su autoevolución, de su dinámica, se trazó con una velocidad mal calculada en términos de tiempo cultural y tiempo social, en términos de asimilación y corresponsabilidad de la innovación.

El especialista en tecnología de la información describe una nueva etapa: “Estamos entrando en una tercera etapa, de una ‘revolución’ que se autoatribuye valores como la información y el conocimiento, la que debe generar información y conocimiento, esto es, valores: valores sociales y culturales”.

Sugiere que al menos hay que creer que eso puede ocurrir, porque empieza a ser necesario para el propio mercado. Lo contrario es el estancamiento, esa especie de botellón tecnológico que arrumba el valor de las referencias sociales, de la ética, y degrada a términos de “tecnología basura” aquellas infraestructuras que son determinantes en el empobrecimiento objetivo de los contenidos.

Si bien no se quiere oír hablar de controles sociales, de innovación social, de acoplamiento entre las velocidades de la innovación tecnológica y social, después del 11 de septiembre la fortaleza institucional de la sociedad del conocimiento ha comenzado a resquebrajarse.

“Esperemos que no sea a favor de la dictadura tecnológica, de la anulación del pensamiento, de la asimilación reduccionista que conduce a la muerte de la inteligencia, a la identificación simplificadora pensamiento/discrepancia igual a terrorismo; a la anulación del derecho internacional público; a la doble moral que discrimina a los individuos en términos de derechos y libertades.”

El catedrático concluye: “Hay motivos para preguntarnos si se ha producido un verdadero cambio social, cultural, ético, que se compadezca con el gran esfuerzo de producción, de movilización de recursos y aplicación de las economías domésticas con el global-peaje de los nuevos consumos.

A pesar de las constantes referencias a un profundo cambio, hay sin embargo poco interés en la medición de sus efectos sociales y de las derivas ideológicas y, mucho menos, en el establecimiento de pautas de control ético y social o democrático de esta aceleración tecnológica de la historia”.

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