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Mientras
el Ejército preserva una buena parte de las
prerrogativas adquiridas durante cerca de siete décadas
de régimen priista, toda la arquitectura institucional
mexicana a su alrededor está cambiando rápidamente:
la ciudadanización del IFE, la aprobación
de la Ley del Derecho a la Información, la
aparición de mayorías parlamentarias
opositoras al Ejecutivo, las sucesivas reformas al
Poder Judicial y, lo más importante en el contexto
del presidencialismo mexicano, la alternancia partidista
en la presidencia de la República.
Sin
embargo, el rezago militar es evidente: las bases
jurídicas de la arquitectura institucional
militar se escribieron en el siglo XIX y su origen
proviene de las leyes emanadas de las antiguas cortes
de Cádiz, en España. Ese anacronismo
vigente aún en la Constitución mexicana
permite que se siga hablando de castillos y fortalezas,
como los lugares donde, en tiempos de paz, el Ejército
debe cumplir sus misiones de disciplina militar.
Ha
habido, sin duda, reformas al marco jurídico
y sistemas de organización de las Fuerzas Armadas
mexicanas, pero el alcance de éstas ha sido
menos que significativo.
La
actual división territorial en zonas militares,
por ejemplo, fue una medida del presidente Calles
dirigida a consolidar al Ejército mexicano
como una institución nacional que debía
imponerse sobre todas las fuerzas castrenses, milicias
y caudillos militares que abundaron en la etapa revolucionaria.
Actualmente no existen ejércitos locales y
el riesgo que presentan los grupos insurgentes como
el EZLN o el EPR no constituye ninguna amenaza real
a la estabilidad de la sociedad y el Estado mexicanos.
Foto: Fernando Luna

Ejército... reforma
pendiente
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No
obstante, los cambios relevantes en las Fuerzas Armadas
ocurren sin que haya un debate público o legislativo
adecuado: su división territorial militar,
aérea y naval ha sido reestructurada. En los
cinco años que transcurrieron desde el levantamiento
indígena de 1994, el Ejército pasó
de 37 a 44 zonas militares.
Las
Fuerzas Armadas cuentan con más de 238 mil
efectivos, el doble de hace dos décadas. Entre
1988, el último año del gobierno de
Miguel de la Madrid, y 2002, el segundo de Vicente
Fox, las Fuerzas Armadas incrementaron sus efectivos
en 25 por ciento.
El
destino inmediato de las Fuerzas Armadas va unido
a la tendencia internacional de convertir a las grandes
unidades militares convencionales en grupos reducidos
de despliegue rápido, más capaces de
enfrentar las llamadas nuevas amenazas a la seguridad
nacional: insurgencia, narcotráfico, terrorismo
y delincuencia organizada.
La
estrategia militar mexicana contra las amenazas de
orden interno implica la formación de grupos
de fuerzas especiales, aerotransportadas, aeromóviles
y anfibias, que emulan el modelo estadounidense y
tienden a convertirse en fuerzas de intervención
rápida.
Estas
tropas especializadas integran el núcleo principal
de combate contra el narcotráfico y la insurgencia
armada y constituyen una de las vías más
importantes de transformación de las Fuerzas
Armadas. La necesidad de efectividad y eficacia en
el cumplimiento de estas misiones ha implicado que
el nuevo profesionalismo militar requiera mayores
espacios de autonomía relativa.
La
descentralización de la logística, del
entrenamiento y de las operaciones militares anuncia
un periodo de mayor autonomía con espacios
más reducidos de intervención civil.
Foto: David Cilia

Las fuerzas armdas aumentaron
un 25% sus efectivos entre 1988 y 2002 |
Así,
las prerrogativas militares importantes que provienen
de los gobiernos priistas anteriores subsisten en
el gobierno actual. Según Marcos Pablo Moloeznik,
investigador de la Universidad de Guadalajara, entre
estas prerrogativas se encuentran las siguientes:
Las
Fuerzas Armadas coordinan el funcionamiento y planifican
el desarrollo del sector defensa, controlan el comportamiento
de las instituciones militares, gozan de autonomía
en la administración de recursos y en el ejercicio
del gasto militar, participan en el gabinete de seguridad
nacional, deciden a discreción la comparecencia
de los titulares de la Defensa y la Marina ante el
pleno del Congreso de la Unión, así
como la promoción de jefes y mandos militares.
Sigrid
Arzt, especialista en Fuerzas Armadas, añade
que las prerrogativas incluyen la capacidad de eludir
la licitación de obras y servicios públicos,
definir la doctrina militar, mantener a mandos castrenses
en activo como titulares de las secretarías
de la Defensa y Marina, delimitar qué información
militar es de carácter abierto o confidencial,
lo mismo que las prioridades de la educación
militar.
La
justicia militar: una prerrogativa castrense
Quizá la prerrogativa militar que ninguno de
los dos especialistas menciona es la justicia militar:
en el sistema de impartición de justicia militar
mexicano, el secretario de la Defensa Nacional tiene
la facultad de nombrar a subordinados en activo como
jueces, fiscales y abogados defensores militares.
Todos forman parte de la cadena de mando.
Se
trata en realidad de un micro poder judicial subordinado
a una dependencia del Poder Ejecutivo. El sistema
de impartición de justicia se arroga la exclusividad
de juzgar a militares, aunque las víctimas
de sus delitos hayan sido civiles, como es el caso
de las violaciones a los derechos humanos.
Los
especialistas coinciden en calificar las prerrogativas
militares como uno de los riesgos más importantes
en la consolidación democrática.
El
chileno Felipe Agüero, por ejemplo, afirma que,
en muchos casos, las Fuerzas Armadas en América
Latina no han sufrido cambios sustanciales a pesar
del inicio de los procesos de consolidación
democrática. Ejemplos de lo anterior, agrega,
podrían situarse en los intentos de golpe militar
en Venezuela o en la amalgama autoritaria de Fujimori
y los militares peruanos.
Alfred
Stepan, teórico estadounidense de las relaciones
civiles-militares, apunta el riesgo de que las instituciones
militares conserven las prerrogativas obtenidas en
los regímenes autoritarios y eleven sus niveles
de contestación cuando se intente reducirlas
en un contexto de democratización. El máximo
nivel de contestación es, sin duda, el golpe
militar, la deposición de los líderes
civiles y la imposición de la justicia militar
a toda la sociedad.
Las
instituciones militares fuertes y autónomas
pueden bloquear entonces los intentos de reforma de
las cortes militares. Sin embargo, esta fuerza y autonomía,
dice un estudio reciente del estadounidense Anthony
W. Pereira, provienen de la habilidad para cubrir
el uso autoritario de la justicia militar con las
bases de la tradición jurídica y, por
otra parte, del apoyo de partes del Poder Judicial
y del Poder Legislativo que se convierten en los defensores
del status quo militar.
Según
Pereira, la literatura académica latinoamericana
sobre la transición ofrece tres perspectivas
de explicación de este fenómeno.
La primera enfatiza el peso del legado autoritario.
Esta tesis sostiene que la profundidad de los legados
autoritarios y la continuidad de las relaciones civiles-militares
prevalecen sobre los cambios políticos del
régimen experimentados durante la transición.
Según
esta tesis, la reforma institucional que limite las
prerrogativas militares será muy difícil
y usualmente imposible. En esta perspectiva, la reforma
al sistema de justicia militar será improbable.
La
segunda aproximación subraya la voluntad de
los actores de la transición. Este punto de
vista destaca que, en un primer momento de la transición,
los actores políticos eligen preservar los
arreglos y prácticas institucionales característicos
del autoritarismo porque así conviene a sus
propios intereses.
En
el largo plazo, las transiciones convergerían
en el fortalecimiento del control civil y la disminución
de las prerrogativas militares.
La
tercera tesis se inclina por el modo de la transición.
Ésta tiene que ver con la identidad de las
élites políticas y las formas que adoptan
para controlar la transición. La primera forma
puede ser la transición pactada, dirigida por
aquellas élites que provienen de los regímenes
autoritarios.
La
segunda hablaría de la transición gradual,
vía la liberalización electoral. Mientras
que la tercera sería una transición
por ruptura, que seguiría al colapso del viejo
régimen autoritario. La reforma democrática
de las instituciones militares, y en especial de la
justicia castrense, sólo sería posible
en el último modo de transición.
La
transición mexicana
La alternancia en el poder político produjo
a un comandante supremo de las Fuerzas Armadas que
provino de la oposición política y no
del PRI. Este hecho nuevo en 70 años puso a
prueba a la institución militar, pues se quería
saber si los militares eran fieles al viejo sistema
político o lo eran a las leyes e instituciones
democráticas. Los hechos demostraron que persistió
la lealtad militar a la institución presidencial.
Sin
embargo, la permanencia de los mecanismos de relación
vertical entre civiles y militares en México
prevaleció como la hipótesis más
probable. Esto significa que habría sido casi
lo mismo si el presidente de la República y
a la vez comandante supremo de las Fuerzas Armadas
fuera o no de la oposición. Las relaciones
de tipo horizontal seguirán limitadas a ciertas
esferas medias del Poder Ejecutivo y excluirían
parcialmente al Poder Legislativo y Judicial; no se
diga ya a la sociedad civil.
Ninguna
fuerza política nacional se ha mostrado inclinada
a extender la alternancia en el poder civil hacia
una reforma de las Fuerzas Armadas. Existen evidencias
suficientes que respaldan la hipótesis de que
el desarrollo militar mexicano seguirá contando
con un margen de autonomía relativa muy importante
sin que esté necesariamente en concordancia
con resto del desarrollo institucional mexicano.
Foto: David Cilia
Justicia militar, ingentes
prerrogativas |
Fox
parece convencido de la conveniencia de mantener intacto
el viejo marco jurídico de las Fuerzas Armadas,
lo que podría significar que la justicia militar
no entrará dentro de ningún intento
de reforma del Estado.
Las
Fuerzas Armadas mexicanas entraron al proceso de transición
política con una fuerza institucional considera
ble, una dosis importante de autonomía relativa
y una cantidad significativa de prerrogativas.
Esta
condición de fuerza institucional se logró
gracias al apoyo resuelto de las élites políticas
mexicanas, principalmente del PRI y el PAN y parcialmente,
del PRD, lo que semeja la transición pactada
descrita por Pereira.
La
composición actual del Congreso impide que
en estas circunstancias políticas ocurra una
reforma exitosa del marco jurídico de las Fuerzas
Armadas. No se advierte en el panorama ninguna posibilidad
realista de reformar la justicia militar.
A diferencia
de otros países latinoamericanos, la Constitución
mexicana prohíbe expresamente que los civiles
sean enjuiciados por la justicia militar. Además,
la Carta Magna obliga a que el Poder Judicial ventile
los casos en que los civiles resulten perjudicados
por alguna acción militar.
Sin
embargo, es importante destacar que la absorción
de la justicia militar de los casos de abuso grave
contra los derechos humanos de los civiles constituye
un riesgo muy elevado y costoso para un país
donde la transición aún no ha logrado
abatir la impunidad, sobre todo de los crímenes
cometidos en el pasado contra disidentes políticos.
México
está rodeado de experiencias disímbolas.
A pesar de un proceso de reforma a la justicia militar
en curso, Estados Unidos creó tribunales militares
para enjuiciar en forma sumaria a presuntos terroristas
después de los atentados del 11 de septiembre.
Canadá
concluyó recientemente una reforma con la creación
de tres nuevas posiciones en fiscalía de la
justicia militar, independientes de la cadena de mando;
clarificación de los roles y responsabilidades
de todos los actores de la justicia militar; separación
de las funciones de los jueces, de la defensa, del
fiscal; fortalecimiento de la rendición de
cuentas de la justicia militar; creación del
ombudsman militar y la eliminación de la pena
de muerte.
México
tiene a su alrededor muchos espejos. Los sistemas
de justicia militar están sufriendo profundas
transformaciones y cada día es más difícil
que un país evite el impacto de nuevas doctrinas
militares.
Habría
que pensar en cómo lograr unas fuerzas armadas
con mentalidad y bases jurídicas apropiadas
a los retos del siglo XXI y, al mismo tiempo, más
acordes con los procesos de consolidación democrática.
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