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Era
Viernes Santo de 1979. Leticia Tecla Figueroa escuchó
que tocaban con insistencia la puerta del departamento
que ocupaba junto con su esposo Carlos y su hijo de
dos meses de edad en un tercer piso de la colonia
Nueva Santa María.
Foto: Miriam Sánchez

Leticia Tecla Figueroa |
Carlos
le dijo que no abriera. ¿Quién
es?, preguntó ella, y detrás de
la puerta una voz le respondió que se trataba
de Verónica, su media hermana.
No pudo sospechar que aquel día de sufrimiento
y penitencia cristiana lo sería también
para su familia al momento de abrir la puerta.
Quince
hombres armados irrumpieron en el departamento. Eran
elementos de la Brigada Blanca. Uno de ellos la tomó
de los cabellos y le apuntó con la pistola
en la cabeza.
-¡Ustedes
son contactos de guerrilleros! ¿Dónde
está tu prima Ana Lilia!
Presa del terror, Leticia respondió que no
lo sabía. En un acto reflejo, buscó
con la mirada a su niño, y vio cuando dos hombres
sujetaban a su marido de los cabellos, mientras que
otro le arrancaba de los brazos al pequeño
Carlos Eduardo, para depositarlo en un moisés.
A empujones
la sacaron del departamento. Afuera los esperaba un
vehículo con vidrios polarizados Volkswagen
tipo Combi al que la subieron. Le vendaron los ojos
y le ataron las manos con un lazo.
De
pronto recordó todas las oraciones que le enseñara
su abuela Elpidia. Se le venían a la mente
sin control y las repasaba en voz alta.
-Ni
reces hija de la chingada porque somos ateos.
Alguien más subió a la camioneta. Supuso
que se trataba de Carlos, porque sintió una
mano sobre su rodilla.
La puerta de la camioneta cerró y el motor
se puso en marcha. No pudo percatarse qué rumbo
llevaban. Circulaban despacio. Hizo un cálculo
mental: 45 minutos, treinta sobre pavimento y los
otros quince por terracería.
Las llantas chocaban contra pequeñas piedras
y las hacían golpear los cristales.
Cuando
el vehículo se detuvo, la puerta se abrió
y descendieron. Cuatro manos la tomaban de los brazos
para hacerla caminar todavía sobre un tramo
de piedras. Apenas si las sentía, pues las
gruesas tobilleras y los zapatos Flexi con suela de
goma le aligeraban el paso.
La guiaron hasta una habitación y la dejaron
sobre una silla, donde finalmente comenzó el
interrogatorio.
-Por
qué visita en la cárcel a su tía
Ana María Parra de Tecla y a sus primos Artemisa
y Alfredo Tecla Parra.
-Porque son de mi familia, musitó.
-¡Porque eres un nexo guerrillero! -agregaba
el interrogador-¡Hija de la chingada, ya te
tenemos identificada!
Tras
repetir una y otra vez la misma pregunta, le quitaron
la venda de los ojos. Con una mirada furtiva, recorrió
el lugar. Estaba en medio de una enorme habitación
de unos ocho metros de largo por cinco de ancho. A
pesar del tamaño, no había ventanas,
y la única luz provenía de un par de
focos. Tampoco tenía puerta, un simple hueco
funcionaba lo mismo para entrar que para salir. Ahí
estaba ella, frente a una mesa con 28 años
y su delgado cuerpo cubierto con un pantalón
de mezclilla, playera amarilla y una gruesa chamarra
azul marino; con sus zapatos de goma y las manos atadas
entre aquellos veinte sujetos armados con pistolas,
metralletas, fajillas y boxer.
Sus ojos se encontraron con la mirada amenazante de
quien la interrogaba y la obligaba a agachar el rostro.
-¿Qué
hacías con Ana María Parra de Tecla
cuando vivió en tu casa?
-Hacíamos pasteles de elote, manzana y zanahoria...
-No terminó de responder. Una bofetada cayó
sobre su mejilla.
-¡No te hagas pendeja!, ¿por qué
les ayudabas hija de la chingada?
-Porque son mis primos, crecí con ellos, y
los quiero.
En cada respuesta golpes en la cara, cachetadas con
las manos abiertas en los oídos y golpes a
mitad de la cabeza con el lomo de una gruesa agenda
telefónica que Leticia identificó como
la propia.
-¿Quieres a los comunistas hija de la chingada?
¡Vamos a matar a tu familia. Tenemos a tu esposo
y a tu hijo!
Leticia lloraba.
-¿Dónde
están los papeles que te dieron Ana María,
Ana Lilia y Artemisa?
-¿Qué papeles?
-No te hagas pendeja, Ana María ya nos dijo
que tú tenías los papeles.
Entonces recordó, dos años atrás,
en 1977, cuando trabajaba como supervisora de taxímetros
en la Secretaría de Comercio. Un día
su tía Ana María y sus primas Ana Lilia
y Artemisa llegaron a visitarla y le entregaron aquel
sobre blanco: Guárdamelos porque en un
tiempo espero llevar una vida normal como la tuya,
le dijo Ana María.
-Se los entregué a mi hermana Georgina.
Sangraba de la nariz y la boca. De nuevo la vendaron
para sacarla de aquel cuarto y llevarla a otra habitación,
donde le ataron las manos hacia atrás y la
sujetaron de los pies, para luego arrojarla al piso.
¿Cuántas horas pasó allí?
No lo recuerda. En un instante perdió la noción
del tiempo, entre los quejidos y lamentos de otras
personas que también eran torturadas.
Dos
sujetos la levantaron de manera violenta para quitarle
los amarres de los pies y regresarla al cuarto donde
la habían interrogado.
De nueva cuenta los golpes, torturas, vejaciones y,
sobre todo, las amenazas.
-¡Te vamos a violar!
Le quitaron la venda. Pudo ver claramente al sujeto
que, tras quitarse el cinturón, se bajaba el
cierre del pantalón, mientras otro de ellos
preguntaba.
-¿En dónde están las casas de
seguridad?
-No sé
-¡Si no nos dices dónde vive Leonardo
Hidalgo, el marido de tu prima Violeta Tecla, vamos
a matar a tu marido!
-No sé
-¡Cómo no, si aquí está,
en tu misma agenda! ¡Vamos sobre de él,
y tú, hija de la chingada, nos vas a tener
qué acompañar!
Le
vendaron los ojos y la llevaron al domicilio de Leonardo
Hidalgo, a bordo de la misma camioneta en la que había
sido secuestrada. Le quitaron los amarres y la venda
y la pusieron como escudo. Dos hombres se situaron
a los lados y uno a su espalda. Éste le susurraba
al oído: Ahora sí hija de la chingada,
si se arma la balacera tú eres la primera que
te mueres.
Mientras
algunos se brincaban por las azoteas vecinas, el grupo
llamó a la puerta. Los que se llegaron por
la azotea gritaron que no había nadie. A ella
la regresaron a la combi, custodiada por una mujer
morena, con el cabello teñido de rojo y quien
ahora se encargaba de las amenazas: No vayas
a hacer una chingadera, que no se te olvide que tenemos
a tu hijo y lo podemos matar.
Pasada media hora, regresaron los otros sujetos, la
vendaron de nuevo y le ataron las manos. Volvieron
al sitio del interrogatorio.
-¡Hija
de tu pinche madre, eres una mentirosa. Ahora sí
vas a ver cómo te va a ir! ¡Tu esposo
Carlos Eduardo ya nos dijo toda la verdad, que él
reparte propaganda para la Liga; que le han dado millones
de pesos!
-¡Eso no es cierto, mi esposo no dice mentiras!
-reclamó Leticia.
-Ah sí, ¡quítate la chamarra y
quítate el pantalón. Te vamos a dar
toques eléctricos y te vamos a meter al pocito!
Ya
no razonaba, sólo obedecía. Se descubrió
la chamarra y cuando estaba a punto de hacer lo mismo
con el pantalón uno de ellos le ordenó
que se vistiera para llevarla de nuevo a otra habitación.
El resto de aquella noche tuvo que aguantar el aliento
alcohólico y los manoseos de uno de aquellos
policías, que le susurraba al oído palabras
obscenas. Entre la humillación y la impotencia,
quería morir. Mentalmente rezaba.
Nosotros
somos los buenos
Amaneció el Sábado de Gloria. Muy temprano
llegaron dos sujetos a levantarla. Le desamarraron
los pies y le advirtieron: Ahora sí te
vamos a poner con los peligrosos. En aquella
habitación sintió la presencia de otra
persona.
-¿Quién eres?
-Soy Leticia Tecla, ¿y tú?
-Leonardo Hidalgo
Finalmente lo habían detenido. Mientras intercambiaban
estas palabras se acercó a ellos un elemento
de la Dirección Federal de Seguridad, el encargado
de vigilarlos.
-¡Hijos de la chingada, qué tanto están
platicando!
Levantaron a Leonardo Hidalgo, comenzaron a golpearlo
mientras le preguntaban qué tenía que
ver él con Leticia Tecla. Nada,
respondía.
-¡Usa tu karate, dale patadas voladoras!
Una y otra, las patadas descargadas con fuerza sobre
Leonardo, a causa de lo que en unos minutos enfermó
de diarrea. Al darse cuenta suplicó: Llévenme
al baño.
-¡Lleva a este hijo de la chingada al baño
por que si no se va a cagar aquí!
-Ya dejen de golpearlo por favor. -Se atrevió
a intervenir Leticia.
-¿Qué quieres, que a ti te golpeemos!
Se quedó callada. En algún momento se
aproximó un elemento de la Brigada Blanca,
quien le dijo al oído: No te preocupes,
tú vas a salir de aquí, nadie te identifica.
La trasladaron a otra habitación, le quitaron
la venda y se percató de que estaba en un cuarto
pequeño sin ventanas. Había dos elementos
de la Dirección Federal de Seguridad sentados
en sendas sillas, vestidos de sport, jóvenes,
rubios.
-Nosotros
somos los buenos y ya no te van a pegar -señaló
uno.
Al escucharlo, Leticia lo miró directamente
a la cara. Sus ojos eran claros, muy claros, recuerda.
-¿Por qué no bajas la vista?
-Para qué, si me van a dar en la madre.
-Pues cómo ves que ya te vas.
-¿Y mi esposo Carlos Eduardo?
-Se va contigo.
-¿Y nuestro hijo?
-Ya está con tu familia.
Ahora
fueron ellos quienes le vendaron los ojos y la llevaron
al exterior. De nuevo sintió las pequeñas
piedras bajo sus zapatos. La metieron a la parte posterior
de un vehículo Sedan. Ella enmedio de dos elementos
de la Brigada Blanca.
-¡Agáchate
y pega la cabeza a las rodillas! -le ordenaron.
-¿Y mi esposo?
-¡Ahorita lo van a traer!... ¡Muévete
a la izquierda!
Alguien se sentó a su lado derecho y la tomó
de la mano: Soy yo Leti, Carlos.
El vehículo arrancó y circuló
otros 45 minutos. En ese tiempo fueron amenazados.
No debían decir nada de lo ocurrido, porque
se los puede llevar la chingada.
Los
bajaron junto a una gasolinería, frente al
ISSSTE de Cuitláhuac. Era de noche. Todavía
observaron partir al vehículo y perderse en
el tráfico urbano.
Estaban a dos calles de su domicilio, pero prefirieron
refugiarse en casa de la abuela Elpidia. Ahí
fueron recibidos por toda su familia.
El
3 de abril de 2002, Leticia Tecla Figueroa levantó
una denuncia ante la Fiscalía Especial para
la Atención de Movimientos Sociales y Políticos
del Pasado, por los delitos de privación ilegal
de libertad, allanamiento de morada, abuso de autoridad,
tortura, lesiones y robo cometido en su agravio y
de su esposo Carlos Eduardo Sánchez Ludwing.
Además
de una denuncia formal por los delitos de privación
ilegal de libertad y lo que resulte, cometidos
en agravio de su tía Ana María Parra
de Tecla y de sus primos Violeta, Artemisa y Adolfo
Tecla Parra, en contra de quien o quienes resulten
responsables. Así quedó asentada
la averiguación previa A.P./PGR/FEMOSPP/001/2002.
De
aquel sobre blanco que una vez le confiara su tía
Ana María, y que posteriormente ella entregó
a su hermana Georgina, dice Leticia que la propia
Georgina Tecla lo entregó personalmente al
entonces director federal de Seguridad Miguel Nazar
Haro, quien se comprometió a que a partir de
ese momento nadie iba a volver a molestar a su familia.
En
una ampliación a su primera declaración
ante la Fiscalía Especial, hecha el 26 de octubre
de 2002, Leticia Tecla Figueroa aporta una serie de
nombres de los presuntos implicados en la detención
y desaparición de su tía Ana María.
Precisa
que, en el año 1978, Miguel Nazar Haro, director
de la DFS, giró instrucciones a Guillermo Liras,
alias el Perro Liras, para que detuviera
a Ana María Parra de Tecla, misma que fue localizada
en la ciudad de Monterrey.
Declaraciones
de Alfredo Belmares y Héctor Villagra Calleti
que constan en el expediente de Ana María Parra
de Tecla revelan que el comando estuvo a cargo de:
Pedro Canizalez, Alfredo Enríquez Belmares,
César Cortés Vázquez, Juan Guillermo
López, Raúl Romero Cisneros (alias el
Tiburón), Benjamín Maya y Nicolás
de Jesús González (alias el Chilango),
todos integrantes del grupo EROS (Equipo de Rescate
y Operaciones Especiales de Nuevo León).
Leticia
Tecla acusa directamente a todos y cada uno de los
anteriores personajes como responsables de la desaparición
de Ana María Parra de Tecla y lo que
haya podido ocurrirle.
En
un informe fechado el 4 de abril de 1978 y dirigido
al director federal de Seguridad, suscrito por Jorge
Samuel Ávila Avendaño, se registra que
con esa fecha fue detenido Pedro Lozano Cantú
y que se procedería a interrogar a Violeta
Tecla Parra, alias Cristina, por lo que Leticia Tecla
también los hace responsables de la desaparición
de Violeta y Adolfo Tecla Parra, quienes fueron secuestrados
juntos el mismo día en que Alfredo Tecla Parra
por elementos de la Brigada Blanca de la Dirección
Federal de Seguridad.
En
relación con Artemisa Tecla Parra, Leticia
refiere que no existen fotografías suyas en
ninguno de los archivos de la que fuera la DFS, por
lo que supone que la mataron.
El
último párrafo agregado por Tecla Figueroa
a la averiguación previa A.D./PGR/FEMOSPP/00172002
dice a la letra: Igualmente acuso de complicidad
y ocultamiento de pruebas a Jorge Carpizo, quien era
presidente de Derechos Humanos y quien teniendo conocimiento
de los expedientes y fotografías desde el 11
de enero de 1991 no hizo nada por citar a los responsables,
ni por encontrar las cárceles clandestinas
en que mis familiares estaban secuestrado.
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