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Duelen
sus 17 años. Rodrigo convive con la muerte
todos los días. Sobre sus espaldas lleva la
pesada carga de la adicción a la cocaína.
No puede jugar al futbol. No puede correr.
Si
sus palpitaciones se aceleran, ese instante puede
convertirse en el de su último aliento. Por
sus ojos brota vida y por su voz la letanía
de la muerte. Quiere salir de las garras de la droga.
Lo intenta, pero todavía no sabe si lo logrará.
Rodrigo
empezó a consumir cocaína a los 13 años
en la escuela y en compañía de un amigo.
Por curiosidad. Por experimentar. Hoy dice no tener
amigos, sólo conocidos. Es un niño y
a la vez un viejo. Niño por las ansias de ser
reconocido, viejo por llevar la calle en su sangre.
Llegó
a fumar hasta ocho gramos de piedra en forma continua.
Por conseguirla robó a su familia, a compañeros
y a extraños. Su grado de dependencia es compulsivo.
En el último año su única aflicción
era cómo obtener dinero para comprar cocaína
y dónde consumirla.
Sus
músculos se dibujan en su cuerpo de adolescente
y el contorno de su rostro es de una belleza clásica.
Sin embargo, no se cree capaz de conquistar a una
novia.
Por
su adicción también dejó el futbol,
una pasión que hoy no puede recuperar dado
el delicado estado de salud en que se encuentra. Estuvo
en la reserva del club deportivo América.
Hace
un mes empezó un tratamiento multidisciplinario
en el Centro de Integración Juvenil Iztapalapa
Sur. Hoy siente el apoyo de su familia. Igual, la
droga se le hizo carne y tiene recaídas. Pelea.
Lo intenta. Quiere salir.
¿Dónde conseguías la droga?
-En
todas partes. Llegué a tener hasta cinco conectes.
La conseguía en la escuela, en el parque cerca
de mi casa, en el zócalo, por teléfono.
Hay lugares donde uno entra a comprar y hay hombres
sentados en mesas con maletines llenos de drogas y
te dicen: cuánto quieres cabrón...
¿Cómo
y cuándo se enteraron tus padres de la adicción
a la cocaína?
-Recién este año, a pesar de que hace
casi cinco años que consumo. Me cansé
de mentirles, de robarles. La última vez les
saqué cinco mil pesos sólo para comprar
droga.
Entonces,
el 6 de enero, le conté a mi mamá sobre
este problema, ya no podía con todo esto. Al
principio, ella no me creyó; luego, mi papá
se enojó mucho... Después me trajeron
al Centro de Integración.
La
cocaína hizo estragos en ese cuerpo fibroso
que habla de la vida y de la muerte. Tiene disfunción
cerebral.
Ha
perdido la memoria, sus reflejos. Y algunas veces,
cuando se agita, siente soplos en el corazón
y las punzadas son tan intensas que se pierde en el
dolor. El grado de su adicción es alto. Su
tratamiento médico incluye cuatro pastillas
para calmar la ansiedad y lograr templanza en la abstinencia.
Rodrigo
no tiene sueños. Vive con la muerte. Piensa
que en cualquier momento puede llegar. No tiene mañana.
Su futuro es hoy. En ese mundo quiere salir de la
adicción a la cocaína. No sabe si será
capaz. Duelen sus 17 años.
Abandono
La soledad de Jorge es su sepultura. Su casa enorme
es un depósito olvidado para los adultos. El
lugar ideal para que otros jóvenes, como él,
puedan perderse en un universo sin dimensiones ni
límites. Sus 20 años son tan pocos y
tan muchos.
Sus
padres viven en Estados Unidos, sin idea de cómo
es la vida de su hijo. A él no le interesa
nada de ellos. Sólo le importa que el dinero
no le falte. Lo necesita para comprar falsa compañía.
Es lo único que pide.
Su
delgadez es extrema. Las ojeras dominan su rostro.
Las pupilas de sus ojos están dilatadas y sus
maxilares se contraen. El menor ruido lo altera. Y
en el silencio se hunde en la depresión. Sus
signos vitales parecen apagarse. Jorge es un despojo
humano.
Está
ahí y se quedará ahí. No quiere
salir. Tiene dinero, está solo. ¿Quién
va a ayudarlo? Consume cocaína en líneas
de unos quince centímetros de largo y dos de
ancho.
Se
mete el dedo casi entero dentro de la nariz. No siente
nada.
No mira. No quiere salir. Ni siquiera lo intenta.
No quiere ayuda. Ni la pide. No habla... No va a hablar.
Está perdido en la cruz del abandono.
Esperanza
Rosario fue violada a los 14 años y perdió
la alegría. Hoy la ha recuperado. La alegría
de sus rebosantes 18 años. También ha
recobrado la esperanza. A los tres meses de haber
empezado un tratamiento integral cree, con firmeza,
que podrá salir de su adicción a la
cocaína.
Sus
rasgos son juveniles. Sus ojos negros, enormes. Tiene
el busto erguido, las caderas abundantes y la sonrisa
a flor de labios. No se limita a los monosílabos
y cuenta su historia sin tapujos.
¿Qué
te impulsó a probar la cocaína?
-La primera vez que la probé fue porque tenía
muchos problemas en mi casa, especialmente con mi
papá... Él nunca creyó que un
pariente suyo me había violado.
Entonces
me volví muy agresiva, peleaba mucho y sólo
me sentía contenta cuando me drogaba. Cuando
no lo hacía me deprimía.
Vive con su padre, su madre y dos hermanos menores.
Después de tres años de consumo, su
familia se percató de su adicción a
la cocaína cuando fue acusada de robo en su
trabajo, un negocio de abarrotes.
¿Quién
te la vendía?
Al principio me la dieron unos compañeros.
Después, la compraba a través de conocidos
de ellos, gente que llegaba hasta la escuela.
¿Cuántos
años tenías cuando comenzaste a consumirla?
-Tenía 15 años, iba a la secundaria.
Primero fue el alcohol. Me empecé a juntar
con personas que no me convenían, aunque en
ese momento no pensaba así. Me habían
ofrecido muchas veces y siempre decía que no,
hasta que un día me metí mucho alcohol
y dije sí. Es que pensaba que así iba
a encontrar la alegría.
Su
familia la llevó al Centro de Integración
Juvenil Iztapalapa Sur. Allí reciben terapia
individual y grupal. La alegría de Rosario
hoy es genuina, se basa sobre todo en el hecho de
haber recuperado a sus padres. Su adicción
la había alejado de ellos. Creía que
nadie la quería.
¿Cómo
se sale de la droga?
-Dejar de drogarse no es fácil. Hace poco lo
sentí más. Me dolía mucho la
cabeza, estaba de malas, no quería salir a
ningún lado. Me sentía desesperada.
Además del cariño de mi familia, me
ayuda a decir basta hacer alguna actividad:
me entretengo en mis clases de cerámica, empecé
a ir al gimnasio y voy a volver a la escuela.
Por
la droga, se cambió tres veces de escuela,
dejó de estudiar, empezó a trabajar
y allí robó para comprarla. Cuando era
adicta, Rosario sólo vivía el momento.
Ahora, en cambio, quiere cultivarse. Piensa que sin
drogas podrá terminar una carrera profesional,
tener un esposo, hijos... Sueña, se proyecta
y vive con alegría.
Duelo
Arturo fue adicto a la cocaína durante siete
años. A los 27 quiere decirle adiós
a su adicción. Su dependencia era tanta que
llegó a inhalar diez gramos de polvo en una
noche. Cuando le empezó a salir pus de la nariz,
se espantó y dejó de consumir un tiempo.
Después conoció la piedra
y no pudo dejarla durante cuatro años.
Peina
su cabello negro hacia atrás. El pulso ya no
le tiembla. Su escuálido cuerpo se desintoxica.
Hace una dieta equilibrada para recuperar el apetito.
Cuando dependía del crack, había
días que no probaba un bocado, apenas una taza
de café por la mañana. Ahora lucha por
dejar la droga en el Centro de Integración
Juvenil Gustavo A. Madero, al noreste
del Distrito Federal.
¿Qué
te llevó a consumir piedra?
-Empecé con la cocaína, pero después
no me alcanzaba y seguí con la piedra. Esta
droga es muy fuerte, uno no se cansa de consumirla,
uno quiere más, más, más. Por
eso es muy difícil decir basta. En los cuatro
años que la he fumado no he visto a nadie que
diga ya no quiero. El consumo es alto. En fiestas
normales, cualquier fiesta, ocho de cada diez personas
se droga. La gente se mete al baño, a la cocina...
Arturo
no terminó la preparatoria. Es vendedor de
chocolates. Gana 12 mil pesos mensuales. Se casó
en diciembre del 2001. Pensó que el amor lo
ayudaría a salir. Pero en Acapulco, en plena
luna de miel, abandonó a su esposa en busca
de la droga. Es hijo de un gerente bancario y de una
maestra. Ninguno se dio cuenta del drama. Tampoco
en el trabajo. Pidió ayuda cuando los estragos
se dejaron sentir en su cuerpo, porque reconoció
que él solo no podría dejarla.
¿Dónde
la conseguías y qué hicieron cuando
decidiste dejarla?
-Se la puede conseguir en cualquier lado: en la esquina
de una calle, en una plaza, en una escuela, por teléfono.
Como estoy tratando de recuperarme, algunos distribuidores
mandan a sus muchachos a darse vueltas por donde vivo
para darme tentación y regresar a la compra.
Realmente se necesita fuerza de voluntad para salir
y mucha ayuda familiar. Una persona sola no puede.
Es
tanta la droga que ha aspirado que le da miedo ir
a una revisión médica. Sabe que tendrá
que hacerlo para conocer cuánto daño
le ha provocado su adicción. Arturo quiere
salir. Lo está logrando. Lo sostienen su mujer,
sus padres, toda su familia. Sin su respaldo, siente
que no podría.
Luz
Israel ha vuelto a ver la luz. Acaba de cumplir 21
años. Se imagina dentro de diez años
con una mujer, hijos, casa, auto. Atrás quedaron
los días amargos de la abstinencia, de la falta
de voluntad para dejar la cocaína. Aquellos
días de 1998, cuando decidió ganar la
calle en busca de libertad, sólo quería
consumir y consumir. Dormía debajo de puentes,
en el metro, donde se desplomara la noche.
Cuando
habla mira a los ojos. Sus manos saludan con firmeza.
Su rostro moreno resplandece al sonreír. Está
contento. Pudo recuperarse. Le costó dos años
y está a punto de terminar el tratamiento integral
en el Centro de Integración Juvenil Gustavo
A. Madero.
¿Cómo
dejaste la droga?
-Quise curarme, más que nada, por necesitar
ayuda. Al irme de mi casa, vivía en la calle,
necesitaba comprensión, cariño más
que nada. Estando en la calle se valoran muchas cosas,
como tener cama, comida, alguien que te apoye. Todo
esto en la calle no se encuentra... Cuando me fui
creía que la calle me iba a brindar más
libertad. ¡Qué equivocación!
Consumió
polvo y después piedra. Quería experimentar.
Pensaba que no le importaba a su familia. Hoy sabe
que su verdadero problema consistía en no saber
valorarse, en la falta de autoestima y que la droga
sólo le servía para evadir responsabilidades.
Después
de dos años de un tratamiento multidisciplinario
terminará su rehabilitación. Su adicción
le costó calle, sangre y tiempo. Está
feliz. Ha recuperado salud, amigos, trabajo, estudio
y familia. Pelea por ser mejor todos los días.
Las sombras ya no lo acorralan y la luz ilumina su
camino.
En
las garras de la coca
(Giovanna Mejía)
Familias
integradas y separadas. Ricas y pobres. Profesionistas,
empresarios y obreros. Cualquier colonia y ciudad.
Todas las clases sociales. La adicción a la
cocaína es una tragedia que golpea la puerta
de cualquier casa. Un drama que no se ciñe
a un estereotipo. Que puede ocurrirle no sólo
al vecino y anidarse en el hogar.
La
droga suple carencias afectivas, falta de comunicación.
Muchas veces los padres son los últimos en
enterarse. Los datos son abrumadores: la edad de inicio
en el consumo de drogas entre los jóvenes mexicanos
que recurren a los Centros de Integración Juvenil
es de 14 años, generalmente cuando cursan la
secundaria. Y no llegan a un centro de recuperación
en busca de terapia sino hasta cinco años y
medio después.
¿Qué
grado de responsabilidad siente por la adicción
de su hijo?
-Pues sí, es muy grande la responsabilidad,
aunque uno no entiende cómo su hijo se puede
ir deteriorando poco a poco. Eso no me deja vivir
tranquila. Sospecho que probablemente sigue, aunque
he dejado de trabajar para pasar más tiempo
con él. Ahora estoy al pendiente de mi hijo.
Desgraciadamente
tuve la necesidad de trabajar 12 horas diarias. Pienso
que puede salir del problema si uno lo acompaña.
Muchas veces por darles lo mejor en cuanto a lo económico
también los descuidamos con el afecto. (Petra
Herrera, mamá de Agustín, de 19 años,
adicto a la cocaína.)
Adolescentes
y jóvenes llegan a un centro de recuperación,
generalmente, de la mano de padres y familiares. Los
llevan cuando se dan cuenta de la adicción
que flagela a sus hijos tras reiterados problemas
de conducta, conflictos legales y dificultades en
la escuela, coinciden Arturo Néstor Lara Domínguez,
Beatriz Páramo Hernández y María
del Rosario Arriaga, psicólogos que trabajan
en los Centros de Integración Juvenil.
¿Qué
papel cumplen los padres en la prevención de
las adicciones en los jóvenes?
-Los padres y la familia tienen una función
importante en la prevención de las adicciones.
Que no se alejen de sus hijos. Que se involucren más
en sus necesidades y problemas. Que no los rechacen.
Que dejen de lado esa barrera que no les permite ver
claramente lo que está pasando (Beatriz Páramo
Hernández).
-Entre
los padres existe una falta de conocimiento sobre
este problema. Pocas personas manejan una información
real sobre las drogas. Como este problema tiene un
rechazo social, eso hace que la familia lo viva como
algo totalmente ajeno; como algo que le puede pasar
al vecino, al joven de otro barrio, a otra persona,
menos al hijo (María del Rosario Arriaga).
-Los
padres deben brindar orientación. Sostener
la relación con sus hijos, marcar disciplina,
darles afecto, estar al pendiente, cambiar las pautas
de vínculo, brindarles tiempo. El apoyo familiar
es esencial para salir adelante (Arturo Néstor
Lara Domínguez).
-La
familia es vulnerable y las sociedades tienen su modo
de enfermar. La enfermedad de nuestro tiempo, pues,
parece pasar por una cuestión de carácter
vincular: el otro no existe, no hay tolerancia por
lo diferente (Mario Carlos Balanzario).
La
adicción a las drogas es un fenómeno
multicausal. Tiene que ver también con la presencia
de las sustancias en el medio, pero primordialmente
con las dificultades personales para enfrentar la
vida, para adaptarse a las circunstancias vitales,
lo que deriva en ocasiones de problemas con la familia.
La
cocaína en México se ha convertido en
la droga de inicio en siete de cada diez adolescentes
y jóvenes, de acuerdo con los registros de
ingreso del 2002 a los Centros de Integración
Juvenil en distintas regiones del país. La
cocaína desplazó a los inhalantes y
a la marihuana, que en 1990 ocupaban el primer puesto.
La
piedra es una droga que está en los barrios
marginales, en el zócalo, en las escuelas,
en las plazas, en cualquier esquina, muy cerca de
los jóvenes y hasta de los niños. Cuando
se inicia el consumo, el costo es bajo. El gramo cuesta
entre 50 y 150 pesos. Para atraparlos, al principio,
las dosis se entregan con falsa generosidad. Una vez
hundidos en la dependencia, el precio sube y las piedras
se vuelven inescrutables en su contenido.
Los
testimonios de quienes han sufrido o padecen por la
droga son una advertencia. Una guía del espinoso
camino a desandar. Lo saben quienes la venden, quienes
embelesan a niños, sin escrúpulos. Ellos
no la consumen y no permiten que sus hijos lo hagan.
Sólo es un negocio para ellos. Saben que la
droga puede matar.
Glosario
Cocaína
La cocaína es una de las drogas adictivas más
potentes. Una vez que una persona la prueba, no puede
prever ni controlar hasta qué punto seguirá
usándola. Es un potente estimulante en el sistema
nervioso central. Produce un cuadro caracterizado
por hiperestimulación, hiperalerta, euforia
y delirio. En dosis extremas causa también
temblores, convulsiones y colapsos cardiorrespiratorios.
Formas
Polvo.
La presentación más común de
la cocaína es el clorhidrato de cocaína,
un polvo blanco, cristalino, soluble en agua y con
efectos anestésicos al contacto con la piel
y mucosas. Se estila la inhalación del clorhidrato
de cocaína por las fosas nasales y es menos
común que se diluya en agua para administración
intravenosa.
Piedra
o crack. Es un sólido cristalino que consiste
en el alcaloide de cocaína en su forma de base.
Se consume por sublimación mediante la aplicación
de calor a una mezcla de la base y ceniza en un dispositivo
especial o pipa para piedra. Su efecto y el desarrollo
de la dependencia son mucho más rápidos
que con la inhalación.
Bazuco.
Es un producto colateral del proceso de fabricación
del clorhidrato -pasta básica- y tóxico.
Es un polvo chocolate que contiene algún porcentaje
del alcaloide, pero en su mayor parte está
compuesto por residuos propios del proceso de elaboración
de la pasta básica. Es más barato que
el clorhidrato y se consume en cigarrillos mezclado
con tabaco o marihuana.
Efectos
El uso continuo de la droga produce taquicardia, hipertensión,
midriasis, contracciones musculares, alucinaciones
visuales, insomnio, ansiedad, nerviosismo extremo,
ideas delirantes, conductas violentas y muertes debidas
a colapso cardiorrespiratorio. Si la dosis es lo suficientemente
alta, ésta puede ocurrir sin importar la vía
de administración, aunque es más frecuente
en el caso del consumo intravenoso.
Prácticas
Experimental.
Es la persona que prueba la droga una o pocas veces.
Como la experiencia fue neutral o aun negativa,
él o ella no vuelven a usar la droga.
Ocasional.
Caracteriza al consumidor social que
recurre al uso de las drogas de manera eventual:
en una fiesta, por ejemplo.
El
consumo es de bajo nivel, no sobrepasa el cuarto
de gramo.
La mayoría de los adictos pasan por esta
fase al comienzo del consumo.
Abuso.
El consumidor utiliza la droga ocasionalmente para
intoxicarse. Consume cantidades crecientes (de medio
a un gramo) y experimenta con la inyección
intravenosa o fumando base libre.
Compulsiva.
Se presenta cuando el paciente ha desarrollado dependencia
hacia la cocaína. Se caracteriza por ser
episódico y compulsivo. Con el consumo adictivo
se presentan los fenómenos de tolerancia
y dependencia química.
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