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Es
la misma disyuntiva que en el pasado reciente enfrentaron
otros países del mundo salientes de regímenes
autocráticos agotados. En México, el
camino hacia la transición democrática
está lleno de escollos.
Apenas
se confirmó su triunfo en julio del 2000, Fox
le entró de lleno al tema, creó una
comisión especial para elaborar el proyecto
de Reforma de Estado y firmó su compromiso
en el llamado Pacto de Chapultepec.
El
documento final incluye propuestas que para unos son
vanguardistas y para otros son retrógradas.
En
el corazón del debate está precisamente
el tema de la correlación y equilibrio de fuerzas
dentro del actual sistema político en transición
hacia la democracia: ¿Cómo distribuir
el poder en un país que dejó de ser
unipartidista?
Entre
los criterios que prevalecen dentro del acervo de
iniciativas, hay quienes sostienen que una nueva Constitución
sólo puede ser producto de una revolución
o un golpe de Estado.
Pero
hay otros que opinan que también puede nacer
a partir de una grave crisis económica, de
un severo proceso de deslegitimación de las
autoridades --a lo que el argot jurídico llama
"rupturas pactadas"-- o como resultado de
la transición a la democracia.
Sobre
éstas diferencias, surgen a su vez tres posturas
opuestas: quienes consideran que la Constitución
no debe sufrir modificaciones sino simplemente se
debe aplicar y respetar la vigente; quienes sostienen
que requiere una restauración "quirúrgica"
y quienes están por un cambio radical del contenido
constitucional y del diseño institucional.
En
otro nivel de discusión, los criterios también
están polarizados en cuanto al tipo de sistema
político a diseñar.
Aquí,
hay dos grandes bloques --con ramificaciones por diferencias
de matiz--: los que sólo proponen acotar el
régimen presidencialista (con la introducción
de ingredientes parlamentaristas como la creación
de la figura de "Jefe de Gabinete", por
ejemplo) y quienes se pronuncian por la instauración
de un sistema de corte semiparlamentario a través
de una nueva Constitución.
En
el terreno de las facultades y los derechos políticos,
algunas de las dudas que prevalecen son:
¿Cómo
establecer el equilibrio entre los poderes? ¿Debemos
atarle las manos al Ejecutivo o no? ¿Cómo
defender la Constitución de posibles arbitrariedades
del Ejecutivo o Legislativo? ¿Tendrá
el Legislativo facultades para ratificar o no al gabinete
presidencial? ¿Cómo estructurar el federalismo?
¿Cómo regular a los municipios? ¿Ganaran
más derechos los ciudadanos o tendrán
más responsabilidades? ¿Presidencialismo
o parlamentarismo?
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