De la escala
de Richter a la empresa de la información
El gobierno es sísmico.
Sus acciones y omisiones políticas son oscilatorias y trepidatorias:
todo se mueve y se sacude. Para entender medianamente las cosas
se debe estar atento de manera simultánea a la tasa de cambio
y a la escala de Richter. En medio de la desarticulación
gubernamental se dan señales y se envían mensajes
que son difíciles de interpretar. Los empresarios --reclutados
en leva para realizar actos forzados de beneficencia-- no pueden
descifrar el coqueteo en los guiños presidenciales. Los intelectuales
y la burocracia tampoco. Los campesinos y trabajadores menos. Los
mexicanos andan a tientas en su laberinto.
Los movimientos telúricos gubernamentales hacen perder el
sentido de la orientación. Muchos no saben siquiera dónde
están parados. Así, por ejemplo, el desorden social
ha provocado una serie de accidentes relacionados con los medios
de comunicación que han dejado ver la delgadez casi famélica
de las organizaciones que con naturalezas jurídicas diversas
tienen como objeto de su desempeño la información.
Fundados en la banalidad, algunos críticos y comentaristas
hablan de un reacomodo en los medios; otros, aprovechando
las desventuras sísmicas del esposo de la señora Marta
Sahagún, aseguran que se quiere aprovechar los tiempos electorales,
y los menos creen que algunos empresarios quieren vincular sus intereses
al poder político que, imaginan o suponen, tienen los medios
de comunicación social.
Sin embargo, las cosas no pueden verse con ese simplismo. Las transformaciones
sociales estructurales --reales y de fondo-- se dan incluso en paralelo
o al margen de las decisiones de un régimen político
en particular: los hechos históricos no son sexenales. Y
los medios impresos y electrónicos no escapan a esta historicidad
de los hechos.
En México, el Estado bienestante que surgió de la
Revolución de 1910 y de la Constitución de 1917 propició
una prensa que no exigía categorías jurídicas
rigurosas para su funcionamiento: mecenas, cooperativas, sociedades
de responsabilidad limitada, sociedades anónimas cuyo capital
estaba representado por acciones que eran propiedad emotiva de parientes,
esposos y amigos. Los menos entendieron que para sobrevivir era
necesario modernizar la empresa mercantil dedicada a la información.
Vino el principio del cambio. Y empezaron los padecimientos. Los
entes periodísticos en su debilidad ofrecieron poca resistencia
a los embates del poder político o de la economía.
Ayer, los cooperativistas de Excélsior cayeron víctimas
de un golpe del poder que fue fulminante; hoy sufrieron la alucinación
de una inversión fársica propuesta por unos vivales
redimidos. El Día agoniza lentamente. unomásuno fue
yesca para la presión interna y política: su mala
administración facilitó la demolición del proyecto
de Manuel Becerra Acosta. El Novedades ha muerto. Summa fue asesinado
en la cuna. Claro que también hay periódicos nonatos.
La radio periodística ha vivido toda clase de vicisitudes.
Las televisoras han dado el último espectáculo: dos
empresarios de mala calidad complicaron su conflicto crediticio
para afectar la credibilidad de las instituciones de gobierno y
las fuentes de trabajo de muchos mexicanos. En realidad, la libertad
de expresión no sufrió ningún menoscabo: mal
estarían los mexicanos si su libertad de pensamiento dependiera
de un vendedor de máquinas de coser venido a más y
de un deudor contumaz.
Los hechos son experiencia. La empresa informativa debe modernizarse
a la par que las instituciones sociales y políticas del país.
Sin una estructura que cumpla sólidamente con la normatividad
mercantil, fiscal, administrativa y civil está condenada
a perecer ante los embates de la sociedad del mercado, porque está
en desventaja ante la oferta y la demanda de la información
como producto. La negociación informativa depende de su habilidad
comercial y obtiene sus ingresos de la venta por ejemplares, suscripciones
y publicidad --entendida como información--, por lo que no
puede permitirse permanecer en las estructuras que le facilitó
el Estado benefactor; además, esa institucionalidad mercantil
le permitirá competir y participar de los nuevos métodos
de información que impone a su vez el mercado internacional.
Por otra parte, una negociación sana permitirá mejores
condiciones para la libertad de expresión crítica
y orientadora. En realidad será un valladar para el poder
político cualquiera que sea el origen ideológico o
partidista de quienes lo detenten.