De seguir la tendencia
de importación de alimentos, México corre el riesgo
de perder su soberanía alimentaria y el control sobre la
capacidad de alimentar a la población de acuerdo a los estándares
nutricionales. El peligro es real, y la escacés de alimentos
ya la padecen más de 50 millones de mexicanos.
México se
encamina a ser una economía que importará todos sus
alimentos, como Taiwán o Hong Kong, pero con el agravante
de que no tiene la capacidad de crecimiento de esos países
ni su ingreso per cápita ni sus niveles de vida.
Este estado de cosas pone en peligro la soberanía alimentaria
y repercutirá en la inversión y el empleo, además
de que será una desventaja adicional ante la globalización
y la competencia internacional.
En este entorno, las familias han tenido que adaptar su consumo
de alimentos y han visto deteriorado sus niveles nutricionales,
lo que ha ido en detrimento de más de la mitad de la población,
que vive en situación de pobreza.
La escasez de alimentos alcanza a 55 millones de pobres en México.
De éstos, las mujeres, los niños, ancianos y enfermos
son los que más padecen la desnutrición como consecuencia
de una raquítica dieta.
El investigador de la UNAM Felipe Torres Torres advierte que al
trasformarse México en un país dependiente del exterior
en materia de alimentos quedan en entredicho términos como
soberanía y seguridad nacionales.
Aquí hay que añadir que los países importadores
de granos están siendo afectados por los incrementos de los
precios en todo el mundo, cuya tendencia al aumento beneficia a
las naciones con agricultura altamente tecnificada y castiga a las
más pobres.
Para analistas, legisladores y organizaciones civiles el desabasto
de alimentos no es una cuestión menor, pues los problemas
alimentarios de la población se han agudizado por la pérdida
del poder adquisitivo del salario y las políticas económicas
que ponen en riesgo la soberanía alimentaria del país.
El Tratado de Libre Comercio (TLC) ha propiciado la dependencia
alimentaria de México respecto de los grandes productores
estadounidenses y canadienses, advierte el análisis "La
soberanía alimentaria de México en riesgo", elaborado
en la Cámara de Diputados.
Para el 2000 la dependencia
en materia de alimentos había crecido 77%, con un monto de
23 millones de toneladas de cultivos-producto importadas, a diferencia
de los 13 millones que ingresaban al país en 1993. A ese
hecho se suma la inminente apertura de la frontera a los productos
agrícolas provenientes de Estados Unidos y Canadá.
En contrapartida, la Secretaría de Economía (SE) señala
que el aumento en los cupos de importación de granos básicos
como el maíz no es resultado del TLC, sino de la insuficiencia
interna para cubrir la demanda nacional. Asegura que esta alza en
la entrada de granos se ha debido a la petición de los consumidores
y como resultado de consultas nacionales.
El documento de los
legisladores de la Comisión de Desarrollo Rural indica que
''71% de la población nacional padece pobreza alimentaria'',
fenómeno que se manifiesta en 90% de los ciudadanos que habitan
en zonas rurales y 65% de los asentados en localidades urbanas.
Agrega que a
partir de la instrumentación de los compromisos con la banca
internacional, sobre todo con la carta de intención ante
el FMI, el gobierno inició en 1985 un proceso de reducción
de los precios de garantía al productor, el cual se aceleró
a partir de la apertura comercial, incluso antes de entrar en vigor
el TLC.
El análisis
remarca que la destrucción de la economía campesina
y la de los productores rurales de alimentos para el mercado interno
--propiciada por la larga y persistente política de abandono
tanto en la actividad productiva como en la política de desarrollo
rural-- se ha agudizado a partir de la entrada en vigor del TLC.
"Uno de sus
efectos más peligrosos, en el sentido político y de
seguridad nacional, es la destrucción de la soberanía
alimentaria del país, advierte.
Alfonso Elías Cardona, presidente de la Comisión de
Desarrollo Rural, indica que México está perdiendo
la batalla en la autosuficiencia alimentaria, ya que no hay un equilibrio
entre producción y consumo. Es decir, no se cuenta con una
balanza comercial que dé certidumbre.
Y el director del
Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición
Salvador Zubirán, Héctor Bourges Rodríguez,
dice que el mapa de la desnutrición en México es el
de la marginación y la pobreza, y que el medio rural es su
principal caldo de cultivo.
Plantea que un agravante
a la escasez de alimentos en México es la mala distribución
de los mismos, lo que lo sitúa entre los países con
un índice muy alto de desequilibrio y que el grueso de la
población carezca de muchas cosas.
Hoy por hoy, aunque
la importación de alimentos crece y las familias destinan
la mayor parte de su ingreso para adquirirlos, el consumo de éstos
ha disminuido. Según datos del INEGI, el gasto en este rubro
pasó de 34.5% en 1994 a más de 60 % en 2002. La situación
es más dramática en las zonas rurales, donde las familias
dedican hasta el 80% de su gasto total a la compra de alimentos.
El acceso a los alimentos
tiene estrecha relación con la capacidad para comprarlos
y con el nivel de empleo. Por ello, el problema del hambre y la
desnutrición no es sólo cuestión de desabasto
o malos hábitos alimenticios, sino de pobreza.
El incremento de
los precios de los alimentos y la pérdida del poder adquisitivo
de los salarios han ocasionado que productos de importancia nutricional
como leche, frutas, pescado y carne queden fuera del consumo familiar,
con las consecuentes adecuaciones a los hábitos alimenticios,
como un mayor consumo de tortilla, chile, frijoles, huevo, carnes
frías, verduras, retazo de pollo y vísceras.
La desaparición
del subsidio generalizado a la tortilla y su focalización
(sus beneficiarios tienden a disminuir), ha derivado en un incremento
constante en su precio, en una baja en su consumo y, por tanto,
en mayores niveles de desnutrición de la población.
El análisis
Dinámica económica de la industria alimentaria
y patrón de consumo en México, del Instituto de Investigaciones
Económicas de la UNAM, explica que la industria alimentaria
mexicana enfrenta reacomodos que inciden en nuevos patrones alimentarios
por regiones y estratos sociales, con un mayor componente industrializado
en la dieta.
Añade que
la industria alimentaria mexicana enfrenta reacomodos desfavorables
ante los embates de las trasnacionales que intentan ampliar su oferta
de productos industrializados de consumo masivo.
Movilización
social, la alternativa
La liberalización del sector agropecuario y el desmantelamiento
del fomento agrícola han llevado al país a la dependencia
e inseguridad alimentarias. El retiro del subsidio a los productos
básicos, la disminución del consumo de los alimentos,
el aumento de los niveles de desnutrición, la caída
de la producción de granos básicos y oleaginosas y
el auge de las importaciones de éstos son algunos indicadores
que podrían llevar al país a una hambruna.
México ha entrado a la lógica del mercado global agroalimentario
y se perfila como importante consumidor, dejando de lado el papel
de este aspecto para la seguridad nacional. Por su parte, las grandes
trasnacionales avanzan en el abastecimiento interno de alimentos
y en el control de la elaboración de productos alimenticios
industrializados.
Es necesario revertir
estas tendencias, reconociendo el carácter estratégico
del desarrollo hacia adentro del sector agrícola y, por tanto,
implementando políticas adecuadas para su fortalecimiento.
El Estado debe asumir la responsabilidad social de asegurar la autosuficiencia
y la seguridad alimentarias. Es decir, erradicar el hambre y la
desnutrición.