Cada semana una persona es víctima
de las 70 mil minas antipersonales en los
territorios que dominaron las FARC y las Autodefensas Unidas.
Desactivar y retirar
las minas en Colombia costará 45 millones de dólares
y se llevará por lo menos 10 años, asegura Tomás
González, subdirector de Planeación Nacional del foro
Colombia Camina sin Tropiezos organizado en Bogotá
en noviembre pasado, durante el cual se dieron a conocer los
programas de educación y prevención del gobierno para
el desminado y las políticas de atención a las víctimas
de quiebrapatas, como se les conoce a las minas antipersonales en
aquel país.
Por encima de Nicaragua y El Salvador, Colombia es el país
con mayor número de campos minados sin control en todo el
continente y ahora inicia la costosa tarea de recuperar para millones
de campesinos y labriegos el derecho a caminar con seguridad.
Los centros minados más grandes se encuentran en departamentos
como Santander, Antioquia, Guaviare, Amazonas, Magdalena y Arauca,
pero la población de San Vicente de Chucurí en el
Magdalena Medio es la más conocida por sus historias de mutilados.
De los mil 97 municipios
del país, localizados en 22 de los 31 departamentos, 140
fueron escenario de accidentes con artefactos explosivos en los
diez primeros meses del 2001. Estas cifras aumentarán si
no se moviliza a la sociedad civil con información adecuada
y se introducen medidas para atender integralmente a las víctimas.
Colombia, Estado
firmante de la Convención de Ottawa, deberá garantizar
la destrucción de todas las minas antipersonales en su territorio
para cumplir con la Ley 554 del 14 de enero del 2000, que entró
en vigor en marzo del año pasado. Se sabe que en su mayoría
los lesionados en estos incidentes tienen que viajar varios días
en busca de atención médica y apenas la cuarta parte
llega a hospitales apropiados en las seis horas siguientes.
Serranía
de los cobardes
Nadie sabe en el pueblo por qué las montañas que rodean
a San Vicente de Chucurí llevan ese nombre: serranía
de los cobardesî, aunque las innumerables minas antipersonales
plantadas por los guerrilleros del Ejercito de Liberación
Nacional (ELN) en los cultivos de cacao a principios de los noventa
inducen al visitante a deducir una teoría al respecto.
Hoy los chucureños
sobrellevan la vida con tranquilidad luego de haber sido el pueblo
más temido de Santander por sus masacres, complots revolucionarios
y crímenes de guerra. Ahí ronda el fantasma de la
vereda de Llanacaliente, donde murieron más de 100 campesinos
a manos de un pelotón del ejército que perdió
el control tras el asesinato de su coronel: Rogelio Correa Campos,
a orillas del río Oponcito, el 29 de mayo de 1987.
Fue la época
en que se fundó el Batallón Luciano Dhuller,
para recuperar la zona dominada por la guerrilla. En respuesta,
el frente Capitán Parmenio del ELN determinó
una estrategia: minar el terreno por donde sospechaba que los militares
iban a patrullar. Poco a poco, desde las veredas, comenzaron a llegar
al pueblo grupos de campesinos aterrorizados que llevaban a jornaleros
y niños mutilados en estado de coma profundo a causadel dolor
infligido por las minas.
El médico
Carlos Francisco Fernández, presidente de la Asociación
Colombiana para el Dolor, refiere que en muchos casos los pacientes
que han perdido algún miembro en estos accidentes siguen
sintiendo dolor en la parte del cuerpo que perdieron, afectados
ya por el síndrome del miembro fantasma, de tal
manera que es muy difícil controlarlo y muchas de estas personas
se vuelven dependientes de la morfina. Esto se debe a que la representación
de esta parte del cuerpo persiste en el cerebro y éste le
otorga nuevas funciones al área responsable de la misma.
Un síndrome que en Colombia avanza casi a la par que el número
de víctimas de minas antipersonales.
Fundación
CIREC
El Centro de Investigación y Rehabilitación de Colombia
(Cirec) es la fundación que más apoyo y rehabilitación
ofrece a las víctimas de minas antipersonales de San Vicente
de Chucurí, El Carmen y los demás sitios de riesgo
y campos minados en Colombia. La doctora Perry de Saravia, presidenta
del centro, comenta que los esfuerzos del plan Semillas de
Esperanza están enfocados a los líderes comunales,
para la implementación de estrategias de ayuda y rehabilitación
de víctimas.
Narra la que califica
de difícil experiencia en su trabajo con los niños
de zonas minadas: Algunos suelen esconderse en sus fincas
y no vuelven a tener contacto con los pueblos más cercanos
y muchas de las familias no pueden asimilar tan fácil el
proceso de rehabilitación y de aceptación del discapacitado.
Sin embargo, el Cirec
ha tenido éxitos en San Vicente, pese a todos los obstáculos.
Libardo Dulcey es un jornalero de 35 años de la finca La
Esperanza. Sube y baja unas 40 veces al día una cuesta de
casi 200 metros cargando naranjas en una recua de mulas. Pero desde
hace nueve años Libardo sólo tiene una pierna por
causa de una mina. Hoy trabaja como cualquier otro jornalero hasta
el final de la tarde por cinco mil pesos el día (dos dólares).
Otro caso es Mónica,
una niña de 10 años que llegó al centro con
su hermano de 12 desde el municipio La Vega, entre las montañas
del Cauca. Hace tres meses encontraron en su finca un artefacto
de unos veinte centímetros semejante a un cohete espacial
por sus aletas y que resultó ser una granada de fusil abandonada
por el Ejército luego de un combate con la guerrilla.
Los niños
llevaron el nuevo juguete a su casa y éste explotó
durante una maniobra infantil. En el percance Mónica y su
hermano perdieron una pierna, la madre de los niños se quedó
sin talones y otros vecinos que se reunían en la casa resultaron
gravemente heridos. El Cirec hace una labor de búsqueda de
pacientes en las regiones más apartadas de la zona para reintegrarlos
a la sociedad, para lo cual echa mano de prótesis con tecnología
láser, asesorías psicológicas y terapias ocupacionales.
El
Grupo Marte
Pedro Ignacio Peralta, campesino de 57 años, se disponía
a sembrar las 25 hectáreas de su finca en el corregimiento
Arrayanes, en Santa Rosa del Sur con nuevas plantas de yuca,
frijol y maíz.
Un mes antes sus
predios eran parte de las 9 mil 600 hectáreas de tierra con
cultivos lícitos que aún hay en el sur de Bolívar.
Mientras Peralta y su familia alistaban las semillas, guerrilleros
de las FARC rondaban centímetro a centímetro la finca
para sembrar en las noches minas antipersonales.
El campesino descubrió
las minas una madrugada, según cuenta un corresponsal del
periódico El Tiempo, cuando con machete en mano segaba la
hierba de los surcos, cuyos alrededores se disputan guerrilleros
del frente Héroes y Mártires de Santa Rosa, del ELN,
de las FARC y los Power Rangers, como se conoce en la zona a los
paramilitares.
Los Peralta no son
las únicas víctimas de esos sembradores de muerte.
Según cifras del Ejército y alcaldías de la
zona, ahora, en reemplazo de la yuca y del maíz, hay plantadas
unas 10 mil minas antipersonales.
El Grupo Marte
entrenado por asesores estadounidenses y británicos
conforma la Unidad de Antiexplosivos del Ejército o Grupo
de Manejo de Artefactos Explosivos que entrena soldados en el mismo
oficio. Este año desactivó 250 minas en Cantagallo,
San Pablo, Santa Rosa, Simití, Morales, Arenal y Río
Viejo.
Algunos de sus miembros
caminan como si tuvieran ojos en los pies y otros llevan amuletos
en los bolsillos del uniforme camuflado. Unos 135 soldados y agentes
de la policía han muerto desactivando minas o al pisarlas.
Desde que los paramilitares
ingresaron a las regiones dominadas por la guerrilla se multiplicaron
las minas, al punto que hoy hay 250 zonas totalmente vedadas para
la agricultura y la ganadería en el país.
Los guerrilleros
que colocan las minas pertenecen a los llamados Talleres de
Armamento Popular y no sólo siembran explosivos sino
también muerte, paranoia, confusión y miedo.
Testimonios de vecinos
de la región de San Pablo, al sur de Bolívar, señalan
que el ELN ya no respeta los cultivos de frijol, café, cacao,
maíz, lulo y yuca, que tradicionalmente han abastecido mercados
de Bolívar, Santander, Cesar y Bogotá.
El Ejército
asegura que el ELN coloca minas para proteger sus campamentos ubicados
en la parte alta de la serranía de San Lucas, donde los guerrilleros
controlan unas 150 mil hectáreas de selva, parte de la siembra
y comercialización de la hoja de coca. La especialidad de
los guerrilleros son las minas, trampas cazabobos, rampas de lanzamiento
y municiones modificadas.
Pese al peligro inminente
los labriegos han tratado de familiarizarse con los explosivos,
como explica Delmar Burgos, alcalde de Santa Rosa: Frente
a la ilusión de seguir trabajando sus tierras, los campesinos
conviven con las minas, las ubican y les hacen un cerco como si
se tratara de una huerta, para evitar que alguien caiga, y siguen
trabajando el resto de la finca.
Crónica
hospitalaria
Al Hospital Militar Central de Bogotá llegan de todo el país
soldados que pisaron minas y han perdido alguna extremidad al cuidar
torres de energía, oleoductos o en incursiones.
Luego de varios meses
de terapias de rehabilitación psicológica y física
se recuperan parcialmente. Todos los martes en la mañana
el helipuerto del hospital se convierte en campo de futbol por los
pacientes más antiguos: son 23 y a todos les falta una pierna.
Ayudados por sus muletas se impulsan hábilmente y pelean
por el balón.
El partido sólo
se interrumpe por los helicópteros que llegan de emergencia.
Alberto García es un soldado voluntario que fue enviado en
1999 al frente de una patrulla móvil en la región
de Apartadó, al norte de Colombia, donde pisó una
mina que lo hizo volar.
Alberto García, festeja tras anotar
un gol.
Ese día sus
compañeros de pelotón lo socorrieron dos horas más
tarde, luego de inspeccionar la zona para no activar otras cargas.
Alberto supera su discapacidad y juega en el equipo Los mochos
del hospital donde cada martes cierra la mañana con gritos
de gol.