Iván Illich, considerado como
un hereje para la cúpula de la Iglesia Católica, falleció
el pasado 2 de diciembre en Bremen, Alemania.
Sin embargo, su filosofía crítica hacia el dogma del
progreso y la modernidad, que consideraba una falacia, prevalece en
su obra
CUERNAVACA, Mor.-
A sus 76 años de edad, el doctor Iván Illich imprimía
intensidad e inteligencia en sus incursiones a la Internet. En esta
ciudad, donde creó sus principales aportaciones filosóficas
y analíticas, Illich iba de su casa de Ocotepec a la sede
de Matemágica, una empresa editorial en línea, para
informarse, discernir, escribir y así confirmar su crítica
hacia el falso dogma del progreso y la modernidad.
Esa rutina, complementada con yoga y opio, era parte del tratamiento
para enfrentar, durante los últimos 15 años, los dolores
del tumor cancerígeno que desdibujó el lado derecho
de su rostro. Es la bola, describía Illich. Al
inicio de la deformación, varios médicos le daban
pocos años de vida al doctor en Historia, fundador del Centro
Intercultural de Documentación (Cidoc). No fue así:
el crítico del llamado desarrollo económico
falleció en Bremen, Alemania, el 2 de diciembre pasado.
Fue congruente, dicen amigos y analistas, con su libro Némesis
Médica, donde advierte que las grandes potencias económicas
desarrollan enfermedades para mantener su hegemonía en el
mundo. Políglota --hablaba cuando menos 12 idiomas y lenguas--,
Illich no escondía su preocupación de que las sociedades
del mundo, imbuidas por la falsa modernidad, sufrían una
pérdida de la proporcionalidad en la búsqueda del
modelo perfecto de la reproducción del capital.
Illich, quien renunció a la Iglesia Católica luego
de compararla con la Ford Motor Company por ser otra burocracia
promotora de ese veneno llamado modernidad o desarrollo
y después de que el Vaticano prohibiera a religiosos participar
en el Cidoc, ejemplificaba la pérdida de la proporcionalidad
con la explotación comercial de cosas naturales.
Uno de los ejemplos mínimos es creer que sólo
el agua embotellada no está contaminada. Y esta necesidad
genera en el mundo ganancias multimillonarias capitalizadas por
empresas y gobiernos. Así la tesis de Illich de que la
corrupción de lo mejor es lo peor se sostiene como
una constante de la modernidad, dice Braulio Hornedo Rocha,
uno de los amigos y colaboradores del pensador nacido en Viena,
Austria, el 4 de septiembre de 1926.
Así como su pensamiento, Illich dejó una vasta obra.
Publicó en español 12 de libros (La sociedad desescolarizada,
La convivencialidad, Energía y equidad, Desempleo creador,
entre otros) y más de 50 títulos en otros idiomas,
además del millar de artículos para diversas publicaciones.
En las décadas de los sesenta y setenta la editorial Joaquín
Mortiz producía los libros de Illich. Al absorber a esa empresa,
la editorial Planeta decidió ya no publicarlos. Quizás
Editorial Planeta piensa que publicar contra la modernidad no es
negocio, sugiere Braulio Hornedo, quien informa que el Fondo
de Cultura Económica de Argentina lanzará una edición
de 2 mil ejemplares de Viñedo del texto.
Con Adolfo Castañón, director del Fondo de Cultura
Económica, hemos platicado sobre la posibilidad de reeditar
una serie de los libros de Iván. Todo depende de que la editorial
Planeta nos ceda los derechos, adelanta Hornedo Rocha.
Leer en estos tiempos a Illich es indispensable. Quienes quieran
conocerlo a través de sus obras sabrán que hace más
de 30 años había un hombre con dotes de santo, rebelde
y niño que previó lo que ahora estamos padeciendo:
el acrecentado capitalismo y la supuesta modernidad que arrasa con
culturas enteras, señala.
Illich había confirmado su participación en un coloquio
internacional celebrado en noviembre pasado en la Universidad Autónoma
de Morelos, pero su enfermedad se lo impidió. La institución
nombró doctor honoris causa al crítico de la modernidad
y pretende instaurar dentro de la Facultad de Humanidades la cátedra
Ivan Illich.
Rebelde
Fue un parto complicado. Era el primer embarazo de Helena, esposa
del ingeniero civil Iván Peter. Apenas lloró, los
doctores desahuciaron a Iván Illich. El recién nacido
fue llevado a la Isla de Brac y después creció viviendo
itinerante. Luego de huir de las tropas alemanas y de los aliados
de Estados Unidos, Iván llegó a los 15 años
a Italia, en donde pasó el resto de su juventud. En 1942
cursó la preparatoria en Florencia, en el Liceo Científico
Leonardo da Vinci.
Decide estudiar ciencias naturales con especialidad en química
inorgánica y cristalografía en la Universidad de Florencia
(1942-1945) y en la Universidad de Roma (1945-1947). Lo acompañó
el estigma de "raro" en esos años de estudiante,
por la descalificación permanente de muchos de sus maestros,
que --como los doctores en su nacimiento-- no le daban muchas esperanzas
para sobrevivir en la vida académica, de acuerdo con la reseña
proporcionada por Braulio Hornedo.
Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial estudió apasionadamente
filosofía de 1944 a 1947, obteniendo una mención summa
cum laude y de 1947 a 1951 teología (cum laudem) en la Universidad
Gregoriana, en Roma. Posteriormente obtuvo un doctorado en historia
(magna cum laudem) en la Universidad de Salzburgo. Poco después
comienza un posdoctorado o "habilitación" con el
profesor A. Auer; en la Universidad de Princeton, sobre el macro-micro
cosmos en Alberto Magno y sus discípulos.
Al iniciar la década de los cincuenta Illich ingresó
a la Iglesia Católica, al parecer destinado a la carrera
diplomática en el Vaticano por su desbordante talento. Sin
embargo, de 1951 a 1956 ejerció en los Estados Unidos como
sacerdote asistente en la Iglesia de Encarnación, Upper West
Side, Nueva York.
El suelo estadounidense, Manhattan, le depara otro destino a Illich:
se encontró con su amigo Jacques Maritain y con el jesuita
Joseph Fitzpatrick, que lo introdujeron a la problemática
de la comunidad de Puerto Rico. Ahí planteó que el
sistema económico se había apoderado de las escuelas
públicas para controlar el saber y para excluir a los pobres.
La educación escolar me parecía cada vez más
el ritual de una sociedad obsesionada por el progreso y el desarrollo,
un ritual que crea ciertos mitos que, a su vez, son requerimientos
para una sociedad de consumo, dijo en una entrevista a David
Cayley.
Condena de la Iglesia
Fue en Puerto Rico donde enfrentó conflictos políticos
por abrir espacios comunitarios a poblaciones y pobres. En 1961
llegó a Cuernavaca, ante la hospitalidad del obispo Sergio
Méndez Arceo. Aún sacerdote, en 1966 funda el Cidoc,
en donde conviven Gregorio Lemercier, Valentina Borremans, Feodora
Stancioff, Gerry Morris, Paul Goodman, Erich Fromm, Peter Berger,
Paulo Freire y el propio Méndez Arceo.Ellos hicieron
de Cuernavaca un epicentro de pensamiento religioso visionario y
avanzado, conocido mundialmente, refiere el sacerdote Baltazar
López Bucio, cercano a Méndez Arceo.
De las profundas y amplias discusiones de los intelectuales surgieron
los Cuadernos del Cidoc, pequeños volúmenes impresos
y encuadernados internamente con inaudita velocidad e independencia,
sin fotocopiadoras ni mucho menos computadoras e impresoras láser,
recuerda Hornedo Rocha.
También los primeros libros de Illich: La sociedad desescolarizada,
La convivencialidad, Energía y equidad, Desempleo creador...
Y así se fundamentó aún más la crítica
hacia la doctrina Truman --la idea del desarrollo económico
como un fin deseable y alcanzable-- instrumentada hacia América
Latina con la Alianza para el Progreso de la administración
de John F. Kennedy.
El Papa Juan XXIII ordenó a los obispos norteamericanos enviar
al menos 10 por ciento de sus monjas y sacerdotes como misioneros
para ayudar a modernizar la iglesia en Latinoamérica. La
burocracia de la Iglesia Católica es promotora de ese veneno
llamado modernidad o desarrollo, declaró Illich.
El Vaticano reaccionó virulento. En noviembre de 1967 envió
al Cidoc una comisión de la Congregación para la Doctrina
de la Fe --sucesora del Santo Oficio-- para explorar los servicios
ofrecidos por el centro y someter a Illich a un examen doctrinario
y de comportamiento.
El 25 de marzo de 1968 Illich envió a Guido del Mestri, delegado
apostólico en México, una carta en que lamentaba la
decisión del Vaticano de suspenderlo de la celebración
pública de misas, publicación de artículos
y conferencias públicas en materia teológica. Como
respuesta, el 10 de junio de 1968 Guido del Mestri comunicó
a Iván Illich que debía presentarse de inmediato ante
la Congregación de la Doctrina de la Fe para un interrogatorio
que por petición de Illich se realizó siete días
después por escrito. Fueron en total 85 preguntas.
Cuando regresó de Roma Illich envió el 24 de junio
una carta al obispo Méndez Arceo en la cual pidió
que le retirara sus licencias ministeriales. Quiero dejar
constancia una vez más de mi total sumisión al magisterio
eclesiástico, sumisión que se volvió más
absoluta y radical durante los últimos tres días en
Roma. Estoy y, con la ayuda de Dios, estaré siempre dispuesto
a firmar cualquier retractación pública que se me
pida, fundada en auténticas expresiones mías, y que
mis superiores juzguen que podría remediar algún daño
causado por cualquier expresión imprudente o errónea,
escribió el crítico del desarrollo.El 6 de septiembre
siguiente el arzobispado de Nueva York le autorizó vivir
como laico durante un año.
El 14 de enero de 1969 Illich envió a Méndez Arceo
su renuncia a la Iglesia. Aún sin respuesta a mi apelación
formal al Santo Padre del 22 de enero de 1968, ni a mi declaración
al cardenal Seper del 18 de junio de 1968, decidí renunciar
definitivamente a todo ejercicio de los privilegios y poderes que
me fueron conferidos por la Iglesia... En estos últimos meses
y años mi amor hacia la Santa Iglesia Romana se me hizo más
tierno y más profundo...
Ayúdeme a dar testimonio de estas actitudes. De mi absoluta
y rigurosa sumisión a las autoridades doctrinales... con
todas sus limitaciones, debilidades y anacronismos que pudieran
caracterizarla. De mi amor por la Iglesia como es, porque en sus
apariencias históricas reconozco la única presencia
propiamente sacramental del Señor entre nosotros. De mi aceptación
de las leyes canónicas de la Iglesia Romana. Es mi deseo
contribuir también a la renovación profunda de la
Santa Iglesia.
Cuatro días más tarde, el ex Santo Oficio le comunicó
a Méndez Arceo la proscripción del Cidoc.