A Ocho Columnas

2a quincena mayo 2008

AMILCINGO: romper el cerco de la marginación

Paulina Monroy / David Cilia, fotos / enviados

Internadas en la Escuela Normal Rural que lleva el nombre de quien acuñó la frase “Tierra y libertad”, Emiliano Zapata, las futuras maestras estudian mientras defienden la matrícula de 372 lugares, las 40 hectáreas que las albergan y dan mantenimiento a las herrumbrosas instalaciones. El cierre de la escuela es paulatino: menos presupuesto y menos lugares cada año

 

Amilcingo, Morelos. Frente a los árboles de higo, sentada en una banca, el sol le pega en la cara y Ana podría retratar esa frase escrita en un mural, del activista Vinh Flores: “Luchar por una evolución social no es un delito, es un derecho de todos”. Atrás, las estudiantes de la Escuela Normal Rural Emiliano Zapata cargan cubetas de agua para alimentar los retoños de la higuera, y Ana dice que todas vienen de comunidades donde domina la injusticia, hay despojo y hambre y la educación es sólo para hombres.


Ése fue el motivo –advierte– para estudiar la licenciatura en educación primaria y hacer la diferencia ahí donde más lo necesitan. “Vimos la marginación y la pobreza, cómo se nos robaban derechos. Vamos a abrirles los ojos no solamente a los niños, también a los padres de familia para que defiendan lo que por derecho merecen. Ser maestras no sólo para dar clases, sino para enseñarles a vivir”.
Año tras año velan porque la matrícula no sea disminuida, porque los apoyos lleguen a tiempo y se garantice ese derecho a la educación gratuita. Las normalistas aseguran que aunque “aves de paso”, durante esos cuatro años de estudio buscarán que mejoren sus condiciones para dejarle las puertas abiertas a las maestras que vienen detrás. Se trata, dicen, de seguir aquí.
La intención, desaparecer la normal


Cada ciclo escolar, las estudiantes de la Normal Rural Emiliano Zapata tienen que pelear porque se abra a tiempo la convocatoria y no se altere la matrícula, pues –aseguran– la intención del Instituto de la Educación Básica del Estado de Morelos (IEBEM) es quitarle lugares para entregarlos a la recién creada Escuela Normal Urbana Federal de Cuautla.


Lejos de los dormitorios permanece un cuarto desolado y húmedo. Cada que llueve, el agua se filtra en esa habitación que ocupa una sola alumna. Ese cubículo alojaría al grupo que en 2002 desapareció porque el IEBEM disminuyó la matrícula a 74, cuando llegaban a abrirse 100 lugares.
Ana y Valeria expresan que sí hay demanda de maestras en las primarias rurales de Morelos. Advierten que, no obstante se apunte que ellas ya no son necesarias, el analfabetismo y la falta de educación dicen lo contrario. Observan que los grupos son de hasta 50 alumnos en aulas pequeñas, espacio que califican de inadecuado.


“Dicen que para qué tener más desempleados, que ya no hay trabajo o plazas, que ya hay tecnológicos y universidades. Buscan crear técnicos, mano de obra barata. Al gobierno le conviene que la gente no esté educada, que se dedique a sus labores del campo y no sepa cuándo le están robando sus tierras, cuándo sus cosechas no reditúan”, señalan.


La cancelación de inscripción de alumnas de otros estados y la reducción de la matrícula costó una golpiza de granaderos en la plaza central de Cuernavaca en 1997. Otros movimientos más sucedieron en 1987 –cuando pasó de bachillerato pedagógico a licenciatura porque las autoridades no estaban dispuestas a pagar siete años de preparación normalista– y en 2000.
“Nuestra formación combativa nos ha traído problemas –admite Ana–; siempre se trabaja con el diálogo, pero cuando no hay solución buscamos el apoyo de la comunidad”.


Para el 22 de abril de este año se habían cumplido ocho días desde que las alumnas de esta normal rural decidieron irse a paro de labores. La razón fue que las autoridades, otra vez, se negaron a respetar los 375 lugares y pretendían reducirlos a 371. Además, hasta esa fecha la convocatoria para las aspirantes de nuevo ingreso –que debió ser publicada en la primera semana de abril y que ofrecería 75 becas más– no ha sido publicada.


Días antes, las jóvenes habían retenido autobuses y amenazaron con cerrar carreteras, si las autoridades continuaban soslayando sus peticiones. También solicitaron que los acuerdos se plasmaran por escrito.


No sólo hay bajas en la matrícula, sino en las plazas para quienes egresan de la normal rural y de las unidades de la Universidad Pedagógica Nacional. En 1993, por decreto presidencial, y a la par de la Ley General de Educación, se congelaron los lugares.


En el último mes, las alumnas de la normal también padecieron conflictos entre la planta docente, cuando cuatro maestros disidentes –quienes fueron sancionados y despedidos– desconocieron como dirigente sindical a Moisés Hernández Trejo y le impidieron la entrada a la institución. La sección 19 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y el IEBEM convinieron restituirlos a cambio de permitir la entrada a Hernández Trejo. El incidente retrasó el calendario escolar de las estudiantes.
“Nosotras exigimos nuestro derecho, la educación gratuita, como lo dice el artículo tercero (constitucional)”, concluye la estudiante. Para rechazar los calificativos de “conflictivas” que les endilgan autoridades, en la pared se pueden leer las calificaciones del grupo, que no son menores a nueve.


Raíces de la lucha
A siete kilómetros de Amilcingo, está la normal rural más joven, la última que se abrió en el país y en sus muros sigue latiendo el espíritu que la vio nacer, el mismo que llevó a la muerte a su fundador y luchador social, Vinh Flores Laureano.
Convencidos también de que la educación debía llegar a quien más lo necesitaba, Eva Rivera, Benedicto Rosales y Nabor Barrera apoyaron al maestro. Se les puede ver retratados en un mural que adorna al comedor: sobre el pueblo pintado a las orillas del volcán, vigilantes.


Fue la comunidad de Amilcingo quien peleó más férreamente porque se abriera la normal rural. Incluso en sus calles se dieron las primeras clases. El gobierno no pudo evitar las marchas, plantones, bloqueos y enfrentamientos con policías y militares.


Contrario a la política del expresidente Luis Echeverría de eliminar las normales rurales –para entonces se habían cerrado 14–, en 1974 fue fundada la Escuela Normal Rural Emiliano Zapata mixta, gracias a la donación del terrero hecha por habitantes de Amilcingo. Con la lucha también se alcanzó la edificación de una Escuela Tecnológica Agropecuaria, la federalización de la Escuela Normal Urbana de Cuautla y la formación del municipio de Temoac.
Debido a que la demanda era mayor entre las mujeres, al año se convirtió en bachillerato para señoritas y en 1987 se abrió la licenciatura en educación primaria. Pese a lo logrado, Vinh Flores Laureano y Benedicto Rosales fueron asesinados en 1976; tres años después, Nabor Barrera.


Para la estudiante Claudia Jazmín López, luchan porque esos ideales no decaigan y la normal Emiliano Zapata permanezca. Confía en que, con organización, se puedan crear nuevas, pues todavía existen jóvenes sin posibilidad de continuar con sus estudios.


Las estudiantes se organizan en carteras: finanzas, dedicada a administrar los recursos; asuntos académicos, que es la conexión con los profesores; acción social se encarga de eventos y actividades; raciones, de los alimentos; relaciones exteriores, que es el enlace con asociaciones. También en comités como el de Orientación Política e Ideológica –que asiste a las interesadas en formación política– y el Comité de Lucha, encargado de organizar protestas, marchas, boteos y manifestaciones.


En cinco ejes –educativo, político, campo, deportivo y social– las estudiantes se forman durante cuatro años. Actividades como básquetbol, voleibol, futbol, danza folclórica y música se imparten por las tardes. En tanto, los fines de semana se organizan en guardias para cuidar la escuela. Debido a la intención de debilitar a la normal, las alumnas temen que de dejarla, la cierren. Durante los que serían sus días de descanso, las estudiantes realizan, además de sus actividades diarias, jornadas culturales y de higiene en las comunidades aledañas, como barridos de calles.


Acabar con la educación normal es privarlas de la única oportunidad que tienen de estudio, dice Jazmín Cedillo. De no haber ingresado a la licenciatura en educación primaria, Jazmín trabajaría todavía como empleada doméstica para ayudar a la economía de su hogar.


Originaria de Tenancingo, Estado de México, proviene de una familia de siete. Su padre, campesino, y su madre, ama de casa, apenas “van con el día”. Todas hermanas, de cinco, sólo dos están estudiando en normales rurales. La docencia la escogieron porque además de ser su vocación, fue la única oferta de estudio gratuita. Sin haber sido aceptada una primera vez, Jazmín se ganó su lugar y ahora cursa el segundo semestre.


“Estudiamos –asegura Jazmín– para ser maestras rurales. El sentido es ayudar a las comunidades que más nos necesitan”. Sobre qué le depara el futuro, la normalista responde que enseñar y aprender, porque desea seguir preparándose.


Apenas están brotando los higos. La tarea de sembrar se había perdido, de no ser por los limoneros “mal atendidos” por la dirección. Ahora ellas se encargan de la tierra. Revivir los modos de producción se hace necesario, para preservar la actividad que defienden las normales. Hijas de campesinos se entregan a la agricultura. Además, les significan un ingreso extra. Así, lo más sensato fue producir higos, pues en Amilcingo se fabrican dulces.


Recursos exiguos
Recorta las monedas de papel que ya trazó en el cartón. Falta poco para que comiencen sus actividades diarias; antes de las siete de la mañana hay que asear dormitorios, patio y baños. Valeria sigue despierta, elaborando el material que va a repartir entre los que serán sus alumnos por una semana. Tercer y segundo grado van a dar clases. Por cada asignatura, deben preparar actividades y presentar su plan a los docentes.
La enseñanza –exponen las estudiantes– debe ser significativa para compensar la falta de material y el bajo nivel educativo de los niños. Y es que en las primarias únicamente tienen Enciclomedia y los programas de estudio para enseñar. Lo demás –el material didáctico– debe ser pagado y realizado con el limitado presupuesto de las estudiantes.


Al mes, las 372 alumnas reciben 50 pesos para gastos personales; 10 más cada dos meses para artículos de higiene. No obstante, esa beca llega con retrasos de hasta tres meses. Incluso –denuncian– han ocurrido desvíos desde la dirección administrativa. En tanto, al día, el IEBEM gasta por cada una 42 pesos para cubrir desayuno, comida y cena.


El club de danza folclórica ha reunido dinero para comprar su vestuario y zapatos; ellas mismas arman sus coreografías. Ensayan para las fiestas de aniversario de las normales rurales. Quieren lucirse y por eso le dedican sus tardes al baile. También el equipo de futbol espera se les entreguen apoyos para comprar sus uniformes para los eventos de exhibición y los partidos.
Según el artículo “Treinta años de la normal rural Emiliano Zapata de Amilcingo, Morelos”, publicado en enero de 2005 en el portal de la asociación civil Observatorio Ciudadano de la Educación, por Ricardo Amann Escobar, el IEBEM aduce gastar 12 mil pesos por alumna y que el presupuesto anual de la normal es de 47 millones de pesos; sin embargo, parece imposible con las malas condiciones del internado.


El proyecto de Lázaro Cárdenas era acercar la educación al campo. Por eso ser hijas de padres con bajos recursos es requisito para entrar a la normal Emiliano Zapata. Para comprobarlo, las estudiantes realizan el estudio socioeconómico a cada solicitante. El gasto para lograrlo también deben cubrirlo, porque el IEBEM se los niega.


El 30 por ciento de la matrícula está reservado para quienes provienen del los estados de México, Guerrero, Puebla, Oaxaca y Veracruz. En las dos primeras, las normales son exclusivas para hombres, y en Veracruz no existe normal rural. “Ya que la educación se privatiza –reflexiona Ana– y que las autoridades aseguran que la licenciatura está saturada, cierran escuelas y por eso acuden a ésta”.
Y si ocurre una emergencia sin que directivos o enfermeras estén presentes, el consejo estudiantil debe hacerse cargo de trasladar a la paciente a la clínica más cercana. Antonia comenta que deben pagar esa atención, que resulta costosa, pero “como representantes estamos para defenderlas”.
Así también están para hacer pliegos petitorios y exponer las demandas de las alumnas. Hace un año que solicitaron se les entregaran colchas nuevas para sus dormitorios, y apenas las escucharon. También les entregaron pintura, pero, aclaran, no llega en su totalidad lo que se le pide al IEBEM.


Instalaciones en deterioro
El campo de futbol está sobre un terreno agreste. La hierba y las piedras entorpecen el camino a las porterías que sostienen un par de maderos. El equipo no puede practicar ahí, así que una vez a la semana se trasladan a otras instalaciones en Amilcingo.
Desde 1974 –año en que se fundó la normal– no se han completado las tres etapas de construcción: la académica, la asistencial y la deportiva. De 40 hectáreas, sólo la tercera parte está construida. Además, apagones y fugas de agua son frecuentes. De hecho se fueron a paro laboral en demanda de que se arreglara la bomba que suministra agua.


Armando Martínez Delgado –maestro de matemáticas– les explica a las alumnas de primer grado la importancia de relacionar la lección con la realidad del niño: hablarle de dulces cuando se suma y se resta.
Las jóvenes le dan vuelta a la página y leen las conclusiones, pero no de un libro, sino de un volumen de copias. “No hay suficientes guías de la SEP –lamenta el profesor también egresado de una normal–, dicen que por falta de presupuesto y porque no han sido reimpresos”.


La lucha por hacerse de recursos es constante. Sólo porque insistieron, desde hace un mes gozan de computadoras. Son escasas, ni siquiera llegan a 20.
Aunque han sufrido robos, no se les ha podido dotar de mayor iluminación. Hace poco instalaron lámparas; sin embargo, son escasas para la ENR que está ubicada a un costado de la carretera y que es cuidada por un solo guardia. Por eso, están solicitando electrificación de las bardas.


En los dormitorios se observa la humedad de las paredes, también requieren de impermeabilización. Las fugas de agua en los baños son comunes. La normal más joven no ha recibido mantenimiento desde hace 34 años. Si se mantiene en pie sigue siendo por la voluntad de sus alumnas.

 

 

Revista Contralínea / México

Fecha de publicación: 15 de Mayo de 2008 | Año 7 | No. 102

 

 

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