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Internos de los reclusorios varonil Oriente y femenil Santa Martha comparten sus sueños con El Quijote, de Cervantes, quien escribiera por lo menos dos terceras partes de su obra en prisión. Con la escasez de espacios y presupuesto para programas culturales al interior de las cárceles, se violan derechos fundamentales de quienes sortean la pérdida de libertad y buscan readaptarse a la sociedad
Alba Martínez / David Cilia, fotos
Los semblantes se esfuerzan en alcanzar una digna actuación. Las manos se juntan de vez en vez. Los músculos se tensan. Hombres y mujeres comparten un dolor que reconocen insufrible: su ausencia, su reclusión; al mismo tiempo, la emoción de estar juntos y suspirar por su libertad.
Sus miradas retratan más que un dejo de esperanza: el consuelo hacia los compañeros que no saldrán. “¡Lograr, no importa el esfuerzo, no importa el lugar!”, cantan al unísono y entrelazan sus manos quienes nunca antes habían aprendido a cantar, bailar y actuar.
Son imágenes del montaje teatral Don Quijote, un grito de libertad que, desde mayo de este año, internos de los reclusorios varonil Oriente y femenil de Santa Martha ensayan una vez por semana en el auditorio del Reclusorio Oriente. La puesta en escena es parte del Proyecto IntegrArte y de la asociación civil Fundación Voz de Libertad.
A partir de 1999, el director de teatro Arturo Morell difunde la cultura penitenciaria como forma de integración social de las personas privadas de libertad. Además de Don Quijote, también ha montado Festival de Pastorelas. Bajo condiciones adversas, el artista intenta sensibilizar no sólo a actores noveles, reclusos, sino a las autoridades y a la sociedad.
En la fundación colaboran psicólogos y sociólogos que tienen el propósito de diseñar programas que correspondan a las circunstancias de los presos. “La actividad cultural no está especializada y mucho menos cuenta con recursos. Sin embargo, consideramos que es de las mejores herramientas de readaptación social, porque el ser humano cambia a través de su transformación interior. Buscamos hacer catarsis grupales e individuales”, subraya Morell.

En enero de este año, la Asociación Mexicana para las Naciones Unidas (AMNU) emitió el estudio Barómetro Local, una silueta del debido proceso penal en Chiapas, Distrito Federal, Durango, Morelos y Nuevo León. Encontró que “no es difícil concluir que donde derechos tan importantes como la libertad y la integridad personal no están garantizados, difícilmente lo estarán otros derechos y libertades, como la libertad de expresión o los derechos sexuales y reproductivos”.
La capacidad penitenciaria registrada en el Distrito Federal es de 18 mil 340 internos; sin embargo, son 32 mil 20; así, el índice de ocupación es del 175 por ciento en la entidad. El Reclusorio Preventivo Oriente ocupa el segundo lugar de población penitenciaria con 9 mil 449 reclusos. Su índice inicial era de 4 mil 506 internos, lo que representa un incremento de 210 por ciento de su ocupación, revelan cifras del análisis.
El Diagnóstico sobre la situación de los derechos humanos en México, preparado por la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en nuestro país, acentúa que, pese al reconocimiento formal de los derechos civiles y políticos, las garantías no se cumplen.
De los 11 mil internos que la dirección del Oriente registra, sólo 150 hombres participan en teatro; de las mil 600 internas de Santa Martha, 20 también colaboran. Y es que, para las últimas representaciones se logró que las “chicas” fueran trasladadas y compartieran algunos ensayos con los “chicos”. Con la cercanía entre reclusorios, el Oriente resulta ser la opción para conformar un foro de arte y reintegración social entre hombres y mujeres.
Antes, Don Quijote fue montada en los reclusorios de Morelos, Tlaxcala y Querétaro. Respecto al tema, el también abogado Arturo Morell, reconoce que “no hay un criterio homogéneo de readaptación social y de administración penitenciaria. En México tenemos uno para cada estado y hasta por centro de reclusión”.
Engels López Barrios, director del Reclusorio Preventivo Varonil Oriente, considera que este proyecto de integración social es parte del trato distinto que los internos deben tener desde el punto de vida humano. “Entendemos que es importante inyectar cultura, que la readaptación existe, pero hay que echarla a andar”.
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Los molinos de viento
La realidad no es igual para los otros nueve reclusorios que el Gobierno del Distrito Federal administra: Sur, Norte, Centro Varonil Santa Martha Acatitla, Penitenciaría de Santa Martha Acatitla, Centro Femenil Santa Martha Acatitla, Centro Varonil de Rehabilitación Psicosocial, Centro de Ejecución de Sanciones Penales Varonil Norte, Varonil Oriente y Centro Femenil de Readaptación Social.
El total de actividades culturales, deportivas y recreativas registradas en los 10 centros en el primer semestre de este año es de 38 mil 40. Destacan pastorelas, concursos musicales, certámenes literarios, miniolimpiadas, maratones, eventos especiales deportivos. El registro de participantes, no de internos, es de 4 mil 848, indican cifras de la Dirección General de Prevención y Readaptación Social del Distrito Federal.
Dinorah Barrera, responsable de las actividades culturales, deportivas y recreativas, y Javier Valverde, subdirector, ambos de la DGPRS están de acuerdo: “Aquí todo es de gorra y se hace lo que se puede. No hay condiciones o son desgastantes. No hay programas oficiales y sustentables de desarrollo cultural”.
En pasadas ocasiones, la Secretaría de Cultura del Distrito Federal –a través del programa Arte por todas partes– y el área de vinculación del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes apoyaron en la difusión y presentación de grupos artísticos que visitaron los centros.
La comunidad civil aún apoya de manera altruista a algunos creadores en reclusión –aproximadamente 20 en labor creativa– que cuentan con exposición y venta de piezas en universidades y centros culturales del Distrito Federal. Los ingresos se destinan al artista a través del área de Industria Penitenciaria de la misma dirección.
Ambos funcionarios reconocen la imposibilidad para desarrollar programas culturales debido a que la población interna ha rebasado la capacidad del inmueble, no hay áreas disponibles y no se asigna ningún presupuesto para tales fines. Los internos “aprecian a quienes les llevan muestras artísticas –danza, teatro, música, cine y deportes–, pero todo es por medio de donaciones de organizaciones civiles, delegaciones y ellos mismos”.
En el sistema penitenciario las reglas son estrictas y las prioridades también: el alimento y la seguridad. “Que no se maten unos a otros y que no se dañen a sí mismos”. En los centros de reclusión, cuando llegan épocas de depresión, “hay que buscarles actividades deportivas, recreativas para que se distraigan. Así se evitan irritabilidad, suicidios, problemas”, admiten los funcionarios.
Para quienes administran estos centros, las visitas los martes, jueves, sábados y domingos tienen como prioridad la seguridad. Más difíciles, los días 24 y 25 de diciembre, cuando se montan las tres guardias al tiempo para permitir la entrada de hasta 25 mil visitantes. En suma, casi 35 mil personas se encuentran en cada centro.
Por si fuera poco, en época invernal se incrementan las incidencias: “chispazos” debido a las afectaciones en el estado anímico de los internos; tendederos de colchas al aire libre en “Las Cabañas”, y “promiscuidad y enfermedad por falta de espacios” en el área de “Las Íntimas”, reconoce la titular.
Respecto a las diversas recomendaciones de organismos de derechos humanos, los funcionarios concluyen: “lo que se debería hacer es exigirles a los jueces y a los legisladores que modifiquen las leyes para poder dar otras alternativas de sanciones a delitos menores”, así se reduciría el hacinamiento en las prisiones que en casos extremos confinan hasta a 50 internos en una celda. “En ocasiones, un custodio a cargo del cuidado de 10 a 15 internos, acaba hasta con 300”, puntualiza Javier Valverde.

La aventura de los disciplinantes
Durante el recorrido en “El kilómetro”, por donde pasan los comisionados, las miradas de internos se fijan en los extraños, inquieren. La cerca divide a quienes portan colores de los que ahora sólo se atavían con el beige. El tiempo transcurre acelerado para algunos, y monótono para quienes no apresuran su partida; sólo la luz y su ausencia dictan el transcurrir de sus actividades.
Las puertas de auditorio se abren. El espacio es confortable y no así la sensación; la sorpresa, inmensa. De un costado del escenario las miradas aparecen concentradas en su papel. Es una marcha de 170 internos que se acompañan de música y canto vivo.
Una voz destaca e irrumpe en la función. Es el director –al que llaman “El Alquimista” – quien reprende la pasividad y motiva la pasión. La ausencia de vigilancia y armas muestra que ninguna hace falta para enfrentar la causa con la que él se comprometió para dignificar la vida de quienes han perdido su libertad. “Es una cárcel adonde encuentras todo tipo de personalidad”, dice.
La expresividad de Sara, que a momentos pretende pasar desapercibida, la delata. Respecto al proyecto opina: “Va más allá de la cultura. Nos ha acercado más a los compañeros y entre nosotras también. Traspasa los muros y las atalayas”.
Ellos, novatos actores y músicos, comparten el escenario. Algunas de las mujeres de Santa Martha visten de azul. Ésa es su distinción, unas continúan en proceso y otras ya han sido sentenciadas.
“Mi experiencia más grata es poder convivir con otras personas. Darnos cuenta de la riqueza humana que hay en cada uno”, opina Fernando.
Respecto a los vestuarios y coreografías, el director comenta que en su elaboración participan todos: cosen, clavan, pintan y demás. “La pérdida de libertad genera estrés”. Asimismo, considera que para los internos vestirte de un solo color les nulifica la personalidad.
El flamenco invade el lugar, a mitad del escenario, Ivonne baila a dúo y se regocija de emoción. “La cuarta pared no faltaba; yo estaba impresionada y lloraba cada vez más. No sabía que sabía bailar, cantar y actuar”.
Arturo Morell dice que el acceso a la cultura es un derecho humano. “A los internos les puedes privar de los derechos civiles, pero no de los derechos humanos. Y más bien pareciera que no se castiga el delito, sino la pobreza”. El director también reconoce que las cárceles son bombas de tiempo que si no se trabajan conjuntamente entre la sociedad, la autoridad y la comunidad artística “se tendrá un efecto expansivo enorme”.
—¿Qué les otorga esta experiencia a sus vidas?
—Nos reconocemos a nosotros mismos con una gran capacidad, paciencia y tolerancia –dice Armando.
Morell reconoce: “Yo no garantizo que la gente que saliendo ya no cometa un delito, pero sí lo va a pensar dos veces”.
—¿Pudo haberlos cambiado Don Quijote, un grito de libertad?
—Somos lo que somos: ladrones, asesinos y una que otra ramera –ríen–, como dice la obra. Me he impulsado. Sé que saldremos y seremos personas diferentes –se expresa, convencido, Pascasio.
El director se dirige a ellos –mientras nadie puede creer que ésta es la cárcel–, “es difícil no sentirse orgulloso de ustedes. No se abandonen, aunque todo les diga lo contrario”, les dice con la voz entrecortada y lágrimas en sus ojos.
El protagonista, el Cervantes del Oriente, concluye: “Desde nuestra aprehensión empezaron a mocharnos un poco la sensibilidad que cada uno de nosotros guardaba. Al estar en este lugar es bien difícil lograr que alguien pueda abrir la mente y el corazón. Eso se ha hecho aquí”.
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Revista Contralínea
México
Fecha de publicación: Enero de 2008 | Año 5 | No. 93
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