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Abel Barrera Hernández*
En
En contrapartida, la
guerra contra las drogas y el terrorismo ha dado pie para que el gobierno de
Estados Unidos continúe con sus planes injerencistas a través de programas bélicos encubiertos, como la nueva Iniciativa de Mérida,
que contempla una ayuda de 500 millones de dólares para la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado, que en realidad es una propuesta guerrerista contra el terrorismo y la población
emigrante, al empeñarse en sellar sus fronteras. Lo mismo que sucedió con el
Plan Colombia: en México se quiere implantar un modelo de intervención militar
disfrazado de apoyo económico y tecnológico.
A nivel interno, el
Ejército Mexicano no sólo goza de la simpatía y el apoyo financiero del
ejecutivo federal, sino que se pasea con él y lo presenta como el baluarte de
la democracia neoliberal. Sin detenerse en sopesar los riesgos que implica la
incorporación del Ejército en asuntos civiles, le sigue asignando funciones metaconstitucionales al depositar su confianza para que
tome el mando de la seguridad pública y la procuración de justicia, expandiendo
impunemente el fuero militar al ámbito civil.
Por su parte,
La injerencia indebida
del Ejército en investigaciones de civiles ha propiciado un etnocidio jurídico entre los pueblos indígenas, que es consentido y avalado por
las mismas autoridades que procuran y administran justicia, al no
proporcionarles garantías de acceso efectivo al sistema de justicia estatal. La
ley mestiza no sólo discrimina a la población indígena que se expresa en su
propia lengua y que cuenta con otro sistema normativo, sino que la cataloga
como cómplice de la insurgencia armada y como productora de amapola.
La declaración de guerra
del gobierno contra la guerrilla y el narcotráfico se ha traducido en una
invasión permanente del Ejército a los territorios indígenas; en una
intromisión violenta a su vida comunitaria y en una agresión sistemática contra
sus líderes y contra las mujeres.
En Guerrero, con este
ambiente belicista en las regiones indígenas, se han podido documentar seis
casos de mujeres que han sido violadas por militares, sin que hasta la fecha
las autoridades civiles hayan investigado y procedido penalmente contra los
responsables.
El 3 de diciembre de 1997
en un paraje de Zopilotepec, municipio de Atlixtac, ubicado en
En Barranca Bejuco,
municipio de Acatepec, la indígena me’phaa Valentina Rosendo Cantú, de 17, años fue también
violada por varios elementos del Ejército cuando lavaba su ropa, el 16 de
febrero de 2002. En Barranca Tecuani, municipio de Ayutla de los Libres, Inés Fernández Ortega, indígena me’phaa de 27 años, fue violada por varios militares que
entraron en su casa, con el pretexto de que su esposo se había robado una vaca.
La prueba burda era la carne que se encontraba tendida en el patio y que la
estaban oreando.
Sólo Valentina e Inés se
han mantenido en pie para exigirle al Estado mexicano que atienda su denuncia y
que ponga en el banquillo de los acusados a los militares violadores. Nada ha
pasado a lo largo de estos cinco años; por el contrario, el gobierno sigue
protegiendo a los militares al permitir que los dos casos se investiguen en la
procuraduría de justicia militar, fungiendo a la vez como juez y parte y
decretando con ello la impunidad.
A pesar de la total
indefensión y de los grandes riesgos que corren, es admirable el afán de
justicia que mantienen Valentina e Inés. Su valentía y tenacidad se
transformaron en las grandes virtudes que han logrado colocar en el banquillo
de los acusados al Ejército Mexicano en
Este pasado 12 de octubre
en Washington, D.C., el gobierno mexicano quedó evidenciado y desarmado
jurídicamente ante los comisionados, cuando Inés y Valentina le espetaron en su
idioma me’phaa “no somos delincuentes, ni sembramos
droga, a nosotras nos violaron los guachos y queremos justicia”. La delegación
mexicana enmudeció mientras Valentina e Inés recibían el saludo solidario del
presidente de
Revista Contralínea
México
Fecha de publicación: Noviembre 2a quincena de 2007 | Año 5 | No. 91
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