Tan joven y con tan profusa producción, lo esperable es que evidenciara el parentesco con su padre, Efraín Huerta, el bienamado Gran Cocodrilo al que nunca he sabido por qué le decían así. Efraín hacía una poesía directa, aparentemente fácil, aunque los entendidos saben que tiene varias lecturas.
Las semejanzas con Efraín fueron más bien políticas, pues en el hijo está presente la rebeldía contra la injusticia y la identificación con las causas de izquierda. Pero hasta ahí, pues en la poesía David optó seguir otro camino y asumir plenamente sus riesgos. Su lírica está lejos de los registros paternos y con frecuencia constituye todo un reto para el lector, aun para el más avezado. De ahí que su libro mayor, Incurable, haya merecido duras opiniones de una crítica desconcertada que en algunos casos juzgó a la ligera ese libro difícil, sí, pero clave en la producción del poeta.
David ha sido becario del Centro Mexicano de Escritores, del Sistema Nacional de Creadores de Arte y de la Fundación Guggenheim; ha recibido los premios Diana Moreno Toscano, Carlos Pellicer y Xavier Villaurrutia, y los premios, como bien se sabe, no hacen mejores a los hombres de pluma, pero qué agrado da recibirlos.
Recientemente apareció un pequeño gran libro de David Huerta: El correo de los narvales (Ed. Acrono, 2006), donde reúne tres conferencias que leyó en la sala Ponce de Bellas Artes en el centenario de Pablo Neruda. Un cuarto texto, también dedicado y dirigido a Neruda, es otra conferencia, pero diferente a las anteriores, pues está en verso. Es un poema compuesto por mil endecasílabos en los que Huerta, dominador de los géneros, aguza el oído y despliega su nada corta imaginación y su amor decisivo, vital, por la poesía. Pero dejemos la palabra al poeta:
El poema te explora, te modela
en su torno alfarero; te encarcela
en su espaciosa claridad y escribe
dentro de ti, cautivo, libertades
de aire fugaz y estricto; a la intemperie
deja en tus manos y en tu cara el rastro
de las voces que entregan su secreto
a tu voz y a las letras resonantes.
El poema y su sombra son tú mismo
pero en sus vértices de líneas puras,
algo hay que no se dice, una luz tenue
que escapa siempre y, siempre, a ti retorna:
es algo poderoso y sustantivo
una suscitación, caudal de heridas,
gozo de cada cosa que escuchabas
depositarse en el contorno esquivo
de las presencias y de los fenómenos.
Preguntamos su nombre y no lo dice:
el mundo lo recoge y lo transforma
para después, idéntico y mudable,
devolverlo a la flor, al fruto, al valle
en donde el río del tiempo y la materia
te lo dará con su misterio a cuestas.
Publicado: Mayo 1a quincena de 2007 | Año 5 | No. 78
| Palabras en este texto: |
| Humberto Musacchio, David Huerta, Efraín Huerta, Centro Mexicano de Escritores, Sistema Nacional de Creadores de Arte y de la Fundación Guggenheim, centenario de Pablo Neruda. |
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