Pillado en una precipitada sentencia, donde más intencionalmente que por omisión había dejado de lado pruebas (que ahora por segunda ocasión tomó en cuenta para más de lo mismo: ignorarlas), fue obligado a reponer el procedimiento y ya entrado en gastos para no dar marcha atrás, el C. Juez de la causa civil, Miguel Jiménez Mora, repitió, palabras más palabras menos, su sentencia contra la revista Proceso y la reportera Olga Wornat, convirtiendo a Mart(h)a Sahagún en potencial dueña de un botín por casi dos millones de pesos, como precio a un “daño moral” que sólo existe en la pretensión de la demanda contra la libertad de prensa y, “jalada de los pelos”, de los elaborados criterios del juzgador para mantener su opinión judicial favorable ya dos veces en la misma instancia.
Jiménez Mota debía ser sometido a una severa investigación por su parcialidad y notoria prisa por resolver un conflicto donde el medio de comunicación y la periodista son a todas luces víctimas del abuso del poder de Mart(h)a y su cómplice en la maniobra, el señor Fox. Simplemente se le ordenó tomar en cuenta las pruebas que faltaban por desahogar que, finalmente, no fueron debidamente valoradas, porque el titular del Juzgado Duodécimo de lo Civil ya había tomado su decisión contra el derecho a informar y a publicar escritos sobre cualquier materia.
El foxismo y Mart(h)a han dejado una estela de abusos e impunidad contra la prensa escrita, a la que persiguieron con sus ataques, burlas y falsas acusaciones. El mismo Fox azuzando a su cónyuge, para enseñar los dientes contra periodistas que le desagradaban (hablando al oído y ablandando a editores que cumplieron los deseos de ella). Su odio a la prensa escrita, donde la información y la crítica pusieron al descubierto la vida pública, demasiado pública de la “pareja presidencial” y sus enredos, escándalos públicos, sobre sus respectivos divorcios y vidas privadas abiertas por ellos mismos a la opinión pública, hizo que el abuso del poder presidencial se cebara en el periodismo impreso que ha culminado en un presunto “daño moral” donde los dos nunca tuvieron moral pública para ejercer un poder público que dañaron hasta la ignominia.
“Vivimos tiempos extraños”, concluye su ensayo Denis MacShane, analizando y criticando el sombrío panorama europeo contra las libertades (digo yo: democráticas y republicanas), centradas en la libertad de expresión: “en un momento en el que (deberíamos) estar defendiendo la libre expresión, resulta difícil creer que unos políticos traten de convertirla en delito” (El País: 21/X/06). En nuestro país pasa igual: se ha desatado una feroz persecución contra quienes ejercen esas libertades y sobre todo contra la libertad de publicar escritos sobre cualquier materia. Y el foxismo es el que más se ha distinguido por la infamia de disfrazar sus perversidades a través de inquisiciones judiciales, a sabiendas de que no pocos jueces están dispuestos, por los más diversos intereses, a servir a los que abusan del poder.
El juez de Mart(h)a, que dos veces en la misma instancia, contra la más elemental justicia procesal, resultó ganadora de un botín por casi 2 millones de pesos para satisfacer su “daño moral” festinándolo también dos ocasiones, ha infligido a las libertades constitucionales de prensa un muy grave revés. Vivimos, pues, tiempos extraños.
En el país de “foxilandia” imperó la divisa, según escribió Lewis Carroll: “de saber quién manda. Eso es todo”. Y por seis años mandó Mart(h)a.
Publicado: Noviembre 2a quincena de 2006 | Año 5 | No. 68
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