El reto de la transición política por la que atraviesa el país es transformar a una institución como el Ejército en un ente más transparente y eficaz, pero el problema, dice el investigador Guillermo Garduño, es que se desenvuelve en una “autonomía relativa que las hace considerarse como un estamento que establece subordinación de acuerdo con jerarquías, valores y símbolos propios”.
En su trabajo de tesis doctoral El Ejército Mexicano, Organización y Estrategia, Garduño sostiene que “un problema central de los ejércitos contemporáneos entre los cuales no se excluye el de México, es el de la transición de los sistemas autoritarios a la democracia”.
El estudio del académico de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Iztapalapa, experto en asuntos militares, aborda uno de los temas fundamentales que el Ejército Mexicano se ha negado a enfrentar: los cambios a que le obliga la transición. “En estos problemas radica su capacidad de supervivencia para enfrentar el cambio”, dice Garduño en su texto.
“En América Latina es evidente que los militares no pueden acudir al golpe de Estado, sino que requieren responder a la convocatoria de la sociedad y ascender bajo procesos democráticos, como el caso de Bolivia y Venezuela y, por tanto, asumir las consecuencias de sus actos, aunque se resistan a ello”, señala el investigador en referencia a las nuevas actitudes de los militares en las que el autoritarismo hacia el exterior de la institución armada ha cambiado ante las nuevas demandas sociales.
“Hoy día el proceso está en marcha. La democracia contra la visión simplista del pasado no es un proceso irreversible, en muchos casos las transiciones han sido la base sobre la cual se han renovado los autoritarismos y en más de uno la democracia ha creado las condiciones de ingobernabilidad que hacen que el electorado decida en favor de los enemigos de la propia democracia”, escribe Garduño.
Y añade: “La visión simplista supone que con la crisis del Estado los militares son la única estructura capaz de remontar dicha crisis, pero la realidad nos muestra que la crisis del Estado va acompañada también de una crisis de las fuerzas armadas, por ello un ejército producto de una paz prolongada es inútil en tiempos de guerra”.
Garduño alude a la resistencia al cambio por parte de los generales, no obstante los procesos democratizadores y de apertura. “La comprensión de estos procesos por parte de algunos militares no implica que la institución castrense advierta los cambios de inmediato”.
La resistencia obedece a los principios rectores y fundadores del cuerpo militar, argumenta el investigador. “En el fondo, toda estrategia está penetrada por el marco de las condiciones objetivas y subjetivas que posibilitaron su construcción y no es ajena a ellas la estructura militar”.
Pero la estrategia de vinculación social como mecanismo de sobrevivencia tampoco es ajena al Ejército y los ejemplos históricos demuestran cuán equivocado estaría un cuerpo militar al ignorar esta relación con la sociedad. “Baste recordar que el ejército soviético terminó disolviéndose 74 años después de que había logrado alcanzar el poder mediante una revolución. Así de endeble es todo poder que se desvincula de una sociedad que ha cambiado radicalmente y no responde, por tanto, a los signos de la vieja dominación”.
Autonomía inquietante
La subordinación del Ejército Mexicano a los poderes del Estado no está exenta de una autonomía que le ha permitido a las fuerzas armadas desenvolverse con una discrecionalidad que choca con la apertura democrática.
“En una sociedad las fuerzas armadas representan a la institución encargada del ejercicio de la violencia legítima. Como tal, en vastos períodos históricos las fuerzas armadas han estado subordinadas al Estado nacional, pero guardan una autonomía relativa que las hace considerarse como un estamento que preserva para sí su información y establecen subordinación de acuerdo con jerarquías, valores y símbolos propios”, establece Garduño en su estudio.
Guillermo Garduño identifica y analiza en su estudio los elementos que han limitado históricamente los cambios estructurales en el Ejército dentro del marco de la transición política por la que atraviesa el país.
El primer límite identificado por el autor de El Ejército Mexicano, Organización y Estrategia “es que estamos frente a una organización histórica que representa un factor real de poder, la cual preserva su información tanto por razones estratégicas como para mantener su incidencia en la conformación de una estructura de poder”.
Sigue Garduño: “Cuando se escribe sobre la transición desde el presente, no podemos anticipar la resultante. De ahí la necesidad de ponderar los factores a ser analizados con la información disponible, pues se corre el riesgo de que estos hayan perdido o aumentado su importancia inicial o de que no se consideren factores emergentes”.
“Siendo las fuerzas armadas las depositarias de la violencia legítima del Estado, el análisis de la institución no sólo no es ajeno a lo político, sino es consustancial al mismo”, señala el investigador.
Y añade: “De ahí la necesidad de eliminar el supuesto apoliticismo de la institución o de considerarla como si se tratara de una estructura subalterna.
“Al mismo tiempo, las fuerzas armadas no son un núcleo homogéneo, por lo tanto, sus rotaciones de mandos significan orientaciones distintas en materia de toma de decisiones, a la vez que la conformación de las diferentes armas que integran su estructura puede asumir comportamientos distintos frente a una misma situación.
“Esta condición abre paso a un control limitado de las diferentes fuerzas por parte del Ejecutivo”, concluye el investigador de la UAM Iztapalapa, Guillermo Garduño.
Publicado: Contralínea No. 51, marzo 1a quincena / 2006
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