Tijuana, Baja California. El pasaporte sin visa para ingresar a Estados Unidos se convierte de improviso en carta póstuma: “Cuida de los niños, los quiero a todos. Carmen, te quiero mucho, mucho. Me robaron y me botaron”, escribe Marco Antonio Carlo Fernández a su esposa.
Del emigrante de origen chileno, perdido en la sierra de Tecate desde 2001, sólo fueron hallados algunos restos. Abandonado por los “polleros” –como se les conoce a los traficantes de personas indocumentadas–, Marco Antonio pereció mucho tiempo antes de que el grupo de rescate denominado Beta, dependiente del Instituto Nacional de Migración (INM), localizara y recuperara parte de su osamenta.
Junto a sus huesos fueron encontrados su pasaporte y su cédula nacional de identidad, casi intactos. Marco Antonio jamás cruzó al “otro lado” ni suministró los dólares a sus tres hijos y a su esposa Carmen, radicados en Quillota, Chile, pues ahora forma parte de las estadísticas de defunciones ocurridas en la frontera entre México y Estados Unidos.
Cada año aumenta el número de fallecimientos registrados en los más de 3 mil kilómetros de línea fronteriza. Tan sólo en 2005 el INM registró 433 muertes de emigrantes indocumentados que buscaban el llamado “sueño americano”.
Con la única certeza de su muerte, el hombre nacido el 21 de septiembre de 1953, redacta con letra temblorosa un sencillo testamento. En la quinta hoja del pasaporte se lee la última voluntad de Marco Antonio: “Heredera de todo, Carmen Díaz”.
El delegado del INM en Baja California, Francisco Javier Reynoso, cuenta que ésta es una de las historias más tristes: “nosotros encontramos sus restos, ya muy pocos, en la sierra de Tecate. El grupo Beta andaba buscando a unos emigrantes perdidos y localizaron pocos restos del chileno y entre estos su pasaporte en el que escribió lo que le pasó. Esa es la otra imagen de la migración”.
El funcionario detalla que “desgraciadamente desde que el operativo Guardián entró en funciones –en 1995– por parte de las autoridades norteamericanas, el tráfico de personas se trasladó a zonas inhóspitas. La zona de cruce se trasladó a la sierra de Tecate y a Jácome, además de las zonas del desierto con climas muy extremosos. Se trata de una verdadera odisea de nuestros emigrantes que quieren atravesar ilegalmente al vecino país. Por ello el Grupo Beta intenta convencerlos de que regresen a sus lugares de origen y así evitar que puedan perder la vida”.
Reynoso señala que a diferencia de la Border Patrol o Patrulla Fronteriza, el trabajo del Grupo Beta es brindar protección al emigrante. “Ellos no son policías, andan desarmados y los coordinadores son médicos, con lo que se garantiza la vida del emigrante, por eso han dignificado su trabajo: el Grupo Beta es un ejemplo de la labor humanitaria que se presta a la sociedad”.
Datos de la Secretaría de Relaciones Exteriores revelan que en los más de 3 mil kilómetros de frontera entre México y Estados Unidos se registra anualmente un cruce legal de un millón 200 mil personas, y de 400 mil personas en forma ilegal.
Francisco Javier Reynoso explica que Baja California representa el 25 por ciento total del ingreso hacia la nación estadounidense. “Es la frontera más transitada del mundo”, dice el funcionario público, y agrega que “en el cruce fronterizo de Tijuana-San Isidro el flujo vehicular hacia los Estados Unidos asciende a 55 mil vehículos diarios. El cálculo es de 2.5 personas por auto, aparte de los que van a pie”.
Por esta razón, advierte, una de las labores fundamentales de la delegación del INM es la de “cuidar la seguridad nacional de nuestro país. En ese sentido tenemos el esfuerzo que se hace en los centros de verificación y de control en la línea fronteriza de Tijuana, en el aeropuerto internacional de esta ciudad y también en el de Mexicali, además de contar con un filtro en los límites entre el estado y Sonora: ahí se verifica el acceso de las personas. Si son extranjeros se verifican sus documentos para que esté todo en regla, en caso contrario se procede a su aseguramiento y a su reenvío a su país de origen”.
Los asegurados
Baja California, al igual que el resto de los estados fronterizos, representa uno de los últimos puntos para cruzar al “otro lado”. Pero llegar a Tijuana, Mexicali o Tecate no garantiza alcanzar el “sueño americano”: además del riesgo de perder la vida, algunos centroamericanos son asegurados por las autoridades del INM por carecer de documentos que demuestren su estancia legal en México, por lo que son repatriados.
Esa fue la suerte de dos salvadoreños confinados en la Estación Migratoria de Tijuana: Hernán y Norma. Ambos fueron sorprendidos por los agentes migratorios en el aeropuerto de Tijuana a mediados de enero. Tres días después de ser remitido a la estación, Hernán cuenta a Contralínea que su travesía la inició en Santa Ana, El Salvador –donde radicaba con su esposa y sus dos hijos–.
“Venía yo solo con la voluntad de Dios, pero me frustraron el viaje: me chingaron, como dicen los mexicanos, y ni modo, ya será para la otra”. Su viaje, según calcula él mismo, le ha costado poco más de mil dólares y un mes en tiempo: lo más caro fue el pasaje del avión, reconoce.
El emigrante salvadoreño de 29 años narra: “la idea es llegar al otro lado para ganar un poco más de dinero. (En el Salvador) si hay trabajo, si buscas encuentras, pero la recompensa económica no da para la canasta básica. Hay más oportunidades del otro lado”.
Los Ángeles es el objetivo irrenunciable de Hernán: ahí vive su hermano. “Tengo dos chiquillos, además en el mes de septiembre falleció mi otro hermano y tengo que velar por el chiquillo que dejó, por eso estoy viendo de qué manera llego al otro lado”.
Resignado por su inminente deportación dice: “estoy con bien y al menos no caí en manos de agentes matones, me han tratado bien. Antes de llegar aquí a la frontera de Estados Unidos tratan muy mal a los emigrantes. Gracias a dios no caí por allá sino ya en el último paso, pero tal vez a la próxima haya más suerte. Hay que sabérsela hacer. Al menos me queda la experiencia. No me arrepiento, conocí muchos lugares de México: casi me aventé todo Jalisco”.
Hernán advierte que ésta es la primera vez que intenta cruzar, pero no la última. De acuerdo con información oficial del Instituto Nacional de Migración los emigrantes cruzan en promedio tres o cuatro veces la línea fronteriza antes de alcanzar el “sueño americano”, o renunciar definitivamente a la idea de trabajar en el país vecino. Sin embargo hay casos extraordinarios de personas que registran varias decenas de intentos al año y siempre son repatriados.
“Si hubiera otro camino no pasaría por México, pero toca pasar por acá y ni modo. Para llegar aquí me tuve que tirar por montaña porque en frontera sur de México tratan peor a los emigrantes: te despojan del dinero que traes, si traes ropa bonita igual te la quitan. Pasé por montaña, entré a Tabasco, de ahí agarré un tren de carga hasta Boca de Cerro. Venía arriba. Si tú vienes a lo que vienes no es peligroso, pero luego viene gente drogada saltando de vagón a vagón, ese es el peligro”, dice Hernán.
“En el tren me aventé como siete días. De Boca de Cerro agarré hasta Coatzacoalcos, Veracruz, de ahí agarré otro hasta Tierra Blanca, de ahí me vine en autobús hasta Guadalajara, y de ahí en avión hasta acá (Tijuana)”.
Para Hernán viajar en avión no fue un lujo. “Más que todo fue curiosidad, nunca había tenido experiencia en avión, estaba en Guadalajara y de ahí hasta acá hacía 36 horas en camión, porque viene parando para comprar comida, y en avión eran tres horas, entonces ahorraba tiempo y dinero”.
Al referirse a los mexicanos, Hernán dice que “hay gente buena y hay gente mala. Hay muchos que sólo andan viendo de qué pueden sacar provecho: si quieres ir al baño te cobran 10 pesos, si quieres bañarte otros 10 pesos, la mayoría no trae para pagar eso. Pero también hay personas que te reciben bien, que te dicen: quédate a descansar un momento y luego te vas y sin necesidad de que les pagues, pero para muchas personas todo es negocio”.
Para el emigrante salvadoreño esto se explica por la situación económica de México: “no puedo decir que México tiene un estado económico ni de media, porque si hay secciones que viven bien, pero la mayoría de los pueblos no tienen ni lo básico y debido a eso es que la gente también reacciona así: viendo de qué modo se puede hacer dinero”.
Abandonar el viaje
La frustración de dos intentos, ocho días en la Estación Migratoria de Tijuana y otros tantos en la Estación Migratoria de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, han modificado la idea de Norma, la emigrante salvadoreña de 20 años que también pasa algunos días en este lugar junto a otras dos mujeres.
Para ella ésta es la segunda y última vez que intenta ingresar sin documentos a Estados Unidos. “Quería pasar porque allá en Baltimore está mi familia y mi novio. En El Salvador sólo tengo una hermana, pero ya la van a mandar traer para el otro lado. Otra vez me van a regresar a mi país pero yo ya no vuelvo. Mi novio quiere que pase a Estados Unidos pero ya le dije que no”.
Norma relata: “la primera sí sufrí. Aquí nos atienden bien pero allá, en la estación de Tuxtla, sufrí mucho: la comida la dan bien helada y no dan colchonetas, no dan nada, te tienes que quedar en el suelo. Ahí sí me arrepentía de haber venido, pero cuando regresé a mi casa me dieron ganas de volver de nuevo, pero me volvieron a agarrar y me trajeron a esta estación”.
La joven cuenta que en diciembre pasado intentó cruzar al “otro lado” por primera vez y que su segundo intento inició el 10 de enero de este año. “Esta vez –dice- me iban a recoger en el aeropuerto y me iban a trasladar a Baltimore. La primera vez iba a venir por tierra hasta la frontera.
“Cuando regresé a la casa les dije que ya no lo iba a volver a intentar, pero me dijeron que iba a ser más fácil porque es en avión, pero es más costoso, además hacen muchas preguntas y por eso me detuvieron. Yo les dije la verdad, que yo iba para el otro lado, no les mentí”.
La vida en El Salvador
Norma explica que aunque la vida en El Salvador es difícil, ella se quedará en su país. “Allá está muy feo. Hay muchos salvadoreños que intentan cruzar la frontera porque los buscan para matar. Yo les cuento a mis compañeras (también confinadas en la Estación Migratoria) que las niñas de 13 años ya están preñadas. Todo está perdido, por eso uno se viene, porque allá apenas sale uno y si le miran una cadena de oro ya la quieren matar, sólo por eso. No hay trabajo, por eso resultan bastantes mareros (integrantes de la banda delincuencial conocida como Mara Salvatrucha), que roban porque no hay trabajo, no hay nada”.
La desesperanza se trasluce en los grandes ojos negros de la joven emigrante. “Está bien feo, yo casi no salgo de mi casa porque está muy difícil, por eso cuando le decía a mi mami que quiero trabajar, ella no me deja; y como ella me mantiene pues me aguanto encerrada en la casa. Cuando salgo a la calle me quito todo lo que me compran mis papás, cadenas, todo, y hay que llevar el dinero limitado para que no te lo quiten”.
Norma dice que en el Salvador “enfrente de uno matan a la gente. Una vez se subieron unos mareros a un bus, yo me agarré del asiento, me temblaban los pantalones, y mi compañera que iba a la par de mi asiento se negó a darles el dinero. Yo no, yo les di mi cartera, ella se negó y vi como sólo le metieron el cuchillo en el vientre, ahí, enfrente de mí. Cerré los ojos. Así es allá, no amagan para quitar el dinero, ellos matan. Por eso hay algunos que se vienen para Estados Unidos”.
Hernán también reconoce las limitaciones de su país. “Para estar bien tienes que acostumbrarte a lo poco que posees. Cuando uno ambiciona una vida mejor para uno y para los suyos toca emigrar porque no hay oportunidades de superación. Si consigues un trabajo y entras ganando cinco dólares diarios pues con eso te quedas para el resto de la vida, no hay oportunidad de superación, no hay quién evalúe tu trabajo y te dé la oportunidad de ascender, no hay porque tampoco hay muchas empresas, prácticamente el país está viviendo de remesas, de maquileras estadounidenses, no hay mucha industria. De ahí depende que no hay mucho trabajo y no hay dónde escoger”.
Norma va más allá y dice que la gente huye. “En el viaje conocí a otro salvadoreño que venía huyendo porque allá lo querían matar: por eso se viene la gente, porque está horrible. Aun así yo prefiero morir en El Salvador que volver a intentarlo”.
La estación migratoria
Tijuana, BC. Baja California, uno de los cruces fronterizos más transitados entre México y Estados Unidos que representa el 25 por ciento del ingreso anual de personas al país vecino, cuenta con dos estaciones migratorias destinadas al confinamiento de extranjeros localizados en nuestro país en forma ilegal: la de Tijuana y la de Mexicali.
La primera tiene una capacidad para recibir hasta 300 personas, mientras que la segunda puede confinar a 30, como máximo. El delegado del INM en Baja California, Francisco Javier Reynoso, señala que la Estación Migratoria de Tijuana cuenta con todos los servicios de higiene, con servicio médico las 24 horas; los alimentos les son dados con puntualidad y buscamos que sean alimentos estándar para que todo mundo los pueda comer.
Durante la visita de Contralínea a las instalaciones de Tijuana permanecían 14 indocumentados –tres mujeres y 11 hombres– en cuatro grandes estancias separadas por una gran pared –dos están destinadas a resguardar a mujeres y niños y las otras dos a confinar hombres–.
Esta Estación Migratoria empezó a funcionar en agosto de 2003 y contó con una inversión de 12 millones de pesos. Reynoso explica que en este lugar pueden estar cómodamente un promedio de 80 a 100 personas, pero incluso se tiene la capacidad para recibir hasta 300 personas, buscando humanamente que sean atendidas.
Sin embargo, dice, “es política de esta delegación que cuando hayan 25 personas, de inmediato se trasladen en autobuses cómodos a la estación de Iztapalapa, en la ciudad de México, para su repatriación. Esta medida evita el acumulamiento de personas, salvo que hubiese un aseguramiento muy grande”.
El funcionario explica que “todos los gastos que se originan por la manutención de los emigrantes asegurados son solventados por el INM: medicamentos, alimentos, cobijas, todo lo paga el Instituto. El costo por persona es de entre 120 y 150 pesos”.
Reynoso agrega que “tratamos que los emigrantes sean atendidos dignamente. Nosotros sabemos que los emigrantes que son asegurados por razones de falta de documentos no son delincuentes, son personas a los que nos toca asegurar pero son tratados con mucha dignidad, son personas buenas que tienen una visión a futuro en otro país”.
Hernán, emigrante originario de El Salvador, confinado tres días antes de la visita de Contralínea a esta Estación dice: “Yo entré el martes 24, tengo tres días. Pero qué me va a parecer: un fastidio estar encerrado. Estoy tranquilo porque llevo tres días, pero ellos (los otros emigrantes) llevan nueve días y no nos deportan sino hasta el lunes, son gastos no para el país porque supuestamente Estados Unidos paga por cabeza de cada emigrante que atrapan, toda la gente sabe eso”.
El joven añade: “Pienso que si uno viene sin intención de robar, ni de matar ni de quitarle nada a México entonces porqué te detienen, si tu plan es cruzar, luego, luego te dicen: haber habla, en qué te podemos ayudar, cómo vas a hacer la lucha y ya son medio psicólogos y medio migración pues convencen a la gente de la nada y ya dicen de qué país vienen, y te atrapan y no te dejan cruzar. Allá en mi país dicen que el que es caballo es caballo, por eso cuando me preguntaron de dónde eres, les dije que de El Salvador. Les dije que no quería nada de México que nada más quería pasar al otro lado, pero me mandaron acá y pues ya ni modo, nos vamos. Pero llegamos y nos regresamos”.
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Border Patrol: asesinos con permiso
Tijuana, BC. Al cierre del 2005 el emigrante mexicano Guillermo Martínez murió a manos de un agente de la Border Patrol. Al joven le dispararon a tres metros de distancia, con una bala expansiva calibre 40, según reveló la autopsia.
Para 2006 la administración de George Walker Bush autorizó un presupuesto de casi 3 mil millones de dólares para el resguardo de la frontera de Estados Unidos con México, además de autorizar la labor de 18 mil agentes de la Patrulla Fronteriza.
El doctor José Moreno Mena, investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Autónoma de Baja California y presidente de la Coalición Pro Defensa del Migrante, señala: “Nos preocupa el hecho de que en esta región la Border Patrol ha incrementado de manera importante su número de efectivos y también les han aumentado el presupuesto para desarrollar operativos de localización y de atención de inmigrantes, pero lo que más nos preocupa es que se les permita portar armas letales porque ya han provocado varias muertes”.
El académico dice que “lo más grave es que, en supuestos casos de agresión, ellos tienen permitido utilizar balas expansivas en esta región. El criterio que se les ha dado es absurdo porque difícilmente un inmigrante va a portar armas y en las ocasiones en que han ocurrido muertes de inmigrantes ha sido porque el inmigrante se enfrenta a pedradas, pero ellos sacan la pistola y lo matan, eso denota una actitud sumamente racista que va más allá de las facultades que podrían tener estos agentes”.
Moreno Mena advierte que la Patrulla Fronteriza ha desarrollado acciones de persecución que han puesto en peligro de muerte a muchos inmigrantes. “Aun y cuando les está concedida esa facultad, ellos se extralimitan y entonces ponen en riesgo no sólo la vida de los inmigrantes sino de los mismos ciudadanos norteamericanos y de todo mundo porque avientan clavos a las llantas y con mucha frecuencia se vuelcan los automóviles y mueren los inmigrantes"
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Publicado: Contralínea No. 51, marzo 1a quincena / 2006
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