"Quién puede saber lo que significó ser mujer en San Salvador Atenco el 3 y 4 de mayo”, pregunta el subcomandante Marcos, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), ante una muchedumbre que lo escucha atenta. Todos saben de las golpizas y las agresiones sexuales que las presas recibieron de manos de la policía. Y luego, con indignación, lanza, alzando la voz hasta casi gritar y escucharse agudo: “quién puede conocer todo eso y no ver y no oír.
O peor aún: ¡ver y oír y pensar que tal vez se lo merecían: quién les manda ser estudiantes, trabajadoras, indígenas, quién les manda ser pobres, quién les manda no ser diputadas, senadoras, gobernantes, funcionarias, empresarias!” En las inmediaciones de Los Pinos, la residencia oficial del presidente de la República, el discurso, que es escuchado con lágrimas por familiares y amigos de los encarcelados, es interrumpido por los gritos de solidaridad con las presas violadas y por los epítetos de “asesino” y “violador” que la multitud descarga contra el presidente Vicente Fox y el gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto. El Delegado Zero de la Comisión Sexta del EZLN agrega que seguirán las movilizaciones en todo el país hasta que salgan todos los presos del 3 y 4 de mayo. “Sabrán que acá abajo ni perdonamos ni olvidamos. Y no será la nuestra una rabia como la de antes, como la de siempre. No. Ahora es y será una indignación organizada, otra rabia.
Apenas empezamos, no nos detendremos. Que saquen a todos los presos, a todas las presas, o que de una vez nos metan a todos a la cárcel”. Antes acusó a los candidatos de los partidos Acción Nacional (PAN), Revolucionario Institucional (PRI) y de la Revolución Democrática (PRD) de no interesarse en lo que les sucede a los de “abajo”. “Se enteran por los medios de comunicación y van corriendo con sus asesores de imagen para hacer el cálculo de qué impacto puede tener en las encuestas el despotricar prometiendo, si llegan a la Presidencia, convertir a todo el país en el Atenco del 3 y 4 de mayo, como hicieron Calderón y Madrazo; o quedarse callado, como hizo López Obrador, limitándose a condenar la violencia venga de donde venga, como si fuera equiparable la de los pobladores a la de los policías.”
El vocero y jefe militar del EZLN se había sumado a la marcha que partió de la Secretaría de Gobernación, casi a las cinco de la tarde, en la avenida Reforma. En pleno chubasco Marcos bajó de una camioneta y, protegido por vallas realizadas por integrantes del Frente Popular Francisco Villa Independiente, se incorporó a la manifestación detrás de los pobladores de Atenco. Entre más apretaba la lluvia, los inconformes más brincaban y agitaban las banderas.
“Ni la lluvia, ni el viento, detienen al movimiento”, coreaban miles de estudiantes de la UNAM, el IPN, la UAM y la ENAH, como desde la huelga de la Universidad de 1999-2000 no se veían. Pero también acudieron representantes de organizaciones de varios estados de la República. Se distinguían los de Guerrero, Tabasco, Veracruz, Quintana Roo, Querétaro y Oaxaca. También algunas familias y oficinistas que comentaban entre ellos: “yo me salí del trabajo, a ver si no me corren”. “Pues a mí me debían unas horas y las tomé”.
La embajada de Estados Unidos, el Ángel de la Independencia y la Bolsa Mexicana de Valores fueron resguardados por más de 3 mil policías. Los manifestantes, aprovechando las campanas que se exponen a lo largo de la avenida Reforma, las hacían sonar a su paso. Marcos, empapado, avanzó fumando su pipa y repartiendo saludos a quien se lo solicitara. Durante el mitin se informó que Gloria Arenas Agis, la “coronela Aurora” del Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente, presa desde hace más de seis años en el penal de Chiconautla, Estado de México, ha iniciado una huelga de hambre en apoyo al Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra que encabezan los pobladores de Atenco.
Por su parte, Hortensia dice ante las aproximadamente 9 mil personas que el pueblo de San Salvador Atenco “está de pie luchando dignamente. Seguimos resistiendo, rebelándonos. Seguimos siendo el mismo pueblo rebelde aún en las manos del enemigo”. Demanda la libertad incondicional de todos los campesinos detenidos y la renuncia del gobernador Peña Nieto.
Al final de la manifestación se entonará el himno nacional con el puño izquierdo levantado y, cuando ya casi se hayan ido todos, los mexicatiahuitl harán sonar el huéhuetl y el teponaxtle; los ayoyotes, los caracoles y el palo de lluvia. Danzan por la libertad de los presos y el castigo para los gobernantes ante la mirada de los barrenderos que con presteza han llegado a esta zona “exclusiva” de la ciudad.
Jornada de bloqueos
Los aproximadamente 150 estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México que desde hace 40 minutos bloquean la avenida Insurgentes en protesta por la represión en San Salvador Atenco y para exigir la liberación de los presos, comienzan a recoger piedras que amontonan en las pequeñas barricadas. Los policías, traídos en cuatro autobuses de la Red de Transporte Público del gobierno del Distrito Federal, marchan ordenadamente y se apostan a 200 metros de los estudiantes. Dos helicópteros vuelan a poca altura sobre la zona.
“No va a ser tan fácil que nos madreen, no nos vamos a quitar aunque empiecen a gasearnos”, dice un estudiante de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales quien, como la mayoría de sus compañeros, se cubre el rostro con un suéter. Los universitarios saben que no son los únicos que están a punto de enfrentarse con la policía. Están dispuestos a oponerse a los uniformados con tal de cumplir con lo prometido a los demás grupos adherentes a La Otra Campaña: que bloquearían la circulación por una de las principales arterias de la ciudad de México. “No podemos quitarnos.
Hoy están siendo bloqueadas 18 avenidas importantes en el DF. Es sólo una pequeña muestra de lo que podremos hacer cuando estemos mejor organizados. Si nos hacemos a un lado es como dejar solos a los compañeros que realizan bloqueos en otras calles.” Entre las consignas contra la presencia de la policía avanza Javier Luis Fernández, primer inspector de la dirección sectorial y encargado del operativo en Ciudad Universitaria.
Los estudiantes lo reciben con desconfianza. Les dice que no habrá enfrentamiento y que quiere dialogar.
“Su cometido es bloquear la avenida. Y el mío que haya circulación. Vamos a ponernos de acuerdo para que no tengamos problemas”. Los estudiantes negocian abrir a la circulación un carril en cada sentido a cambio de que se suban los policías a los camiones y se retiren del lugar. El oficial acepta y los uniformados se retiran ante las “goyas” de los estudiantes, quienes, además, les gritan: “asesinos” y “violadores”. Conforme avanza la mañana, se suman más estudiantes.
Son 500 los que dejan pasar los carros a cuenta gotas y siempre y cuando acepten la propaganda que les dan a los automovilistas. “Perdón, pero todos se deben enterar de lo que realmente pasó en Atenco”, les dicen. Cuando se enteran de que los estudiantes de la Escuela Nacional de Antropología e Historia fueron desalojados con violencia del bloqueo que realizaban en Periférico sur y que los granaderos no les permiten salir de su escuela, los de la UNAM deciden volver a cerrar la totalidad de la avenida.
Le comunican a Javier Luis Fernández que no se volverán a abrir los carriles convenidos si no promete que se retirarán los policías de las inmediaciones de la ENAH y que permitirán que los alumnos de esa escuela marchen hasta ciudad universitaria.
El oficial no tiene otra alternativa que aceptar. Casi a la una de la tarde llegan los 300 estudiantes de Antropología. Vienen en una festiva marcha y con “goyas” agradecen a los de la UNAM la solidaridad. Ahí deciden realizar una marcha por Insurgentes y Eje 10 y luego por el campus universitario. Los aproximadamente 800 estudiantes levantan el bloqueo a las dos de la tarde.
Durante la marcha tiran toda la propaganda electoral que encuentran y pintan “Libertad a los presos políticos de Atenco” y también “Tierra y Libertad. Armas para tomarlas”. Cuando se encuentran a los reporteros “oficiales” les dicen: “¡Pinches amarillistas, ustedes apestan!”. De los 18 bloqueos programados en la ciudad, se realizaron 16; pero sólo nueve duraron más de media hora, y seis más de tres horas. Además, también fueron llevados al cabo bloqueos en siete estados y en ciudades de 17 países.
Santiaguito
“Somos La Otra Campaña, los que vamos a cambiar este país”, dice pausadamente el telefonista Jorge Salinas Jardón desde la rejilla de prácticas del penal de Santiaguito, en el Estado de México, adonde es llevado junto con una veintena de sus compañeros para conocer su situación jurídica. Las marcas de la golpiza recibida a manos de policías federales y estatales el 4 de mayo en San Salvador Atenco y la posterior tortura en este mismo penal aún no cicatrizan después de una semana.
Ante el nerviosismo del juez penal de primera instancia de este “centro de readaptación social”, Jaime Maldonado Salazar, y de sus secretarias y asistentes quienes tratan de impedir que los presos denuncien delante de la prensa reunida los maltratos sufridos en el propio penal, el trabajador de Teléfonos de México lentamente levanta su rostro deforme por las contusiones. No sólo para que se observen con detalle las pruebas de la represión que su cara porta, sino para decir, con altivez y casi deletreando: “a pesar de esto, no claudicamos; no crean que ya nos rendimos; tenemos la razón”.
En un silencio solamente interrumpido intermitentemente por las interjecciones que causa la sorpresa en los reporteros, agacha la cabeza para mostrar las heridas aún abiertas en la nuca y cerca de la frente por las patadas y toletazos de los “guardianes del orden”. Alza los brazos vendados y entablillados. Entonces un compañero le ayuda, con delicadeza, a quitarse la pulcra camisa que acaban de vestirle. Cae el jubón y queda al descubierto una masa negra a hinchada. No hay un lugar de su espalda en que no haya sido aplicado el “Estado de Derecho”.
Las asistentes del juez, de cejas delineadas y rostro maquillado, hablan con desprecio a los acusados. Los reprenden por hablar y por no limitarse a firmar de enterados de su situación jurídica. Y ahí se ven, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, con rostros duros por la indignación y la tristeza.
No hay uno solo que no tenga señales de haber recibido golpizas: hematomas en el rostro y cerca de los ojos, manos entablilladas. Levantan sus manos haciendo la “V”, aquella que también, orgullosos, hicieran los del 2 de octubre de 1968 y los del 10 de junio de 1971. Se abrazan. Escurren algunas lágrimas.
Se percatan de que afuera hay decenas de personas que gritan “¡Presos políticos, libertad!”. Y, a través de los cristales, reconocen a familiares y amigos que también los saludan. Entonces hablan las mujeres.
Con ojos llorosos dicen que hay más detenidos de los que se ha informado oficialmente. Aseguran que, al menos, están detenidas cuatro personas más que no aparecen en las listas del centro penitenciario.
Mariana Selvas Gómez, estudiante de la Escuela Nacional de Antropología e Historia e integrante de la “Karavana” que acompaña al subcomandante Marcos en la gira de La Otra Campaña, dice que no sólo fueron ultrajadas en el trayecto de Atenco a este penal, sino que en este mismo lugar continuaron las violaciones y las golpizas. En sus palabras la tristeza se va convirtiendo en coraje y grita que las mujeres padecen infecciones vaginales por las violaciones que sufrieron a manos de los policías y que ni una pastilla les han dado. Exclama que varias fueron obligadas a hacer sexo oral a los uniformados y, entre lágrimas, agrega que a los enfermos no se les atiende.
Con indignación golpea con fuerza los cristales de la rejilla de prácticas mientras grita: “¡Presos políticos, libertad!”. Al clamor se suman sus compañeros y también las decenas de manifestantes que se encuentran afuera del penal. Ante la perturbación de los trabajadores del centro de readaptación social, la gritería va acompañada de golpes a los cristales, muros y paredes.
Otras presas agregan que apenas hace unos minutos les dieron el uniforme que visten. “Y fue nomás para presentarnos ante los medios, porque nuestras ropas están manchadas de sangre. Por las violaciones no sólo tenemos infecciones, sino también desgarres vaginales”. Sin poder ocultar su molestia, el juez Jaime Maldonado Salazar observa desde su oficina. Acorralado, prefiere permanecer en su cómodo sillón que salir y enfrentar a la prensa.
Manda traer ventilador y café. Nervioso, entrelaza los dedos y permite que su pie izquierdo brinque repetidamente. Por momentos, mira de reojo la gran fotografía del gobernador Enrique Peña Nieto que cuelga detrás. Es la única imagen que “adorna” su oficina. Se decide a salir a “calmar” a los presos. No tiene éxito y tiene que regresar a su oficina ayudado por “guaruras” y huyendo de algunos reporteros
que lo cuestionan sobre las irregularidades en el proceso. El juez había dictado auto de formal prisión a 172 de los 189 detenidos en el penal de Santiaguito. Todos habían sido absueltos del delito de delincuencia organizada, pero 144 fueron encontrados con presunta responsabilidad en el delito de ataques a las vías de comunicación que, por considerarse no grave, podrían salir bajo fianza; 28 permanecerán en prisión al ser acusados de secuestro equiparado y sólo a 17 les había dictado auto de libertad.
En la rejilla de prácticas los presos políticos denuncian las evidentes vejaciones
Publicado: Junio 1a quincena de 2006 | Año 4 | No.57
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