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Sierra de Chiapas: desolación y abandono

Zósimo Camacho/enviado
Menospreciadas por los gobiernos federal y estatal, las comunidades de la sierra de Chiapas damnificadas por el huracán Stan no reciben aún los recursos del programa emergente para su reconstrucción. A casi cuatro meses del paso del meteoro, ni una sola vivienda ha sido construida y los pobladores intentan desenterrar sus casas y rehacer sus pueblos sin ayuda gubernamental.

 

 


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Motozintla, Chiapas. La hierba crece frondosa sobre las casas enterradas; techos de lámina y cartón que se asoman al ras de piso; coches y camionetas que quedaron bajo el lodo. Los arbustos se estiran buscando el sol desde el interior de la que fuera la única escuela secundaria de la comunidad. Arrancada por las aguas y arrojada a mitad del río cual nave en un naufragio, es el centro de una serie de inmuebles en ruinas: templos, habitaciones, talleres y corrales derrumbados.

A casi cuatro meses del paso del huracán Stan por el pueblo Belisario Domínguez, las aguas de los ríos han retomado su cauce original; las calles y casas que no cayeron se han secado, y las plantas germinan y crecen sobre lo sepultado. Sólo la ayuda gubernamental no llega. Ni las autoridades del estado ni las de la federación han entregado los recursos que les prometieron a los pobladores horas después del “Día 4”, como se refieren a la fecha de “la desgracia”: 4 de octubre de 2005.

Belisario Domínguez está ubicado entre montañas de pino y encino de la Sierra Madre de Chiapas. Pertenece al municipio de Motozintla. Por las calles terrosas caminan niños semidesnudos; a la orilla de los ríos las mujeres lavan sus ropas entre un panorama de devastación; de los cerros bajan los hombres al ponerse el sol después de la jornada de trabajo en sus milpas y campos de cultivo. El viento levanta grandes polvaredas que se cuelan en las casas. Un día más en la lucha contra la tierra que se empeña en cubrir hogares y cultivos.

Francisco Ángel Alegría recuerda cómo los habitantes de la comunidad lo rescataron del lodo junto con su esposa y dos de sus hijos. “Me arrebataron del lodo que ya me llevaba. Salí todo mal, con el cuerpo muy torcido y desgarrado. Casi pierdo un pie.”

Su esposa Isidora Santos, con voz entrecortada, añade: “pero mi hija Gladis… Ella sí murió. Quedó sepultada con sus cuatro hijos, quienes eran como si fueran míos. La tierra se los tragó. Permanecieron sepultados desde la madrugada del ‘Día 4’ hasta el 14 de octubre. ¡Ay!, no encontrábamos a mis hijitos…”, alcanza a decir antes de romper en llanto. El mayor de los niños que murieron tenía 9 años y el menor, 45 días de nacido.

La familia Alegría Santos no tiene casi nada. Vive en un húmedo pasillo del dispensario de la iglesia del lugar. Todo lo que utiliza es prestado, con excepción de una máquina de coser que gente del pueblo le regaló para continuar con su oficio de sastre.

“No tengo ni pa’ donde hacerme. Después de lo que nos pasó me quedé sin nada. Y no crea que exagero o que es una manera de hablar. No. Todo lo que teníamos quedó sepultado. Solamente de pertenencia tenía la ropa que llevaba puesta. Y quedó muy mal. Todo se fue: telas, máquinas, hilos, animalitos, instrumentos y papeles. No tengo ni credencial de elector o acta ni ningún papel oficial o de la iglesia. Perdí todo”, cuenta Francisco Ángel haciendo un esfuerzo por contener la pena.

El hombre, de aproximadamente 50 años, se retira secando con sus dedos las lágrimas, y recuerda que después de conocerse la tragedia y mientras se encontraba en el hospital, fue visitado por el propio presidente de la República, Vicente Fox, y por el gobernador del estado, Pablo Salazar. Entonces le prometieron, ante cámaras y micrófonos, que no lo dejarían solo y que su familia y comunidad serían apoyadas con recursos.

“Pero ofrecer no empobrece, ¿verdad? Eso cualquiera. Él (Vicente Fox) nos prometió ayuda y hasta la fecha no hemos recibido nada. Ni de él ni de ninguna otra autoridad. La ayuda que recibimos es del sacerdote y de la gente del pueblo. Aquí vivimos de prestado, nada es nuestro, ni la cama. Y donde vivíamos no quedó nada y definitivamente ya no se puede construir ahí.”

“Si fuéramos Cancún”

 

Aunque aún nadie en el pueblo recibe los recursos prometidos para la construcción de vivienda, el reparto del dinero y materiales que eventualmente lleguen ya empieza a causar polémica. Para la señora Isidora Santos resulta indignante que después de haber perdido completamente su casa, en el padrón de posibles beneficiarios del programa de apoyo a damnificados aparezca que su vivienda sólo tuvo “daños terceros” y hendiduras.

“¡Dios, no fuéramos Cancún porque ahí sí les ayudan! Y en días reconstruyen lo de los ricos, que hasta es más difícil y se necesita mucho dinero porque tienen más”, se lamenta Juan González, de 21 años.

Las historias se multiplican en las calles del pueblo. Los que no perdieron sus casas, perdieron sus milpas o “ranchitos”. Y todos, sin excepción, tienen familiares a los que “se les apachurró su casita” o se la llevó “la venida de agua”. Coinciden en que no han recibido “un peso de ayuda” aunque cada que pasa por ahí algún funcionario del gobierno estatal les asegura que “ya mero van a salir los apoyos”.

José Hernández también estuvo a punto de hundirse en el lodo. En la madrugada del Día 4, cuando escuchó el derrumbe de casas aledañas a la suya, intentó ponerse a salvo saliendo de su vivienda. No lo logró. El piso se había vuelto fangoso y se hundía a cada paso que daba. Sus vecinos ya lo buscaban y lograron rescatarlo.

“Me ayudaron mucho pa’ salir. Yo “creiba” que ya no lo lograba. A puras fuerzas me sostuve. Me sacaron todo pesado de tanto lodo y ya muy mal, por eso quedé rengo. No puedo caminar bien porque se me enterraron dos fierros en los pies y me rasgué la panza. Ya no me tocó ir al hospital porque cuando me bajaron acá al pueblo el helicóptero ya se había ido y no volvió a venir. Así como yo, quedamos muchos sin ir al doctor y nos mal curamos en nuestras casas”.

 

El desastre apenas empieza

 

Pero la tragedia no ha terminado para los habitantes de Belisario Domínguez y Nuevo Horizonte. Temen tiempos de hambre. A la pérdida de viviendas se suma la devastación en el campo. Sus cosechas de café, cacao y caña se perdieron. “No sabemos bien cómo vamos a sobrevivir los próximos meses”, dice el presidente del comisariado ejidal, Antonio Robledo Ordóñez.

El campesino agrega que muy pocos tendrán algo que comercializar en esta zona cafetalera y que la tardanza de la ayuda gubernamental impidió rescatar algo de lo poco que quedó.

“Si de por sí perdimos casi todo… Por lo menos con una ayuda rápida hubiéramos rescatado algo. Hubiéramos podido levantar el poquito café que quedó. Ahora ya no es posible. Sí necesitamos la ayuda para el próximo ciclo porque va a estar muy difícil.”

Los apoyos que esperan de los gobiernos estatal y federal para reactivar sus actividades agrícolas oscilan entre los 600 y 2 mil pesos por familia que demuestre que sufrió pérdidas por el huracán. Constantemente les “avisan” que los recursos están por llegar y que estén atentos a ellos.

La preocupación de campesinos, como Elpidio Pérez Escalante, es que hay terrenos en los que será imposible volver a sembrar. Con tristeza, el viejo dice: “la situación de muchos de nosotros sí es crítica. A mí se me deslavó el terreno y ya no voy a poder trabajar nunca ahí. Y con un apoyo de, a lo mucho, 3 mil pesos, ¿cuándo cree usted que voy a recuperar mi milpa y mi ranchito?”

 

Demandas

 

“Necesidades en el pueblo hay muchas; pero no hay apoyo”, dicen los lugareños. Tienen claras sus demandas más apremiantes: desazolve de los ríos y construcción de cinco kilómetros de muro de contención que proteja al pueblo, una escuela secundaria, un salón de usos múltiples y cuatro puentes que impidan que el río se vuelva a salir de su cauce. Además, necesitan recuperar sus instrumentos de trabajo agrícola, tanques para agua, mangueras y despulpadoras, entre otras herramientas.

“No queremos que las cosas se vuelvan hacer mal. Deben saber que esto que pasó se debió en gran medida a que el gobierno hizo sus cosas al aventón. En vez de un puente grande que necesitamos construyeron un alcantarillado. Eso no sirvió: se tapó y desvió al río y nos desgració. Y desde que lo construyeron dijimos lo que iba a pasar. No nos hicieron caso y ahí están las consecuencias. Quién va a pagar por eso”, dice el caficultor Roberto Hernández.

Los niños se divierten arrojando piedras al río. El sol se ha ido y, mientras el pueblo se envuelve en las sombras, los infantes se refrescan en las aguas apacibles del Toquián. Las últimas mujeres que lavaban se retiran a sus casas con sus cubetas de ropa.

Ernestina descansa de su carga de prendas mojadas y dice: “el Toquián no tuvo la culpa, ni el Tolimán –el otro río cercano a la comunidad que también la inundó–; más culpa tienen los gobiernos que hacen las cosas mal y luego no ayudan. Nomás mienten. Ya éramos damnificados desde las lluvias de 1998 y no nos ayudaron… Y ahora otra vez. Ya estamos damnificados siempre”.

 

Publicado: Febrero 1a quincena de 2006



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