Contralínea  

Depresión, el enemigo íntimo

Erika Ramírez / Fotos: Jorge Ontiveros
El 15 por ciento de la población mexicana padece depresión, enfermedad que ya es considerada un problema de salud pública y que tiene secuelas en la economía individual y en la productividad de las instituciones y empresas

 


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Luego de ser sometida a una cirugía durante la cual le extrajeron la matriz, a Claudia Ramos se le presentaron una serie de síntomas que le hacían ver su vida cada vez más insignificante. A los 38 años de edad su calvario se había iniciado sin que ella supiera exactamente  porqué.

La idea del suicidio subyacía en su pensamiento. El estrés cotidiano causado por problemas en el trabajo y en el hogar le causaba llanto y ansiedad. No entendía qué le pasaba, su vida no tenía ningún sentido. Poco después comenzaron a invadirla unos dolores insoportables en la parte superior de su cuerpo, los músculos de su espalda y cuello comenzaron a tensarse de forma tal que cualquier movimiento le provocaba dolor.

Por varios años Claudia (ahora de 49 años) ignoró que padecía depresión: “me irritaba por cualquier nimiedad, lloraba por todo, y no encontraba confortamiento, el dolor de cabeza era eterno y el problema de migraña que traía conmigo desde que tenía 15 años comenzó a agudizarse”.

De acuerdo con un informe editado por el Instituto Nacional de Psiquiatría “Ramón de la Fuente” (INPRF), se estima que en México “los trastornos neuropsiquiátricos ocupan el quinto lugar como carga de enfermedad, al considerar indicadores de muerte prematura y días vividos con discapacidad”.

Y es que según el estudio titulado “Prevalencia de trastornos mentales y uso de servicios: resultados de la encuesta nacional de epidemiología psiquiátrica en México”, del año 2000, cuatro de las 10 enfermedades más discapacitantes son neuropsiquiátricas: depresión, esquizofrenia, obsesión-compulsión y alcoholismo.

El documento destaca que los problemas sociales, como la pobreza, la violencia, el aumento en el uso de drogas y el envejecimiento de la población, entre otros factores, incrementan el número de enfermos que, hasta el momento, se calcula en un 15 por ciento de la población mexicana.

 

Problema de salud pública

 

“Cuando buscaba una respuesta a lo que pasaba, pensaba que todo lo que sentía se debía a los problemas, ya fueran económicos, de casa con mis hijos, laborales o incluso al estrés constante al que me sometía”, dice Claudia Ramos, quien lleva medio año sometida a tratamiento farmacológico y terapéutico para superar su depresión, enfermedad que ya es considerada por especialistas en el tema como un problema de salud pública.

Alfonso Martín del Campo, coordinador de Investigación Psiquiátrica del Hospital General, explica que la depresión es una enfermedad que ataca a todo el organismo, no solamente el aspecto emocional. “Este problema se da gradualmente: el paciente tiene una serie de síntomas que en un principio parecerían situaciones normales o que ya se habían vivido, pero cuando éstas se presentan de manera constante y no se quitan, nos debemos comenzar a preocupar”.

Claudia es madre divorciada, con dos hijos adultos y encargada de la supervisión de siete servicios de trabajo social en un hospital público. Desde hace aproximadamente 10 años su vida comenzó a decaer lentamente.

“Sentía que no pertenecía a ningún lugar, que no funcionaba en la sociedad, ni como mamá, que mi trabajo no era reconocido, y los pequeños problemas se convertían en obsesiones insoportables. Después comencé a no querer levantarme de la cama, a no querer bañarme, sólo quería estar durmiendo. En el trabajo, cuando tenía que pasar a ver a mis subordinadas, no quería hacerlo porque temía que cualquier pequeño problema causaría enfrentamientos con ellas, sabía que con cualquier cosa me harían sentir mal”, recuerda.

El especialista advierte que casi todos los pacientes que llegan a recibir atención médica tienen, por lo menos, un año o dos con el problema de depresión. “Todo comienza con irritabilidad, detrás viene la tristeza, pérdida de la sensación de placer, cambios en el apetito, tanto en el sexual como en el alimenticio, sensación de cansancio, fatiga todo el tiempo y dificultad para concentrarse.

“Estos síntomas pueden ir de la mano con la ansiedad, el nerviosismo, las preocupaciones y en casos más severos, pérdida de peso, variación diurna del estado de ánimo y es un problema que llega a puntos críticos, como la muerte”, explica Alfonso Martín del Campo.

 

Impacto laboral

 

Para Claudia el transcurrir de los días era sólo un sufrir. “Me preguntaba por qué pasa esto, por qué no funciono si yo trabajo bien, qué pasa, los servicios que tengo a mi cargo son de una gran responsabilidad, pero si uno siente que falla cuando está  deprimido es fatal. Se siente uno pisoteada por todo el mundo. Luego viene el miedo, la angustia, la ansiedad y una extraña opresión en el pecho”.

María Elena Medina Mora, directora de Investigaciones Epidemiológicas y Psicosociales del Instituto Nacional de Psiquiatría “Ramón de la Fuente”, advierte que la depresión es una enfermedad altamente discapacitante y señala que en el campo laboral está asociada con muchos días perdidos: las personas que padecen depresión son incapaces de realizar sus actividades cotidianas.

Sin embargo, vivimos en una cultura en la que, a pesar de que hay un impacto serio en la productividad y funcionamiento de las personas, la depresión “no tiene un lugar propio, no es considerada cuando se le compara con otras enfermedades médicas, aunque ésta es  crónica”, puntualiza Medina Mora.

De acuerdo con un artículo publicado por la revista de la Facultad de Medicina  de la Universidad de Chile, en enero de 2005, “el ausentismo laboral vinculado a esta enfermedad puede ser muy alto, según índices registrados en países desarrollados. Sin embargo el ‘presentismo', en que el sujeto deprimido va a trabajar sin cumplir con sus labores puede ser aún más perjudicial y costoso para la institución”.

En el texto de la universidad chilena se resalta que “la depresión es altamente prevalente entre las personas que trabajan y está asociada a la pérdida de productividad laboral, ya que se ha comprobado que causa discapacidad. Algunos estudios realizados en Estados Unidos señalan que sólo por este concepto las empresas del país del norte dejan de percibir anualmente alrededor de 33 mil millones de dólares”.

Depresión mexicana

 

María Elena Medina Mora, señala que la depresión se presenta en promedio entre los 20 o 25 años de edad y agrega que en nuestro país el problema comienza a registrar un impacto de 2.7 días de trabajo perdidos y se puede llegar hasta al mes de ausentismo.

Al año, los mexicanos que padecen depresión registran un promedio de 30 días laborales perdidos por los estragos de la enfermedad, es decir, son incapaces de trabajar, dice Medina Mora, mientras que otras enfermedades, como la migraña severa o algunos  trastornos más discapacitantes registran un promedio de 11 días por año.

En el artículo publicado por la universidad chilena se informa que “investigaciones realizadas por el National Institute of Mental Health de Estados Unidos revelaron que las personas con depresión presentan un riesgo relativo de faltar a su trabajo 27.8 veces mayor en comparación con quienes no tenían trastornos mentales.

“Si bien el ausentismo laboral puede ser perjudicial para la empresa, los efectos del ‘presentismo' podrían llegar a ser incluso peores. Éstas son las personas que van al trabajo con depresión y que, en consecuencia, no rinden lo esperado o simplemente no cumplen sus funciones porque no están en condiciones de hacerlo”, explica la doctora Rosemarie Fritsch, siquiatra del Hospital Clínico de la Universidad de Chile en el documento.

Los costos

 

 Para Claudia Ramos, enferma de depresión desde hace más de una década y recién diagnosticada, los gastos extras en casa significaban un agobio. “Soy madre divorciada y tenía que solventar todos los gastos de mis hijos. A ellos se sumaba la compra de medicamentos para aliviar el dolor de migraña que me traía loca.

“El año pasado, por un malestar en el cuello comencé a tomar analgésicos, relajantes musculares y toda clase de pastillas para que me quitaran el dolor que no me dejaba moverme, ni dormir”. Todo intento por calmar sus males significaban una merma económica y ella seguía sin saber que padecía depresión.

El dolor muscular le hizo acudir con un médico, que luego de conocer parte de su historia la canalizó con un psiquiatra. Otros gastos se sumaban a la lista de fármacos para continuar su vida.    

“En mi casa ya no me soportaban, mis hijos me decían: ¡Otra vez llorando! Una vez que acudí al médico y comencé a tomar antidepresivos, pero me sentí mal durante las primeras semanas, sentía que era algo que no funcionaba y pensé en dejarlo porque el gasto que representaba la compra de esos medicamentos era elevado. Pasaron dos meses para comenzar a sentir los cambios”, relata Claudia.

Medina Mora dice que en el INPRF se llevan a cabo estudios sobre el impacto económico de esta enfermedad porque los días no trabajados son sólo un indicador. “Vamos a ver el aspecto de  la productividad, los costos de atención médica a los pacientes que tienen otras enfermedades físicas y están deprimidos, porque en México y en todo el mundo es la enfermedad que más costos está provocando”.

Y es que según advierte la especialista, únicamente el 19 por ciento de las personas que padecieron depresión en el 2004 fueron a tratamiento, pero no todas se apegaron a él.

“Esto se debe a que no tenemos una cultura de interés a la atención médica, pero también tiene que ver con los costos que origina, ya que si las personas no tienen acceso a la seguridad social, el precio de los medicamentos es elevado”.

 

Enfermedad de pobres

 

Como en otros problemas sociales, la depresión afecta más a la población de escasos recursos, ya que los pobres tienen niveles mayores de estrés, desempleo, violencia  y contrariedades todos los días.

Alfonso Martín del Campo, coordinador de Investigación Psiquiátrica del Hospital General coincide con la investigadora del INPRF: la depresión impacta a nivel económico en dos vertientes, en la productividad y en el gasto generado por el tratamiento que incluye medicamentos y sesiones de psicoterapia.

“A nivel institucional una consulta vale alrededor de 50 pesos, pero el costo de los antidepresivos modernos, que son los ideales por no tener efectos secundarios en la mayoría de los pacientes, tiene un costo aproximado de entre 500 y 800 pesos al mes, pero se pueden llegar a necesitar complementos que valen entre 200 o 300 pesos.

“Estamos hablando de que un paciente del Hospital General pudiera tener un tratamiento barato de entre los 600 y 800 pesos al mes, que incluyen algunas consultas y medicamentos en dosis bajas o baratos; sin embrago, a veces una persona que gana el mínimo tiene que invertir la mitad de su salario en el tratamiento”, explica Martín del Campo.

Los mitos

 

A nivel popular se le ha considerado como un problema para el que sólo se necesita un cambio de actitud para reponerse, pero el estudio de la depresión ha llevado a varios especialistas a dedicarse durante muchos años a la investigación para encontrar medicamentos más precisos, ya que se avizora que para el 2020 podría ser la segunda causa de muerte a nivel mundial.

Silvia Cruz, jefa del departamento de farmacobiología del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional (Cinvestav), explica que hace falta entender que la depresión es una enfermedad que se da a nivel orgánico. 

“Hay que saber cómo funcionan las medicinas y qué le pasa al cerebro cuando hay un trastorno depresivo, además hay que señalar que casi todos los antidepresivos funcionan tardíamente, se debe esperar cuatro o seis semanas porque es lo que tardan en causar un efecto, y lo que regularmente se hace es dar un tratamiento, esperar y evaluar, para ver si funciona o se ajusta la dosis”, dice la investigadora del Cinvestav.

La farmacobióloga aclara que durante mucho tiempo se pensó que había una deficiencia de sustancias químicas en el cerebro de la persona deprimida, ahora se sabe que es un cambio orgánico, es decir que hay cambios en el funcionamiento cerebral e incluso  estructurales.

Entre las líneas de investigación que se desarrollan en el Cinvestav está la de la relación  estrés-depresión, ya que hay indicios de que para caer en un estado depresivo luego de una crisis de estrés se necesita cierta susceptibilidad biológica-genética y en este caso el tratamiento farmacológico no es igual.

Uno de los mitos que tiene que ver con esta enfermedad es que el uso de antidepresivos crea adicción entre los pacientes. Silvia Cruz aclara que “no son drogas de abuso, el organismo se acostumbra a trabajar en presencia de ellos porque se adquiere un nuevo equilibrio, la adicción es un trastorno de la conducta en donde no se tiene control”.

“El tratamiento con antidepresivos es largo, aproximadamente de seis meses, se va retirando gradualmente, pero mucha gente que ha tomado antidepresivos ha llegado a su grado, es decir, se ha curado. En síntesis hay que decir a la gente que la depresión es un problema creciente, tiene un sustrato orgánico, tiene tratamiento y no es adictivo”, puntualiza Silvia Cruz.

 

Publicado: Enero 1a quincena de 2006



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