8 Columnas  


Los olvidados.

Zósimo Camacho / Fotos: Jorge Ontiveros

Miles de niños y jóvenes deambulan por las calles de la ciudad de México sin oportunidad alguna. Atrás quedaron las promesas de gobiernos perredistas de resolver su precaria situación. Ahora los programas sociales del gobierno de la ciudad ni siquiera los contemplan y para ellos “ya no hay esperanza”

 

 


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Por el pasillo se asoman rostros adormilados pero ligeramente sorprendidos. Niñas, niños y adolescentes desaliñados, de cabello crecido y desordenado, yacen en sillones y colchones viejos o simplemente en el suelo. Se llevan el “activo” a la nariz y con ello cubren parcialmente su rostro terroso.

En el ambiente el olor a orín y excremento humanos se mezcla con el de perros y el solvente para limpiar cañerías o la droga a la que tiene acceso “la banda” y que siempre los acompaña.

Al final del pasillo está la “habitación” más grande. De ella sale “El Pelón” como auténtico e indiscutible líder. Ya le avisaron que hay visitas. Nada ocurre en “el barrio” y menos en su “casa” sin que le sea informado.

Despliega su torso desnudo, donde una cicatriz que va del ombligo al pecho luce con orgullo. Sus brazos muestran también las huellas de otras batallas cuales insignias de honor y distinción. De 25 años, moreno, delgado, extrovertido y con una sonrisa que deja ver sus dientes bien delineados pero que, sin embargo, cada vez son más pequeños y pronto desaparecerán por efecto de las drogas que consume.

Pasó ocho meses en “el maloliente”, como llaman al Reclusorio Oriente los muchachos, acusado de robar en un microbús. “El Pelón” no lo niega.

“Ya me había pelado, pero por pendejo no aguanté las ansias de la ‘piedra' y me subí a un puente. Ahí me apañaron.”

Los demás escuchan la narración con admiración y regocijo. En el cuarto, de paredes que alguna vez fueron azules y techo de lámina de cartón y asbesto, se observa una litera, un teléfono –sin línea–, una televisión descompuesta y un altar a la Santa Muerte: “Ya no creemos en la Virgen”.

“Las casitas” llaman a este conjunto de tres cuartos ubicado debajo de un puente peatonal poco transitado cerca de la estación del metro La Raza y que “regalara” la administración de Cuauhtémoc Cárdenas a los niños de la calle.

 

Fracaso perredista

 

Entonces se decía que por fin un gobierno de “izquierda” resolvería la situación de los niños que deambulaban por las calles y que ocasionalmente cometían ilícitos para comprar drogas y alimentos.

Pero “las casitas” no mejoraron la situación de los niños ni los desarraigó de la calle. Por el contrario, les proporcionaron los medios para que dejaran sólo de pedir y pepenar y comenzaran a delinquir. Además, los menores se iniciaron en el consumo de la “piedra” o “crack”, droga con base en residuos de cocaína.

Josefina Cevallos Godefroy, directora general de Educación y Promoción de los Derechos Humanos de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF) dice que las políticas desarrolladas desde el gobierno de Cárdenas fueron erróneas. Reconoce que el ingeniero, a diferencia de los gobernantes anteriores, sí se interesó en los niños de la calle; pero no se realizaron diagnósticos adecuados ni se consultó a las instituciones expertas en el tema.

“Sus políticas fueron muy controvertidas porque se les daban insumos a las poblaciones callejeras sin un programa integral. Desde entonces se advirtió que lo que iba a pasar era que se iban a arraigar más en la calle y que además iban a tener un excedente para comprar drogas de otro tipo. Y al perecer, sucedió.”

Al interior de las chozas juegan y duermen; consumen y resguardan pequeñas dosis de marihuana, “piedra” y “activo”, y cocinan esporádicamente papas, zanahorias y otras verduras que recogen del suelo en mercados públicos. Pero también reciben “visitas” de adultos con ropas pulcras que los buscan para “trabajar” en la prostitución y el narcomenudeo a cambio de más droga. “Las casitas” también han sido escenario de violaciones y, al menos, de un asesinato.

Recuerdan con una sonrisa las viejas andanzas de su compañero “El Chipotes”. Cuando se solicita hablar con él dicen que ya no está. Con seriedad agregan que ya murió pero que no saben cómo. Al final platican que “lo mató una ‘cábula' por una ‘piedra'”. Riñó con su compañera por la droga y la adolescente le cortó la yugular.

 

“Callejeros puros”

 

A diferencia de hace diez años, no todos los niños de la calle acaban muertos o en prisión. Actualmente existen jóvenes cuyos padres fueron niños de la calle y ahora ellos procrean hijos “ciento por ciento de la calle”.

En uno de los colchones juega una niña de apenas dos meses. Se divierte con la melena de un niño al que “El Pelón” castigó por molestar a sus otros compañeros. La bebé sonríe mientras tira de los cabellos y su madre prepara la leche en una esquina verdosa.

Cevallos Godefroy explica que las personas en situación de calle no son uniformes y ya no se puede hablar de sólo niños de la calle. “Hay muchas edades y situaciones. Ahora se habla de población callejera y, en cuanto a niños, existen: en riesgo de calle, que trabajan en la calle y de la calle. Y todos ellos están en alto riesgo amenazados por enfermedades, VIH, drogas, prostitución, tráfico de órganos, autoridades y toda la sociedad en general que los descalifica y discrimina.”

“Es preocupante que vuelva a haber niñas embarazadas y bebés de la calle. Y aquí hay derechos encontrados: el derecho de la mamá a tener el bebé y el derecho del bebé a tener otro tipo de vida alejado de la droga. Se tienen que resolver este tipo de problemas, pero no hay una autoridad que los enfrente”, dice Cevallos Godefroy.

Y es que el gobierno del Distrito Federal ha desarrollado programas de apoyo para madres solteras, ancianos, campesinos, trabajadores y niños trabajadores en peligro de arraigarse a la calle; pero no para niños ya arraigados a la calle.

“Es dificilísimo desarraigar y pocos le entran a este problema. Te podría decir que de las instituciones del gobierno del Distrito Federal el apoyo es escaso. Es que son poblaciones a las que no les dan ya mucha esperanza. Ya se había detenido la generación de bebés de la calle y ahora ya hay de nuevo”, comenta la promotora de los derechos humanos.

 

No basta la “buena fe”

 

La mayoría de las organizaciones no gubernamentales se enfoca a los niños en riesgo de arraigo de calle; pero no a los que ya están arraigados. Y muchas de ellas se disputan a los niños para justificar las prerrogativas que reciben de los gobiernos. A veces los llevan a desayunar o les regalan juguetes pero ni remotamente resuelven su situación.

La directora general de Educación y Promoción de los Derechos Humanos de la CDHDF dice que “sí hay organizaciones que tienen trayectoria importante y hacen trabajo serio; pero hay otras que se lanzan sin conocimientos suficientes y sólo derrochan recursos.”

Mónica Hernández Villegas, psicóloga social y psicoterapista de la Gestalt, coincide en que existen organizaciones que sí tienen los conocimientos suficientes y la voluntad para ayudar a los niños de la calle; pero otras sólo lucran con la desgracia de los niños y otras sólo actúan “de buena fe”.

“Hay gente que se acerca de buena fe a los niños: instituciones de gobierno, organizaciones no gubernamentales, religiosos, etcétera; pero la buena fe no ha solucionado este fenómeno social. Y es que sólo atacan los efectos del problema y no las causas.”

La investigadora con más de 10 años de trabajar con niños de la calle agrega que entre las causas principales de su situación se encuentra la pobreza extrema, la violencia intrafamiliar y la pérdida de valores.

“Y nosotros no debemos de verlos ni con desprecio ni con compasión, sino como personas con características distintas. Hasta hace algunos años no tenían una conducta delincuencial. Ésta la adquirieron por la constante entrada y salida a delegaciones, tutelares y posteriormente reclusorios. Ya después de tiempo sí salen con patrones delincuentes fuertes.”

Hernández Villegas considera que no existe diferencia alguna entre los gobiernos priistas y los perredistas –que han estado al frente de la Ciudad de México en los últimos años– cuando se tata de solucionar el problema de los niños de la calle.

“Sí hacen cierto esfuerzo, pero caen en el asistencialismo; por ello no tienen resultados favorables. Y es que no ven el problema de manera global y, por lo tanto, no atacan las causas del problema.”

La represión

 

La directora de Educación y Promoción de Derechos Humanos de la CDHDF, Cevallos Godefroy, lamenta que además de que los gobernantes de la ciudad no tengan la capacidad de enfrentar la problemática de los niños de la calle pretendan “penalizar” su situación.

“No solamente no han hecho políticas integrales sino que penalizan su pobreza y marginación. Nos confrontamos con ellos por el asunto de la Ley de Cultura Cívica que castiga a las poblaciones callejeras por su condición.”

El entonces secretario de Seguridad Pública del Gobierno del Distrito Federal (GDF), Marcelo Ebrard, fue entusiasta promotor de la Ley de Cultura Cívica, polémica disposición que entró en vigor en agosto de 2004 con la detención de más de 500 personas.

Otra confrontación entre la CDHDF y el GDF tuvo lugar con la aplicación de la llamada “Tolerancia Cero” en 2003, cuando Ebrard contrató como asesor al ex alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani.

El objetivo de la Ley y del fallido programa de “Tolerancia Cero” era retirar a los niños de la calle, franeleros, vendedores ambulantes, mendigos y pepenadores de las calles remozadas del centro de la ciudad y de las zonas turísticas.

En la Secretaría de Desarrollo Social del GDF no hubo quien quisiera hablar sobre la problemática de los niños de la calle. Su titular, Marcelo Ebrard, declinó hablar sobre el tema para no afectar su candidatura al gobierno de la ciudad.

De acuerdo con cifras oficiales existen entre 14 y 16 mil niños de la calle en la Ciudad de México; sin embargo, organizaciones no gubernamentales aseguran que el número rebasa los 30 mil y que la totalidad de la población callejera supera los 100 mil.

Los olvidados

 

Esperan la luz roja del semáforo para acostarse en vidrios y pedir dinero a los automovilistas. De las nueve a las once de la mañana han “fakiriado” para comprar la “piedra”. “El Pelón” y “El Peluso” extienden los vidrios y colocan su espalda contra los cristales; “Aracely” se sube sobre ellos; se levantan con algunos vidrios aún encajados a su cuerpo y, finalmente, piden “pa' un taco”.

De vez en vez cuentan en la banqueta el dinero que han recaudado hasta que dicen: “Nos faltan cinco pesos. En dos semáforos terminamos.” Se dirigen entonces hacia un asentamiento humano irregular y de la colonia de chozas de cartón sale cada quien con su “piedra”. La consumen con ansiedad en “las casitas”. Cada uno se gasta entre 200 y 300 pesos al día sólo en esta droga.

No saben nada de Los Olvidados, el quincuagenario filme de Buñuel que retrata la situación de los niños de la calle y que provocara la indignación y censura del gobierno en los albores de la década de 1950; pero nada les sorprendería a estos muchachos.

Deambulan por los vagones y estaciones del metro o parques públicos, algunos con serios problemas motrices que les hacen titiritar todo el tiempo. “Trabajan” de “fakir” acostándose en vidrios para pedir dinero. No dejan el “activo” sino para dormir. De la sociedad y el gobierno no esperan nada. Son los olvidados de ocho regencias priistas en el Distrito Federal, y también los olvidados de Cuauhtémoc Cárdenas y López Obrador en la “ciudad de la esperanza”. Y es que no votan.

 

Publicado: Septiembre de 2005



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