La clave: tres toques y la puerta se abre. ¡Bingo! Una pequeña habitación que antes fue un despacho de abogados, es ahora una especie de aula que abriga la sesión semanal de autoayuda de un grupo de adictos al juego, a donde llegan hombres y mujeres de entre 40 y 50 años.
Todos los que asisten son ludópatas, jugadores compulsivos, trastorno psiquiátrico que en 1980, por primera vez en la historia, fue reconocido como tal por la Asociación Psiquiátrica Norteamericana.
La veintena de personas que se reúne al interior de este departamento de Avenida de los Insurgentes comparte su amor al juego y su desesperación por no ganar, sobre todo el deseo del suicidio como salida final a esa absurda obsesión de soñar con las salas de bingo o yak, de que ya no tienen dinero para apostar y que tal vez si “arriesgaran” solo un poco más, podría ser su día de suerte.
La ludopatía o juego compulsivo es considerada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como una enfermedad, un trastorno compulsivo de la conducta que convierte a quien lo padece en una persona incapaz de resistir el impulso de jugar, y que se agudiza de forma crónica y progresiva hasta convertirse en una adicción con consecuencias de alto riesgo.
En Estados Unidos y España existe una estructura de gobierno dedicada a brindar ayuda clínica con programas de salud eficientes para adictos al juego, desde llamadas de orientación a través de líneas telefónicas que ofrecen mantener en el anonimato –en servicios gratuitos que operan las 24 horas del día-, hasta clínicas para disminuir gradualmente la adicción al juego, pues, según los psiquiatras, es una enfermedad incurable, donde solo opera el control.
En México pocas son las clínicas del sector salud, entre ellas el Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez y el Instituto Nacional de Psiquiatría, donde manejan casos de ludopatía, desgraciadamente, dice el psiquiatra Alberto López Díaz, especialista en esa enfermedad, “un alto grado de las personas que padecen trastornos psiquiátricos no saben que esto se deriva de su adicción al juego”.
Así, pocos son los ludópatas que se atienden clínicamente en México, y es que no hay en la Secretaría de Salud ni en el Consejo Nacional de las Adicciones (Conadic) ni el sector privado, campañas para prevenir, frenar y erradicar la adicción al juego. De allí la necesidad, dice Carlos del Moral, creador de Jugadores en Recuperación, de formar un grupo de autoayuda para ludópata, donde se intenta frenar la adicción al juego y evitar la tendencia de los jugadores a buscar en el suicidio la salida final a sus problemas.
Y es que, de todas las adicciones, la del juego es la que más se relaciona con las tendencias suicidas, según estimaciones de especialistas de la Asociación Americana de Psiquiatría, con sede en Estados Unidos.
Yo ludópata…
A los deportes, a las carreras, a las peleas, a la lotería, a la bolita, a la ruleta, ¡a lo que sea!, el chiste es apostar, dice Roberto, jugador compulsivo al que su adicción le ha consumido en un suspiro los últimos años. “Tengo 53 años de edad, aunque parezco un anciano de 70 y así me siento. Soy ludópata. Empecé como mucha gente, tan inocentemente, jugando pokar en mi casa, luego conocí las salas de juego, y allí perdí. La primera vez fue por invitación de mi ex esposa, una noche me dijo que en el hipódromo habían abierto una sala de lotería de números, nunca había jugado eso pero fue la curiosidad. Llegamos al Caliente. Increíble, el lujo me deslumbró. La sala comodísima, sin una sola ventana que te sacara de ese mágico mundo de luces y gente que lo único que quería era servirte.
¿Qué va a tomar? Fueron las primeras palabras que escuché apenas me había sentado en la mesa del yak, o lotería de números. Departíamos ocho personas y llegó la vendedora de cartones, me preguntó cuantos iba a apostar, pedí uno para mi y otro para mi esposa, no sabía jugar, inició la partida decían un número y yo lo buscaba por todo el cartón, ¿dónde está el ocho, dónde está el ocho? Me desesperaba, ni siquiera supe cómo era pero esa vez sólo perdí 500 pesos. Enojado pensé que debía capacitarme para saber jugar.
No habían pasado ni dos semanas cuando conocí el Yak de Pabellón Cuahutemoc, allí aprendí que los números están por decenas y que se juega en línea, y si todos tus números salen, tienes que gritar ¡yak!. Me deslumbraba el lujo y la gente que jugaba varios cartones simultáneamente y me plantee el reto de hacerlo yo también.
Ese mismo día, en la cuarta partida gané 5 mil pesos. Lleno de júbilo lancé el grito más fuerte que he dado en mi vida: ¡Yak! Se acercó una mujer y tras revisar mi juego me entregó los billetes hasta contar 5 mil. Ves los billetes formados y piensas en lo maravilloso que es esto. Pedí otro cartón, comenzó la partida; ¡no puede ser!, ¡no podía creerlo!... ¡volvía a ganar! Hoy se que fueron los 10 mil pesos más caros de mi vida. Fue la casualidad la que me hizo obtenerlos, porque las posibilidades de ganar una sola partida son una entre miles, alguna vez pensé que había sido una movida de la sala de juegos, porque hay cámaras que todo el tiempo nos graban, y tal vez es una manera de enganchar a la gente.
Me levanté y además de la propina a la mujer que por segunda ocasión me llevó mi premio, obsequié cien pesos a cada uno de mis compañeros de mesa, esta es una costumbre no escrita entre nosotros los jugadores, así, además de sentirte ganador y admirado por aquellos ojos que no pueden sino sentir envidia, te sientes dadivoso, el que puede dar a todos esos perdedores.
Al final no hubo otro perdedor que yo. Entonces era dueño de una flotilla de taxis, un negocio de computadoras y talleres de reparación de autos. En dos años perdí todo, me quedé en la calle y mi familia me abandonó porque los dejé también en la calle.
Gané 10 mil pesos y creí que me haría inmensamente rico. Estaba al pendiente de mis negocios todo el día, así que pensé aprovechar la hora de la comida para ir al yak, donde además de tener la comida gratuita, me ofrecerían una copa ¡y ganaría miles de pesos! Mi hora de comida se recorrió al almuerzo, y luego me convertí en el primer cliente de la mañana y el último de la noche. Si alguien ‘cantaba’ antes que yo, me molestaba, pensaba en que no era justo si yo había comenzado a jugar varias horas antes, pensaba que tenía que perfeccionar mis técnicas. Aprendí a jugar seis cartones simultáneamente.
No ganaba y pensé que ese lugar se había salado para mí, así que me fui al Yak de Gran Sur, allí aprendí a apostar en las computadoras. Con 90 pesos invertidos gané de 5 mil. ¡Allí estaba mi suerte! Otra vez ese mundo era maravilloso. Llegaba a las dos de la tarde y me iba a la una de la mañana, ganaba poco, perdía mucho, pero no me daba cuenta, mis cálculos solo estaban enfocados al premio mayor del yak en Gran Sur, que se juega cada noche y es de un millón de pesos.
Y mientras llegaba mi día del premio mayor, tuve mujeres a las que conquisté invitándoles algunos cartones, las pobres habían perdido el gasto que les daba el marido y no se iban hasta recuperar un poco, y yo, que parecía toda bondad, les pagaba ese cartón con el que se recuperaban, así que no podían más que ceder.
Regresaba ocasionalmente a Pabellón Cuauhtémoc y en tres ocasiones gané la partida especial de 50 mil pesos, que al mismo tiempo invertí en mi afán de ganar el premio del millón en Gran Sur. La pasaba mejor que en mi casa, comía, bebía y jugaba, ya se lo contaría a mi familia cuando llegara con el premio mayor.
¿Qué cuantos días a la semana pasaba en las salas de juego?, pues dígame cuantos días tiene la semana y tendrá la respuesta. Siempre el primero en llegar, el último en irme, pero descubrí que en el Caliente de Mundo E cerraban a las 4 de la mañana, así que saliendo de Gran Sur o de Pabellón Cuauhtémoc me trasladaba hasta el estado de México para alcanzar las últimas horas de juego en Mundo E, dos o tres horas, con eso bastaba para ganar. Si de veras quería prepararme para el premio mayor no podía perder tiempo, cuando terminaba la jornada de juego en Mundo E buscaba un hotel cercano donde pasar las primeras horas del día para regresar a tiempo cuando la sala de Pabellón Cuahutémoc me recibiera, como siempre, puntual.
De nada servía intentar descansar unas horas en ese cuarto de hotel, no dormía así que aprovechaba mis horas de insomnio para descubrir los números que me traerían la suerte. Soy católico, así que me encomendé a todos los santos de que tengo memoria, y en las coincidencias más absurdas basaba la supuesta señal que me llegaba ‘de arriba’, en un día del mes, en mi fecha de cumpleaños, en un aniversario, en la combinación de las edades de mis hijos, en el número de alguna vivienda frente a la que quedaba detenido mi auto en un semáforo. Hoy le pegas, hoy le pegas, ¿qué vas a hacer con un millón?, pensaba mil planes. Comencé a tener lagunas mentales, luego ataques de histeria, ocasionalmente iba a mi casa, solo a buscar los papeles para vender alguna propiedad. Me consolaba pensando que toda ganancia requiere una inversión, así que tenía que invertir dinero si quería sacarme el acumulado.
Lleno de deudas, vendí el último carro que tenía y me vi con el dinero en la mano dentro del Yak de Pabellón Cuauhtémoc. Dudé un momento, pero aposté y perdí. Dejé a mi familia con la casa hipotecada de la colonia Portales, porque no sabía cómo pagar las deudas que había contraído, y tampoco tenía algún negocio y nada con que mantenerlos. Me fui con mi ropa a rentar un cuarto de azotea en Chalco, estado de México.
Puse un puesto en un tianguis para vender ropa y tener para jugar un cartón. Me quise suicidar aventándome al Metro, pero me faltó valor; después pensé en una sobredosis de pastillas, pero tampoco me atreví. Empecé a fumar compulsivamente. La palabra ludopatía es nueva para mí. Encontré a un compañero de juego que me habló de esta adicción y me invitó a terapia de grupo, como la de los alcohólicos. Hace unas semanas vendí unas cositas y me vi con 600 pesos en la bolsa y me dije, deberías ir al yak, a lo mejor hoy es tu día de suerte. Me costó mucho trabajo no ir. Encendí la televisión y me quedé pensando ‘hoy es miércoles y mi día de suerte es el miércoles, son las diez de la mañana, si me apuro voy a ser el primero...’.
Roberto es uno de los primeros ludópatas que se integró al grupo de autoayuda Jugadores en Recuperación. Su familia -dice- no sabe de su paradero, la última vez que lo vieron fue para que él firmara el divorcio que promovió su esposa, agobiada por la pérdida del patrimonio familiar de varias décadas de trabajo.
Tú ludópata…
Creador de Jugadores en Recuperación, la única organización de su tipo en México, Carlos del Moral no es psicólogo ni psiquiatra ni terapeuta alguno, pero por experiencia propia conoce los sinsabores que experimentan los integrantes del grupo de autoayuda. Jugador empedernido, Carlos cuenta su experiencia de cómo “enfermo del juego”.
“Escuché hablar del Caliente de Tijuana, y cuando se abrió en Mundo E, hace seis años, fui de los primeros clientes. Acudí con mi esposa. Ella ganaba y yo no. Me decía: eres un salado, pero el acuerdo era que nos repartiríamos lo ganado. De pronto ella consideró injusto compartirme sus ganancias y empezaron nuestros pleitos”.
Carlos comenzó a ir solo al Caliente, primero a la hora de la comida, luego toda la tarde y después hasta el cierre. Un día cayó en cuenta de que la gente pasaba por lo menos ocho horas diarias en la misma sala de juegos, se hizo de amigos e incidentalmente descubrió que si veía a la misma gente, a la que consideraba como adicta, que él mismo era un adicto. Dejó de importarle su familia y su trabajo.
“Mi esposa también se convirtió en adicta, aunque ella iba por su parte, decidimos que cada quien jugara por su lado, porque si ganaba uno de los dos era difícil repartirnos el premio. Cuando descubrí que no podía dejar de jugar, me interesé por los efectos del juego, supe de la adicción y yo mismo trato de controlar mis impulsos de jugar, pero no se puede”. Hace tres días, dice, “me jugué el gasto del día en el Mío (en Pabellón Cuahutemoc) y volví a experimentar la adrenalina de estar en la sala, apostar y esperar tu suerte”.
Camuflajeado entre jugadores empedernidos, Carlos ve el movimiento de las manos y la desesperación entre sus compañeros de mesa. Intuye a quien desesperadamente necesita terapia “de autoayuda”, le haces saber: “tú eres un ludópata” y lo invita a formar parte del grupo. En algunas salas de apuesta incluso comienzan a mirarlo con recelo, así que no deja de apostar y tras uno o dos cartones casi siempre obtiene algún número telefónico de algún adicto que posteriormente se acercará a la improvisada terapia.
Para Carlos del Moral se ha vuelto más que un hobie, un compromiso el informar a quien antes fueron sus compañeros de apuestas que su obsesión es una enfermedad y de las consecuencias que el padecimiento puede acarrearles.
Sin embargo, se lamenta Del Moral, del sector salud no reciben apoyo profesional para lanzar una campaña masiva de prevención del juego. Los pocos intentos fueron frenados con la autorización del ex secretario de Gobernación, Santiago Creel, para la apertura masiva de casas de apuesta. El asunto se politizó y el sector salud público cerró sus puertas a la opción de informar a la ciudadanía sobre los riesgos de esta adicción.
Al respecto, Daniel Olivares Villagómez, de la Organización No Gubernamental “Di no a los casinos”, exige que las autoridades del sector salud elaboren estudios serios sobre los efectos de la ludopatía y sus consecuencias sociales, enfermedad que será masiva e incontrolable, señala Olivares, toda vez que cada día se abren más casas de apuesta “frente al beneplácito de las autoridades que además de no tener opción para los que ya son adictos, permite la promoción de la adicción”.
Hoy, son los propios integrantes de Jugadores en Recuperación ejemplo vivo de los estragos de la ludopatía.
Él ludópata…
Mi hijo es adicto. Sin haber experimentado siquiera el gusto de ganar o la frustración de perder, Gabriela se dice víctima de la ludopatía. Pequeña empresaria de la ciudad de México hace un recuento y calcula en 500 mil pesos lo que ha pagado por las deudas de su hijo mayor en las salas de apuesta. Jorge, su hijo, un joven ludópata economista egresado de la UNAM, en distintas ocasiones ha robado a Gabriela para pagar las deudas a su paso por el Caliente del centro comercial Plaza Aragón y en el Jack de Pabellón Cuauhtémoc. Gabriela suelta el llanto y dice que la ludopatía no es un problema sólo para quien la padece, “sino una enfermedad familiar o social”.
La mujer conoce de otras adicciones, por ejemplo el alcoholismo de su esposo o la adicción también al juego que comienza a experimentar el menor de sus hijos, de 20 años de edad, también estudiante universitario. Ante la negativa de sus hijos de recibir ayuda para combatir su adicción al juego, es ella quien acude a la sesión semanal de autoayuda para saber cómo puede ayudar a sus hijos a manejarla. El desconocimiento de esta enfermedad, dice, es el principal obstáculo para que en ninguna clínica le brinden apoyo.
Según datos de la Asociación Americana de Psiquiatría, cada ludópata afecta por lo menos a las seis personas más cercanas a su vida, ya sea por los efectos psicológicos o por la dependencia económica. Crea fantasías al grado de adoptar fetiches que le den suerte al momento de jugar, o desarrollan supuestas habilidades adivinatorias para saber el momento justo para ganar en cada juego.
Llámese Caliente, Mío, Jak o Bingo, las salas de juego son centros de culto, fetiche y obsesión. Jugadores que profesan distintas religiones, cada uno encomienda su día, su apuesta, su suerte a entidades distintas. La Virgen de Guadalupe debajo del cartón; el rosario oculto en el regazo, colgado al cuello o entre las manos; el trébol de cuatro hojas pintado o en forma de dije; la ropa que se viste ese día como fetiche de suerte, el rojo que no falta, el blanco si se practica la santería, la ropa interior en el bolso de las señoras, porque alguien les dijo que eso no falla; en la cartera de los hombres la foto de la esposa, los padres o la amante, el retrato de los hijos porque no tienen pecados y a los angelitos los escucha Dios.
Gabriela ese día llegó oliendo a Siete Machos, extracto de hierbas después de una limpia con la curandera de la colonia, la que saliendo de misa y tras prometer una manda pondrá a prueba su fe. En la mesa de juego cada uno trae su fetiche, amuleto o tótem, y todos se hermanan en la apuesta al número que les dará suerte.
¡El 13 es el mío! grita alguno mientras marca el cartón del jak con el plumón que yace en la mesa, el resto repite como autómatas: 13, 13, porque si en la mesa sale el premio, el ganador habrá de repartirles y ellos podrán seguir jugando.
Entre partida y partida hacen planes, programan sus números y líneas. La comida, cortesía de la casa que se sirve en el salón, se la colocan en las piernas o a un lado del cartón de juego, un bocado y a marcar el número, otro bocado y a esperar la línea. El tiempo es dinero y no hay tiempo que perder.
En la mesa de lado alguien grita la línea, pero ellos, que pusieron todo a su suerte, se consuelan tras la frustración. Si ya les tocó a ellos, ahora vamos nosotros. Se miran unos a otros, se observan para descubrir el que trajo a la mesa la mala suerte, quisieran saber quién es para echarlo fuera, tal vez el que se retiró por su cuenta, y ahora si, viene el bueno. En la sala de juegos, en la mesa de siempre, mañana aparecerá a la misma hora la señora que utiliza todos los días el mismo suéter rojo que un día la hizo ganar una línea de 500 pesos.
Nocivo para la salud
En países como Venezuela, el reconocimiento del juego patológico como una adicción ha hecho que las leyes de este país obliguen a los dueños de casinos y salas de apuestas a colocar letreros –similares a los que advierten sobre los efectos del consumo de tabaco- donde se advierte a los jugadores que para una persona que asiste con regularidad a apostar es recomendable acudir a un diagnóstico psicológico.
Pero en México, con la ambigüedad en el reglamento de casas de apuesta, donde hasta hace unos meses los casinos estaban prohibidos, los ludópatas difícilmente se asumen como enfermos o adictos al juego, en parte por desconocimiento o por temor al rechazo social, al estigma de que su padecimiento es un vicio y no una enfermedad.
Del simple juego de azar a la ludopatía o juego patológico hay barreras apenas perceptibles, sobre todo cuando se fomenta la idea que a través del juego una persona puede volverse rica de un momento a otro.
El psicólogo Carlos Caudillo Herrera, del Instituto de Investigaciones en Psicología Clínica y Social, A.C., asegura que el juego de azar es una droga de tipo conductual que en el ser humano provoca aislamiento social, agresividad, sentimiento de culpa y pérdida de autoestima.
En una investigación sobre los efectos negativos de los casinos y la ludopatía, el doctor Juan Martín Sandoval de Escurdia, investigador de la Cámara de Diputados, define cinco tipos de jugadores que van desde el jugador simple hasta el ludópata: no jugador, jugador ocasional, jugador profesional, jugador problema y jugador patológico.
Los especialistas diferencian entre el no jugador o jugador ocasional y el ludópata. El primero encuentra sano el juego porque puede controlarlo y para él da lo mismo jugar o no, e incluso lo ve como una actividad que se disfruta. Se vuelve enfermizo y se convierte en adicción cuando se juega para evadir la realidad o como refugio. Luego, la adicción al juego implica sufrimiento o dolor emocional al no poder hacerlo, al interrumpirlo o al perder una apuesta.
Fernando López Murguía, subdirector de servicios médicos del Hospital Fray Bernardino Álvarez, explica el proceso por el que atraviesa el ludópata bajo los efectos de lo que para él es la droga: el juego, “un ludópata encuentra placer en el juego, así que cuando dejar de jugar el placer se convierte en dolor”.
Tendencias
Investigaciones médicas determinan que existen ciertas tendencias de la personalidad de un individuo que lo hacen más proclive a la ludopatía. El psiquiatra Alberto López Díaz, jefe de psiquiatría comunitaria del Hospital Fray Bernardino Álvarez, enumera dichas características:
“Las personas más propensas a la ludopatía son las que presentan personalidad narcisista, es decir que son egoístas, ególatras, que solamente piensan en sí mismos. Las que presentan trastorno border o límite de personalidad, es decir, que son inestables, que constantemente cambian de pareja, de trabajo y que nada los satisface. Las que tienen trastorno disocial de personalidad”.
Ubica la edad de mayor propensión a la ludopatía entre los 20 y 25 años de edad, asociado a que la gente comienza a tener capacidad de autosuficiencia económica. Y por sexo, a dos hombres por cada mujer, aunque, aclara, las mujeres tienden más a ocultar sus adicciones.
En hospitales como el Fray Bernardino, señala el especialista, son pocos los pacientes que tienen plena conciencia de su adicción al juego, “la mayoría llega con cuadros de trastornos mentales como depresión o intentos suicidas, ya en el tratamiento clínico nos damos cuenta que sus trastornos los provocó la adicción al juego”. Casi todos estos pacientes, cuenta, acuden por ayuda clínica forzados por su familia, con estados avanzados de su enfermedad, con cuadros lo mismo de afectaciones físicas y sobre todo psicológicas.
En el jugador compulsivo los periodos de abstención se traducen –enumera el psiquiatra- en dolor de cabeza intenso, cansancio, malestar gastrointestinal, “pero los efectos psiquiátricos son más agresivos: irritabilidad, inestabilidad emocional, depresión, enojo, ansiedad, desesperación, siente mucha energía o mucho cansancio, no sabe como canalizarlo”.
En la etapa de abstinencia, bajo tratamiento clínico, el médico evalúa qué tan graves son los efectos que provoca en el adicto el no jugar, así determina el suministro de fármacos que contengan dopamina, que funciona como neurotransmisor cerebral antidepresivo.
López Díaz tiene claros los efectos de la adicción al juego, como perito psiquiatra del Reclusorio Sur mantiene en tratamiento a varios internos que incurrieron en fraude y robo por el gusto al juego que un día se les volvió pesadilla.
En penumbras se dicen más seguros; la débil luz de una lámpara que pende del techo ilumina tímidamente apenas unos razgos de su rostro; se conocen “de vista”, se hablan por seudónimos; les avergüenza revelar su identidad, pero sobre todo aceptar su enfermedad, la adicción que les acelera el tiempo traducido en el agobio y la desesperación les asoma en el rostro. Durante las siguientes horas seguirán quejándose de lo desesperados que se sienten fuera de las salas de apuestas, a donde ya no tienen nada que llevar y mucho que perder.
Publicado: Noviembre de 2005
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